Alba Herreruela

Mo Yan: la fatalidad del oriente femenino

Image: CHINA-NOBEL-LITERATURE-PRIZE-SWEDEN-MO YAN

El escritor chino Mo Yan, último premio Nobel de literatura

La última obra publicada en España de Mo Yan, el premio Nobel de literatura, habla de pechos durante 816 páginas. Pechos grandes, pequeños, jóvenes, maduros e incluso únicos y solitarios en cuerpos que han sufrido la guerra. Porque más allá de esa parte del cuerpo, de lo que trata el libro Grandes pechos amplias caderas es de la historia de China a lo largo del siglo XX. Y en esos cien años, este pueblo ha estado marcado por multitud de conflictos.

Publicado en su lengua original en 1996, han pasado 17 años hasta que ha llegado a los lectores hispanos y por el camino, tuvo que pasar la censura del régimen que lo prohibió. Su distribución se hizo de forma clandestina a través de copias piratas. En este libro se presenta de forma neutral todos los diferentes escenarios y actores que han protagonizado los sucesos chinos en el siglo XX. «Los poetas  no son ni de izquierdas ni de derechas», versó en uno de sus poemas el autor. Las críticas son para todos y eso no debió gustar mucho a los estandartes del Partido Comunista aunque la propia firma de Mo Yan representa a un miembro del Partido.

Con una exaltación al cuerpo femenino por parte de Jintong, el narrador principal de la novela hace un retrato de la época maoísta, del final de la dinastía Ming, la guerra civil y la invasión japonesa. Más allá de las situaciones bélicas, las páginas pasan cargadas de lirismo. «…De este modo, cada uno de sus encuentros iba acompañado de lágrimas calientes y de sollozos. No había ni el más mínimo rastre de lascivia; se trataba de la dignidad y la tragedia humanas. Cuando hacían el amor, sus corazones rebalsaban las palabras no dichas…»

grandes pechos amplias caderasMucha información condensada en un solo tomo que hace indispensable la lista de personajes al principio y una gran fuerza de voluntad para enfrentarse a las descripciones detalladas que pintan al gigante asiático como si fuese una obra de realismo. Algunos, incluso han comparado ese realismo con el mágico que adorna muchas de las reseñas a Gabriel García Márquez.

Dejando de lado la pereza natural de ver un libro tan pesado apoyado en la mesita de noche y pasado el punto crítico de las 300 páginas, donde algunos valientes lectores han abandonado al escritor chino, los capítulos transmiten un profundo conocimiento de la situación de las mujeres en ese país. Mo Yan es un novelista de atmósferas, que consigue crear mundos complejos y una serie de acciones que engranan a la perfección hasta conseguir tejer la trama.

De la mano de Jintong y escenificada con la vida de su madre, Shangguan Lu, el libro cuenta cómo las niñas, desde muy pequeñas, tienen que enfrentarse (o conformarse) con una sociedad machista, en la que repetir una X en el ADN fetal es más que una mala noticia.

Comienza contando como Shangguan Lu es obligada a casarse con un herrero del pueblo, que resulta ser estéril pero que no por ello deja de ser un elemento más de presión para la protagonista. La mujer ve como su familia política la maltrata por no engendrar un varón que perpetúe la estirpe. Cansada de palizas y desprecios, decide intentar ponerle remedio a su mala suerte en otros lechos. Y entre esas aventuras extramaritales, violaciones que no conviene pasar por alto y otras circunstancias cargadas de referencias al folclore chino, consigue dar a luz nueve veces. Las ocho primeras con resultado femenino, hasta que llega su adorado Jintong, herramienta para desmigar la historia.

Por el medio se entrelazan resquicios de crítica a un sistema imperial que obligaba a las niñas a que se fracturasen y vendasen los pies para evitar su crecimiento y que así resultaran más atractivas para un futuro matrimonio. O  que una  de las salidas posibles fuese la prostitución o el poder ser vendida en un mercado de personas o de úteros fértiles para engendrar nuevos soldados que alimentasen la revolución.

Sin embargo, al margen de los recuerdos que surcan las líneas, Shangguan Lu y sus hijas dan una visión coyuntural de por qué aún en la China de hoy, las familias quieren seguir teniendo descendientes masculinos. De por qué hoy se las recluye y abandona en escuelas o guarderías. En sitios que deberían tener nombres mucho más sangrientos porque es lo que son y donde se deja literalmente morir a las niñas de hambre.

Mo Yan, el escritor que hablaba con los árboles

Mo-Yan

Mo Yan

Pese a ser un chico, y por eso tener de base más oportunidades en el gigante asiático, el propio autor soportó una infancia en una familia humilde. Nació en 1955 en Gaomi, en la provincia de Shandong, y pasó su infancia en un estado de hambre constante. «Solo pensábamos en comida», escribió Mo, «y en cómo conseguirla. Éramos como una jauría de perros hambrientos… Comíamos las hojas que caían de los árboles, y cuando no había centrábamos nuestra atención en la corteza.», afirma.

A Mo Yan no se le permitió ir a la escuela y pasó su infancia apacentando vacas. Se sentía tan solo que hablaba consigo mismo; en una ocasión su madre lo descubrió hablando con un árbol y le rogó que parara por miedo a que su locuacidad pudiera causar algún problema. Este es el motivo por el que adoptó el seudónimo de “Mo Yan”, que significa “No hables” y que es como aún hoy firma sus libros en vez de con el Guan Moye que es su nombre real.

El último premio Nobel de literatura tiene 58 años y es miembro del Partido Comunista (PC) desde 1979. Mucho antes de dedicarse a las letras de una forma tan magistral, Mo yan empezó a trabajar en una fábrica durante la Revolución Cultural de Mao Zedong. Después se enroló en el Ejército Popular de Liberación (actuales Fuerzas Armadas chinas), una de las pocas opciones que tenían los habitantes de zonas rurales para salir de la pobreza, y comenzó a escribir cuando aún era soldado, en 1981.

Se convirtió en escritor porque oyó que los escritores comían ravioles (jiaozi) tres veces al día, un lujo incomprensible para alguien que había sobrevivido a base de cortezas de árbol. Las novelas de Mo reflejan sus experiencias, que transmiten, en sus palabras, «una visión crítica de la política y mi compasión por los campesinos chinos» y «mi pena por el declive de la humanidad y mi odio por la burocracia corrupta», explica el escritor chino.

Pese a la censura recibida por Grandes pechos amplias caderas, Mo Yan  sigue vinculado al Ejército como profesor del Departamento de Literatura de la Academia Cultural de las FFAA, un dato omitido en las solapas de las ediciones de su obra en Occidente. Casualidades comerciales de la vida. La propia concesión del premio por parte de los académicos suecos fue recibida en China como la culminación de un sueño que había durado 100 años. Pese a no ser el primer premio Nobel para un autor chino, si lo es para un autor que haya mantenido su nacionalidad en base a un buen trato con las autoridades.  En el año 2000 el novelista y dramaturgo Gao Xingjian ganó el premio en 2000 y el crítico literario Liu Xiaobo (actualmente en prisión) conquistó el Premio de la Paz en 2010, pero estos son ejemplos “non gratos” para el Partido Comunista.

La desgracia de ser china

El triunfo de Mo Yan como mejor escritor del año demuestra que esa falta de autoconfianza china va dando paso a un cambio de visión. Todo ello apoyado en el desarrollo industrial y económico del país, pero tal y como transmite el escritor en su libro, no necesariamente a través de mejoras sociales que corrijan la situación de las mujeres.

Por ejemplo, a comienzos del 2012 se hizo bastante popular en china un movimiento feminista que luchaba para que los tamaños de los aseos femeninos tuviesen el mismo tamaño que los de los hombres. «Más comodidad para las mujeres, más igualdad entre sexos», se leía en una de las pancartas de las activistas. La noticia de las protestas consistentes en ocupar baños masculinos se extendió rápidamente gracias al popular sitio chino de microblogging Sina Weibo.

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Según datos de hace algo más de un año, publicados por la cadena británica BBC, un estudio del propio gobierno chino denunció que una de cada cuatro mujeres sufre abuso doméstico, donde se incluye desde la humillación verbal hasta la violación. En China, las mujeres representan aproximadamente el 49% de una población de 1.340 millones de personas. Esto quiere decir que más de 167 millones de mujeres han padecido tratos vejatorios de algún tipo. Y eso es la auténtica cagada.

Tampoco hay que olvidarse de la política del hijo único. Tradicionalmente, las familias chinas estaban compuestas por los padres y muchos niños, pero las cosas cambiaron a partir de los años 60. Entonces el gobierno “recomendó” una práctica de planificación familiar para regular el exceso de población. Desde entonces, sólo se permite tener un hijo por matrimonio, y las parejas tratan de asegurarse un heredero varón, que es el que lleva la batuta.

Esto se traduce en que nacer niña en China es una desgracia para toda la familia. Aún hoy,  la mujer se considera una carga que en el mejor de los casos, cuando se casa y se va del hogar paterno, obliga a desembolsar una dote muy grande a sus familiares. En los últimos años, al paquete de medidas se ha añadido incentivar económicamente con 600 yuanes anuales, unos 57 euros, a las familias del medio rural que no tengan hijos.

En 2008, se promulgó  la Ley de Planificación Familiar Responsable, por la que se establecen categorías. Según dicho modelo, el gobierno permite a algunas parejas tener dos o más hijos con su previa autorización.

Mujeres sobrantes

Se trata del mismo gobierno que ha decidido y transmitido por sus medios oficiales que toda mujer que a los 28 años no esté casada será declarada  “shengnu”, mujer sobrante en mandarín.

Esta etiqueta nació de los medios de comunicación oficialistas en 2007, en coincidencia con la publicación de un informe gubernamental que alertaba del gran desequilibrio poblacional entre hombres y mujeres, causado por los abortos selectivos y la política del hijo único anteriormente mencionada.

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Niños en una escuela china

Con una población de cerca de 20 millones de hombres más que mujeres, la cuestión es por qué, pese al gran excedente de oferta masculina, muchas continúan solteras. Las autoridades chinas sugieren que las “shengnu” son, paradójicamente, las más preparadas y con una educación de mayor nivel. Su soltería deriva, según esta teoría, de su extrema exigencia a la hora de encontrar un hombre que se ajuste a sus expectativas, sobre todo económicas. Esto llevó a que las autoridades chinas comenzasen a inquietarse, ya que así se reducían las posibilidades de que una generación más inteligente viese la luz. Con el objetivo de reducir ese retraso, se habría iniciado una operación para denostar la soltería y que las hijas pródigas del régimen no olvidaran que “debían” encontrar pareja. Muy sutil todo.

El caso es que al margen de la técnica de emparejamiento, el término ha pasado al lenguaje cotidiano. Así que en china, las solteronas ya lo son a los 28. Ser lista es estar condenada. Eso sí, siempre se puede hacer la de la peineta y enarbolar el dato que da la revista Forbes. Once de las 20 mujeres más ricas del mundo por iniciativa propia proceden del gigante asiático, que ostenta el segundo puesto, por detrás de Tailandia, con mayor número de directivas (el 19 por ciento de consejeros delegados en las grandes empresas). La que no se consuela es porque no quiere.

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Xi Jinping, nuevo presidente de la República Popular China

Algunas de las esperanzas de que la situación de las mujeres cambie en los próximos años están puestas en el nuevo presidente. Hace menos de una semana, Xi Jinping fue elegido formalmente como presidente de China.

Cada diez años se renueva la cúpula de poder de un Partido Comunista que es el mayor partido político del mundo con 81 millones de militantes. Entre los retos que deberá afrontar el nuevo mandatario están fomentar el desarrollo económico a través de la innovación científica y tecnológica. Además de mejoras sociales mediante un programa de subsidios estatales, así como programas de vivienda, educativos y sanitarios. Y con un poco de suerte no olvidarse de esos 670 millones de pares de pechos.

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