Pablo Batalla Cueto

Boris I de Andorra: el zar de los Valles

Andorra

Pocos días después de su entronización, Boris I de Andorra recibió en audiencia en su palacio de Sant Julià de Lòria a un pequeño destacamento de periodistas extranjeros, a fin de comunicarles las líneas maestras que, aspiraba, habrían de marcar su reinado recién inaugurado. Éstas, les dijo, iban a ser fundamentalmente tres: la protección al necesitado, la educación universal y el deporte. «Mucho, mucho deporte. Pero nada de juegos prohibidos», se preocupó de añadir.

A los corresponsales les agradó el monarca. Sus crónicas glosaron al rey Boris en términos generalmente elogiosos. El español ABC, por ejemplo, no dejó de mencionar su admirable poliglotía: Boris I Skósyrev hablaba fluidamente seis idiomas. También recibieron general encomio sus primeras disposiciones: la Constitución del Estado Libre de Andorra, promulgada el 17 de julio de 1934, había decretado la absoluta libertad política, religiosa y de imprenta. Su acceso al trono, por lo demás, había sido impecablemente democrático: el Consell General andorrano lo había aprobado por abrumadora mayoría de veintitrés a uno; sólo el representante de Encamp había votado en contra.

Una de las dos únicas fotografías que se conservan de Boris Skósyrev muestra a un hombre de mediana edad, alto, delgado y apuesto, de facciones finas, cabello moreno rizado, tez bronceada y una elegancia desgarbada perfectamente calculada: el cuello de la camisa blanca desabrochado, sin corbata, debajo de la chaqueta de tweed abierta, en cuyo bolsillo asoma un pañuelo blanco; un pitillo sostenido entre dos dedos con un ademán negligente y natural. La otra imagen es muy diferente, más discreta y oficial: en ella, el rey de los Valles aparece pulcramente trajeado, sentado tras una mesa sobre la que se amontonan varios papeles y descansa un tintero del que descuella una larga pluma de ave; tiene la cabeza apoyada en un brazo mientras hojea uno de los documentos, del que ha levantado apenas la vista para mirar a la cámara. Las dos fotografías tienen, en cambio, algo en común: los ojos, dos ojos grandes, luminosos y penetrantes, persuasivos, fijos. Los ojos de Rasputín y los de Salvador Dalí; los de un loco, o los de un genio. Por las crónicas sabemos que eran azules.

Una caricatura muy del estilo de las de la prensa de los años treinta nos permite añadir al perfil algunos datos más: sabemos por esta vía que también solía gastar bigote y una perilla cuidadosamente recortada, que le gustaban las corbatas de rayas y que no le era ajena una manera altiva y estirada de caminar. Por lo demás, está documentado que usaba monóculo, que el mar le apasionaba y que, como los reyes de Sildavia en los tebeos de Tintín, nunca se separaba de su cetro real, un hermoso bastón con empuñadura de plata.

La procedencia del bastón-cetro sólo puede conjeturarse, porque ningún documento la atestigua, pero la larga estancia del futuro Boris I de Andorra en Gran Bretaña, donde fungió como espía para el Foreign Office después de huir de la revolución bolchevique en su país natal, invita a suponérsela británica. No parece probable que adquiriese el bastón en Colombia, ni en Japón. Otra posibilidad es la conexión holandesa: Boris Skósyrev frecuentó aquellos pagos durante algún tiempo, en una época oscura de su vida de la que sólo se sabe que pudo haber trabajado para la casa real de los Países Bajos y que pudo haber sido galardonado por la reina Guillermina con un título de conde de Orange que probablemente se inventase él mismo. La tercera opción es la Costa Azul y un matrimonio poco duradero con una madura ricachona marsellesa, Marie Louise Parat de Gassier. Que fue poco duradero se sabe porque el casamiento había tenido lugar en 1931 y porque, sin embargo, al principado de Andorra el futuro monarca llegó en 1933 del brazo de una voluptuosa y multimillonaria adolescente norteamericana, Florence Marmon.

Boris I era ruso, porque había nacido en el Imperio ruso. Era lituano, porque había nacido en Vilnius. Era bielorruso, porque tal era el origen de la familia de la baja aristocracia zarista que lo había traído al mundo. Pero no era ninguna de las tres cosas. Boris Skósyrev poseía un pasaporte Nansen, que el filántropo noruego que le dio el nombre y mereció por ello el premio Nobel de la paz había inventado en los años veinte para los refugiados de las innumerables guerras que asolaban el mundo, y que acreditaba a su afortunado propietario como apátrida.

En 1933, sí, Boris Skósyrev y Florence Marmon llegan a Andorra.

¿En qué instante preciso comenzó Boris I a acariciar la idea de inventarse el trono de rey de los Valles y de sentarse en él? ¿Cuál fue la chispa que prendió el heno de su carácter ambicioso y soñador? ¿Cuál el punto exacto del camino en el que el padre de la Andorra moderna se cayó del caballo? Es imposible precisarlo. El trasfondo del asunto sí se conoce: Boris y Florence se enamoran de un terruño dejado de la mano de Dios, cuajado de resabios feudales y poblado por un campesino atrasado y tosco. Gobiernan in absentia el territorio el obispo de Urgel, don Justí Guitart i Vilardebó, y el decimoquinto presidente de la Tercera República francesa, don Albert Lebrun; un apolillado Consejo General y sendos administradores de justicia los representan. En aquel paraje pirenaico, Boris experimenta una epifanía: con aquella arcilla tallará y cocerá Nuevo Mónaco. Habrá casinos, y cocoteros fiscales, y habrá deporte, mucho deporte. Boris quiere ser el rey de Andorra.

No tarda en ponerse manos a la obra, pero, como todos los comienzos de todo proyecto de gran envergadura, los del de Boris son dificíles. Boris peregrina todos los caminos, sube todas las montañas y derrocha con manirrotura su indudable carisma personal. Charla con labriegos y artesanos, escucha con paciencia sus lamentos y les promete ayuda a cambio de recibir la suya. Después, marcha resuelto a presentarse a los miembros del Consejo General; una reciente revuelta juvenil parece dar alas a sus reivindicaciones progresistas. Se encuentra, sin embargo, con un muro. Los adustos consellers desconfían del forastero, y le reclaman con vehemencia que no se inmiscuya en sus asuntos, con la amenaza de elevar una queja a la autoridad competente para que, si reincide, le aplique las sanciones preceptivas.

Caricatura Boris

Caricatura de Boris en O Diabo

Qué duda cabe: reincide. El 22 de mayo de 1934 es expulsado del país y marcha al exilio en España, primero en la Seo de Urgel y más tarde en Torredembarra; pero no renuncia al trono de los Valles. Con la obstinación característica de cuantos viven atenazados por una idea fija, escribe proclamas y convoca entrevistas; con la de cualquier legitimista, se presenta a los medios ostentando el título que no tiene: Boris I de Andorra. Algunos diarios prestigiosos, como The Times o el Daily Herald, acuden a la llamada, atraídos por el caso. Por supuesto, también lo hacen los españoles. Al corresponsal del madrileño Ahora, Boris I declara que, a pesar de no poseer ningún derecho histórico que justifique su pretensión, le bastan para sostenerla los padecimientos de los campesinos andorranos y los derechos de los españoles residentes en Andorra y vejados [sic], por la Segunda República española. Al doctor Lopes, del portugués O Diabo, le explica pormenorizadamente sus concepciones políticas; Lopes relata más tarde en el diario: «Boris no es socialista en absoluto. Lo que él me cuenta es que está decididamente en contra de los tres únicos poderes que, a su manera de ver, dirigen el mundo: el judaísmo, la masonería y el jesuitismo, explicándome que no es antisemita por racismo sino porque considera que los judíos tienen en sus manos las riendas de las finanzas mundiales; y que si es antimasón y antijesuita es porque está en contra de cualquier asociación secreta, forzosamente hipócrita y pescadora de aguas turbias. Políticamente, considera indispensable la existencia de oposición; socialmente, está totalmente en contra del capitalismo, y explica que todo el capital de un país debe ser invertido en ese mismo país —nationalisme integral— y que todo el capital emigrante, por significar desconfianza en la actividad económica nacional, debería ser confiscado sin piedad».

Boris busca, también, el apoyo de los legitimistas franceses: recuérdese o sépase que Andorra, entonces como hoy, cuenta con una jefatura de Estado doble, compartida por el obispo urgelitano y el jefe de Estado de Francia; que la jefatura francesa deriva de la que originalmente poseía la casa de Foix; que el complejo devenir de la historia de la nobleza había dado en desaguar los derechos de dicha casa en la de Orleáns; y que la de Orleáns era una de las tres dinastías que, desde la caída de Luis Felipe I, pretendían el desaparecido trono de Francia. El pez pica el anzuelo: Juan de Orleáns, duque de Guisa y legítimo rey de Francia número dos (el número uno era Alfonso Carlos de Borbón y Austria Este y el número tres Luis Napoleón Bonaparte), concede el plácet a Boris. Los periódicos orleansistas presentan a Boris I, que, entretanto, no ha dejado de moverse: paga una misa en honor al líder independentista catalán Francesc Macià, se hace fotografías con las que imprime postales monárquicas y sigue celebrando jugosas entrevistas: además de los ya antedichos diarios europeos, también La Nación de Buenos Aires se deja seducir por el encanto del zar de Andorra. Diseña asimismo una nueva bandera con los colores de la anterior dispuestos en horizontal y surmontados por una corona, y redacta una pomposa Constitución, que dinamita por completo el arcaico statu quo andorrano con un TNT que incluye libertades democráticas, inversiones extranjeras y el reconocimiento de la condición de paraíso fiscal para el minúsculo reino. Imprime diez mil ejemplares, uno de los cuales desata la ira tridentina de monseñor Guitart, el obispo de Urgel, que clama en la prensa leridana por sus derechos y los de monsieur Lebrun como únicos copríncipes legítimos de Andorra.

Justí Guitart

Monseñor Guitart

Semejantes muestras de empecinamiento bastan para deshelar los recelos de los consellers andorranos. El 7 de julio de 1934, el síndico general convoca a éstos a un solemne Consell General en la Casa de la Vall. El síndico expone sucintamente el asunto: el allí presente conde de Orange, refiere, ha mantenido una entrevista con él en la que le ha expuesto sucintamente sus ambiciosos proyectos para el principado; quiere, le ha dicho, hacer de él lo que antes se ha hecho de otras pequeñas naciones europeas: un gran centro empresarial al que bancos y empresas vayan a establecerse atraídos por jugosos beneficios fiscales; y quiere, en compensación y agradecimiento, que los honorables miembros del Consejo le nombren rey de Andorra.

Se procede a votar. Veintitrés de veinticuatro; la monarquía queda instaurada. Boris I y la reina Florence se acomodan en la Fonda Calons, en Sant Julià de Lòria. La República francesa no tarda en anunciar su escrupuloso respeto a la decisión democrática del Consell General; la española, que bueno, que a ver, que talante, que consenso, que ya mañana si eso ya.

El reinado dura poco. En la caída del rey Boris, el papel protagonista lo juega la connivencia de dos actores erigidos en guardianes de la milenaria tradición andorrana: el atribulado obispo de Urgel y el conseller encampadano, poco dispuestos a permitir que un advenedizo desensille al primero y destruya todo aquello en lo que el segundo cree. El páter mueve hilos y consigue, apenas una semana después de la coronación, que una partida de cuatro guardias civiles y un sargento irrumpa en el palacio, aprese al usurpador mientras éste toma el té, y lo conduzca hacia la frontera. Tal es, sin contar como tales las dos guerras coloniales en Sidi Ifni y Perejil, la penúltima intervención militar de España en el exterior hasta la fecha; la última fue la ocupación de Tánger durante la segunda guerra mundial.

Lo que viene después es la historia de todas las monarquías caídas: un tren de tercera, algún usted no sabe quién soy yo, una reclamación airada del trato y las comodidades que a un rey le son debidas, el exilio. Boris I es llevado, primero, a la Seo de Urgel; después, a Barcelona; finalmente a Madrid. Allí es encarcelado y procesado con arreglo a la Ley de Vagos y Maleantes (la maternidad es ciencia; la paternidad, creencia: contra lo que generalmente se cree, la de la Gandula no corresponde a Francisco Franco, sino a Alejandro Lerroux). La prensa matritense apea los elogios y abre el cajón de los denuestos; el pintoresco aventurero ha pasado a ser un enemigo de la patria. Así, por ejemplo, César González Ruano escribe en la portada de ABC: «La candidatura del intitulado Boris I al trono de Andorra no es un acto de opereta, ni mucho menos. Es la maniobra de un echadizo que intenta descartar más aún en beneficio de tercero que en el suyo propio la cosoberanía histórica e indiscutible del obispo representante del Poder español. Si los derechos de la infeudación de Andorra corresponden al Obispo de Seo de Urgel como mandatario de la Casa de Urgel, hay que defenderlos de una turbia maniobra.»

Andorra 2
El juez constata que el ciudadano Boris Skósyrev es el mismo sujeto que fue expulsado de Mallorca en 1932 en compañía de una joven millonaria inglesa por un turbio asunto sexual no esclarecido, y ordena el ingreso del rey destronado en la cárcel Modelo de Madrid. Boris cumple una condena corta; tras salir libre, emprende un discreto peregrinaje hacia el olvido. Estoril, Lisboa, Tánger, Gibraltar…; cada nueva etapa es más nebulosa que la anterior. Su biografía es a partir de aquí una maraña de retazos contradictorios y sorprendentes. Oliveira Salazar, el dictador portugués, le ofrece un pasaporte cuando Francia le retira el suyo, pero Boris rechaza el ofrecimiento argumentando que no quiere perder su ligazón con Andorra, porque no renuncia a recuperar el trono. En la Provenza se reencuentra con su primera esposa; se desconocen los cargos que los nazis le imputan estando allí y por causa de los cuales da con sus huesos en el campo de Rieucros, en Ariège.

Algunos aseguran que murió allí, en 1944. Otros, que sobrevivió al Tercer Reich, que fue liberado por los americanos y que fijó su residencia en Boppard, en la Alemania Occidental, pero que por razones desconocidas emigró a la zona soviética y acabó siendo condenado a trabajos forzados en un gulag siberiano; que salió libre en 1956, que regresó a Boppard y que le faltaron ocho meses de vida para presenciar el derribo del Muro. Otros, que ni lo uno ni lo otro: que sí a lo del gulag, pero no a lo del antifascismo, que lo que era Boris Skósyrev era un colaboracionista y que fue encarcelado y duramente maltratado por los franceses que ocupaban Berlín. Fuentes hay, incluso, que aseguran que un poco de todo: que estuvo en Rieucros, que se hizo colaborador de los nazis para salir del campo, que éstos lo emplearon como intérprete en el frente ruso y que después, sí, pasó lo de los franceses y todo lo demás.

De ser la cierta la versión de que falleció en 1989, Boris Mijáilovich Skósyrev Mavrusov sí tuvo tiempo de ver la película El hombre que pudo reinar, estrenada en 1975. Si la vio o no, es imposible saberlo; por supuesto, aún si supiéramos que la vio, también sería imposible averiguar qué sensaciones experimentó al escuchar el siguiente diálogo:
—Pecky, ¿tú qué opinas? ¿Hemos desperdiciado la vida?
—Eso depende de cómo se mire. No creo que el mundo haya mejorado gracias a nosotros.
—No, eso no.
—Ni tampoco creo que nadie llore nuestra muerte.
—Bueno, pues que no lloren.
—No hemos realizado muchas buenas acciones.
—Ninguna, eso sí es verdad.
—Pero, ¿cuánta gente ha viajado lo que nosotros, y visto lo que nosotros?

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2 pensamientos en “Boris I de Andorra: el zar de los Valles

  1. Hola Pablo

    Felicidades por tu artículo. Este personaje me interesa particularmente y me gustaría saber qué fuente o fuentes has utilizado. Sobre todo por lo que respecta al dato de la esposa de Boris, Marie Louise Parat de Gassiert.

    Muchas gracias

    Guillermo

  2. Pingback: El último rey de Andorra | Fronteras

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