Rubén Paniceres

Lemmy Caution, cuando el mundo era real

alphaville

Hay una tendencia en la critica cinematográfica a valorar Lemmy contra Alphaville (1965) como una obra menor, cuando no un tropiezo, en la carrera de Jean Luc Godard. Destacados historiadores cinematográficos de nuestro país parecen compartir dicha opinión. Así, Román Gubern en  su estudio Godard Polémico (Tusquets, Cuadernos Ínfimos, 1969) califica  el trabajo de Godard como «carente de la menor preparación crítica para abordar un problemática tan compleja y rica como la del futuro de la sociedad industrial».  Aún mayor dureza exhibe el juicio de Carlos Aguilar comprendida en Bolsilibro & Cinema Bis ( VTP Editorial para Peor…¡Imposible!, coordinación Javier Romero, 2012) que evalúa al film como: «Un irritante ejercicio de narcisismo de autor […] tan pomposo y arbitrario por fuera como pueril y huero por dentro».

Respetando mucho esas opiniones de  dichos estudiosos del cine, sin duda alguna más doctos que un servidor, siento disentir. Estimo que Alphaville, que es como se la cita fundamentalmente, es una de las más fascinantes peliculas de Godard, pero sobre todo un sorprendente tratamiento de las mitologías de la cultura popular. Reinventando/reconstruyendo las distintas variedades de la narrativa de masas: la ciencia ficción, la serie negra, el relato de espionaje, incluso la novela gótica.

AlphavilleLa trama se centra en una aventura futurista del personaje creado por Peter Chenney, Lemmy Caution, que es tratado como se merece por los compañeros de NEVILLE en otros trabajos y que fue encarnado desde 1953, año en que se realiza Cita con la muerte (Bernard Borderie), por el pedregoso actor americano Eddie Constantine. Caution, agente de los países exteriores, viaja a la metrópolis de Alphaville, ubicada en un lejano e ignoto planeta que no es otro que una insólita París de los años 60, regida por el poder ubicuo y omnímodo de la inteligencia artificial denominado Alpha 60. La misión de Lemmy Caution es recuperar al doctor Nosferatu, a la sazón el creador de Alpha 60 e ingeniero de un nuevo orden tecnificado donde, como si fuera una novela de Philip K. Dick, se busca la muerte del sentimiento, sustituido por un inflexible pensamiento lógico matemático. Alphaville es una distopía en la que Godard crea una amalgama entre el nazismo, el estalinismo y un capitalismo totalitario; una deshumanizada tecnocracia en la que el amor es una sensación obsoleta propia de ancianos; los diccionarios, de los cuales día a día se van suprimiendo palabras, sustituyen a los libros sagrados y las personas se comportan de un modo contradictorio, negando cuando quieren decir sí, afirmando cuando quieren decir no. En, definitiva, una tierra habitada por zombis automatizados. Sin embargo, Godard no efectúa un analisis profundo de la mentalidad y la práctica dictatoriales con ropajes de sátira de anticipación en la línea de Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell, aunque se nota su influencia. Los intereses del cineasta son, como en otros ejemplos de su filmografía (El soldadito, Pierrot el loco, o Made in USA) utilizar los mecanismos de la ficción genérica como soporte para efectuar un palimpsesto que transmite un discurso lírico sobre la necesidad del amor en la deshumanizada civilización moderna. Mientras el sueño del Estado es la unidad absoluta, la negación de la individualidad y la otredad, los seres humanos para realizarse necesitan la dualidad, el compartir su proyecto vital con el otro/a que constituye la pareja. Asi, la lectura del libro de poemas de Paul Éluard , Capital del dolor, vertebrará el film y llevará a un proceso iniciatico a la heroína, Anna Karina, que rehuirá su faceta de ciudadana de Alphaville, mero robot de carne y hueso, para cerrar la película con un bellísimo primer plano en el que musita «Te amo». El Lemmy Caution de Godard —hombre de un pasado, que es el presente, confrontado a un futuro próximo, que puede, igualmente, ser el presente— ejerce, pues, la función que Alejandra Pizarnik otorga al relato maravilloso: «La irrupción enteramente inesperada de alguien —de algo— que suprime la distancia que separa el deseo de la realidad».

Godard practica un proceso de extrañamiento formal con el relato tradicional. No se recurre a decorados futuristas ni a la descripción de bizarras maquinarias. Alphaville es una ciudad  de la época en que fue filmada a la que la difuminada fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard y la búsqueda de localizaciones y exteriores impresionadas de forma desolada y atmosférica otorga su marchamo futurista. Y es que Godard comprendió perfectamente que el genero fantástico, como sostenía Roger Callois, «se basa en la solidez del mundo real, para mejor devastarlo».

Cantor de las generaciones hijas de la Coca-Cola y Marx, Godard satura de citas su película. Sean estas culteranas —Pascal, Bergson, Schopenhauer, Einstein…— o referencias a destacados hitos de la cultura popular, como el comic de Chester Gould Dick Tracy o las novelas de Harry Dickson escritas por Jean Ray. Reforzando el aire de anacronismo y la colisión entre los mundos de la ficción y los postulados del ensayo intelectual que propone la cinta.

La estrategia de Godard no es, sin embargo, la  burda parodia encubierta de un estilismo sofisticado, como hizo Joseph Losey con las mitologías de la era Bond en Modesty Blaise, superagente femenino (1966). Ni la edulcoración kistch que practicó Roger Vadim en Barbarella (1968). Son éstos títulos que tienen elementos de notable interés, pero que adolecen de superioridad y pedante distanciamiento y en definitiva traicionan los originales de los que parten, los encantadores comics de Peter O’Donnell y Jean Claude Forest, respectivamente. El autor de Banda aparte efectúa, más que una desmitificación, una deconstrucción del imaginario de los géneros. Godard subraya las inconsistencias de los tópicos de toda trama y altera los arquetipos y estereotipos de las narrativas populares. Una persecución automovilística al uso puede invertirse siendo el perseguido el que sigue a sus perseguidores. El superordenador Alpha 60 es diseñado a través de unas cuantas bombillas, unos micrófonos y… un rudimentario ventilador. La imagen se detiene en foto fija en las escenas de acción o se revela en blanquecinos clichés. Eddie Constantine personifica a un héroe primitivo —la película iba a titularse previamente Tarzán contra IBM— que soluciona el maldito embrollo en el que se halla envuelto simplemente haciendo saltar los plomos, provocando un apagón masivo que llevará a toda Alphaville a la entropía.

Portada

A pesar de todo, este procedimiento no acarrea la desvirtuación del imaginario popular, algo que sí intentaron realizadores como Álex de la Iglesia con Acción Mutante (1992), sino que propone una nueva forma de narrar la aventura fantástica. Una visión alternativa de los universos de la fantaciencia y el film noir —fusionados con décadas de antelación con respecto a peliculas como Blade Runner de Ridley Scott— los cuales son objeto de una nueva mirada, desprovista de la acrítica complacencia del devoto aficionado que buscan, por ejemplo, los astutos revivals de un Quentin Tarantino. Enfoque que para algunos, como el que esto suscribe, que amamos  la cultura popular, nos provee de un soplo de aire fresco y de no pocos elementos de reflexión sobre el revés y el envés de las ficciones que nos han seducido y seducen a lo largo de nuestra vida. Además, el Godard de aquellos años demostraba que se puede hacer cine de autor sin que sea un aburrido pestiño, algo que habría que recordar a «artista» como Michael Haneke o al mismo Godard de los últimos tiempos, que sigue siendo un cineasta interesante pero ya carente del atractivo y la diversión que proponían sus peliculas en la década de los sesenta.

Godard recuperó a Eddie Constantine personificando a una especie de envejecido y devastado avatar de Lemmy Caution en un film de 62 minutos para la televisión titulado Allemagne Année Neuf  Zero. Pero los sesenta ya quedaban muy lejos y los años, como demostraba el rostro de Constantine castigado por la herida del tiempo, no pasan en balde.

Bueno, siempre nos quedará el recuerdo de la pareja romántica de Eddie y Anna, huyendo juntos de la inhumana Alphaville. Mientras, el fantasma en la máquina de Alpha 60 agoniza citando al Borges de Nueva refutación del tiempo y constata la perpetua soledad de hombres y máquinas: «El mundo, por desgracia, es real».

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Un pensamiento en “Lemmy Caution, cuando el mundo era real

  1. Es evidente que no se trata de una gran película distópica (supongo que por eso las malas críticas) pero como drama sobre la incomunicación me parece extraordinario.

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