Paula Corroto

Daniel Moreno (Editorial Capitán Swing): «Este año cerrarán muchas editoriales»

En el año 2009, con una crisis que ya despuntaba, Daniel Moreno (Madrid, 1981) montó la editorial Capitán Swing, dedicada a una narrativa crítica y al ensayo político y progresista. Lo hizo gracias a un microcrédito y a parte de la herencia de una abuela. Contaba con la experiencia de su hermano Diego, editor de Nórdica, pero no imaginaba que la audacia iba a condicionar su vida los años siguientes. Él mismo comenzó con la maquetación, el diseño y la elección de títulos. Un trabajo muy duro, aunque ahora lleve la cool etiqueta de emprendedor. La constancia, sin embargo, le ha servido para hacerse un hueco entre los lectores ávidos de ensayos que critican y argumentan sobre el sistema actual. Él fue uno de los pioneros en esta nueva ola de la obra ensayística de izquierdas, pero como señala en esta entrevista frente a unas cañas y un aperitivo en el primer día de primavera, hay que seguir trabajando. Los tiempos son muy malos, y, de hecho, Moreno avisa: si no cambian las cosas, «este año cerrarán muchas editoriales».

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Daniel Moreno, editor de Capitán Swing

—¿Cómo fue el proceso de creación de Capitán Swing?
—En la facultad de Sociología de la Complutense, en el ambiente en el que me movía había mucha gente que venía de [la editorial] Traficantes de Sueños, y estábamos en contacto con el mundo de los libros. Éramos muy amigos de la vicedecana de alumnos, que se llamaba Margarita Marañano y a la que le gustó mucho la idea [de la editorial]. Era una época en la que estaba todo fatal. Había mucha gente contratada que no hacía nada… Ese tipo de cultura del subsidio, aunque luego se pusieron un poquito las pilas. Nosotros nos queríamos quedar como curritos en la Complutense, pero aquello al final no pudo ser. Quisimos montar un servicio de publicaciones en la facultad de Sociología, pero tampoco pudo ser… Y entre los que estábamos decidimos montar una editorial, pero ocurrió lo de siempre: en cuanto haces números hubo gente que se salió del proyecto. Yo tenía la pasta de mi abuela y la experiencia de mi hermano [Diego Moreno, editor de Nórdica], y aunque él desde el primer momento me dijo que no lo hiciera, al menos en lo logístico y en las cuentas me echó una mano. Y empecé por ahí.

—Y tú maquetas, diseñas, eliges a los autores… Cumples la filosofía del «emprendedor». ¿Es buena? ¿EsEmail001 (3) justa? ¿A dónde nos lleva?
—Empecé haciéndolo todo yo. Después, cuando la cosa empezó a ir mejor me quité la maquetación; luego fue peor y empecé a hacerlo yo todo otra vez. Esto de la filosofía del emprendedor tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Mi hermano es muy partidario de que si uno no controla todo el proceso al final las cosas salen mal. Eso no es del todo cierto porque las cosas también salen mal aunque tú controles todo el proceso. Y luego es una salvajada porque aquí hay para currar… Hay que saber delegar, y si tienes los recursos debes externalizar trabajos o contratar a gente. Lo que ocurre es que también es verdad que hay muy poca gente que hace bien su trabajo. Todos los editores están escaldados de traductores, correctores… Externalizar te lleva muchos disgustos porque no hay mucha gente seria. Al principio te extraña que haya cinco o seis traductores que se llevan todo el percal, pero luego ves que es lógico porque algunos te envían traducciones con erratas…

—Pero te preguntaba más por esta filosofía del emprendedor que nos están introduciendo casi a marchas forzadas. El do it yourself como panacea.
—Yo no estoy de acuerdo con esa filosofía. Yo me he montado mi editorial y si eso es emprender, vale, pero es emprender con muchos peros, porque he pedido créditos… Hay una dependencia que no es nada buena.

Has dicho en alguna entrevista: «No siempre publicas lo que quieres, sino lo que puedes». ¿Qué te has dejado en el tintero y por qué?
—Sí, pero Mario Muchnik decía que un editor tiene que estar orgulloso no de lo que no ha publicado, sino de lo que publica. Pero es verdad que, de un tiempo a esta parte se nota mucho que las grandes editoriales se han puesto mucho las pilas con el ensayo político. De hecho, ayer [el pasado martes] [Iñaki] Gabilondo hablaba de un libro por el que yo aposté, que se titula El precariado, bastante político y de izquierdas, y me lo quitó Planeta. Y a priori aunque a Planeta no le pega nada, como toca temas de actualidad… Es decir, esto significa que cada vez es más difícil pescar en aquellos lugares donde tú más a gusto estás, que es el ensayo político más progresista, ya que es donde está ahora todo el mundo.

—¿Cuáles son los caladeros a los que acudes a pescar?
—De todo. Desde referencias que me dan colegas, hasta lecturas que hago yo… También sigo editoriales anglosajonas donde veo qué van sacando… No hay una fórmula.

—¿Cómo se elige un buen libro?
—Si busco un ensayo político lo tengo muy claro. Busco una cosa que está entre algo raro y riguroso. Que tenga rigor, pero que tampoco sea muy pesado. No sé muy bien cómo explicarlo con palabras, pero yo lo tengo clarísimo. Cuando empiezo a leer tengo claro si me vale para publicarlo. Aún así también me lanzo a por cosas que son muy arriesgadas.

chavs_150ppp—De hecho, últimamente has publicado Chavs. La demonización de la clase obrera o El Minotauro global. ¿Por qué te interesa esa veta del ensayo político y progresista?
—Porque es el tipo de narrativa que yo controlo. También porque en el momento en el que empecé y ahora hacen falta libros digeribles, que sean potentes y que la gente los pueda leer para que se enteren un poco de qué va la vaina [sic]. Todavía siguen haciendo falta. Es mi pequeña aportación a todo esto. Novelas buenas hay muchas y malas también, pero ensayos que intenten reflejar el estado de la cuestión y que sean buenos, no hay tantos

—Por cierto, estos dos ensayos se leen como novelas… ¿Va por ahí el género ensayístico?
—Están a medio camino entre el ensayo y el reportaje. No sabes si son periodistas o sociólogos… Son rigurosos, pero tampoco pesados. Pero no sé si va por ahí el ensayo. El ensayo se ha caracterizado por estar a caballo entre un texto académico y un texto más digerible para los lectores, pero no tengo claro si va por ahí el género…

—Por otro lado, están alcanzando a un público que está siendo crítico con la narrativa… ¿es porque ésta  no resulta tan interesante? ¿La realidad es más creativa?
—La estructura del ensayo es más proclive a que uno pueda jugar con varios géneros. En la novela no es tan fácil hacer cosas raras. O te sale muy bien o te sale un bodrio. Pero en el ensayo sí puedes meter el género del reportaje, partes de ficción… La estructura del ensayo como obra narrativa es muy buena para reflejar cosas de la realidad social y para mezclar con otros géneros. Para mí es el modelo ideal, pero en narrativa también se hacen cosas interesantes.

—Hay algunos pensadores o intelectuales que han dicho que el pensamiento está en declive. ¿Crees que es así?
—No hay muchas nuevas aportaciones que sean buenas. O es más de lo mismo camuflado con retórica de ahora o son tonterías. No hay grandes referentes intelectuales. Los que hay están un poco pasados… Pero sí va saliendo gente interesante como Owen Jones [autor de Chavs], que es un chico que tiene ahora veintinueve años y que en Inglaterra es una estrella. Es un chico muy politizado, muy implicado en la realidad social inglesa, y vamos a ver dónde queda… Pero por otro lado, no viene mal que no haya grandes referentes intelectuales a los que acudir, porque sí que está saliendo gente anónima que se está currando cosas. Además los referentes que hay se han caído un poco. Por ejemplo Habermas suena ya rancio… Y cuando ha habido debates políticos e intelectuales ya no se pringan, respetan mucho el statu quo. De todas formas, los referentes van mucho por modas. Por ejemplo, Alain Badiou se puso de moda y va a pasar como con todo lo que se pone de moda, que se pasará.

—¿Y qué nos ha pasado a los de nuestra generación para que no contemos con los referentes que sí surgieron décadas antes? ¿Por qué no tenemos nuestros Derrida, Foucault o Deleuze?
—Ésa es una larga historia… Primero, todos éstos al final de su vida han demostrado que no eran tan progresistas y tan de izquierdas como parecía en 1968. Sobre todo Foucault, que se cita como un referente comprometido y acabó siendo bastante de derechas. Es lo que te decía. Si tú miras la producción intelectual que había desde 1970 hasta 1990 y la que ha habido desde entonces hasta ahora ves que ha bajado mucho. Pero sin embargo, con procesos como el 15-M o el Occupy Wall Street también se demuestra que no hacen falta los referentes políticos e intelectuales. La gente llegaba a las asambleas y te encontrabas con que cualquier idiotez que a la gente se le ocurría, la soltaban, pero también se decían cosas muy interesantes. Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor, pero está bien que la gente anónima sea la protagonista de los procesos y que no haya cabezas visibles.

—Que no haya jerarquización.cubierta-historia-del-diablo
—Sí. Lo bueno del 15M es que muy poca gente pudo monopolizar la historia. Ni desde el sector político ni desde el intelectual. La gente era la protagonista y eso me parece bien.

—¿Y eso no fue también la debilidad del 15M?
—Para algunos es una debilidad y para otros una fortaleza, depende de cómo se entiendan los procesos. Que el 15-M se haya estancado no creo que tenga que ver con eso. Pero yo creo que estaba bien que no hubiese una voz única y que existiera una multiplicidad de voces. Seguramente fuera una de sus fortalezas. Al final, cuando hay una única voz es muy fácil que haya algún sector que acabe monopolizando los procesos. Eso es lo que suele pasar siempre y no es nada bueno. Nadie puede reapropiarse de cosas que no le pertenecen. Y en el 15-M nadie se las ha reapropiado y eso está guay.

—Volviendo al tema de la supervivencia como editor. Hasta ahora las editoriales indies contabais con una subvención que parece que se va a acabar.  ¿Cómo puede repercutir esto?
—Eso de la subvención está por ver, pero puede repercutir mucho. Las subvenciones anuales del ministerio de Cultura son fundamentales para todos. Para los que les va bien, regular o mal. Acabar con las subvenciones por un lado está bien, pero otro lado no tanto. Si te fijas en el BOE ves que el reparto es más equitativo de lo que parece. El pastel se reparte en muchas porciones. Y si a las pequeñas editoriales les quitas eso, muchas lo van a pasar fatal y va a ocurrir lo que pasaba en los años noventa: que había ocho o nueve editoriales y cada vez más monopolizadas en grandes grupos. No hay que ser dependiente de las subvenciones, pero en un momento en el que el mercado está tan mal tampoco puedes pedir una industria del libro potente, porque si ya no era potente cuando el mercado estaba bien… Yo soy partidario de que se hagan las cosas bien. El Estado no tiene por qué no subvencionar este tipo de cosas, pero es verdad que también son entidades privadas que pugnan en el mercado. La batalla debe de estar a mitad de caballo del Estado y del mercado y eso no es fácil de conjugar, con lo cual siempre hay empresas que son muy dependientes de la subvención, otras que lo son menos… Es un debate complicado.

—Además, ahora los bancos ya no dan más préstamos.
—No, no hay créditos. Si lo que no sé es cómo no han cerrado ya quinientas editoriales, entre ellas la mía. Lo que pasa es que uno se va aferrando y el tiempo va pasando y vas chapuceando y tirando para adelante como puedes. Pero en este momento en el que tú no puedes financiar créditos lo más probable es que te vayas al cierre. Y si este año sigue así, que está peor que el año pasado, lo normal es que se cierren muchas editoriales.

Este GrahamGreeneaño, por otra parte, se prevé difícil. Las librerías están devolviendo el 30% de los libros. ¿Consecuencias de esta tendencia? ¿Estamos ante un proceso darwinista en los libros con esta crisis?
—El sector editorial es un mundo en sí mismo. Es una cadena que depende de muchos factores y no sólo las editoriales. Está la distribución, las librerías y luego toda la gente que pivota alrededor, que son traductores, correctores, maquetadores, diseñadores… Hace unos años todo el mundo decía que iba a haber un cambio, pero no está habiendo ninguno. Tampoco se habla del tema, es como un tabú. Nadie dice que le va bien, pero tampoco que le va mal. Yo lo que creo es que si sigue así acabará explotando para mal. ¿Cuáles son las alternativas? Bajar el ritmo de publicaciones, pagar menos…, pero eso son parches. Lo que está mal es el sector en sí mismo, puesto que es un sector especulativo. Tú no sabes si vives de las ventas, de las liquidaciones… Es muy parecido al sector financiero. Y como es una cadena muy compleja todavía se mantiene, pero el diseño es pésimo. No sabes si vives del aire o de algo real.

¿Estábamos en una burbuja?
—Sí, sí, pero en el mundo del libro es una burbuja en sí mismo. La lógica del sector es de burbuja, pero es una burbuja que no pincha no se sabe bien por qué. Porque hay subvenciones…

¿Qué habría que hacer para que no fuera tan especulativo, para que si vienen las vacas flacas como ahora no ocurriera lo que está ocurriendo?
—En un país como el nuestro, donde el índice de lectura es tan bajo realmente lo que hay que poner en cuestión es si tiene sentido tener una editorial o una empresa cultural. En cuanto al mercado, los datos te van a decir que no, porque uno no monta una empresa para estar perdiendo dinero constantemente. Lo que pasa es que como picoteas de todas partes vives en una nebulosa. Que si la subvención, que si vas recuperando, sobreviviendo… Pero o se protege desde el Estado o desde el sector privado las editoriales se juntan y montan cooperativas… Puede haber muchas alternativas, pero individualmente es muy difícil. Y o te va muy bien porque has acertado con los títulos y eres un crack, o, si no, estás en el nivel de la supervivencia, bajas gastos y pagas miserablemente. Y eso es algo que se hace, pero eso tampoco es y no tiene sentido.

¿Y bajar el precio de los libros, como apuntan algunos lectores?
—Eso supone bajar toda la cadena que conlleva editar un libro. Tienes que pagar menos al diseñador, al traductor, la distribuidora, en vez de quedarse con el 55% de tu ganancia se quedaría con menos… Aquí el problema es que no se reglamenta nada. Es la ley de la jungla. Hay editoriales que pagan traducciones a ojo. Hay gente más legal y otra menos, pero si se reglamentara se diría, este es el cupo y las tarifas. Pero es un desastre. Yo no creo que haya manera de bajar el precio de los libros sin tocar la cadena. También me parece que hay libros que están sobrevalorados en el precio. Sobre todo los de los grandes grupos. Porque no es lo mismo tirar 10.000 ejemplares que 1.500. Yo, tirando 1.500, me gasto la misma pasta que otros tirando 10.000. No tiene sentido que un libro como 50 sombras de Grey, que ha tirado 200.000 ejemplares, cueste 20 euros. Debería valer menos porque la plusvalía que están sacando es brutal. Sin embargo, si yo lo pongo a 20 euros es porque mi equilibrio entre el gasto y el ingreso me lo está pidiendo. Tú pones el precio a partir del cual por la venta estimada por el histórico simplemente puedas recuperar la pasta que te has gastado. Si yo lo pusiera a 15 euros tendría que vender el triple. Así que, una de dos, o se empieza a vender el triple de libros, y entonces sí puedes bajar el precio, o si no es imposible.

¿Cómo vas de ventas este año?
—El otoño fue bueno. Pero desde entonces está la cosa fea. Y este año está fatal. En mi caso y en el de muchos otros. Se suelen vender 700-800 ejemplares. Además, depende mucho del feedback que tenga un libro concreto. Si tienes una imagen de marca…

Aún no editas en digital. ¿Tienes pensado hacerlo? ¿Qué impedimentos le ves?
—No me lo he planteado por tiempo y capacidad, pero estar ahí es fundamental. La tecnología te permite estar ahí con un gasto muy bajo y si hay tres personas que te piden el libro en digital tú puedes dárselo porque realmente cuesta muy poco hacerlo. Otra cosa es cómo funcionan luego las plataformas digitales, que es un desastre. Y está todo super monopolizado por Amazon y Apple. De todas formas, yo no he podido porque no tengo tiempo.

—En los libros digitales sí está fallando el precio.GROSZ
—Porque tampoco está clara cuál es la cadena de ganancia. En el 80% de los libros que contrato muy pocas veces queda claro cuál es el margen que sacas si editas en digital. Y es un follón, porque tienes que hablar con la agencia [de autores], con la editorial a ver qué porcentaje se llevan, también con la plataforma que lo vende… Está poco clara la cadena en el libro digital y además el margen de ganancia es mínimo. Si pones el libro a 10 euros es carísimo, pero si lo pones a dos, ¿cuánto se lleva la gente? Así que diez es muy caro y dos es una coña, y nadie sabe nada. Con lo cual la gente está digitalizando porque esto está aquí ya y hay que hacerlo, pero sin saber muy bien si es algo que compensa económicamente o culturalmente.

Estamos en el año 2013. ¿Montarías ahora una editorial?
—No. Y a los que la montan no se lo recomendaría para nada. Te quita mucha vida. Al menos no en solitario, sí si tienes un respaldo económico. Pero como yo la monté, no, porque una editorial engaña muchísimo. Aun teniendo información, piensas que puedes trabajar en casa, que no hace falta estructura…, pero es un gastazo en tiempo, dinero, vida, disgustos. Y además no puedes decir: voy a estar dos años currando mucho y luego me relajo. No, no, no hay relajo. Y da igual que te vaya bien o mal. Si te va mal, estás a ful para que te vaya bien, y si te va bien, estás a ful para mantenerte. Estás a ful siempre. Es un estrés. No compensa y si no tienes ego es lo peor que puedes hacer en tu vida.

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