Víctor Muiña Fano

Buenos y malos: Gijón Mariners 21 – Zaragoza Hurricanes 8

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Segundo partido en casa para el equipo y también para la afición gijonesa que, entre victoria y victoria, se va haciendo poco a poco con un deporte que crece a base de ilusión. Es algo que se siente cuando uno llega con tiempo a las Mestas y ve a los dos equipos calentando ante la mirada de una decena de personas que revolotean por la tribuna preparándolo todo afanosamente, con alegría.

Mientras la grada se va poblando de aficionados, cámaras y alargadores, los expertos explican a los primerizos los rudimentos de la cuestión: esto, básicamente, consiste en que los atacantes tienen cuatro oportunidades para avanzar al menos diez yardas. En realidad es sencillo: si no lo consiguen pierden el balón y, si lo van logrando, el proceso se repite hasta que alguien llega en pie a la end zone y anota, lo cual implica que ha tenido éxito evitando los intentos de los rivales por machacarle. Con este resumen y el sabio consejo de dejarse llevar, disfrutar y no preguntarse qué pitan compulsivamente los árbitros, da para pasarlo bien y disimular que uno tampoco tiene mucha idea.

Ayuda el hecho de que los Mariners colaboran, y mucho, a lo de dar espectáculo. El pasado sábado se hicieron un poco los remolones a la hora de comparecer tras el calentamiento y el árbitro acabó por acercarse a la banda —grave error— para advertir al equipo técnico que es de mala educación llegar tarde al partido. La megafonía reaccionó con una música propia de una escena de acción y, casi al mismo tiempo, se escuchó el grito de guerra local en los vestuarios. El capitán encabezó la estampida, bandera en mano, y la gente se vino arriba: así se salta a jugar un partido de football. Le dan ganas a uno de ponerse un dedo gigante y sumarse a la fiesta.

Mérito del club, que logró que su equipo empezase el partido con una ventaja anímica muy importante para conseguir la quinta victoria de la temporada que, dicho sea de paso, no peligró demasiado. A los Hurricanes se les notaron las bajas más que a los gijoneses, que a pesar de no contar con su quarterback, Marcos Martínez, mantuvieron el tono en el juego de carrera: el que consiste en darle el marrón a un jugador que, de repente, se convierte en el ombligo del campo y ve como a su alrededor orbitan 10 compañeros que intentan protegerle y 11 rivales que quieren jugar con él al montonín. Con eso y una defensa que maniató a los visitantes hasta la recta final del encuentro, los Mariners se fueron 14-0 al descanso gracias a dos touchdowns de Newfel Benchikh y las respectivas transformaciones de Raúl Caldero.

??????????????????????????El tercer cuarto parecía discurrir por los mismos derroteros: los Mariners percutían una y otra vez contra la defensa zaragozana que, finalmente, concedía un touchdown a Santi López que prácticamente sentenciaba el partido. Tras ello, desgraciadamente, coincidieron en el césped la superioridad local y las ganas de los árbitros, que aquí son legión, de tener su momento de gloria y el partido se convirtió en una sucesión de interrupciones que dañarán mucho a este deporte si los colegiados no son cautos. A la contrariedad que provocan siempre sus decisiones se suma el desconocimiento de parte de la afición que no entiende por qué los jueces interrumpen constantemente el juego. Ni siquiera resulta un consuelo el hecho de que, para hacerlo, lancen unos pañuelitos amarillos por los aires: las primeras veces es efectista, pero al final uno acaba por desconectar.

Sin embargo, cuando el partido parecía ganado y el espectáculo perdido, la grada percibió, al hilo de la polémica arbitral, la posibilidad de entretenerse un rato elevando a uno de los rivales a la condición de supervillano. La cosa se hubiera quedado en medio minuto de sorna barriobajera si no fuera porque resultó que al elegido le iba la marcha y se creció en el castigo: al número 59 de los visitantes le sobraban espaldas y bemoles para soportar la lluvia de improperios que le empezaron a caer desde la tribuna y, tras cada jugada, se levantaba, no sin cierto esfuerzo, para alentar a quienes le abucheaban. El banquillo local reaccionó y pidió a la afición subir un poco el tono y hasta apareció, ahora sí, un chaval con un dedo gigante. Los últimos minutos del partido sirvieron para dirimir quién era el espectador más creativo a la hora de insultar al enemigo, mientras en el campo los Hurricanes apretaban espoleados por el pique. El equipo defensivo de los Mariners, que es uno de los pilares de este equipo, luchó por dejar sin anotar a los visitantes pero los zaragozanos, finalmente, recibieron una justa recompensa a su esfuerzo y anotaron un merecido touchdown.

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Al final, con el 21-8 en el marcador, uno se temía que la diversión se malentendiera y el cachondeo se convirtiera en un abucheo inmerecido a un jugador y un equipo que, en realidad, estaban ahí compitiendo con los Mariners por extender el football, pero no, aquí los odios aún no han calado tan hondo y, tras el saludo marcial de los visitantes —«¡gracias público!»—, todo el mundo les aplaudió sinceramente. Especialmente al villano que nos alegró el último cuarto, el número 59.

Los Mariners se llevaron, además de la ovación, unas merecidas unas vacaciones: no comparecerán en Las Mestas hasta el 13 de abril, pero con esta victoria ya se han asegurado jugar como locales los playoff que pueden llevarles a la Élite. Con mayúscula, porque así es como se llama la máxima categoría del football nacional en la que hay profusión de dedos gigantes, animadoras y espectáculo. Que lo veamos.

(Fotografías: Felipe SM).

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2 pensamientos en “Buenos y malos: Gijón Mariners 21 – Zaragoza Hurricanes 8

  1. Muchas Gracias, por prestarle atención a un deporte tan sacrificado como espectacular. Y muchas gracias por esta peculiar manera de contarlo, que me encanta.

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