Marcos García Guerrero

Hosanna. Almería 0, Sporting 1

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Foto de La Nueva España

¡Hosanna hey, sana sana sana oh! El Sporting peregrinó hasta Almería con la palma en la mano y vestido de verde olivo, dispuesto a corroborar que era el nuevo mesías de la categoría. Un último mes saldado con tres victorias y una derrota in extremis eran las credenciales con las que se presentaba; credenciales que a estas alturas de la temporada, y teniendo en cuenta el historial precedente, suponían algo cercano a la categoría de milagro.

No hubo en Almería aclamación inicial ni condena posterior al Sporting. Tampoco la hubo para su propio equipo, que pese a estar luchando por los puestos más altos de la clasificación fue recibido por escasos 9.000 acólitos. Desplazamientos como este, en autobús y con parada a pasar la noche en Albacete, y en estas plazas, a medio llenar y anodinas, nos recuerdan la mortalidad del fútbol de segunda y que para conseguir ascendender a los cielos hay que librar primero las más duras batallas terrenales.

No faltó épica en el estadio de los Juegos del Mediterráneo. No tanto por la vistosidad del encuentro, en el que más allá de los zarpazos gijoneses escaseó el buen juego, como por la necesidad, especialmente para el Sporting, de llevarse los tres puntos. Con un equipo titular más o menos asentado (demostrando a las puertas de la Semana Santa cierta propensión a la generosidad cristiana: ese Grégory redivido en el once), goza el Sporting precisamente ahora, cuando en cada partido se juega poco menos que la vida, de una tranquilidad que se le ha echado en falta a lo largo de toda la campaña. Y se agradece, porque esa tranquilidad parece indispensable a la hora de afrontar infortunios como la tempranera lesión de Cuéllar, el abandono posterior de Bilić (menos relevante al suponer el adelantamiento del consabido cambio de hombre por hombre de Sandoval), o la última media hora en inferioridad numérica por cortesía de un Poncio Pilatos disfrazado de colegiado que, lejos de lavarse las manos, ensució las de Lora con un pecado que el defensa rojiblanco no había cometido.

De entre todos los errores achacables a un árbitro, sólo hay uno que realmente se pueda criticar con justicia más allá de forofismos y subjetividades: el error de criterio. El partido, que parecía bastante controlado por el Sporting pese al arreón esperable del Almeria tras el descanso, devino en final agónico por obra y gracia de Martínez Munuera, quien no debería haber pitado mano de Lora porque, como ya se aprende en el patio del colegio (junto a otros saberes balompédicos universales e impresncindlbes como el «chupagol», versión rudimentaria del fuera de juego, o «la ley de la caleya, el que la tira va a por ella»), un brazo pegado al cuerpo debe considerarse siempre la prolongación del cuerpo.

Domingo de Ramos, día de alegría y tristeza a la vez. Alegría porque el Sporting salió bien librado de una encerrona que no será la última y porque ganó por primera vez en Almería. Alegría porque disfruta del mejor momento de toda la temporada, ha ido ganando el goal-average a los equipos de arriba y porque, como apunta Sandoval, tan espiritual él como la ocasión merecía, ha encontrado el alma que no tenía. Pero tristeza, o sobre todo frustración, porque parece que entramos tarde en Jerusalén, o que han llegado unos cuantos antes que nosotros abarrotando sus calles.

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Foto de El Comercio

Ya no valen las cuentas de la lechera, o mejor dicho, de la Central Lechera y sus cofradías de clavos ardiendo. Hay que ganarlo casi todo y luego esperar. Porque a tenor del inmovilismo de la clasficación ya no hay margen de error. Queda eso o rezar por no ser realmente el mesías de la categoría y que la semana que viene, de haber un patinazo, nos veamos obligados a intentar, una vez más, el milagro de la resurrección.

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