Pablo Batalla Cueto

El Mesías prometido. El barco de Prinsi Pilip y el pájaro de John Frumm

Retratos

Ser Dios es posible.

En 1974, la reina Isabel II de Inglaterra y su marido, Felipe de Edimburgo, hicieron durante una gira una breve parada en las Nuevas Hébridas, un puñado de islotes volcánicos del Pacífico Sur que forman parte del copioso inventario de posesiones de la monarquía británica, y que desde 1980 conforman una nación independiente bajo el nombre de República de Vanuatu. Su capital es Port Vila, un idílico puñado de casas espolvoreado entre palmerales en las comisuras de una bahía de un azul cerúleo e irreal, guarnecida de playas doradas y surcada por pequeños veleros. En aquel puerto atracó el HMY Britannia, el lujoso yate real de 126 metros de eslora en el que viajaban la monarca y su consorte.

En Tanna, otra de las islas del archipiélago, habitaban entonces y habitan hoy los naukulamene, una amplia tribu de unos mil quinientos miembros que obtiene su sustento de una rudimentaria agricultura de subsistencia y de la pesca y la caza de tiburones y cocodrilos, para la cual se sirven de palos y toscos arcos. Los hombres visten unos peculiares taparrabos consistentes en unas vainas vegetales en la que enfundan sus penes; las mujeres, faldas y sostenes que tejen con hojas de palmera. En 1974, su jefe era un hombrecillo achaparrado y barbudo de espeso pelo rizado, que respondía al nombre de Jack Naiva. Todavía vive, octogenario ya. La mayor parte de las fotografías que se le han hecho lo muestran erguido en un rictus de orgullo, desnudo casi salvo por el minúsculo taparrabos y el cuello que envuelve como una bufanda una Union Jack de colores vivos, y sosteniendo un retrato oficial de Felipe de Edimburgo entre las manos.

Príncipe Felipe
En Tanna, Felipe de Edimburgo es Dios, y Jack Naiva es su profeta. Todo comenzó, por lo demás, con una hégira: las ciento cincuenta millas náuticas que Jack Naiva, atraído por los rumores, atravesó aquel año 1974 con el fin de allegarse a Port Vila y conocer a los monarcas. Los niños naukulamene crecían desde tiempo inmemorial escuchando a los ancianos de la tribu relatar cómo en la noche de los tiempos una mujer de Vanuatu se había encontrado una serpiente, la cual se había transformado de pronto en un apuesto hombre, que se casó con ella y que le dio dos hermosos hijos. Los viejos contaban después, y los niños conocían subyugados, cómo la gente del pueblo de la mujer, carcomida por la envidia, había dado muerte a la serpiente-hombre y a los niños, y cómo del rostro del padre se habían desprendido los dos ojos, negros como la noche. Al caer al suelo, contaban los abuelos, uno de los ojos formó un río; el otro un lago. El ojo que cayó al río fue arrastrado por las aguas; en el tráfago, éstas decoloraron aquél y lo volvieron blanco. El ojo que cayó al lago, en cambio, pudo conservar el color negro. Más tarde, los dos ojos se transformaron en dos hombres, hermanos sin saberlo: el uno, de raza blanca; el otro, de raza negra. La chavalería naukulamene escuchaba entonces cómo el hombre blanco allá lejos, en el otro extremo del mundo, había desposado a una bella reina, y cómo la pareja había dado nacimiento a una prolífica progenie. Aquel Hijo pródigo, relataban finalmente los ancianos, regresaría algún día a Tanna en un barco con su reina, y regalaría a los naukulamene un reinado de paz y prosperidad que ya jamás se acabaría.

Cuando llegó a Tanna la noticia de la visita de los reyes de Inglaterra, inevitablemente deformada por el viaje a través de un largo cable de teléfono escacharrao, Jack Naiva coligió que aquel rey y aquella reina debían ser por fuerza los dioses de sus mitos. A fin de comprobarlo, Naiva puso rumbo hacia Efaté, la isla en la que se encuentra la capital vanuatuense.

Naiva logró ver a la pareja, pero sólo de lejos. Esta difuminadora lejanía dio, por otra parte, alas a su imaginación: aquel hombre apuesto y altísimo —Felipe de Edimburgo mide 1,88, los naukulamene nunca más de 1,60—, resplandeciente en un uniforme blanco de oficial de la marina que subrayaba todavía más su palidez sajona, aquel hombre del que parecía emanar un irresistible carisma y a cuyo paso se postraban las gentes, no podía ser otro que el Hijo Prometido. A su regreso al poblado, Naiva, como en el juego del parchís, comió una y contó veinte: dijo a sus convecinos que Prinsi Pilip («Prince Philip») se había fijado en él, y que aquella misma noche había tenido una visión en la cual el Hijo le anunciaba que aún no había llegado la hora de visitar Tanna, pero que pronto visitaría la isla en un barco cargado de riquezas. Que era viejo, porque era viejo como el mundo, pero que una vez en Tanna se tornaría mozo de nuevo, y rejuvenecería al mismo tiempo a todos los naukulamene. El barco de Prinsi Pilip, dijo Naiva, traería con él también el don de la Vida Eterna.

Dos años después de la visita de Felipe e Isabel, las noticias acerca del extraño culto que había nacido en Tanna llegaron a oídos de John Champion, el gobernador británico de las islas, que acababa de reemplazar en dicho cargo a su predecesor, Roger du Bouley. Du Bouley había protagonizado un incidente desagradable que lo había enemistado con los nativos; un error de protocolo tal vez inocente, pero que siendo impensable por ejemplo en una cumbre entre mandatarios occidentales habla bien del menosprecio que las autoridades europeas, aun las incruentas, sentían por principio hacia los habitantes de sus colonias. Du Bouley había sido invitado por los aborígenes a un copioso banquete, durante el cual había sido obsequiado con una de las posesiones más valiosas de la tribu: un cerdo, rollizo y hermoso. El gobernador aceptó el regalo con amabilidad, pero afrentó a los nativos olvidando o no preocupándose de darles alguna cosa a cambio él mismo. La tormenta no amainó cuando en 1975 Roger du Bouley fue sustituido por John Stuart Champion, pero éste, sagaz, halló rápidamente una manera de congraciarse con la tribu. Champion escribió una carta al duque de Edimburgo, informándole con socarronería acerca de su adquirida condición divina, que Felipe desconocía, y solicitándole al dios que le enviase un retrato firmado. Una vez recibido éste, Champion lo regaló a los nativos. Los naukulamene entonces, encantados y reconciliados ya con la autoridad, dieron a Champion un soberbio arco de madera encargándole al gobernador que lo hiciese llegar a Prinsi Pilip. Lo hizo así, y más tarde recibió de Felipe un nuevo retrato para los nativos, en el que el dios aparecía pulcramente trajeado y sosteniendo entre las manos el nal-nal. Los naukulamene conservan con mimo ambos retratos en un pequeño santuario que erigieron en la aldea.

Otro gobernador avispado informó a los nativos de un dato precioso para ellos: la fecha sagrada del cumpleaños del dios. Desde entonces, cada 10 de julio los naukulamene celebran la efeméride ingiriendo kava, un jugo levemente tóxico que extraen de las raíces de unos arbustos que prenden en la isla y entumece los labios al tomarlo. Felipe, complacido, deja hacer. Hace algunos años envió un tercer retrato a los isleños; éstos, entretanto, ensayan concienzudos danzas y rituales y apartan los cerdos mejores, con vistas a obsequiar al dios cuando regrese.

No lejos de allí, también en Tanna, otros hombres devotos idolatran una chaqueta.

Desfile 2

Nada se sabe acerca de la historicidad de John Frumm, un hombre de baja estatura, piel pálida y cabello blanco del que los ancianos cuentan que descendió de los cielos montado en un gigantesco pájaro con el vientre repleto de vituallas, y del que los chamanes aseguran que les prometió regalarles aquellos bienes y tantos más como pudieran imaginar a cambio de que los tannenses imitasen al dios pero abandonasen el dinero, el cristianismo y el trabajo en las plantaciones de copra, y regresasen a la observancia de sus costumbres tradicionales. Las conjeturas más atinadas sostienen que la chaqueta perteneció a un soldado estadounidense de raza negra que aterrizó allí con su avión durante la segunda guerra mundial, y que los tannenses, hartos de los misioneros cristianos, de sus prohibiciones y de sus intríngulis teosóficos y de las burlas crueles con las que los vicarios de Cristo ridiculizaban las costumbres de la tribu, se entregaron con pasión al culto de aquel Dios Benefactor que sí existía y que era negro como ellos, enriqueciendo en lo sucesivo la teología del asunto con aportes procedentes de nuevas visitas occidentales. Ansiando, como los prinsipilipistas, el regreso de John Frumm, los nativos construyen rudimentarias pistas de aterrizaje con hojas de palmera, desfilan marcialmente sobre ellas ataviados con pantalones vaqueros y bikinis de flores y las letras «U S A» pintadas en los pechos, y tocan remedos de música country con sus instrumentos tradicionales, y cantan a Jerry y a Jimmy Cowboy, apóstoles del Mesías, y tallan fusiles y radares y radios de madera con antenas de bambú con las que los chamanes aseguran que consiguen contactar con el Divino Redentor.

Desfile

Son estas religiones los «cultos del carguero», así llamadas porque ya los capitanes de los cargos que en el siglo XIX se acercaban a las costas vanuatuenses se encontraron elevados con frecuencia a los altares de bambú de los nativos.

Me dice un amigo cristiano que qué absurdo es todo esto, que cuánta ignorancia en el mundo. Yo callo. Tampoco le cuento que algunos misioneros de Tanna, aplicando el viejo adagio de que si uno no puede con sus enemigos lo mejor es unirse a ellos y la no menos vieja triquiñuela de madre de camuflar de alimentos bonitos los alimentos feos, decidieron inventarse la Iglesia de la Unidad de John en Cristo e integrar a Frumm en la Biblia como apóstol de Jesucristo, a ver si así colaba. Mi amigo no sabe lo de cuando el papa Julio I hizo coincidir la fiesta cristiana del nacimiento del Mesías con la romana del Sol Invicto a ver si así colaba, y me da pena contárselo, porque sí que conoce el cuento del traje invisible del emperador.

Como dijo Cela primero y Makinavaja después, cada uno se corre como puede.

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