Adrián Sánchez Esbilla

Una liga sin destino. Jornada 29ª

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La jornada 29 nunca pasó. Te dormiste como Rip van Winkle, fue un fallo en la matriz, un parpadeo del espacio tiempo. Lo que sea, no vinieron, no le esperes más, vete a la 30 a ver si hay más suerte. Tres empates tres están muy lejos de ser algo corriente y sin embargo ya nos da lo mismo. Esto es fútbol para quinielistas y no para aficionados. Barcelona, Real Madrid y Atlético dejan las cosas para mañana, cada cual por sus razones.

Las razones de los jugadores de Simeone son disculpables porque el partido era ajustado y el mal tiempo lo ajustó aún más. Tanto que apretaba. Cada equipo se quedó una parte más a golpe de cojones que de fútbol, en especial un Atlético que igualó en un minuto vía Falcao y se pudo llevar los tres puntos con una segunda parte de empuje que aflojó las rodillas de los valencianistas.

No fue un partido bonito, pero sí fue un partido de fútbol. Jugaban dos equipos, cosa siempre deseable. Hubo más fricción y choque que juego en sí, pero en conjuntó la cosa mostró la seriedad de los perseguidores, de un par de conjuntos que siguen tomándose la competición en serio y no como un calentamiento con sparring a la espera de las noches estelares de himnos altisonantes.

Los dos trasatlánticos se toman ya la competición doméstica como un engorro y a veces, demasiadas, faltan al respeto a los rivales y al fútbol mismo. Parece que en este tramo final el resto de equipos de la Liga les incordien, les fastidien la foto o les arruguen el traje de bonito. Están pensando en una gloria que estiman mayor, más brillante. Aunque es cierto que las razones son distintas.

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El Real Madrid, cazado ya el Atlético y cerrada la final copera, ni se molesta en disimular una persecución al líder. Hasta la segunda unidad se ha relajado hasta extremos intolerables. Buenos suplentes como Callejón, capacitados para rendir con poco, se han diluido en el sesteo, extrañamente destensados. El Zaragoza dominó sin dificultades al rival y al partido y sólo la vergüenza competitiva de un Cristiano, otra vez sensacional, impidió la victoria.

Sin Alonso y Özil sobre el campo, el Madrid se vuelve ramplón. Se puede jugar feo, es perfectamente lícito, pero lo que no se puede es jugar mal. Y sin ellos, al parecer, lo hacen. Mourinho tuvo que recurrir a al turcoalemán y también a Khedira, que ha ganado en jerarquía y confianza esta temporada, para lograr que su equipo jugase a algo parecido al fútbol.

Al Barça le sucedió algo muy similar en Vigo. Sus suplentes, los de ambos, parecen conscientes de que a estas alturas cuentan entre poco y nada y que las cosas de verdad se dirimirán con trece o catorce jugadores. En esas circunstancias han decidido desenchufarse. Funcionan mezclados en el equipo titular, dando minutos y ejerciendo de parche pero está visto que no se les puede confiar el trabajo al completo.

El sábado, en el aire raro de Vigo tras unos días tóxicos, el Barcelona se dejó dos puntos por una relajación imperdonable en el tercio final del partido, preocupados más por el martes y por saber en qué jornada serán campeones que por lo que estaba ocurriendo en el momento. Total, que llegó Oubiña y de un cabezazo se quedó un punto que no sirve para mucho a ninguno de los dos, pero que al menos significa algo para la moral del Celta.

El Barcelona jugó en la misma clave que en la ida europea en Milán o los dos últimos clásicos contra el Real Madrid: apáticos, horizontales, lentos y desesperantes. Se intuye que algunos de los jugadores no se han enterado del cambio y siguen como hace una semanas (otra paradoja espacio-temporal). Esto deja algunas cosas preocupantes de cara al tercio final. Thiago, que dio un recital en el último partido con la selección sub-21 no está fino, se le ve incómodo con su situación poco protagonista. Por las circunstancias, el Barça ha movido menos a sus jugadores este año y eso, unido a que la terrorífica primera vuelta del equipo dejó finiquitada la competición liguera, ha provocado menor exigencia a los suplentes.

El otro motivo de preocupación es más complicado y tiene que ver con la exasperación que provoca Alexis Sánchez y con la desorientación de Cesc Fàbregas. Todo deriva de la adaptación a una idiosincrasia muy particular como es eso que Martí Perarnau definió a la perfección como el «idioma Barça». La mayoría de los quipos de fútbol usa dos o tres variantes comunes del juego diferenciadas por el nivel de exigencia competitivo. El Barcelona, en cambio, utiliza una lengua futbolística única. Los de casa lo hablan unos mejor y otros peor, los de fuera tienen que aprenderlo mediante un proceso de inmersión; Cesc lo tartamudea.

Quizás sea por la intermitencia en el uso o por haberse educado en una segunda lengua, claro que también Piqué estuvo fuera de tiempo y en cambio lo habla con el entusiasmo de quien recupera la lengua materna. Si a mitad de temporada se podía hablar del Barça de Fàbregas y especular con la siguiente evolución del modelo construida alrededor de su forma de interpretarlo, ahora lo que tenemos es un futbolista confuso, que acierta sólo una de cada tres palabras y que se embrolla con los verbos.

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Suficiente en el simulacro de liga, pero que no alcanza para las alturas europeas. Aunque siempre queda el factor Messi, siempre. Una vuelta perfecta, un gol al menos en cada partido. Y encima regresó Abidal al banquillo; doble superlativo.

En fin, quedan asuntos aplazados para la noche de hoy lunes en un horario antifutbolero con el cual hacen burla del aficionado y la buena nueva de un puñado de victorias en la zona baja que comprimen el descenso y le dan emoción a la clasificación inversa.

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