Rubén Paniceres

Jess Franco: peripecias de un cineasta

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Jesús Franco representó una rara avis en el cine español. Algunos de sus exégetas lo calificaron como un surrealista «perro verde». Ahí era nada: en una cinematografía tan apegada al costumbrismo como ha sido y todavía es la nacional, había un caballero que facturaba bizarras películas de cine fantástico, serie negra o aventuras de regusto pulp. En sus años mozos fue teórico en la revista Film Ideal, reivindicando una concepción del cinematógrafo como entretenimiento y alabando a los cineastas americanos, preferentemente a los cultores de la serie B. Eso indicó cuál sería su trayectoria como realizador. Para Franco, era más interesante una historia protagonizada por el doctor Fu-Manchú que la descripción de la neurosis de las clases burguesas que radiografiaba un Antonioni.  Por otra parte, en una sociedad tan pacata y reprimida como era la de la España del otro Franco, con quien Jesús no tenía el menor parentesco ni biológico ni ideológico, la afición del joven cineasta por el erotismo chocaba frontalmente con la moral establecida. Debido a ello, Jesús Franco tuvo que buscarse las habichuelas en cinematografías foráneas y rodar en Francia, Alemania y otros países. Ahí nació una colección de heterónimos más que de seudónimos. Sus películas iban firmadas como Jess Frank, Clifford Brown, Franco Manera, James P. Jhonson y quién sabe cuántos más.  En una obra que bordea los doscientos títulos, Jesús Franco nos ha narrado los planes del doctor Fu-Manchú —era obligado— en títulos como El castillo de Fu-Manchú o Fu-Manchú y el beso de la muerte.  Nos invitó a locuras tan disparatadas como convertir el barcelonés parque Güell en una fortaleza otomana. Adaptó varias veces al Marqués de Sade —uno de sus escritores favoritos— transformando a la pavisosa de Romina Power en una improbable e inverosimil Justine en Justine, o invistiendo al mítico Christopher Lee en el rol de libertino filósofo en una heterodoxa adaptación de La filosofía en el tocador, titulada Eugènie.

Franco, mucho antes que Pedro Almodóvar, se inspiró en la obra de Georges Franjú Los ojos sin rostro para un imaginativo exploit que es un clásico del cinéma bis europeo, la legendaria Gritos en la noche, carta de presentación en sociedad de el personaje del Dr. Orloff. Personaje que, con diversas modificaciones, volvería a aparecer en numerosas ocasiones en la obra de Franco en El secreto del Dr. Orloff, Miss Muerte, Los ojos siniestros del Dr. Orloff. El cine de serie negra en versión española también le debe a Franco pequeños clásicos como La muerte silba un blues o Rififí en la ciudad, donde se trasluce la influencia y admiración que el cineasta siempre tuvo por la obra de Orson Welles, con quien trabajó como ayudante de dirección en los años sesenta en  la película Campanadas a medianoche, amén de completar muchos años después un controvertido montaje de la inacabada Don Quijote, la peculiar adaptación cervantina que Welles filmó en España y México a lo largo de  una década.

En todas estas películas Franco se desvelaba como un sorprendente estilista, primando la imagen sobre el discurso verbal y uniendo a las influencias cinematográficas de sus  maestros, Welles o Franjú, el cine negro americano, elementos extraídos del comic, la fotonovela o la novela de quiosco, con la que incursionó a través del seudónimo de David Khune. Un sólido dominio de la cámara —al menos en sus primeros años— se  adornaba con una atmosférica fotográfica, muy contrastada en sus filmes en blanco y negro, y muy pop en sus películas en color. Y unas bandas sonoras muy jazzísticas, en las que solía colaborar tanto en la composición como en la interpretación musical.

Franco ha practicado numerosos géneros: comedia juvenil con Tenemos diechiocho años; película con folclórica, La reina del Tabarín; adaptaciones de Verne con Un capitán de quince años; transposiciones pop de universo de James Bond con Lucky el intrépido. Sin embargo, lo que resalta en su obra claramente son dos afinidades electivas: el fantaterror y el genero erótico, sea en variante soft o hard.

Respecto al fantástico, debemos recordar El conde Drácula, en la que un Christopher Lee tránsfuga de la Hammer interpretaba un bigotudo príncipe de las tinieblas. También es importante mencionar otros títulos como Necronomicon —nada que ver con Lovecraft—, El proceso de las brujas,  Drácula contra Frankenstein, La maldición de Frankenstein, La venganza del doctor Mabuse… Galería de ficciones confeccionadas a toda velocidad, oscilantes entre la renovacion innventiva, la desmitificación y la verguenza más descarada. De todos es conocido que Franco era capaz de destilar dos o tres películas distintas a partir de la realizacion de una sola, ejerciendo la mas osada picaresca con productores y actores.

El fantástico también fue la piedra de toque para que Franco desarrollara su otra afición, el erotismo más diverso con películas tan turbadoras como Las vampiras con una inolvidable Soledad Miranda en un personificación contemporanea de la Carmilla de Sheridan Le Fanu. También es obligado recordar su anacrónico ensamblaje entre La Venus de las pieles de Sacher Masoch y Carnival of souls de Herk Harvey en la psicotrónica Venus in Furs. Todas estas producciones citadas a lo largo del articulo corresponden a la etapa más interesante de su carrera, comprendida entre principios de los sesenta y la primera mitad de los setenta. A partir de los ochenta, Franco, se fue diluyendo un poco. Sus películas eran cada vez más baratas en presupuesto e intenciones. La comedia S y el cine porno, aunque este último nunca reconoció haberlo realizado, fueron su  territorio habitual. Sin embargo fue capaz todavía de reciclarse en los noventa con la atropellada Killer Barbies, en la que intervenían Santiago Segura y el grupo rock homónimo. A la sazón, una nueva versión de su seminal Gritos en la noche. A partir de ahí es difícil seguirle la pista, pues sus películas van destinadas directamente al mercado del DVD con rarezas como Drácula en Torremolinos, que sería prudente evitar.

En conclusión, Jesús Franco fue un cineasta inclasificable, brillante en sus inicios, caótico más adelante, finalmente autodesperdiciado. Y probablemente su historia personal sea la de un país, España, donde es casi imposible para un realizador hacer una carrera personal. Sin embargo, en naciones como Francia, Alemania o Estados Unidos ha devenido, desde hace bastante tiempo, como una figura de culto. Y todo cinéfilo sin prejuicios debería visionar títulos como Gritos en la noche, Miss Muerte, Rififí en la ciudad o Necronomicon, porque son un ejemplo de cine en estado puro, entretenimiento popular que no necesita de la bendición de la crítica intelectualoide para que el espectador pase un buen rato. No en vano, múltiples aficionados del mundo entero llegaron a sentir tanto cariño por la figura de Franco que le bautizaron como «tío Jess».

Que descanse en paz y que lo pase muy bien, suponemos que no en el cielo, que debe de ser un lugar muy aburrido para el magnífico iconoclasta y transgresor que siempre fue Jesús Franco.

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