Adrián Sánchez Esbilla

Yo soy una cámara: adiós a Jesús Franco

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Jesús Franco nació como cineasta entre coyunturas. En él se da la circunstancia insólita de realizar un cine que era imposible en aquella España de finales de los cincuenta y a la vez un cine que sólo era posible en aquella Europa. Ese hecho, junto a la compulsión de rodar, que derivará en un cine de fragmentos, roto más que deslavazado, le convirtieron en perpetuo emigrante de la cámara, marginado vocacional y cinerreico absoluto. Su cine era mucho más que «caspa y ensayo», frase con la que se autodefinía irónicamente. Baja la caspa, había un autor genuino de no pocos logros reales sepultados por el grueso de una carrera despeñada por el subproducto más impresentable, reconvertido en la etapa final de su carrera en un amateurismo hermético, asintáctico y agramático que encontró en el registro digital el camino hacia el art brut.

Hay mucho Jesús Franco pese a su universo interconectado, monomaníaco y repetitivo, de estructura musical interna y externa, saturado de fetiches, imaginería ero-hórrida y humor disolvente-chorras. Hay un Franco en blanco y negro que es otro director. Uno diferente. Uno mejor; sofisticado, wellesiano y pulp que se encuentra desde la fundacional Gritos en la noche a la prodigiosa Miss Muerte pasando por La muerte silba un blues o Rififi en la ciudad, aleaciones de noir y casticismo, folletín y expresionismo, a la vez excéntricas y conectadas con obras-islote como La torre de los siete jorobados de Edgar Neville o María Fernanda la jerezana de Enrique Herreros.

También el Franco popero y posmoderno antes del pop y de lo posmoderno; el de Tenemos 18 años y el de Lucky el Intrépido, el del díptico de las dos bellezas —Bésame, monstruo y El caso de las dos bellezas— pero también el de la singularidades cupleteras de La reina del Tabarín y Vampiresas 1930. Un director espumoso, irónico y ligero, capaz de hacer convivir la elegancia suntuosa con el lenguaje del tebeo.

Después, las coproducciones, la vorágine del cinema bis efervescente y trapacero de los sesenta y los setenta,  donde cualquier película era posible. En todo ese cine conviven el enamorado de Sax Rohmer y las aventuras en formato bolsicine con el refulgente Franco sadiano; ése que propone, —de Necronomicon a las Vampiras, pasando por Venus in furs y Eugenie y terminando en esa repulsiva e íntima El sádico de Notre Dame—, todo un panteón pagano de obsesiones eróticas, fetichistas y malsanas, culteranas y populares articuladas con libérrima sintaxis jazzística, el salvajismo creativo  por bandera y la aparición, icónica y devastadora, de la sensualidad ingenua de Soledad Miranda. Un espectro que Jesús Franco, al modo de James Stewart en Vértigo, intentará reproducir en otros cuerpos, otros ámbitos, hasta que el encuentro con la también fallecida recientemente Lina Romay cambie el paradigma de su cine por enésima vez, quizás entonces sin vuelta a atrás.

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La filmografía del cineasta se vuelve desde los setenta selvática, de crecimiento libre y descontrolado, pero todavía se encuentran  un buen puñado de películas divertidísimas y originales o crudamente derivativas y desvergonzadamente exploit pero asaeteadas de verdadera genialidad intermitente, envenenadas de perversidad, radicales e imposibles, en las que brilla el auténtico talento y el corpus autoral de Jess Franco, ese director que pudo ser y no fue, o no quiso ser; el Jesús Franco del otro lado del espejo, iluminaciones entre la automitomanía y la supervivencia.

Su obra no es para todos los públicos y puede atragantar, pero muestra a las claras el verdadero talento y el particularísimo sentido del cine de un director necesitado de una revisión que se aleje tanto del paternalismo chistoso que disfruta choteándose del infracine más zetoso que devora gran parte de su filmografía, como de la cegatona, alobada y fanzinerosa adoración acrítica que reivindica en bloque y alucina, sin discernir el grano de la paja que devora su obra desde unos años ochenta en los cuales mantenerse dentro de las estructuras en descomposición del cine europeo fue un trabajo en sí mismo.

Carlos Aguilar explica en su magnífica monografía para Cátedra que para Jesús Franco sólo cuenta rodar. Que el acto de rodar, de mirar a través de la cámara y de registrar una realidad manipulada, de orden fantástico, es la justificación final única. En algún momento Franco se perdió en el ojo abisal de la cámara, devorado por un nihilismo de la imagen autodestructivo, pero en ello encontró una forma particular de arte en el cual el cine no era el registro, sino el propio acto de rodar.

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4 pensamientos en “Yo soy una cámara: adiós a Jesús Franco

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