Pablo Batalla Cueto

Andrés Rábago «El Roto»: «Estamos en un período oscuro de nuestra propia cultura al que es necesario aportar algo de luz»

Andrés Rábago (Madrid, 1947) es uno de esos hombres de edad provecta cuya figura envuelve una aureola como de paz, como de calma. Su habla lenta y reflexiva, sus gestos pausados, su aspecto pulcro, su mesurada elegancia, sus cabellos blancos, contribuyen a apuntalar esta imagen. Bajo tal discreta carcasa, Rábago esconde, en cambio, una personalidad doble. El mundo lo conoce como El Roto, el pseudónimo que surmonta sus mordaces viñetas en El País desde 1990 y que ha hecho de él un ilustre referente moral. Su carné de identidad acredita, en cambio, que su auténtico nombre es Andrés Rábago García. Con él firma las sobrias pinturas de regusto surrealista que son su vertiente menos conocida, una muestra de las cuales expondrá la galería Cornión de Gijón hasta el próximo 4 de mayo. Aprovechando su fugaz visita a esta villa con el fin de presentar tal exposición —«hemos venido desde Santander, donde tenemos familia y una casa», explican antes de comenzar la entrevista, caminando del hotel Hernán Cortés, donde se alojan, a la cafetería del Casino; «conocemos poco Gijón, pero es una ciudad agradable; siendo ciudades parecidas y equidistantes a Santander, nos gusta más que Bilbao», añaden después—, Rábago y El Roto aceptan ceder a NEVILLE un pequeño hueco de una media hora en su agenda gijonesa a fin de explicar intereses, referentes y opiniones.

Andrés Rábago

Andrés Rábago, El Roto, en el Casino de Asturias

—Sus cuadros, como sus viñetas, producen una sensación melancólica, de soledad y desarraigo, muy poderosa. ¿Somos los seres humanos seres-para-la-soledad?

—Así, en términos tan genéricos, en términos que abarquen a toda la humanidad, es difícil hablar. Creo más en el destino personal que en el destino colectivo, aunque éste también exista. Y aun hablando de destinos colectivos, tendríamos también que parcelarlos; separar fragmentos que podrían ser sociedades, países, continentes, culturas…

—¿Es algo consciente esta idea de transmitir la soledad a través de su obra, o es algo involuntario?

—Lo que le pasa a cada persona, lo que nos pasa, nos pasa a cada uno de nosotros. No nos pasa lo que le pasa a otro. A lo mejor por eso mis obras producen esa sensación, pero en cierto modo yo hablo también de arquetipos. No hablo de personas muy concretas. Hago arquetipos; cosas que tienen en común distintas personas. Les pasa a cada uno de ellos pero también tienen en común que eso les sucede a otros.

—Otra característica de su obra es precisamente ésa: que nunca dibuja ni pinta a personajes conocidos; siempre son seres anónimos, sin rostro incluso, los que aparecen en sus viñetas. ¿Por qué?

—Pues porque mi trabajo no es el trabajo de un caricaturista, que es el que se ocupa generalmente de los rostros de las personas, sino que tiene un aspecto más de sátira social. Me ocupo más de las acciones y los papeles que esos individuos realizan más que de su propia historia personal, que a mí realmente me interesa poco.

—Un elemento que parece recurrente en sus trabajos es la «burbuja», el elemento aislado y contradictorio insertado en un medio hostil. El propio título de la exposición, Luciérnaga, da la idea de una luz débil que brilla en la noche. ¿Se siente luciérnaga?

—Bueno, eso es lo que me gustaría que fuesen los cuadros de la exposición: luciérnagas. Efectivamente, en la oscuridad nos movemos. Vivimos una época especialmente oscura, curiosamente en un momento en el que casi no existe la oscuridad. Justamente no percibimos el brillo de las estrellas porque tenemos luces constantes. Y sin embargo, esa misma luz en la que estamos inmersos de forma continuada no nos impide ver la oscuridad reinante. Sí, creo que vivimos en una época oscura, cultura a pesar de que procedemos de lo que era o intentó ser un período de las luces, un siglo de las luces, su continuidad. Estamos en un período oscuro de nuestra propia cultura al que es necesario aportar cada uno de nosotros algo de luz para encontrar el camino de salida.

—¿Es ésa la solución a la oscuridad?

—No sé si es la solución, pero no se me ocurre otra manera de enfrentarnos a ella que intentar incorporar algo de luz o, en el caso de que no podamos hacerlo, intentar encontrar aquellos lugares o aquellas personas que nos aporten salud.

—En algunos de los cuadros se aprecia una evidente influencia de Magritte. ¿Es Magritte un referente para usted como artista?

—No precisamente, pero sí que es verdad que dentro del surrealismo, del que yo no formo parte ni nunca he formado parte, Magritte y Chirico son los dos grandes, son los dos grandes artistas de esa escuela. Y Magritte además tiene un interés especial porque fue un poco el que inició un camino que luego se ha desarrollado desde el punto de vista sobre todo del arte conceptual. Creo que es uno de los que primero indicó esa dirección. Personalmente tampoco me interesa el arte conceptual, pero creo que hay elementos en los que puede haber algo que pueda ser visto en mi pintura. Básicamente, yo soy un pintor metafísico; me encuentro más dentro de la corriente metafísica que de la surrealista, e incluso diría que me encuentro más en el territorio de la pintura religiosa que en el de la pintura profana.

El surfista solitario, 2011

El surfista solitario, 2011

—¿Se entiende mejor la realidad a través del prisma del surrealismo, retorciéndola, que a través del del puro ensayo, simplemente mostrándola?

—Para describir la realidad primero tienes que saber qué es. Y para saber qué es la realidad, tienes que romper el espejo, ese espejo de lo aparentemente real. Yo creo que el surrealismo hizo esta labor: la de romper esa imagen de lo real que nos impedía ver más allá de esa pantalla. La ruptura de esa, podríamos llamar, de esa pantalla, de ese espejo, era necesaria para poder ver más allá. Y eso fue una labor importante que hizo el surrealismo. Una vez rota esa pantalla, lo que nos queda es empezar a indagar qué hay más allá de ella (Hace un gesto con las dos manos, dejando una quieta sobre la mesa y saltando con la otra por encima de ella para reforzar la pronunciación de las palabras «más allá».)

—En algunos de sus cuadros también aparece aquello a lo que hace referencia su propio pseudónimo: lo roto, lo resquebrajado. ¿Por qué escogió el pseudónimo El Roto? ¿Qué significa la idea de ruptura para usted?

—El Roto era un pseudónimo que empecé a usar hace ya mucho tiempo, en la época de Hermano Lobo, a finales de los setenta, y que se refería a un individuo social que era el marginal, lo que nosotros llamábamos marginal: esas personas destrozadas que entonces veías en la calle. Sobre todo era una época en la que básicamente lo que veías en la calle además de los mendigos eran los drogadictos. Era la época de la heroína y sus terribles consecuencias. Bueno, pues era en ese tipo de gente marginal que estaba fuera de la sociedad y que eran a su vez víctimas también de algún modo del esquema social imperante a quienes se refería el nombre de El Roto, porque los personajes que dibujaba yo en ese momento eran justamente esa gente de la calle.

—¿Vuelve a cobrar vigencia, entonces, el pseudónimo de El Roto en un momento como éste?

—Bueno, digamos que el pseudónimo es indiferente; es una firma, no tiene mayor importancia. La forma de mirar es lo que puede ser interesante.

—¿No hemos vuelto socialmente, de alguna manera, a treinta años atrás?

—No, nunca se vuelve atrás. Cada momento es distinto, cada época tiene sus cosas. No es posible una vuelta atrás. El tiempo… Es verdad que hay una concepción del tiempo cíclico, circular, que tenían los antiguos. Pero nosotros no vivimos en ese tiempo circular. Aparentemente, vivimos en un tiempo lineal, que tiene un inicio y que tiene una dirección distinta, sin que eso tampoco sea absolutamente cierto. Pero es el tiempo en el que vivimos.

—¿Le interesa conscientemente como temática eso, lo roto, lo resquebrajado? ¿Es algo que le atrae?

—La sátira tiene, hablando concretamente de la sátira y no de la pintura, que es algo distinto, unos enfoques concretos que es indagar, intentar mostrar aquello que está mal, aquello que es defectuoso, que es erróneo. Y lógicamente, ése es el terreno en el que te mueves. Eso no significa que sea lo único que hay, significa que eso es de lo que se ocupa la sátira, pero hay muchas otras cosas.

—¿En el arte no?

—No, eh…

—¿En qué se diferencian sus cuadros de sus viñetas?

—Sí, bueno, son muy distintos. Justamente yo creo que ésa es un poco la aportación de mi trabajo, esa doble visión de, digamos, una realidad social aparente y un trasfondo ulterior, un trasfondo ulterior que tiene que ver con el alma, con el espíritu del hombre. Mientras que El Roto trata la zona que podríamos llamar más racional, la zona del yo o del ego, Rábago trabaja en una zona que está más allá, que es transfronteriza, que indaga o que intenta encontrar caminos de entrada al territorio del espíritu del alma, de lo que constituye la dimensión más profunda de lo que somos.

El invitado, 2011

El invitado, 2011

—¿Y entre sus referencias como pintor contamos con..?

—Lógicamente, un pintor actual tiene una información delante que… Hoy casi nadie puede ser un naíf, no existe esa figura. Bueno, puede existir en algunos lugares apartados, pero la información que tiene hoy un artista es una información global, es una información de todo lo que se ha hecho y de todo lo que se está haciendo. Por lo tanto la influencia es de todos los frentes y en todas las direcciones. Luego tú seleccionas cuáles son las cosas que a ti te interesan, cuáles son aquéllas que tienen interés para ti. Eh… Por posición. Por posición me gusta un arte que es quizá el arte más elevado que se ha hecho desde el punto de vista en el que yo me muevo, que es el arte egipcio, el arte de las tumbas egipcias. Probablemente es el momento más elevado, porque era un momento en el que solamente se trataba, estrictamente, del mundo del espíritu. Pero quizás hasta Giotto podemos decir que también el arte occidental fue un arte en el que me encuentro cómodo. Ya cuando aparece el Renacimiento, sobre todo el tardorrenacimiento, y hay una especie de explosión del ego artístico, del ego del artista, reconociendo el enorme valor de esos artistas sobre todo en sus dimensiones de creación de la plástica, de innovación de la plástica, ya no son tan claramente ejemplos que a mí me interesen. Ya digo que siempre teniendo en cuenta su altura.

—Alguna vez ha dicho que no lee cómic, que no le gustan los cómics.

—Pues no, la verdad es que no, aunque reconozco que los mejores dibujantes actuales son dibujantes de cómic. Mientras que en la sátira no hay grandes dibujantes, qué le vamos a hacer, ésa es la realidad, al menos que yo conozca, he visto alguna exposición en Francia pero no están directamente en el periódico, ni en revistas… En fin, yo creo que los mejores dibujantes están en el territorio del cómic o alrededores. También en la ilustración, aunque es un género un poco distinto.

—En muchas ocasiones el dibujo es una mera excusa o trámite y el meollo de una viñeta es el texto. No es desde luego su caso, pero han existido y existen muchos viñetistas que han sido malos dibujantes pero han estado portentosamente dotados para el aforismo, para esa frase contundente. ¿Es más importante el texto que el dibujo en una viñeta? ¿Es el dibujo un mero barniz destinado a destacar el texto, a llamar la atención sobre él?

—No es mi posición. Yo justamente creo que una de las debilidades de la sátira actual es la fragilidad del dibujo. Es un poco lo que comentaba antes; no hay grandes dibujantes de sátira en prensa. Yo soy partidario de que haya un equilibrio entre la forma y el contenido. Un texto que venga acompañado de un dibujo frágil no va a ir muy lejos, porque morirá pronto. Y eso lo conocemos por la experiencia de gente que ha estado anteriormente en esos trabajos. Lo que queda básicamente de los mejores dibujantes satíricos, es justamente el dibujo. Lo que atraviesa mejor el tiempo, lo que ha acreditado la capacidad de atravesar el tiempo, es justamente el dibujo y la pintura, que son géneros o mecanismos de comunicación que llevan milenios en ejercicio y que han atestiguado esa eficacia. Cuando vemos trabajos de los dibujantes ingleses, de los Hogarth o los Rowlandson de esa época, te das cuenta de su vitalidad, de su eficacia, de su capacidad para comunicarnos cómo era la gente de esa época, cómo pensaba… Mientras que sus textos morían, no aguantan el paso del tiempo porque son… No sé, hay un refrán que a mí me gusta mucho que es aquello de que por la boca muere el pez. La boca, ¿no? El bocadillo, la boca, es lo que antes muere dentro de un dibujo.

—Parece que en los últimos tiempos vivimos un auge del humor en general y del humor gráfico en particular. ¿Es el humor un bálsamo, o un arma?

—Pues yo no veo ese florecimiento del que hablas… Pero bueno, yendo a la pregunta que planteas, si el ejercicio de la sátira está bien hecho lo que hace es iluminar zonas oscuras, zonas que antes no habías visto, o bien sirven para aclarar los pensamientos o para reforzar los pensamientos del lector. Por lo tanto no es un bálsamo; en todo caso es un reconstituyente, una vitamina, pero no es un bálsamo. No es que elimine aquellas dudas que tenías, sino que lo que hace es clarificarlas o reforzarte en una posición determinada.

—¿Cree que tiene también un componente de evasión?

—No debería. En tal caso es un falso ejercicio de la sátira.

—¿Y es un arma? ¿Puede ser un arma de lucha?

—No. Yo no considero que ninguna forma de la creación tenga ese concepto de arma. El arma siempre es algo agresivo, y yo no concibo la creación como un elemento de agresión, sino como un instrumento de relación, un instrumento de comunicación, un instrumento incluso de hermanamiento, y nunca de agresión, nunca con ese punto casi de criminalidad.

—¿Cree que el humor, por su naturaleza, propende más a tener vigencia en posiciones de izquierda? ¿Cree que el humor es de izquierdas?

—Lógicamente yo creo que hay más sátira de izquierdas que de derechas, porque la sátira de derechas siempre es más complaciente con lo que existe. La izquierda es la que normalmente se siente disconforme con las cosas tal y como están e intenta avanzar, hacer que las cosas avancen, hacer que las cosas mejoren. Por lo tanto digamos que un humor de derechas puede que exista, pero lo que no creo que exista es una sátira de derechas, excepto en el caso, y ahí estamos en un asunto peligroso y del que hemos hablado antes, de que la sátira se use como instrumento de lucha. Evidentemente, esa lucha puede darse tanto en el campo de la izquierda como en el de la derecha, y tenemos ejemplos claros en los que la sátira ha sido utilizada muy a menudo como ese instrumento de lucha política, de lucha partidista. Hay toda una tradición, sobre todo en el siglo XVIII, en el XVII, el XVIII y el XIX en realidad, en el que la sátira se usaba como un instrumento partidista, de lucha política a favor de un lado o del otro de una confrontación. Pero a mí ese terreno no me interesa. (Pronuncia esta última frase con especial vehemencia.)

—El término correcto es «sátira», no «humor gráfico».

—Para mí sí.  Pero bueno, puede ser una manía mía. Para mí, el humor puede, puede, ser un componente de la sátira, pero no necesariamente. Y muchas veces es que hay sátiras que no tienen nada de humor. Y otras veces sí, pero puede o… puede que sí o puede que no. Entonces, bueno, digamos que el humor es uno de los componentes de la sátira, pero no su único mecanismo.

—¿Ha sido censurado alguna vez?

—Pues… Podría decir que no, porque las dos o tres ocasiones en las que eso ha ocurrido, incluso he llegado a comprender que cuando tú estás en un medio de comunicación público, sea cual sea, la última palabra siempre la tiene el director, que al final es el responsable de lo que se publica. Y las dos o tres ocasiones en las que realmente ha habido una sugerencia, un «esto si quieres lo publicamos, pero no nos parece conveniente», creo que tenían razón. A veces uno puede cometer errores. No, puedo decir claramente que no he sido sometido a la censura, especialmente porque yo creo que soy una persona cuidadosa con cómo digo las cosas. No lo que digo, sino cómo digo las cosas. Las cosas que puedo decir que a lo mejor pueden resultar un poco fuertes, las digo educadamente.

—¿Y ha sido autocensurado alguna vez?

—Yo en la autocensura no creo. Yo creo en la responsabilidad, pero no en la autocensura. No puedes… Cualquier cosa que te viene a la cabeza no tienes por qué hacerla pública. Tienes una responsabilidad justamente porque se te da un privilegio, que es el hablar en público, el expresarte en público. Y esa responsabilidad conlleva también unas normas de comportamiento. A lo mejor a veces te vienen cosas a la cabeza y piensas: «bueno, esto, ¿qué utilidad tiene, para qué sirve?» Generalmente esa utilidad pública es lo que más me interesa, el sentido de la responsabilidad.

—Habla de la importancia de las formas y eso me recuerda a una viñeta reciente en la cual aparecía una corona y al lado un trozo de metal basto, y decía algo así como que sin formas, una corona es un mero trozo de metal.

—Sí. Pasa lo mismo con todas las cosas. Y ésa es justamente la grandeza del arte, porque el arte es lo que da la forma a las ideas. Sin formas, no sabríamos cómo pensar.

Corona—¿Qué opina de la imputación de la infanta Cristina, por hablar de un tema de actualidad?

—Esto es espuma. (La grabación es aquí defectuosa. Es imposible desentrañar si dice, como parece, «Una okupa de la espuma» o, haciendo una interpretación libre, algo menos críptico como «No me ocupo de la espuma.»)

—Para acabar, me gustaría que recomendase un libro, una película…

—No me atrevería. No me atrevería. Cada persona… Lo que sí diría es que cada persona busque su camino y busque aquello que le resulte próximo, que le resulte de algún modo familiar, porque estará siguiendo una estela que es su propia estela, estará siguiendo una dirección que es la dirección interior que le marca su ser más profundo. Y es siguiendo esa estela, siguiendo esa dirección, como puede, si las cosas van bien, llegar a algún lugar.

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Un pensamiento en “Andrés Rábago «El Roto»: «Estamos en un período oscuro de nuestra propia cultura al que es necesario aportar algo de luz»

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