Jorge Alonso

Síndrome de Stalingrado

tanques 

«¡La raza de los tanques rusos sí que era un raza superior!»

Hans Weest.

Stalingrado. Stalingrado hizo que Hitler dejara de ser un mesías que «construía la gran Alemania» para pasar a ser un «fantoche» un «megalómano» y un «carnicero». ¿Quién le contradecía cuando ganó las elecciones de 1933 para gobernar con mayoría absoluta? ¿Quién cuando decretó las vergonzosas Leyes de Núremberg en 1935? ¿Cuántos ciudadanos de a pie no se dejaron llevar por esa crisis finiquitada a base de lo que Göring describió como «En vez de mantequilla, cañones», pasándose el tratado de Versalles por los bombachos? ¿Quién no sintió crepitar la llama del ardor patriótico en el pecho cuando con la sola presencia del Führer le entregaban los Sudetes, cuando Austria, Checoslovaquia, Polonia y Francia, la maldita Francia, fueron parte o satélite del Reich de los mil años? Eran pocos, Stalingrado los hizo muchos, pero ya era tarde.

Stalingrado, película alemana dirigida por Joseph Vilsmaier en 1993 y Yo luché en Stalingrado, libro autobiográfico de Hans Weest editado en 1964 por Ediciones Rodegar en Barcelona, transitan, y nos hacen transitar, por los mismos sitios. Describimos el arco que va del VI ejército triunfante a los despojos abandonados a su suerte que acaban rindiéndose al Ejército Rojo en febrero de 1943, tras más de un año de lucha y meses de simple agonía.

«Siguiendo instrucciones del Mariscal de Campo Von Bock el jefe de la División de Inteligencia puso en nuestro conocimiento que al mando de cada uno de los ejércitos había altos oficiales de las SS. Tres días atrás el Reichsführer SS Himmler visitó al oficial de las SS al mando de uno de esos grupos y le preguntó por el número de judíos ejecutados diariamente siguiendo sus órdenes. Tras escuchar el número, Himmler estalló: ¡Qué vulgar cobardía! —le gritó—. ¡Mejor haríais en tomar ejemplo de vuestro homólogo en el Grupo de ejércitos del Norte, quien manda matar a cinco veces más judíos al día de los que mueren aquí!» (Mayor Berhhard Bechler, miembro de la junta de la Unión de Oficiales Alemanes, citado en El libro negro editado por Vassili Grossman e Ilyá Ehrenburg)

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El 22 de junio, varias semanas después de lo previsto, tres ejércitos alemanes invaden la Unión Soviética, rompiendo el pacto Ribbentrop-Mólotov firmado en agosto de 1939. Los alemanes tienen orden de matar inmediatamente a todos los comisarios del pueblo y oficiales del ejército rojo, y por supuesto de ejecutar las bolsas de judíos in situ. No veía Hitler muchas diferencias entre eslavos y semitas. Eran buenos tiempos para él. Los éxitos contradecían lo que el alto mando alemán, los generales de carrera, los orgullosos oficiales de la Wehrmacht creían errores de bulto, de principiante, de cabo. Pero la combinación de bombardeos intensivos y avances acorazados era imparable. «Pronto esto será nuestro» dice Rollo, uno de los hombres del sensible teniente Witzland a quienes seguiremos por entre las ruinas y la desesperación. Rollo tiene pensado quedarse  en Rusia con diez mujeres para él solo. Lo cierto es que no saldrá de allí, algo es algo.

Hans Weest nos cuenta el avance trufado de isbas abandonadas, pueblos fantasmas dejados atrás por un ejército en retirada, pero no en desbandada. Incluso tiene un encuentro romántico con la solitaria habitante de una de esas isbas. Su marido estaba ausente, pero no le echaba de menos, bebía, le pegaba. Fue su último respiro (el de Hans, quién sabe lo que le deparaba el futuro a ella) antes de llegar a Stalingrado e instalarse en el recodo del Don y el Volga.

«(En Rostov del Don) El diez de agosto de 1942, la víspera de la masacre cometida contra los judíos, los alemanes fusilaron allí mismo, y más concretamente en el barranco de Zmiev, a trescientos soldados y oficiales del Ejército Rojo. Todos fueron trasladados en camiones hasta el apeadero y allí subidos a una cámara de gas móvil. Muchos condenados avanzaron desnudos hasta el barranco […] Al día siguiente de la masacre, en el diario La Voz de Rostov publicado por los ocupantes, se pudo leer que “el aire de la ciudad había sido purificado”» (El libro negro, editado por Vassili Grossman e Ilyá Ehrenburg)

paulus10Una vez en Stalingrado, ambos, el libro y la película, nos pasean por esos lugares comunes que ya comentamos. Primero la resistencia rusa casa por casa, ruina tras ruina, la Rattenkrieg que tan poco gustaba a los alemanes. Los francotiradores, los problemas a la hora de recibir comida y munición, poco a poco el temor al avance rojo, al cerco, el endemoniado cerco que dejó al ejército de Von Paulus rodeado por el telón, esta vez sí, de acero, preparado por Chuikov, tras barrer los ejércitos rumanos que acompañaban a los alemanes en su aventura esteparia.

«Rumanía entró en la guerra en febrero de 1941, y la Legión Rumana pasó a ser una fuerza militar digna de ser tenida en cuenta en la invasión de Rusia que se estaba preparando. Tan solo en Odesa los soldados rumanos, incluso después de que la Guardia de Hierro fuera expulsada del poder, en verano de 1941, se entregaron al cumplimiento de un programa de matanzas y deportaciones que llegaron a superar los excesos cometidos por la Guardia de Hierro en Bucarest. Fue un programa cuyos horrores no tienen paralelo en toda la historia de atrocidades (Hilberg). Las deportaciones al estilo rumano consistían en meter a cinco mil personas en unos cuantos vagones de carga y dejarles morir de asfixia allí, mientras el tren rodaba a través de los campos de Rumanía, sin destino, durante días y días. Remate muy apreciado de estas operaciones de matanza era exponer los cadáveres de las víctimas en las carnicerías propiedad de judíos.»(Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén)

Hay un episodio especialmente escalofriante en las obras de Weest y de Vilsmaier: el aeropuerto de Pitomnik que las promesas de Göring no pudieron mantener, perdido el dieciséis de enero del 43. Aquélla era la única salida, el único de modo de huir del frío, el hambre y los rusos, de la gangrena, las ratas que devoraban los cuerpos y los bombardeos constantes. Había que estar herido, o simularlo como hacen los Reiser, Witzland y Müller en la película. Casi lo consiguen. Casi, porque como bien describe Yo estuve en Stalingrado, aquello fue una muestra de selección natural pura, salvaje. Desprovisto de los ropajes que la ética, la cultura y el entendimiento nos ofrecen, el hombre no tiene más que el instinto de supervivencia, supervivencia del más fuerte. En los últimos aviones que partieron de Stalingrado no iban los heridos graves; éstos fueron pisoteados, apartados, muertos por los que aún podían valerse por sí mismos y correr, empujar, luchar por su vida aún pensando, si es que podían pensar, que aquello no era aceptable. Pero ya no eran del todo hombres, dice Weest, eran «exhombres».

«26 de enero. Yacíamos en un mundo de muertos y de larvas. La última huella de civismo había desaparecido alrededor de nosotros y dentro de nosotros. La obra de bestialización de los alemanes triunfantes había sido perfeccionada por los alemanes derrotados. Es hombre quien mata, es hombre quien comete o sufre injusticias, no es hombre quien, perdido todo recato, comparte la cama con un cadáver. Quien ha esperado que su vecino terminase de morir para quitarle un cuarto de pan, está, aunque sin culpa suya, más lejos del hombre pensante que el más zafio pigmeo y el sádico más atroz.» (Primo Levi, Si esto es un hombre).

Cuando el dos de febrero Von Paulus decidió desobedecer las órdenes de Hitler y rendirse en lugar de luchar sin esperanza «hasta el último cartucho» (aguantó hasta el penúltimo, creyendo tal vez las fantasiosas ayudas que el Führer aseguraba una y otra vez) más de un millón de personas habían muerto en Stalingrado, y aún noventa y un mil fantasmas pasaron a manos del Ejército Rojo. Hans Weest sería uno de ellos, y de los que volvieron para contarlo además, seis años después. Los hombres del teniente Wiztland no tuvieron tanta suerte. Allí, en aquella ciudad que era más que un símbolo, era entre otras cosas un nudo de comunicaciones, Hitler perdió la aureola que engatusaba. Era sólo el humano equivocado en el momento adecuado.

Stalingrado fue la primera tumba del fascismo, sí. Y otra muesca más en el haber de la especie elegida.

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