Rubén Paniceres

David Bowie: energía que se transforma

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«No soy un profeta, ni un hombre de la edad de piedra/ Solo soy un mortal con el potencial de un superhombre

Quick Sand. David Bowie

La mayor maldición que puede caer sobre una estrella del rock es, parafraseando a J.B Prietsley, ese inexorable demonio que abduce al universo: el tiempo. El más lucido ensayista que ha habido sobre la cultura rock, Nick Cohn, afirmaba que el rock debe ser siempre joven y que les debería estar prohibido a sus ídolos envejecer sobre el escenario. Cohn llegó a afirmar que, por ejemplo, un Mick Jagger de más de treinta años no tendría demasiado sentido. Evidentemente, Cohn se equivocó totalmente, pero hay algo de cierto en su apreciación, pues, las figuras del pop, aparte de su talento musical, a las que se les supone el valor como en el antiguo servicio militar, venden una imagen de juventud y lozanía que es difícil de mantener con el paso de las décadas. Una evidencia demoledora puede ser el caso de la madurez de Elvis Presley, convertido en un ser gordo e hinchado, un sonado fenómeno de barraca de feria. Sin ir tan lejos, Bruce Springsteen en la actualidad parece preso del mismo personaje que representa, gira tras gira, las cuitas del joven working man class hero con su rosario de ilusiones perdidas y sueños rotos. Lo malo es que el boss es alguien que biológicamente esta en la edad de jubilación, y no precisamente anticipada, y resulta un poco forzada su eterna imagen de treintañero.

Ese no es el caso de David Bowie, quien ha transitado a lo largo de su longeva carrera de una estación a otra, haciendo constatación empírica del segundo principio de la termodinámica. La energía no se crea ni se destruye, simpemente SE TRANSFORMA.

5Bowie ha sido calificado en más de una ocasión de “camaleón del rock”, pero su faceta va aun más lejos. Más allá de un fregolismo, un artista que adopte diversas máscaras y disfraces, el músico británico ha creado una larga serie de avatares en las que ha alumbrado una galería de personajes, cada uno de los cuales es una continuación y una superación del anterior. Un juvenil Bowie, que tuvo que renunciar a su original, y mas vulgar apellido, de Jones, por coincidir con el de un miembro de los Monkees, homónimamente apelado como David Jones, intentó abrirse paso, a principios de los sesenta, como un mod más. Fracasado inicialmente su intento de competir con The Kinks, The Small Faces o The Who, Bowie jugó la carta de sucedáneo británico de Bob Dylan, cotizando abucheos y variadas repulsas. A partir de ese momento deja de intentar seguir el zeitgeist (el espíritu cultural) de su época y empieza a crear estereotipos propios que beben de la ciencia ficción y de la ambigüedad sexual. Protagonista de peculiares odiseas espaciales, cantor de las arañas de Marte, en pocos años David Bowie fue El hombre que vendió el mundo, Ziggy Stardust, Aladin Shane y si no inventó, al menos sí es cierto que hizo triunfar al glam rock. Además, la gay star era algo francamente novedoso en el rock. Por un lado dinamitaba la idisiosincrasia machista e hiperviril del rock de los sesenta, proponiendo una imagen alternativa claramente bisexual. Por otro aumentaba los intereses culturales de su audiencia. Bowie se descubría ccomo un intelectual que aspiraba como una esponja ideas y conceptos del teatro de vanguardia, el mimo, la literatura y las artes plásticas. Como destacó Eduardo Haro Ibars en su ensayo Gay Rock (Jucar 1975), nos encontrábamos ante un artista que, más que la representación canónica de un concierto de rock, ofrecía un «espectáculo de variedades, con la particularidad de estar interpretado por un solo hombre».

Bowie parecía un híbrido entre el cabaret literario de los dadaistas, un musical de Broadway y una versión rockera del teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Sin embargo, no se dejaba dominar por sus personajes, como le podía pasar a un Vicent Fournier, alias Alice Cooper, el cual se refiere a su alter ego, el macabro rockero que nos introduce en góticas pesadillas, como un ente vivo y autosuficiente. Bowie era consciente de la advertencia de la Cábala hebrea a la que Rubén Dario aludía en su libro Los Raros, «no se puede jugar a ser espectro, porque se llega a serlo». Por ello, creo que interiorizaba la reflexión de Paul Valery acerca de que «las obras de arte nunca se acaban, solo se abandonan» y era capaz de desechar sus máscaras y adoptar nuevas entidades. Las huellas del carmín y la imagen andrógina se desvanecieron. Ziggy y Aladin fueron sustituidos por El duque blanco, nueva identidad de Bowie en su asalto triunfal al mercado estadounidense, una suerte de Gran Gatsby con banda sonora pop. Ahora, el cantante derrotaba a los crooners nortemericanos en su propio terreno, convirtiéndose en un sucesor con acentos rockeros de un Frank Sinatra o un Bing Crosby, con el que entonó en una emisión televisiva navideña, un bizarra versión de El tamborilero.

A partir de ahí, Bowie siguió en continua mutación, no cambiando tan radicalmente de aspecto como antes, pero siempre imponiendo, más que siguiendo, las modas imperantes en la ya un poco agónica galaxia del rock, desde la década de los ochenta hasta nuestros días. Rescató del olvido a artistas “malditos” como Iggy Pop o  Lou Reed, produciéndoles discos legendarios como Transformer. Fue adalid de la música progresiva con la colaboración de talentos como Brian Eno y Robert Fripp, alumbrando una trilogía de Lps- Low- Heroes, Scary Monsters- que todavía en la actualidad son revolucionarios. E hizo bailar a las discotecas de todo el planeta con su Let´s Dance.

Odiado como pocos por los grupos del punk, Bowie logró sobrevivir a su inquina y, años más tarde, cuando aquel efímero movimiento que intentó cambiar el rock era historia, con su actuación en el Live Aid, cosechaba el aplauso del universo mediático con la interpretación de su estándar Heroes.

Bowie, además, desarrolló una carrera paralela en el cinematógrafo ampliando su particular embriaguez de la metamorfosis. Extraterrestres provenientes de un sediento planeta; vampiros deambulando por el cielo liquido de los ochenta; gigolos en un Berlín de entreguerras diseñado a medio camino entre Isherwood y Luchino Visconti; nigromantes dentro del laberinto del país de la hadas; héroes byronianos que daban una lección de humanidad a modernos samurais, demostrándoles que es preferible el crisantemo a la espada; un improbable Poncio Pilatos, en la más improbable versión de La Pasión de Cristo, que tan fenomenalmente dirigió Martin Scorsese según Nikos Kazantzakis; en cortesía a David Lynch, un fantasma catódico proveniente del lado oscuro de la “apacible” localidad de Twin Peaks. Sin olvidar su incursión en las tablas, representando en Broadway una obra sobre El hombre elefante, en la que actuaba sin ningun tipo de maquillaje que simulara facciones monstruosas, deviniendo así en un anti Lon Chaney.

En todas esas personificaciones, más que interpretaciones, Bowie, al igual que en sus perfomances en la escena rock, logra ser diferente cada vez y al mismo tiempo ser siempre David Bowie. El compositor de Cracked Actor, parecía haber asumido la paradoja del comediante de la que nos hablaba Denis Diderot, aquella que rebate la tesis de Stanislavski: lo que permite una gran actuación es que el comediante sea consciente de que él  «no es el personaje, sino que lo interpreta y lo interpreta tan bien que lo tomáis por tal; la ilusión queda para vos; el sabe muy bien que no lo es». Tal vez por ello, Bowie no se consumió, como otras muchas estrellas del rock, en el vértigo de una imagen pública que no podía mantener hasta el infinito. Su caso es el contrario de el de un Jim Morrison, devorado por el delirio de Dionisios. Si Bowie, como propugnaba William Blake, buscó el conocimiento visitando los palacios del exceso, no olvidó mantener el control necesario para asegurar su supervivencia física. El cantante ejercía el rol de anfitrión en  la serie televisiva The Hunger, producida a finales de los noventa por Tony y Ridley Scott, producción centrada en la búsqueda de lo absoluto y la huida del ego atormentado, a través de morbosos ejercicios de destrucción. En el episodio piloto, titulado Santuario, Bowie personifica a un artista plástico el cual representa una metáfora del enfermizo camino sin salida al que se ve abocado el arte contemporáneo. Su personaje busca superarse a sí mismo como creador con todo tipo de experimentos conceptuales, que incluyen provocación, sadomasoquismo, y otras psicopatologías de la vida cotidiana. La conclusión final es el suicidio.

El Bowie real, por el contrario, es un superviviente nato, ha eludido  la auto inmolación que ha sido la ultima parada de tantas estrellas del rock, ese suicidio del rock´n roll  que comentaba en una de sus canciones y ha sido capaz de enfrentarse a sus propias creaciones en un proceso dialéctico en la que se conjugan la auto ironía y el exorcismo de los demonios interiores, como se demuestra en sus fascinantes video clips hechos con la colaboración de realizadores como Julian Temple, David Fincher o Floria Sigismondi. Y es que una posible vía de escape de la agobiante prisión que es nuestra personalidad, puede ser hacer efectiva la máxima de Heraclito de Éfeso: «el hombre de hoy no es el de ayer, ni será el de mañana». El estar en completo cambio y transfiguración es lo que ha hecho perdurar a David Bowie y permitirle que después de tanto tiempo todavía sea capaz de sorprendernos e intrigarnos  con esa verdad de las mentiras, que puede comunicar el arte.

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Un pensamiento en “David Bowie: energía que se transforma

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