Pablo Batalla Cueto

El encuadre de Grossman

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Existen en el mundo dos grandes monumentos a la epopeya de Stalingrado. El primero es una estatua de dimensiones colosales, que fue la más grande del planeta entre 1967 y 1989. Se llama ¡La madre patria llama! y yergue sus ochenta y cinco metros de altura y sus ocho mil toneladas de peso sobre la cima del Mamáyev Kurgán, la discreta colina volgogradense que en 1942 tuvo el dudoso honor de convertirse en la mayor carnicería que jamás haya existido. Las crónicas de entonces aseguran que, cuando la batalla terminó, la tierra estaba completamente empapada de un terrorífico bebistrajo de sangre coagulada y metralla; los excursionistas rusos de hoy afirman que siete décadas después el buche de la colina todavía regurgita de vez en cuando pedacitos de hueso y balas. Que ninguna de las dos noticias es una licencia épica lo atestigua suficientemente el parte de muertos de la gran batalla: al menos tres millones. Seis veces más que la estimación más aceptada de bajas de toda la guerra civil española; tres veces más que la más generosa. Stalingrado son palabras mayores.

El otro gran monumento es literario y es la obra de Vasili Grossman. Sus medidas no son menos titánicas que las de la Madre Patria de Volgogrado: Por una causa justa y Vida y destino suman unidas alrededor de 2.200 páginas; las crónicas de guerra escritas a pie de bomba por Grossman e incluidas bajo el epígrafe «Stalingrado» en el volumen Años de guerra surmontan esa montaña de papel con la guinda de 130 páginas más. Adoptando un criterio laxo, aún podrían añadirse al total otras 500: el resto de Años de guerra, compuesto por las crónicas escritas por Grossman en otros frentes de la segunda guerra mundial, también es, de alguna manera, Stalingrado, porque de alguna manera Stalingrado, dotado de campo gravitatorio propio como un formidable agujero negro, absorbe todo lo demás y transforma el resto de la guerra en una mera colección de precedentes y consecuencias de sí mismo. Toda la década de los cuarenta, todo el siglo XX en realidad, cae hacia Stalingrado como hacia un embudo.

La comparación con los agujeros negros no es baladí, porque sabido es que, como éstos, las grandes batallas, los grandes estallidos de insania, tienen el poder de trastornar las leyes de la física: «Todo aquello que desde siempre había permanecido inmutable —piedras y hierro— se había puesto en movimiento, mientras que todo aquello a lo que el hombre había impreso la idea y la fuerza del movimiento —tranvías, coches, autobuses, locomotoras— se había detenido.», escribe Grossman en Por una causa justa. Y así como los agujeros negros estiran como un chicle la materia que cae en ellos, también Stalingrado desbloquea la potencialidad elástica de las cosas que toca y a todas les inocula un gigantismo delirante. La estatua de Volgogrado es un ejemplo; la novela una y bífida que son Por una causa justa y Vida y destino es otro.

Stalingrado no hubiera cabido en un relato corto, ni en una novela intimista, por larga que fuese, igual que no hubiera cabido en una modesta placa o en una corona de flores. Para vestir a un cliente como la mujer de la estatua, los rígidos esquemas del prêt-à-porter no bastaban. Hubo de buscarse en las páginas amarillas a un sastre literario capaz de diseñar chaquetas de récord Guinness y de tejerlas cosiendo los pellejos de seiscientos o setecientos personajes. Lo hubiera sido cien años antes, pero en 1943 la tarea no era fácil: todos los sastres goliáticos habían fallecido con el siglo que los había encumbrado o habían cambiado la pluma por la cámara de grabar travellings. Era preciso hallar a alguien que fuese lo que la propia batalla: un viajero en el tiempo, un decimononismo brotado, como el Guadiana, en medio del siglo XX. Una reencarnación de Tolstói.

Por suerte para ella y para todos, la giganta desnuda encontró a Grossman.

Por una causa justaEl amor fue a primera vista, y fue mutuo. De Grossman, los combatientes de Stalingrado dicen: «Leíamos y releíamos sin descanso los periódicos que contenían sus crónicas, hasta que las páginas del periódico quedaban hechas trizas.» De Stalingrado dijo Grossman, cuando fue obligado a abandonar la ciudad para acompañar a los soldados del Ejército Rojo a otros desangraderos: «Mañana diré adiós a Stalingrado y tomaré la ruta de Kotélnikovo y Elistá. Parto con un sentimiento enorme de tristeza, como si dijera adiós a un ser querido. Me ligan a esta ciudad sentimientos, pensamientos y emociones dolorosos e importantes, extenuantes pero inolvidables. La ciudad se ha convertido para mí en una persona viva.»

En realidad, la obra de Grossman sí es una novela intimista, con un solo personaje: esa persona viva. Stalingrado.

De Grossman se alaba con frecuencia su portentosa imaginación, hecha carne en los miles de pequeñas historias anónimas que sirven de argamasa a las diez o doce historias principales de Por una causa justa y Vida y destino. Es una alabanza que a cualquier escritor le agradaría escuchar, pero es una alabanza incorrecta. Grossman cambia nombres, recoloca, refríe, pero no crea ni destruye, sólo transforma. Como un antecesor ucraniano de Arturo Pérez-Reverte, todo lo ha visto u oído durante su etapa como corresponsal de guerra. Tira, sencillamente, de hemeroteca. A veces, ni siquiera cambia nombres: éstos se repiten en las novelas y en las crónicas. En aquéllas hay un Nóvikov tanquista; en éstas, un Nóvikov piloto. En aquéllas hay un Víktorov piloto; en éstas, un Víktorov tanquista. Ni siquiera Sháposhnikov, el sonoro apellido de la familia protagonista de sus dos grandes novelas, sale de su sesera: Shapóshnikov como ellos se apellidaba un ilustre mariscal de los años cuarenta.

Lo portentoso de Grossman no es la imaginación que tenía en muy justa medida, sino la sensibilidad, la perspicacia, la condición de rey de las pequeñas cosas que supo arrogarse, su meticulosidad de ingeniero y una habilidad poco común para saltar del teleobjetivo al gran angular. Grossman es capaz de enfocar una boca o unos ojos e ir ampliando poco a poco el zoom hasta abarcar con su objetivo un continente. «Había —captura, por ejemplo, en El bien es más fuerte que el mal— en la división un soldado de transmisiones apellidado Putílov. Cierta vez, durante la defensa de Stalingrado, quedó cortada la comunicación entre el Estado Mayor de la división y sus regimientos. Putílov se lanzó a rastras hacia el lugar de la avería, a fin de repararla. Pero fue gravemente herido. Agonizante, cogió los extremos del cable, los apretó con los dientes y falleció. La comunicación continuó funcionando, soldada por su boca yerta.» Y eso le sirve para divagar más tarde: «En mi imaginación ese cable unido por el cuerpo exánime de Putílov en el territorio de la fábrica Barricada, y que se extiende desde el Volga hasta el Bereziná, desde Stalingrado hasta Minsk, a través de todo nuestro inmenso país, es el símbolo de la unidad y de la fraternidad presentes en nuestro ejército y en nuestro pueblo.» Y aun entonces es capaz de abrir todavía más el objetivo y escribir: «Grande es el pueblo cuyos hijos mueren sagradamente, con sencillez y solemnidad, en los inconmensurables campos de batalla. De ellos saben el cielo y las estrellas, sus últimos suspiros los ha oído la tierra, sus hazañas las han visto el trigo y los árboles del camino. Reposan en la tierra, sobre ellos está el cielo, el sol, las nubes. Duermen con sueño profundo, el sueño eterno, como duermen sus laboriosos padres y abuelos: carpinteros, mineros, tejedores y labradores del grandioso país. Entregaron a este país mucho sudor, trabajo duro y a veces superior a sus fuerzas. Y cuando llegó la hora grave de la guerra, le entregaron su sangre y su vida. ¡Gloriosa sea pues esta tierra del trabajo, de la sabiduría, del honor y de la libertad! ¡Que no haya palabra más grandiosa y santa que la palabra pueblo!»Vasili_Grossman

Para rizar aún más el rizo, cabe decir que ese ampliado de encuadre característico de la forma de escribir de Grossman es doble. Esto es complejo de explicar. Intentémoslo: Grossman, sí, es un fotógrafo capaz de saltar con naturalidad de lo pequeño a lo mediano y de lo mediano a lo grande y de lo grande otra vez a lo mediano y de lo mediano otra vez a lo pequeño. Su línea argumental es una especie de encefalograma cuajado de montañas y valles. Arriba, abajo, arriba, abajo. Pero es que la novela de dos mil páginas que es la suma de Por una causa justa y Vida y destino es otro ampliado de encuadre paralelo, éste sin altibajos. Es decir, la sucesión de ampliados de encuadre pequeños es compatible con un ampliado de encuadre global. Es decir, aquélla forma éste del mismo modo que dentro de los ciclos económicos grandes hay ciclos económicos más pequeños, con pequeñas bonanzas y recesiones dentro de la bonanza grande o de la gran recesión. Es decir, hay un gran «abajo» que es la primera página de Por una causa justa y un gran «arriba» que es la última página de Vida y destino, y entre ese gran abajo y ese gran arriba hay una sucesión de abajos y arribas pequeñitos.

Grossman es capaz de hacer eso, y lo hace. Pero esto no lo han comprendido sus críticos, y eso les lleva a incurrir en otro error, éste más grave que el de confundir las churras de la imaginación con las merinas de la sensibilidad: dicen, pontifican, que Por una causa justa es una novela mucho peor que Vida y destino. Dicen, pontifican, que Por una causa justa es la cabeza de la gamba que algunos chupan pero es legítimo tirar; o sea, que Por una causa justa no deja de ser un panfleto estalinista y que la parte del león de la novela doble son las amargas reflexiones sobre la intercambiabilidad de los totalitarismos que conforman el meollo de Vida y destino. Y hay gente, la mayoría, que les hace caso y tira la cabeza de la gamba sin probarla. No entienden, porque no lo han entendido los críticos, que hacer tal cosa no es sólo tan absurdo como ver media película o contemplar medio cuadro tapando la otra mitad con una cortinilla negra, sino que lo es tanto como leer de Guerra y paz sólo la paz, o sólo la guerra, y no enterarse de nada. En Vida y destino se dan por introducidos personajes que ya lo están, porque lo fueron en Por una causa justa.

No es cierto que Por una causa justa sea mejor que Vida y destino. No lo es, desde luego, en cuanto a calidad literaria, pero no lo es, ni mucho menos, en valentía política. El antiestalinismo también tañe las cuerdas de Por una causa justa. Lo hace, es cierto, de una forma más sutil y camuflada, pero lo hace. Y si lo hace sutil es porque Grossman todavía no ha ampliado el encuadre lo suficiente para que quepan en él Stalin y el Gulag. Pero dice, por ejemplo, lo siguiente: «¿Acaso habríamos de calificar como personaje histórico a aquel cuya obra no aportó ni un átomo de bien, de razón o de libertad a la vida y a la labor de las personas? ¿Acaso habríamos de calificar como personaje histórico a un criminal que dejó tras de sí ruinas, ceniza, sangre derramada, la cerrazón hedionda del racismo, miseria e innumerables tumbas de niños, mujeres y ancianos a los que había asesinado?», y sabe que cualquier lector atento adivinará que no es de Hitler de quien se habla, del mismo modo que adivinaría que la Libertad va desnuda en el cuadro de Delacroix sólo con verle un brazo.

Grossman transita de lo simple a lo complejo, y el estalinismo es una cosa más compleja que simple, sobre todo si, como Grossman, se la quiere abordar evitando una indigestión de aceite de ricino y procurando comprenderla además de denostarla. Cuando lo haga, Grossman no pintará al fresco un ejército de furibundos bolcheviques enfrentado a otro de antibolcheviques furibundos, sino que pondrá en escena a una extensa galería de mediopensionistas, en la que cabrán los bolcheviques desengañados del bolchevismo y los bolcheviques que todavía no saben que están desengañados del bolchevismo. Pintará hombres que dudan, y hará de un hombre que duda, y del diálogo de éste con el hombre que le hace dudar, el corazón de Vida y destino. Escribirá esto:

«Liss meneó la cabeza. Y las palabras que siguieron fueron todavía más turbadoras, inesperadas, espantosas y disparatadas:

—Cuando nos miramos el uno al otro, no sólo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Ésa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros? ¿Acaso para ustedes el mundo no es su voluntad? ¿Hay algo que pueda hacerles titubear o detenerse? […] Cuando damos un golpe a su ejército lo infligimos contra nosotros mismos. Nuestros tanques no sólo han roto sus defensas, han quebrado también las nuestras; las orugas de nuestros tanques aplastan al nacionalsocialismo. Es horrible, es una especie de suicidio cometido en un sueño. Esto puede acabar de manera trágica para nosotros. ¿Lo comprende? Si ganamos, nosotros, los vencedores, nos quedamos sin ustedes, solos contra un mundo que nos es extraño, que nos odia.

Habría sido fácil refutar las palabras de aquel hombre. Pero sus ojos se acercaron aún más a Mostovskói. Sin embargo, había algo todavía más repugnante y peligroso que las palabras de aquel astuto provocateur de las SS, y es que, a veces, ya fuera con timidez o con malicia, Liss rasguñaba el corazón y el cerebro de Mostovskói. Eran dudas abominables y sucias que Mostovskói no encontraba en las palabras del otro, sino en su propia alma.

Como un hombre que tiene miedo a la enfermedad, que teme sufrir un tumor maligno, pero en lugar de ir al médico, finge no sentir malestar y trata de evitar las conversaciones sobre enfermedades con sus allegados. Y de repente, un día alguien le dice: “Oiga, usted siente estos dolores, ¿verdad? Especialmente por las mañanas, después de… Sí, sí…”

—¿Me comprende, maestro? —preguntó Liss—. Un pensador alemán, seguro que usted conoce sus brillantes estudios, dijo que la tragedia de Napoleón consistía en que expresaba el alma de Inglaterra, y precisamente en Inglaterra tenía a su enemigo mortal. […] Hoy le asusta nuestro odio a los judíos. Mañana puede darse que ustedes sigan nuestro ejemplo. Y pasado mañana nosotros nos volveremos más indulgentes. He recorrido un largo camino, guiado por un gran hombre. A usted también la ha guiado un gran hombre, también ha recorrido un largo y arduo camino. […] He aquí el pensamiento que me tortura: el terror de ustedes ha matado a millones de personas, y en todo el mundo, sólo nosotros, los alemanes, hemos comprendido que era algo necesario. Así es, no tiene vuelta de hoja. Trate de comprenderme, como yo le comprendo a usted. Esta guerra debe de horrorizarle. Napoleón no tendría que haber combatido contra Inglaterra. […] ¡No existen abismos entre nosotros! ¡Los han inventado! Somos formas diferentes de una misma esencia: el Estado de Partido. Nuestros capitalistas no son los verdaderos amos, el Estado les asigna un plan y un programa. El Estado toma su producción y sus beneficios. Como salario se quedan con el seis por ciento de los beneficios. Su Estado-Partido, exactamente del mismo modo que el nuestro, establece un plan, un programa, y se apodera de la producción. Y aquellos a los que ustedes llaman amos, los obreros, también reciben un salario de su Estado-Partido. […] También sobre nuestro Estado ondea la bandera roja del proletariado, también nosotros apelamos a la unidad nacional y al esfuerzo de los trabajadores, también nosotros proclamamos que el Partido expresa las aspiraciones del pueblo alemán. Y ustedes también apelan al “nacionalismo”, al “trabajo”. Ustedes saben tan bien como nosotros que el nacionalismo es la fuerza más poderosa del siglo XX. ¡El nacionalismo es el alma de nuestra época! ¡El socialismo en un solo país es la expresión suprema del nacionalismo! […] Usted conoció personalmente a Lenin. Él fundó un nuevo tipo de partido. Fue el primero en comprender que sólo el Partido y su líder son los que expresan el impulso de la nación. Por eso puso fin a la Asamblea Constituyente. Pero así como Maxwell, en el campo de la física, destruyó la mecánica newtoniana pensando que la estaba confirmando, Lenin se consideró el fundador de la Internacional cuando en realidad estaba creando el gran nacionalismo del siglo XX.»

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Pero Grossman, para escribir esto, para pintar al viejo bolchevique Mostovskói dudando de su fe, antes habrá tenido que pintar a Mostovskói no dudando en absoluto. Habrá tenido que escribir Por una causa justa.

Después, ya sí, podrá rematar Vida y destino escribiendo esto:

«Ahora no le parecían tan increíbles las delirantes confesiones de Bujarin, Ríkov, Kámenev y Zinóviev, el proceso de los trotskistas, de la oposición de izquierda y derecha, el destino de Búbnov, de Murálovo, y de Shliápnikov. Desollado el cuerpo vivo de la Revolución, los nuevos tiempos se engalanaban con su piel, mientras que la carne viva, ensangrentada, las entrañas humeantes de la revolución proletaria iban directamente a la basura: la nueva época no los necesitaba. Se necesitaba la piel de la Revolución, se desollaba a los hombres todavía vivos. Los que se cubrían con la piel de la Revolución hablaban su mismo lenguaje, repetían sus gestos, pero tenían otro cerebro, otros pulmones, otro hígado, otros ojos.»

Pero antes habrá tenido que escribir Por una causa justa.

Podrá entonar un canto humanista al valor supremo de la conciencia individual, subido, como los ruiseñores a los fusiles en el poema de Miguel Hernández, a las montañas de cadáveres de la colectivización; y podrá titularlo Vida y destino porque será una oda al derecho a la vida y una oda al derecho a elegir el propio destino.

Pero antes habrá tenido que escribir Por una causa justa.

Podrá escribir algo que consideren una de las cumbres literarias del siglo XX incluso quienes no vean demasiado claras las excelencias del individualismo.

Pero antes habrá tenido que escribir Por una causa justa.

Podrá, más tarde, ciscarse en los muertos de Stalin con más virulencia aún escribiendo Todo fluye.

Pero antes habrá tenido que escribir Por una causa justa.

Hay que leer a Grossman. Pero hay que empezar por el principio.

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