Pablo Batalla Cueto

Marta Rebón, traductora de Vasili Grossman: «Stalingrado apuntaló en Rusia el sentimiento de nación elegida»

Marta Rebón (Barcelona, 1976) es uno de esos benditos disidentes que pueblan las pesadillas de los gurúes del pragmatismo neoliberal. Estudió Humanidades y filología eslava. La segunda carrera no existe ya en España; sobre la primera pende una gigantesca y afilada espada de Damocles cuya sangre reseca de antiguos asesinatos camufla el color rojo de la publicidad del Banco Santander que cubre la hoja. Para mayor intranquilidad de los gurúes de marras, a Marta Rebón no le ha ido mal en la vida. Su camino de las puertas de la Facultad a las del mercado laboral como traductora del ruso al español, fue corto; en las estrecheces de su insultante juventud caben ya varias hojas de currículum, en las que brillan decenas de magníficas traducciones de Tolstói, Pasternak y Zamiatin, entre otros. Las de Vida y destino y Todo fluye de Vasili Grossman justifican esta entrevista, enmarcada en nuestro especial sobre la epopeya de Stalingrado; pero por supuesto, Grossman no es más que una excusa. Aprovechando su disponibilidad, hemos pedido a Marta Rebón que nos hable de casi todo: de Rusia, de su literatura, de sus gentes, de sus nostalgias y sus querencias, de la labor del traductor. El resultado es éste.

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—Estudiaste filología eslava. ¿Por qué? ¿De dónde y de cuándo viene tu interés por el mundo eslavo?

—Varias veces me han preguntado si tenía ascendencia rusa, como buscando un motivo de peso que explicara esta decisión de zambullirme en una cultura muy diferente. Pero no; en mi caso, todo se debe a la literatura. Desde niña me rodeé de libros y siempre tuve claro que quería estar cerca de la creación literaria. Cuando me licencié en Humanidades quise ampliar mis estudios y opté por una filología. Me parecía estimulante hacer estudios filológicos de unas lenguas, las eslavas, tan diferentes de las mías, el español y el catalán. El hecho de que me interesaran algunos títulos de la literatura rusa fue un gran aliciente. Las asignaturas de lengua y literatura rusas me apasionaron tanto que incluso acabé la carrera antes de los cuatro años reglamentarios. Luego hice mis primeros viajes a Rusia y a Polonia y cursé un posgrado en traducción literaria. Aún me sorprende la rapidez con la que, acabados los estudios eslavos, comencé a traducir una novela para la editorial Anagrama. La traducción también me ha ayudado a perfilar mis gustos literarios, a tener una relación más íntima con los textos, a afinar el sentido de lo que funciona y de lo que no en las obras de ficción, etcétera. Ser traductor te va transformando en un lector (y en un escritor) exigente.

—Con frecuencia las traducciones, como los doblajes, aun siendo buenos, «chirrían». Esto sucede especialmente cuando la lengua original y la lengua de la traducción proceden de culturas muy alejadas entre sí, con grandes diferencias de idiosincrasia que se manifiestan en el ritmo del texto, las formas de argumentar, los gustos estilísticos, etcétera. ¿Qué es lo más difícil de traducir en un texto ruso?

—Mis opiniones con respecto a la práctica de la traducción literaria han ido cambiando con el paso del tiempo. La actitud no es la misma cuando te enfrentas al primer libro que cuando ya llevas algunas decenas traducidos a tus espaldas. Ningún sector se puede idealizar; tampoco el editorial. Me parece que se habla muy a menudo de las traducciones como si éstas se realizaran en condiciones ideales, y no es así. Este «chirrido» al que te refieres, si lo hay, no es sólo achacable al traductor. La responsabilidad no puede recaer por completo en él, pues la editorial también debe mimar el texto y velar porque no se salte un eslabón necesario del proceso editorial, que es el de la corrección. Cuatro ojos ven siempre mejor que dos. En cuanto a las fechas de entrega que se suelen fijar en los contratos, lo cierto es que acostumbran a ser algo irreales y casi nunca reflejan el grado de dificultad del texto, que sólo se puede conocer ya sentado frente al ordenador, metido en harina. Los honorarios se calculan «al peso», es decir, en razón de la extensión, no de la complejidad ni de las horas reales empleadas. Me las he visto con libros cortos que, por su complejidad, me ha costado tanto tiempo traducir como novelas de quinientas páginas. Se trabaja con márgenes de tiempo reducidos. Y el texto necesita distancia, poder leer la primera versión, dejarla reposar, volver a leerla. Pero eso requiere tiempo, y el tiempo, ya se sabe, es dinero. Tienes escasos meses para verter a otra lengua una obra que el autor tardó años en escribir, y tratar de entenderla como si fueras tú quien la hubiese escrito. Respecto a la distancia a la lengua de origen, me inclino a pensar que esta distancia muchas veces juega a favor a la hora de traducir, pues no hay tantas interferencias como del inglés, por ejemplo, donde uno se puede «contagiar» de una sintaxis poco genuina. Y en cuanto a los textos intraducibles, cuando se habla de este tema suele salir a colación el caso de la poesía. Siempre habrá quien se rasgue las vestiduras porque alguien se atreva a hacer tal o cual sacrilegio. Nunca me han gustado este tipo de «purismos», pues cada traducción aporta soluciones nuevas, siempre mejorables, y trabaja también con los errores y aciertos que la han precedido. ¡Qué diferentes serían las distintas culturas si no hubiera habido traducciones, buenas o malas, de la gran literatura! El ruso, por ejemplo, es una lengua riquísima en cuanto a ritmo y musicalidad, lo que hace que su poesía sea particularmente difícil de traducir. Por cada versión lograda en las traducciones al inglés de Brodsky, en las que él también participaba, hay varias fallidas. Al final siempre caemos en esa contradicción: decir que algo es intraducible y, sin embargo, intentar traducirlo una y otra vez. Creo que lo importante es ese deseo de acercarnos cada vez más a un texto. Hace unos días fui a un concierto del pianista Alexandre Tharaud. No sé si su interpretación de Grieg o de Beethoven era exactamente como se la imaginaban esos compositores. Pero a mí me fascinó.

—Siempre he pensado, por otro lado, que Rusia y España son dos países que, a su manera, se parecen. Ambos son países periféricos y convulsos en los que la reflexión amarga sobre el «ser» de la nación, el conflicto entre el europeísmo y el asiatismo en Rusia y el «África empieza en los Pirineos» en España es casi, o sin casi, un tópico literario. Esa reflexión lleva a otra no menos amarga sobre la historia política: de alguna manera existe la idea de que todo lo que se hace en Rusia, ya sea una monarquía absoluta, un régimen socialista o una democracia, se hace invariablemente en su versión despótica y cruel, lo cual viene a equivaler a la nuestra de que todo lo que se hace en España se hace en su versión chapucera e incompleta. ¿Compartes esta reflexión? ¿Sigue existiendo en Rusia, al menos en la literatura, ese «Rusia no tiene remedio», o ya no? ¿Qué otras similitudes existen entre los dos países?

—Sin duda han sido dos imperios de gran relevancia a lo largo de la historia, pero no sé hasta qué punto se pueden trazar similitudes entre ambos países. Lo que está claro es que el Quijote es uno de los personajes de la literatura universal más queridos por los rusos, seguramente por esa naturaleza soñadora que se da siempre de bruces con la realidad de los molinos. El hecho que sí considero remarcable de lo que comentas es esa larga y penosa tradición rusa de despotismos y de libertades comprometidas. No hay que olvidar que la servidumbre rusa no fue abolida hasta 1861. Tienen que pasar muchas generaciones para que se superen este tipo de sentimientos tan arraigados. Aunque la verdad es que cada año que voy a Rusia (mejor dicho, a las dos ciudades principales, Moscú y San Petersburgo) noto que la sociedad rusa está cambiando a pasos agigantados. Los jóvenes tienen posibilidades de acceder a todo lo que se hace en otros países y eso amplía mucho sus horizontes, lo que les lleva a cuestionar el poder y a potenciar la sociedad civil. Por algo será, también, que España es el destino preferido de los rusos en Europa para pasar sus vacaciones. Quiero pensar que obedece a algo más que el clima y la gastronomía. Siempre queda algo de los mitos románticos que han pasado de generación en generación, y España siempre ha aparecido de una forma u otra en el imaginario ruso.

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—¿Es el pueblo ruso un pueblo resignado o conformista? En el poder purificador del sufrimiento, ¿creía sólo Dostoievski, o también esto es una característica general del ethos ruso?

—Varmam Shalámov, autor de los imprescindibles Relatos de Kolimá, precisamente desmonta ese supuesto poder purificador del sufrimiento, mitificado por muchos autores. De su experiencia en el Gulag dijo que no podía extraer nada positivo.

—Ricardo San Vicente ha escrito que el español carece en cierta medida de palabras para dar nombre a la versatilidad del infierno, y que eso hace difícil traducir a autores como Shalámov. ¿Es mejor, más versátil, la lengua rusa para hablar del infierno? ¿Por qué?

—En una entrevista con motivo de su extraordinaria traducción de los relatos de Shalámov, San Vicente recordaba unas palabras de Brodsky, que había escrito para el prólogo a un texto de Platónov: «Feliz el pueblo a cuya lengua no se puede traducir este relato». En España no hemos pasado por algunas de las experiencias que sí han sufrido los rusos a lo largo de su historia. Tampoco conocemos la crudeza de su clima, ni el reto psicológico de enfrentarse a una extensión geográfica tan vasta, etcétera. Todo ello ha generado un vocabulario y un modo de ver la realidad inéditos en nuestra lengua. El ejemplo más evidente es la jerga del gulag. De hecho Shalámov dice en uno de sus relatos que la primera obra que escribió después de su detención fue un diccionario, que envió a Kolimá, en el que incluía toda esta terminología. Así que imagino que es una cuestión de experiencias vividas que luego se reflejan en la lengua por necesidad vital, no porque la lengua en sí lo permita.

—¿Te resultó difícil traducir a Grossman?

—La traducción de Vida y destino coincidió con mi mudanza a Bruselas, una ciudad entonces totalmente desconocida para mí y en la que me quedé a vivir tres años. Así que disfruté de un aislamiento que me fue muy bien para traducir. Aunque la temática bélica no es una de mis preferidas, cuando llevaba pocas páginas traducidas —en las primeras figura ya el gran mensaje de toda la novela, el de la libertad— me di cuenta de que era una obra de una grandísima calidad y con mensajes esenciales que excedían lo que hasta entonces me había encontrado. Fue difícil traducir a Grossman no sólo por las cuestiones lingüísticas, sino por ese aliento de compromiso personal y moral tan importante que exhalan sus obras. A la vez, lo que más me ayudó también fue la calidad y la fuerza ética del propio texto, que me animaba a dar lo mejor de mí. De hecho, en esos cuatro meses en los que acababa de aterrizar en Bruselas, para mí sólo existió Vida y destino. Un libro bien escrito facilita mucho la traducción, aunque parezca una obviedad. Sólo hay que dejarse llevar. Seis años después de su traducción estoy segura de que la versión que ahora haría de esa obra sería diferente, pues acumulas experiencia, etcétera. Las traducciones son «seres vivos».

—Decía Pável Grushkó en una reciente entrevista, parafraseando a un poeta búlgaro, que el «vidrio» del traductor debe estar siempre limpio, pero también debe aparecer un cierto reflejo del propio traductor. El traductor no debe ser completamente invisible. ¿Lo crees tú también? Si es así, ¿qué hay de ti en Vida y destino y en Todo fluye?

—Cada frase traducida tiene algo del momento y del estado de ánimo con que se tradujo. Si no queremos ninguna huella del traductor, para eso ya están los programas informáticos; aunque, claro, también ellos dejan un rastro reconocible y no demasiado bueno. La traducción de un texto es resultado de un cúmulo de decisiones que dependen de muchos factores y que aún no caben en un algoritmo. Estoy en contra de que el traductor deje conscientemente su «sello», pero es inevitable que su sombra planee sobre el texto, siempre para sumar en la misma dirección que el autor. Porque el autor escribe para el lector de su propia lengua, no para el que le leerá en la traducción. Es ahí donde el traductor completa el trabajo de autoría. No debe ser una sombra que oscurezca, sino una que ilumine, si se me permite la antítesis. Nunca he pretendido crear una teoría especial de la traducción; me he guiado más por el instinto. No sé qué puedo haber dejado de mí en la traducción de esas dos novelas que mencionas, pero estoy convencida de que en la literatura que escarba tan profundamente no puedes quedarte impasible como si estuvieras haciendo una traducción técnica, ni poner el piloto automático. Algo íntimo de uno se arrastra hacia fuera con cada palabra.

—¿Cuál crees que es el lugar de Grossman en la historia de la literatura rusa? ¿Cuál es su valor?

—Creo que ahora ha alcanzado ya el lugar que se merece. Para el lector en español ahora al menos es casi tan conocido como Tolstói o Dostoievski. Y parece mentira que esto haya pasado en tan poco tiempo. La literatura rusa, debido a la represión y la confiscación de manuscritos que se produjo, no ha tenido una evolución normal. Algunas novelas se han publicado décadas después de su creación. Eso provocó que en las décadas de 1980 y 1990 convivieran en los estantes de las librerías títulos de los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta, como si se trataran de novedades literarias, con los de la literatura contemporánea. Poco a poco se va subsanando esa anomalía. También para el lector español, que ahora ya puede leer a Grossman, Jarms o, próximamente, Gueorgui Vladímov. El gran valor de Grossman es haber demostrado que la novela aún tenía el aliento y la ambición suficientes para abrazar algo tan inconmensurable como los dantescos acontecimientos del siglo XX; que la literatura puede hacernos comprender mejor hechos históricos que los manuales. Y, sobre todo, que puede encerrar una fuerza ética tan potente que es capaz de transformar interiormente al lector. Recurriendo a la mentada pregunta de si es posible escribir poesía después de Auschwitz, uno lee a Grossman y responde que sí. En Vida y destino penetra en las cámaras de gas. En Todo fluye hace lo propio con la locura de la hambruna en Ucrania y, aunque sólo se pueda conocer esa verdad con la experiencia directa, por un instante fugaz nos permite mirar a los ojos de ese abismo, con la única herramienta del lenguaje.

—Según una encuesta reciente, un 49% de los rusos opina que hubo aspectos positivos en el gobierno de Stalin. ¿Qué opinas de esto? ¿Te parece una estimación exagerada, atinada o escasa? ¿A qué se debe esa nostalgia?

—Sí, leí la noticia. Estoy segura de que la encuesta, presentada en los mismos términos en España pero referida a la figura de Franco, también arrojaría un porcentaje, quizá nada desdeñable, de nostálgicos del franquismo. Recuerdo una conversación con una pareja de jóvenes chilenos que también me hablaron de aspectos positivos de Pinochet para la economía del país. Está claro que no comparto esa opinión: en aras del crecimiento económico no se puede tolerar que se pisoteen las libertades individuales y los derechos humanos. Es incuestionable que el estalinismo es responsable de demasiadas muertes, entre otras infamias, lo cual, para mí, invalida cualquier «aspecto positivo» del gobierno de Stalin. De todos modos, las cifras estadísticas no reflejan la complejidad, sólo la simplifican. Entre ese 49% habrá quien crea que cualquier tiempo pasado fue mejor, quien anhele aquel papel de gran potencia hegemónica, temida y respetada, sentimiento muy extendido entre la juventud…

—¿En qué punto se encuentra, en general, la nostalgia de la era soviética? Y, ¿qué papel juega en esa nostalgia el recuerdo de la Gran Guerra Patriótica y de la epopeya de Stalingrado? ¿Cómo se enfrentan los rusos de hoy a ese legado histórico de la segunda guerra mundial?

—Últimamente se está asistiendo a una especie de revival. Hace poco se abrió el nuevo museo del diseño en Moscú y la exposición inaugural estuvo dedicada al diseño soviético de 1950-80. También hay un interés creciente por la arquitectura modernista de este periodo. Quizá se explique por esa necesidad higiénica de «salvar» algo de ese pasado en que lo negativo pesa tanto. La victoria en la Gran Guerra Patriótica, fruto de esfuerzos y sacrificios individuales, apuntaló ese sentimiento de nación elegida de la que Rusia había hecho gala tras la caída del imperio otomano. La epopeya de Stalingrado aún está muy presente en el imaginario colectivo. Por eso no es de extrañar que la primera película rusa con tecnología 3D esté precisamente ambientada en ese escenario histórico.

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—En Rusia, el porcentaje de proyectos literarios en Internet y el número de ferias y festivales literarios es mucho mayor que en otros países. ¿Qué tiene Rusia? ¿Por qué ese talento excepcional de los rusos para la literatura? ¿Qué parte de ese éxito la explica una promoción institucional ambiciosa y qué parte la explica alguna característica particular de los rusos como pueblo?

—Es indudable la importancia que ha tenido la literatura en la cultura rusa y el respeto, o casi veneración, que se tiene por los escritores, especialmente por los poetas. En el ensayo Menos de uno, Brodsky explica el papel que desempeñó la poesía entre la juventud soviética de la década de 1960, en sus anhelos de libertad. Ahora, con el impacto de Internet, parece que no se necesita tanto de faros intelectuales y todo ha quedado mucho más diluido. Me recuerda en cierta medida a un texto de Fredric Jameson, Posmodernismo y sociedad de consumo, en que dice con cierto tremendismo que los «antiguos modelos» (Picasso, Proust, T. S. Eliot) ya no funcionan porque nadie tiene ya esa clase de mundo y estilo únicos, privados, que expresar. Pero volviendo al talento al que te refieres hay varias causas de que sea así. Es evidente que a los escritores rusos les gusta dialogar con su rica tradición literaria, fuente constante de temas y personajes (por ejemplo, el último título de Sorokin, La tormenta de nieve, se inspira en un cuento de Tolstói del mismo nombre). También porque han considerado la literatura al mismo nivel que la filosofía, es decir, no como un simple pasatiempo, etcétera. Aunque eso no quita para que actualmente lo que más se venda no sea precisamente el tipo de literatura del que estamos hablando. En todos lados cuecen Sombras de Grey. Pero sí, el apoyo que en los últimos años está recibiendo la traducción de obras rusas y la presencia de sus escritores en ferias y certámenes es cada vez mayor. Se está impulsando tanto desde organismos públicos como desde fundaciones privadas. Se han dado cuenta de que si quieren cambiar prejuicios y tópicos sobre la cultura e identidad rusas, lo más útil es invertir en traducción, poner al alcance de los lectores de cualquier lengua la literatura rusa. El Premio Debut, por ejemplo, se ha convertido en un gran trampolín para los autores más jóvenes, que ven cómo, además de ganar un premio y obtener mayor reconocimiento en su propio país, luego su obra es traducida a otras lenguas gracias a las subvenciones. Además, también ayuda, creo un interés renovado por entender qué es Rusia, ahora que el país se ha vuelto a posicionar en el contexto internacional. En ese sentido creo que la literatura es la mejor lente de aumento para aproximarse a la realidad de un país. Por ejemplo, para informarnos sobre el conflicto moderno de Chechenia ya podemos leer a Zajar Prilepin o a Arkadi Bábchenko. Por otro lado, Internet en Rusia es esencial, ha ayudado a que las generaciones más jóvenes tengan una presencia más destacada y a que su relevancia no dependa únicamente de si viven o no en Moscú o en San Petersburgo. Los rusos son muy activos y han creado sus propias redes sociales y plataformas. También ha ayudado a muchas personas que viven en provincias a tener acceso a materiales de lectura, foros de discusión, revistas electrónicas, etcétera.

—La buena literatura rusa se ha caracterizado siempre por ser una literatura de compromiso. Sabido es, por lo demás, que de los contextos de censura suelen salir las mejores obras artísticas, porque la censura obliga a los artistas o bien a ser sutiles o bien a ser valientes. Caído el Muro e instaurada la democracia, ¿en qué lugar se encuentra ahora la literatura rusa? ¿Ha perdido calidad?

—No; creo que ésa es una generalización discutible. Vida y destino fue escrita pensando que su publicación sería posible, como tantas otras obras cuyos autores no creían estar haciendo nada malo, sino simplemente ajustarse a la verdad. En cuanto al panorama actual, sólo apuntaré que Rusia también es una gran esponja de lo que se hace fuera y que se están creando versiones autóctonas de modas o géneros que, en principio, parecerían genuinamente extranjeros.

—¿Cuáles son tus autores rusos predilectos de todos los tiempos? ¿Cuáles los escritores rusos en activo que más te llaman la atención?

—Entre los autores clásicos me quedo con Dostoievski, Tolstói y Gógol. De escritores en activo, Zajar Prilepin, Vladímir Sorokin, Liudmila Ulítskaia y Vasili Golovánov.

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