Víctor Guillot

Alan Sillitoe: un pícaro se ríe en Nottingham (I)

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Es bastante probable que al muchacho de catorce años que curraba en la fábrica Raleigh se le abrieran dos carreras aparentemente distintas mientras engrasaba las cadenas de las bicicletas: convertirse en un trapicha más que vagabundease por las calles de Nottingham o ser un escritor capaz de expresar con absoluta maestría la alternativa que acontecía a su alrededor. El mismo hombre, unos años después, volvió a encontrarse en otro cruce de caminos mientras asimilaba el intrincado lenguaje Morse durante veintisiete semanas de su vida en un aula de la Royal Aire Force. Entonces su destino se bifurcó en otras dos carreteras tan dispares como la literatura y el ejército que sólo una tuberculosis logró volver a unir en una sola vía en forma de pensión vitalicia y una larga temporada en Mallorca, donde a cuenta de su reina, leyó todo lo que quiso y por fin comenzó a escribir. En cualquier caso, mucho antes de graduarse como telegrafista y más aún de atravesar las puertas de la fábrica de Nottinghan, a Alan Sillitoe ya le había atravesado la literatura como una flecha que guiara su rumbo hasta el último de sus días. Pero por encima de ser o no ser un escritor, un soldado, un currela o un bastardo criminal, el joven, el maduro y el viejo Sillitoe estuvieron moldeados con una misma actitud moral, basada en el orgullo del perdedor que alcanzaba, paradojas del destino, la más hermosa de las victorias, en la desolación de su propia derrota.

Después de que Impedimenta haya rescatado hace unos meses La soledad del corredor de fondo (1958), y tras haber publicado dos años antes Sábado por la noche y domingo por la mañana (1959), se hace oportuno reivindicar la figura de un escritor al que, lamentablemente, no se le ha prestado toda la atención que merece en España, país el nuestro que últimamente sólo escribe para una progresía triste y desahuciada, sin que ello sea sinónimo de calidad literaria. Y no sólo porque sendas novelas hayan alcanzado la fama y el reconocimiento internacional (en gran medida, debido a las películas que dirigieron los realizadores Karel Rieiz y Tony Richardson respectivamente), ni tampoco porque Alan Sillitoe haya pasado a la historia como el miembro más destacado de aquel grupo de escritores que (con un elevado tono condescendiente por parte de la crítica de entonces), vino a ser llamada la generación de los jóvenes airados, o en inglés The Angry Young Men, sino más bien porque, en esencia, la obra de Alan Sillitoe se nos muestra mucho más amplia, prolija y ambiciosa. Efectivamente, Sillitoe ha escrito sobre currelas y sus personajes tienen la gracia de un trujamán español en los suburbios del Madrid de los Austrias, cuatro siglos más tarde, rehabilitados en una ciudad hambrienta, sucia e industrial como Nottingham; algunos de esos personajes conservan el coraje de los viejos aventureros, dignos sucesores de aquellos otros que Jack London dibujó anteriormente en sus libros; en sus palabras brilla la sangre del soldado y resuena la cítara del poeta que consagró sus versos al mejor perdedor.

Una guerra perpetua

«Es una buena vida la que llevo, me digo a mi mismo, siempre que no te rindas ante la poli, los gerifaltes del reformatorio y todos estos tipos legales con cara de hijo de puta.» nos dice Colin Smith, el joven interno del reformatorio de Essex, mientras se entrena para disputar la Copa de la Banda Azul. Smith representa a la institución que lo mantiene encerrado, la misma que le ha pedido que corra la Copa en su nombre y que el astuto muchacho se ha propuesto perder en el mismo instante en que lo tiene todo en su mano para poder ganar. Su derrota se nos presenta como un acto sublime de justicia poética, la única justicia a la que un joven rebelde, atrapado en un internado de disciplina carcelaria, se puede acoger.

«Ya veis, mandándome al reformatorio me han mostrado la navaja, y de ahora en adelante sé algo que no sabía antes: que ellos y yo estamos en guerra. En guerra perpetua», se dice así mismo Smith mientras corre sobre una loma y recuerda los motivos que lo condujeron hasta allí. En el fondo, Colin es un pícaro en una sociedad completamente rota, que mira con desprecio los sentimientos de concordia y unidad nacional que el viejo Winston Churchill primero, durante la II Guerra Mundial, y el Primer Ministro laborista Atlee, inmediatamente después, trataron de contagiar entre los burgueses y los trabajadores para sacar adelante un país que había quedado al borde de la banca rota.

Los años cincuenta fueron años jodidos y una década después del final de la guerra, los obreros ingleses comenzaron a sufrir las heridas inflingidas por la clase dirigente. Los personajes de Allan Sillitoe, a diferencia de otros escritores coetáneos, son conscientes de esta lucha: saben a qué clase pertenecen, a cuál desprecian y a cuál odian; también conocen a la perfección en qué comunidad viven, a qué jefe sufren, qué aire respiran, qué cerveza beben, aunque su individualismo feroz les impide sentirse participes de una lucha social y política que trascienda más allá de ellos mismos. Esa lucha no es la suya. Colin Smith es un perro callejero con la cínica sonrisa del joven e icónico actor Tom Courtenay que mantiene una batalla personal contra todo el sistema (una guerra animal, cuyas acciones están guiadas esencialmente por el instinto que le ha inoculado su clase) y utilizará todas las armas que estén en su mano para contemplar la derrota de su enemigo, aunque ello no suponga para él necesariamente una victoria. No se trata de un «nosotros» contra ellos, sino un «yo» contra «todos». Hablamos de pequeñas batallas alejadas de cualquier maniqueismo, en las que el más hijo de puta gana, batallas motivadas por un odio visceral y un orgullo salvaje que no conoce límites. Bien.

La grandeza de La soledad… reside en su sencillez. Una carrera se convierte en el escenario de un gran combate que enfrenta al hombre contra el sistema y Colin Smith encarna a la perfección el sentimiento de lucha que se acumula por entonces en el corazón de aquellos hombres: «Entonces se adentró en una lengua de árboles y arbustos donde ya no pude verlo ni a él ni a nadie, y ahí sí que conocí la sensación de soledad que invade al corredor de fondo cuando surca los campos, y me di cuenta de que, en lo que a mí se refería, esa sensación era lo único honrado y genuino que existía en el mundo, y yo sabía que jamás sería diferente en mi caso, sin importar cómo me sintiese en los momentos extraños, independientemente de lo que cualquier otro tratase de contarme».

9788415578369Como afirma Kiko Amat en el prólogo a la última edición, en «La soledad… no cabe la ambición reformista de los pretéritos escritores de clase media-alta, ni tampoco la épica trabajadora de los primeros autores socialistas, con sus personajes proletarios llenos de nobleza, coraje, ingenio y voluntad de mejora. Lo que distingue a Arthur Seaton en Sábado por la noche… y a Colin Smith de todos aquellos «probos y honrados trabajadores» previos es su gran ira. Su rabia indomable, su hartazgo por las condiciones que les tocaron en suerte y, sobre todo, su nula voluntad de dejarse domesticar».  Sin embargo, siendo cierto todo esto para La soledad …, relato que ha eclipsado al resto de historias que forman el libro, habría que añadir que junto a la ira de Colin Smith, también conviven la ternura, la tristeza, la ingenuidad y el orgullo de la clase obrera que impregnan los personajes de los otros relatos que componen el volumen, por no hablar de las demás novelas que construyen la obra de Sillitoe como La muerte de William Posters, La hija del trapero, A start in life, El hijo del viudo, La vida continúa, El cuentista  o El hidroavión perdido, entre otros. Como decíamos más arriba, Allan Sillitoe practica una novela que fija su atención en la vida de los trabajadores y del lúmpen-proletariado. Es una novela obrera en la medida en que sus protagonistas acuden a trabajar a las fábricas, pagan una renta, se emborrachan, discuten, terminan desahuciados, se van al paro o dan con sus huesos en la cárcel incapaces de saldar sus deudas. Es una novela donde los peniques importan, en la que los personajes se rascan el bolsillo y hacen de su miseria el pronóstico más certero de su futuro. Quiere decirse que Sillitoe logra construir una trama compleja, a veces trágica, y otras tantas, grotesca, a partir de los dramas individuales que experimenta la clase trabajadora, dramas que en esencia plantean un conflicto entre quienes tratan de superar las reglas del sistema y aquellos que las imponen.

Pero sobre todas estas circunstancias, Sillitoe es capaz de hacer gran literatura, de esa que te engancha en cada palabra, convocando un realismo trágico y demoledor que te empuja a fumar un cigarrillo después de echar la bilis en la lectura de cada párrafo. Lo que apetece, después de cerrar un libro de Sillitoe, es pirarse a beber con los colegas y cagarse en el jefe. Y es que nuestro escritor lleva la tragedia cotidiana de sus personajes hasta el abismo. Cómo no emocionarse con la historia del Tio Tess, cuyo relato nos narra el trasiego de un viejo completamente perdido que «sentía de un modo vago e indefinido que volver atrás e indagar en las barriadas y en los lugares familiares de su juventud, en sus viejos amigos, en los aromas y sonidos que le hacían señas perceptibles desde aquellos tiempos que fueron mejores, era como morirse poco a poco. Determinó que lo mejor era dejarlos en paz, pues confiaba de algún modo que tras su muerte -llegase cuando llegase- se reencontraría de un modo o de otro con todo aquello».

La literatura de Sillitoe está plagada de tios Tess, con otros nombres y otros oficios, sí, la gran mayoría de ellos moldeados por su trabajo y por la guerra, pero también por la pasión, el desamor y, antes que nada, la aflicción y la desesperanza que florece después de la resaca. Sería terriblemente simplista reducir el mundo de Sillitoe a un magnífico Colin Smith o un astuto obrero como Arthur Seaton en Sabado noche… que desconfían de todo y de todos, a pesar de toda la carga política y todo el egoísmo que desprenden en sus pensamientos y sus acciones. Sirva de ejemplo El cuadro del barco de pesca, relato protagonizado por un cartero que acaba siendo abandonado por su mujer poco tiempo después de haberse casado. AA pesar de todo, ella acude de forma recurrente a su antiguo domicilio para sablear a su exmarido, quien a lo largo de los años no ha echo otra cosa que repartir cartas, leer libros y sentarse a las cinco de la tarde ante la chimenea para sorber una taza de te caliente y contemplar el único objeto que certificó su matrimonio: un antiguo cuadro sobre un barco de pesca. El cartero, un buen hombre que nunca guardó rencor a su mujer ni pretendió otra cosa que vivir tranquilo sin molestar a nadie, acabará confesando que nació muerto: «Yo nací muerto, me repito sin parar. Todo el mundo está muerto, me respondo. Lo están todos, sostengo, pero algunos de ellos nunca llegan a saberlo como yo, y es una vergüenza que no haya llegado a saberlo hasta el final, cuando menos puedo hacer al respecto, y cuando es terriblemente tarde para sacar de ello nada salvo males».

Cabrones, no lograréis someterme

Arthur Seaton fue, es y será por siempre Albert Finney, aunque Albert Finney ha sido, es y será muchos otros nombres. Pero el de Arthur fue uno de los primeros. Tanto el guión de la peli como la novela están firmados por Sillitoe que no hace otra cosa que contar las birras, mujeres, sueños y deseos que pasan por su vida, despojándolo todo sistemáticamente de cualquier nobleza y virtud, sin el heroísmo y misericordia que otros escritores trataron de impregnar a sus personajes con anterioridad. Si buscan paño de esa calidad, se han equivocado de mercería. Aquí no hay nada de eso. Porque Alan  Sillitoe te lo vende crudo. Y en qué consiste la vida de Arthur Seaton. Básicamente en trabajar a destajo de lunes a viernes, beber el sábado, follarse a la mujer del compañero el domingo y sentarse en el canal a pescar cualquier otro día. Su felicidad consiste en eso y en contemplar desde lo alto de una colina los tejados de Nottinghan. El caso es que nos gusta Arthur Seaton, trasunto del propio Sillitoe en algunos aspectos, que incorpora en su primera novela la figura del pícaro español a otro siglo, otro país e, incluso, a otro modo de entender la vida. Y ahí está la gracia. Este disparate funciona.

Arthur Seaton es el primer baluarte de la resistencia al sistema en la obra de Sillitoe, quien irá matizando esta visión con el paso del tiempo, a través de otros anti-héroes que ya iremos comentando en la segunda entrega de este artículo. Pero en Seaton está encerrada la semilla de todas las tramas que el escritor retomará en obras sucesivas. Valga un botón como ejemplo: «A Arthur le entraban ganas de reírse cuando se acordaba. Estaban en plena guerra, peleaban contra los alemanes, y Churchill salía cada noche, después de las noticias de las nueve, y te recordaba por qué estabas luchando, como si aquello importase. Porque ¿qué podías hacer tu? ¿Lo que hizo Dave, escaparse del ejército? No: lo único que te quedaba era tu astucia. Nada más. Dos años sometido, y después considérate afortunado si logras salir con vida. Había empezado a lustrarse las botas y, cuando el sargento pasó y vio todo tan brillante y reluciente, tan ordenado y limpio, dijo que Arthur sería un buen soldado. Astucia, pensó. Cabrones, no lograréis someterme». Como ven, volvemos a lo de antes: individualismo, guerra, lucha de clases.

 ¿Jóvenes airados?

2316115001_c12f6e60a5Y a todo esto, a quién coño se le ocurrió tildar de airados a Sillitoe y al resto de la banda. Era algo más que un enfado lo que expresaban sus libros. Era, sencillamente, mala hostia bien destilada, de esa que nace cuando realmente te sientes jodido. A cuento de qué viene reducirlo todo a un desaire, a un enfado, si lo que pretendían era mearse en la cara de la burguesía. Siempre he pensado que lo de airado solo podía venir de la otra parte, es decir de la crítica y la prensa conservadora, que bajo esta etiqueta, trataron de rebajar las pretensiones de unos escritores absolutamente encabronados. Ciertamente, ni Sillitoe, ni Kinsley Amis ni John Osborne entendieron nunca qué cojones se pretendía decir con aquello. Ni eran jóvenes airados, ni tampoco jóvenes enfadados. Eran muchachos realmente jodidos, muy jodidos, completamente machacados. Ni Sillitoe, ni Osborne, ni Amis, ni tampoco John Braine habían terminado sus estudios primarios. Sabían de lo que hablaban. Todos ellos habían experimentado el trabajo en la fábrica o el rutinario servicio de un funcionario. Se consagraron a la escritura leyendo mucho, escribiendo otro tanto y alternando muchísimo más. Para ellos, lo que contaba era ese machaque constante que arrasaba con todo, incluso con ellos mismos. Y coño, eso también podía ser literatura. Merecía la pena poder contarlo y, sobre todo contarlo bien, sin caer en la literatura social de tono panfletario o victimista que tuvo tanta acogida y gloria entre la izquierda europea de aquella época.

Por otra parte, aunque todos ellos fueron incluidos en una misma categoría, poco tenían que ver los unos con los otros, salvo en un único asunto: aceptaban el derrumbamiento del Imperio Británico como el más ingenioso de los sarcasmos y lo celebraban bebiendo cantidades ingentes de alcohol. A partir de ahí,  la obra de Kinsley Amis, John Braine, Harold Pinter o John Osborne, por citar sólo algunos, diverge.  En el caso de Amis, Lucky Jim, Dificultades con las chicas o Los viejos enemigos nos hablan de personajes que ocupan un lugar en el sistema. En sus libros no hay ira, sólo cinismo y cierta desidia. Los protagonistas son profesores, editores, escritores que tratan de adaptarse y distanciarse de su propia posición a través de la ironía. La obra de Kinsley Amis se acerca más a las películas de Woody Allen en su ambiente y paisaje que a las de Sillitoe. inaugurando eso que algunos llaman novela de campus. Ciertamente resultan simpáticas, en ocasiones mordaces, apuntando con sus palabras la severidad de un modelo social y político, cuanto menos, hipócrita,  pero sus novelas nunca desembocan en un estado de ira como el que acontece siempre en los libros de Sillitoe. En aquellas, los personajes no se manchan las manos de grasa, no hay cerveza, sólo whisky en el salón de invitados de los clubs de Londres y en los despachos del rector de Cambrige. Lo mismo podemos decir de John Braine, si no tenemos en cuenta su novela más lograda, Un lugar en la cumbre, con la que se acercaba al mundo de Sillitoe relatando el irrefrenable ascenso de Joe Lampton, un auténtico arribista de clase trabajadora, cautivador y sinvergüenza, que pretende labrarse una reputación como contable municipal en la disciplinada Inglaterra de los comienzos de la posguerra para lograr un más que loable objetivo: beber cerveza y tirarse al mayor número de golfas. Ciertamente, Lampton podría ser primo hermano de un Arthur Seaton en Sabado por la noche…o de Colin Smith en La soledad…, pero el ingenio de Braine no dio para mucho más. Murió completamente alcoholizado.

Un pícaro en Nottinghan

«Ya con las desventuras iba comenzando a ver la luz de los que siguen la virtud […]. De donde vine a considerar y díjeme una noche a mí mismo: «¿Ves aquí, Guzmán, la cumbre del monte de las miserias, adonde te ha subido tu torpe sensualidad? Ya estás arriba y para dar un salto en lo profundo de los infiernos o para con facilidad, alzando el brazo, alcanzar el cielo. […] Vuelve y mira que, aunque sea verdad haberte traído aquí tus culpas, pon esas penas en lugar que te sean de fruto. […] En este discurso y otros que nacieron dél, pasé gran rato de la noche, no con pocas lágrimas, con que me quedé dormido y, cuando recordé, halleme otro, no yo ni con aquel corazón viejo que antes» Guzman de Alfarache; Mateo Alemán.

Allan Sillitoe confesó en cierta ocasión que en algún momento de los años sesenta leyó el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, El lazarillo de Tormes de ¿Diego Hurtado de Mendoza?, y El Buscón de Quevedo. «Fue esta agradable experiencia la que me dio la idea de escribir una novela picaresca ambientada en la Inglaterra de nuestros días. Algo que fuera más allá de Sábado por la noche…De aquellas lecturas surgió A Start in Life,  novela que narra las peripecias de un pícaro llamado Michael Cullen. En la portada se resume perfectamente de qué va la historia: «A Start in Life describe las vulgares y no tan vulgares aventuras de un bastardo y, para colmo, proletario. Trata de su nacimiento y juventud en su ciudad natal y de lo que acontece cuando la estrella de su destino lo conduce a Londres y a otros lugares diversos. Relata sus locuras infames y sus errores alocados y cómo lo condujeron a un final que no sorprenderá a nadie, aunque no se desvelará hasta que llegue». Las palabras son del propio Sillitoe.

Podría decirse que la obra de Sillitoe sintió desde el principio una atracción completamente instintiva por el pícaro que no se apagaría hasta la escritura de El hijo del viudo. La lectura de los clásicos del Siglo de Oro sólo hizo confirmar lo que él ya estaba contando o quería contar. Y qué pícaro es ese. Se trata de un tipo que sabe que la vida es corta y que puede morir mañana, que no tiene conciencia de lo que es el futuro ni mucho menos la posteridad. Lo quiere todo y lo quiere hoy. Como dice el propio autor: «es a la vez un soñador y un hombre de acción, pero ni sus sueños son tan intensos como para apartarlo de la acción ni sus acciones tan sopesadas como para destrozar sus sueños».

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El pícaro de Sillitoe actúa por impulsos que, generalmente, lo conducen al desastre y, aunque no tenga una idea clara de cuáles puedan ser sus ambiciones, siente que sólo una ventaja rápida puede ayudarle a obtenerlas. A menudo lo confunden falsas ambiciones alentadas por la voluntad de éxito y se pondrá manos a la obra con todo el encanto, astucia y genio que la naturaleza le ha concedió. A Start in Life le siguió una década después la secuela Life Goes On, publicada en 1985 y en ella se confirma nuevamente la comodidad con la que Sillitoe se encuentra escribiendo sobre la vida de los pícaros, basada mayormente en un ir y venir de un incidente a otro, de una hazaña arriesgada a otra, como si ambos libros fueran el tratado maestro del arte de vivir. Su devoción por este tipo de personajes quedó patente durante la conferencia que pronunció en Madrid en el Círculo de Bellas Artes: «La sociedad y el héroe picaresco están unidos, pues, y el escritor cuenta una historia que es esencial para ambos. Escribir sobre el pícaro puede causar menos daño a la sociedad que las inmorales hazañas del propio pícaro, pero sería una lástima de proporciones cósmicas que el héroe picaresco desapareciera alguna vez de la literatura. Y si el mismo destino cayera sobre los escritores, que insuflan fuego y vida a su imagen, sería incluso peor».

Pues sí, mola leer que la novela obrera de Sillitoe se inspiró en algun momento en la picaresca española, que el Lazarillo, el buscón Don Pablos o Guzmán Alfarache guardan parentesco con Arthur Seaton, Collin Smith o Michael Cullen. Mola porque de algún modo me siento hermanado con una tradición, porque pone en valor dos historias de la literatura marginales, la británica que fue apartada del canon académico por ser un arma peligrosa en manos de cualquier lector; la española por convertirla en objeto de estudios que, década tras década, la han alejado de su lector origianl: el currante, el perdedor, o sea, tu y yo.

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