Ismael Rodríguez

Delta Machine: Depeche Mode o cómo envejecer dignamente

Foto Promocional 2

Algo idiosincrático de la música pop y rock podría ser su capacidad para no valorar en ningún momento los servicios prestados. Mientras en el blues o en el jazz (o el country, o…) un artista puede vivir de las rentas todo el tiempo necesario, paseándose entre audiencias entregadas mientras repite los mismos standards una y otra vez, aquí las reglas son diferentes. Bastan un par de discos más flojos de lo habitual para que todo el mundo te dé por acabado, se olvide de tu nombre y la prensa más aparentemente progresiva se dedique a destriparte. Todo lo anterior se verá potenciado, por si fuera poco, si encima tienes la desfachatez de pertenecer a un grupo. Para el aficionado, o crítico, los grupos parecen obligados a tener una vida corta pero intensa, a regalar pronto alguna obra reseñable y desaparecer en cuanto el éxito ya no les acompañe como antes. Da igual la trayectoria anterior, si tu último disco no es un bombazo es que ya estás para el arrastre.

A este tipo de posicionamientos tiene que enfrentarse un grupo como Depeche Mode cada vez que nos regala un nuevo disco. Y ese es el verbo adecuado, el de regalar, porque si algo está claro a día de hoy es que los chicos de Essex siguen en esto porque les gusta. Se vacían en cada disco y en cada concierto, sacando a la luz los demonios que siempre les han perseguido y que sus aficionados tan bien conocen a día de hoy.

Este Delta Machine, que hace el número 13 de sus discos de estudio, tal vez pueda ser criticado amparándose en ese tópico que lo definiría como una excusa para hacer nueva gira. Ya se sabe que todos los grupos veteranos (y algunos artistas individuales) están bajo sospecha cada vez que publican nuevo material y, al mismo tiempo, anuncian una gran gira. En esos momentos, curiosamente, nadie piensa en que la oportunidad de ver a la banda en los escenarios y la posibilidad de escuchar una serie de nuevos temas supera con largo cualquier problema que nos pueda causar la presencia en las tiendas (físicas o no) de un nuevo trabajo de la misma.

UnknownPero si conseguimos superar los prejuicios podemos encontrarnos en esta nueva entrega de Depeche Mode un buen disco. De acuerdo que Martin Gore ya no escribe letras con la fuerza que envolvía a las presentes en la época del Violator, que las aportaciones de Dave Gahan son menores o que uno sigue sin saber a día de hoy qué demonios hace Andy Fletcher en el estudio de grabación, pero eso da igual. Creo que todos sabemos que su último disco sobresaliente fue el Ultra, donde la mera presencia de It’s No Good ya lo situaría por encima de todos sus trabajos posteriores. Pero Depeche Mode saben sobrevivir sin falta de obras maestras, los que una vez fueran unos niñatos que asaltaron el Top of The Pops al sonido de New Life son ahora parte de la realeza del pop, y se las saben todas.

A lo largo de los 13 temas que componen Delta Machine nos podemos encontrar con un catálogo de todo lo que la carrera de Depeche Mode nos puede ofrecer. En lugar de realizar un giro, de romper con el pasado, los chicos de Basildon han echado la mirada atrás. Ecos de Personal Jesus o de A Question of Time aparecen en Soothe My Soul o en Soft Touch/Raw Nerve respectivamente, Secret to the End sería el heredero natural del sonido presente en la época de Black Celebration… los recuerdos a veces nos asaltan, pero nunca consiguen erradicar la sensación de que Depeche Mode todavía tienen algo que decir.

Lo cierto es que, sin embargo, tardan en encontrar su voz a lo largo de la duración de este Delta Machine. A pesar de que el tema de entrada, adecuadamente llamado Welcome to My World, sea uno de los mejores momentos del conjunto, todo el disco parece avanzar a trompicones durante la primera mitad. Si estuviésemos ante un vinilo o una casete diríamos que la cara A es la más floja, con unos medios tiempos que gustarán al fan pero seguramente le resulten aburridos al oyente ocasional. Y esto incluye al flojo primer single, una Heaven cuya elección para presentar el trabajo nos resulta incomprensible.

Es a partir de la habitual balada cantada por Martin Gore, llamada en esta ocasión The Child Inside y que no está a la altura de clásicos como Somebody o Home, que el disco coge una velocidad endiablada y nos agarra definitivamente. Los últimos cinco temas podrían haber sido un gran EP y ayudan a que uno termine el disco con una sonrisa en la cara, esperando que el título de la última canción, la muy efectiva Goodbye, no sea un mensaje definitivo.

Y es que en una época en la que muchos de los grupos que nos guiaron en nuestro crecimiento musical van desapareciendo, erosionados por el paso del tiempo en su mayoría, nunca está de más saber que algunos siguen al pie del cañón. Puede ser que nunca más nos vuelvan a ofrecer una obra maestra, pero Depeche Mode siguen siendo un grupo al que hay que escuchar y apreciar mientras podamos. Son unos supervivientes, y unos que saben hacer muy bien su trabajo.

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