Pablo Batalla Cueto

Loquillo: a punta de navaja

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«¿Se ha dejado de interpretar Otelo, de Shakespeare? ¿Se han dejado de interpretar los tangos más arrabaleros y sangrientos? ¿Hemos dejado de ver películas de bellos psicópatas que matan a las mujeres? ¿Se ha dejado de aplaudir Hable con ella, donde Javier Cámara le hace el amor a una mujer en coma?», se preguntaba en 2007 en El Periódico de Catalunya José María Sanz Beltrán, un robusto cincuentón de Barcelona a quien España conoce mejor como Loquillo. Lo hacía al respecto de una emblemática canción de los años ochenta, que narra en dos minutos, bailada por el ritmo de una magnífica rumba-rock, la historia de un maltratador. A La mataré habían conseguido suprimirla del repertorio de Loquillo las virulentas críticas de varios colectivos feministas, en un nuevo tomo de una larga historia y de un interminable debate: ¿cuáles son, cuáles deben ser, los límites a la libertad de expresión en el arte? ¿Hasta dónde debe llegar para los autores el derecho de contar las historias que les plazca? ¿Deben algunos excesos ser tipificados como delitos en el código penal de lo políticamente correcto, y ser objeto de un riguroso auto de fe? ¿Cuáles excesos? ¿Cuál es el baremo? ¿El arte es arte, o es pedagogía? ¿Hay que mojarle con un spray de agua el cigarrillo a Humphrey Bogart? Sabino Méndez, autor de la canción, abundaría en el asunto sumergiéndose en las hemerotecas de la historia del arte: «También se creía que Madame Bovary era una glorificación del adulterio, y a Flaubert le pusieron un proceso.»

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Loquillo

En los comentarios al artículo de Loquillo en Internet, una tal Carmina pronunciaba —escribía; ametrallaba— lo que sigue: «La canción explica la emoción que puede tener en un momento dado un hombre o una mujer que han sido abandonados o traicionados, pero por favor, del dicho al hecho hay un trecho. ¿No habéis tenido nunca ganas de matar a vuestros jefes? ¿No habéis tenido nunca ganas de matar a ese vecino tocacojones? ¿Lo habéis hecho? ¿A qué no? ¡Coño! ¡Dejemos de mirar las cosas con lupa o mejor dicho con microscopio!» Cuatro años más tarde, el propio Loquillo aludiría breve y desenfadadamente a un mal endémico del movimiento feminista: su tendencia irresistible a la comodonería de cargar las tintas en las cortezas y no en los corazones, de desarbolar tejados en vez de dinamitar bases; de desecar las lagunas de violencia superficial y no preocuparse de las freáticas, mucho mayores pero tan invisibles como la porquería que se esconde debajo de la alfombra. Dice Loquillo: «¿Cuál es la canción más violenta? Bulería, bulería de David Bisbal. Lo que representa me pone malo». Nadie le hace un escrache a Bisbal.

Pero Loquillo siempre ha sido un personaje contradictorio. Siempre le ha gustado serlo sobre su caballo de llanero solitario. Tres años antes, en 2004, en un encuentro digital en El Mundo, contestaba esto a un apenado lector que le preguntaba si era cierto que nunca volvería a cantar La mataré; que él y muchos de sus fans lo lamentarían eternamente: «Es más lamentable comprobar que hay hombres que siguen pensando en matar a sus mujeres. Eso, no tiene remedio. El cantar La mataré es una frivolidad».

Sobre el viraje de la opinión del Loco hacia esta emblemática canción de los años ochenta existen las más variopintas teorías de la conspiración. Así, un fan euskaldún de Loquillo se preguntaba en un foro en 2010, tras asistir a un concierto en San Sebastián, lo siguiente: «Una duda. ¿Loquillo dijo que nunca más iba a tocar La mataré porque sería una irresponsabilidad teniendo en cuenta la lacra de la violencia de género, o me lo he inventado? Ayer la tocó y sonó a gloria. Me han dicho que se acaba de separar. Discúlpenme si sueno macabro, pero, ¿quizás esa circunstancia haya tenido algo que ver con su cambio de actitud hacia la canción?» «En Santander también la tocó», respondía otro forero. Quien esto escribe puede suscribir que también lo hizo en la plaza de la catedral de Oviedo aquel mismo verano, y que, efectivamente, sonó a gloria marcada por lo inesperado y magnificada por la tremebunda lluvia torrencial que por aquellos días inundaba la capital de Asturias. Como si el dios de los cielos se hubiese conchabado con el dios de la música, el clímax que es el verso «Sólo quiero matarla a punta de navaja, besándola una vez más…» coincidió con el momento en que la tormenta más arreciaba.

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Sabino Méndez

El valor artístico de la canción, nacida en 1987 como respuesta a la pregunta de Méndez a Loquillo de cómo se vería el Loco cantando una rumba-rock, nadie lo ha puesto jamás en duda. Sabino Méndez, su creador, la describía y la defendía en ABC en 2008: «La canción es, por una parte, un homenaje y parodia de toda aquella rumba racial de Los Chunguitos y Los Chichos que escuchábamos cuando éramos jóvenes. Y hay gente a la que le cuesta entender que el narrador en primera persona nunca es el autor. El autor y el narrador son dos cosas diferentes. Yo creo que es gente que realmente no la ha leído a fondo. No creo que haya canción que sea mejor denuncia del maltrato contra las mujeres que La mataré, porque el protagonista dice que lleva algo oscuro y sucio por dentro. Está muy bien representado cómo él atribuye a la mujer que ama una serie de cosas que ella jamás le ha dicho.» Así que de machista nada, pregunta entonces el entrevistador. «La mataré es todo un estudio de psicopatología, modesto, paródico, pero muy divertido, y todo eso se extrae viendo toda la retórica de una época, de la rumba dolorida y de la culpa. Algunas de las feministas inteligentes no han caído en eso. Y que las feministas digamos más emocionales la interpreten de una manera muy básica como una canción pro-maltrato, en eso tengo una frase clarísima: sólo alguien que tiene el cerebro lleno de materia fecal puede pensar que es una canción que invita al maltrato», responde Méndez.

El debate sigue vivo.

El Centro Niemeyer de Avilés espera a Loquillo el próximo 20 de abril (del noventa…). ¿Cantará La mataré?

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