Pablo Batalla Cueto

El iceberg invisible. Jorge Hernández en El Arte de lo Imposible

El fin del mundo, el centro del universo

El fin del mundo siempre está a la vuelta de la esquina. No somos muy conscientes de ello. El fin siempre está contenido, como un corazón de inestable mejunje radiactivo, en todas las cosas finalizables. Creemos que existe la esperanza de vida, que tenemos aseguradas como por ley esas espléndidas ocho décadas, y vivimos acordes con ella. Contratamos planes de pensiones, hacemos números con la vista puesta en el luminoso horizonte de la jubilación desde el mismo momento en que comenzamos a trabajar. Y sin embargo hay ese tiesto que cae, ese coche que no frena. No nos preguntamos, a no ser que hayamos estado gravemente enfermos, cuál ha sido la vez de nuestra vida en la que hemos estado más cerca —espacialmente, temporalmente— de morirnos. Cuál ha sido el momento de nuestra existencia en el que la línea de la muerte y la línea de la vida, que corren separadas pero a la misma exacta velocidad y con fluctuaciones que las acercan y las alejan como a dos encefalogramas, han estado más cerca de tocarse. Qué pasos de cebra hemos cruzado en los que unas horas o unos días o unas semanas antes ha muerto un hombre atropellado. Qué curvas hemos trazado conduciendo nuestro coche a toda velocidad en las que una discreta cruz guarnecida de flores amarillecidas marca el punto exacto en el que se acabó, estampada contra la de otro, la vida de alguien. Qué infinitesimal modificación del continuo espacio-tiempo sería necesaria para desplazarnos al lugar del estudiante de primero de sociología que, dormitando con la cabeza apoyada en el cristal, los apuntes fotocopiados y encuadernados en gusanillo apoyados en el asiento de al lado, jamás se imaginó que pudiera ser víctima de un atentado terrorista en el tren de cercanías que cogía todas las mañanas. Cuántas veces podríamos haber sido nosotros.

ActitudesMe gusta El fin del mundo. El centro del universo, uno de los cuadros que Jorge Hernández (Huelva, 1973) expone en la galería gijonesa El Arte de lo Imposible desde el pasado 27 de marzo y hasta el próximo 24 de abril. Va de eso. Una pareja baila agarrada quedamente como mecidos por Earth angel e iluminados por un foco tenue en el centro del salón de la graduación de su high-school, los rostros mirándose el uno al otro a un par de centímetros en ese gesto inconfundible que uno esboza cuando todo su universo se ha contraído hasta pasar a pesar apenas unos gramos y ser de color verde y tener unas hermosas pestañas y su único pensamiento es «que no se acabe jamás esta noche», al lado de un viejo coche. En el horizonte, dos elementos en los que parecen no reparar: un ovni oscuro y un gran iceberg. Un iceberg en el que cabe todo: el cáncer, la bomba, Adolfo Hitler, la cáscara de plátano, el tiesto en la cabeza, y que flota muy lentamente en el horizonte pero haciéndose más grande cada vez, imperceptiblemente. Y un iceberg para que jamás hay suficientes botes salvavidas. El carpe diem de las narices hecho carne.

En otro de los cuadros, titulado Actitudes, un coche —uno de esos coches cincuentero-sesenteros de formas planas; la obra de Hernández está aderezada por un buen chorretón de cultura pop norteamericana—cae a un vacío de montañas nevadas y glaciares precipitado desde no se sabe dónde. Una de sus dos pasajeras asoma todo el torso por una de las ventanas delanteras y eleva el brazo izquierdo como saludando o como haciendo unch unch unch en la discoteca en ese baile que consiste en agarrar el cubata con una mano mientras se hace unch unch unch con la otra. La otra pasajera salta a su vez desde el coche, y está completamente fuera de él, con la cabeza hacia abajo y los dos brazos estirados y juntos como si saltase a una piscina. Es decir, una aplicación ultraortodoxa de ese sabio principio que propone no hacer lo que se quiere, sino querer lo que se hace. Disfrutar de lo que venga, sacarle partido a lo que venga, venga lo que venga, incluso aunque lo que venga sea la guadaña de la Parca. Un último cachondeo antes de irse al hoyo. Todo es cuestión, sí, de actitudes. En otro cuadro, otro coche y otro fin: un misilaco, tal vez norcoreano, cayendo sobre el mundo mientras en el primer plano, escondido tras un coche, de alguien —un hombre, una mujer, es difícil saberlo, qué mas da— sólo se ven las piernas, cruzadas en un ademán negligente, y como moviéndose al compás de los silbidos del Always look at the bright side of life de los Monty Phyton. Actitudes, actitudes.

La exposición tiene un título afortunado: Los idus de marzo. Todos tenemos nuestro idus agazapado tras no sabemos qué luna nueva del calendario. Disfrutemos la vida mientras tanto. Entre otras cosas, visitemos exposiciones como ésta.

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