Paula Corroto

Mathias Enard: «Los islamistas ahora son la plaga del mundo árabe. Pero hay partidos islamistas que son moderados y pueden funcionar bien» (Entrevista)

Mathias Enard (Niort, Francia, 1972) lleva trece años en España. Ha trabajado para la revista Lateral y Quimera y ha visto cómo ha cambiado nuestro país en más de una década. «Cuando llegué nos sentíamos ricos. Ahora hay gente que está sufriendo muchísimo», afirma. Siempre le ha interesado el mundo árabe y ha pasado largas temporadas en países como Egipto. De esa pasión han nacido novelas como Habladles de batallas, reinos y elefantes y la más reciente, La calle de los ladrones, una historia sobre la educación sentimental de un joven tangerino que se ve rodeado del fanatismo islámico y que por varios acontecimientos acaba en Barcelona durante las manifestaciones del 15M. Una novela que nos redescubre a la juventud árabe y nos la muestra sin prejuicios occidentales.

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-En La calle de los ladrones abordas parte de la Primavera Árabe. ¿Fue el leitmotiv para escribir el libro?

-No, en absoluto. Sobre todo porque en el libro se ve muy poco de la Primavera  Árabe. La primera parte del libro transcurre en Marruecos donde la Primavera Árabe no fue muy importante. Hubo manifestaciones, pero nada tan espectacular como en Túnez o El Cairo. Luego el protagonista se marcha a Túnez y ahí sí que se habla del ambiente postrevolucionaaro. Pero esa agitación está detrás, como el telón de fondo. Y no sólo en el mundo árabe, sino en la juventud en general, la árabe y la española.

El alcohol y la nostalgia lo escribiste desde el tren Transiberiano. ¿Este libro también está escrito desde Tánger y Túnez además de Barcelona?

-Sí, el libro sucede en el Raval y yo vivo ahí. La calle de los ladrones la conozco perfectamente porque tenía ahí mi despacho, en el mismo piso en el que pongo al protagonista. Y en Tánger en 2011, que es el año de la novela, estuve bastante, y lo escribí casi en directo. La Historia y la Geografía son mis dos disciplinas, y si bien no siempre escribes en el lugar en el que estás, el conocer el lugar, el ambiente… A mí me costaría mucho hablar de un lugar sin haber estado. Quizá sea una falta de imaginación, pero tendría miedo de equivocarme o decir tonterías.

La calle de los ladrones narra la educación sentimental de un joven. ¿Te permiten estas historias conocerte a ti mismo y reflexionar sobre cosas por las que uno ya ha pasado?

-Sí, seguramente. Algunas de mis novelas preferidas son estas. Por ejemplo, El buda de los suburbios, de Hanif Kureishi, que toca un poco el mismo tema: cómo uno viene de un lugar, es joven, tiene 17 años, y acaba con 25 en otra situación, otro país, otro mundo. Yo sabía que quería escribir una historia así desde hace tiempo, y también hacer un homenaje a la novela negra, que para mí fue muy importante en mi juventud.

-Y cuánto se ha denostado durante tanto tiempo…

-Sí, ha estado totalmente desprestigiada, cuando en el siglo XX tuvo una importancia brutal y también ahora, al principio del XXI. Durante la segunda mitad del siglo XX fue la novela social. Y su función es esa. Las novelas de Vázquez Montalbán son las novelas de la Transición española. Gorki también escribía sobre los bajos fondos y si escribiese en el siglo XXI seguramente escribiría una novela negra.

-En esta novela abordas las conexiones entre Oriente y Occidente, una temática que también aparece en Habladles de batallas, reyes y elefantes. ¿Por qué te interesa tanto?

-Yo soy arabista y estudié árabe y persa y viví mucho tiempo en Oriente Medio. Y para mí es algo que está muy cerca. Cuando comenzaron los movimientos en Túnez o en Egipto estuve pegado a la radio. En Libia, en Siria, para mí es excepcional que haya esta gran ola de libertad.

calle-de-los-ladrones-ebook-97884397274778-¿Qué opinión tienes de las revueltas árabes?

-Hay que dar tiempo a las revoluciones. La revolución es el principio de algo y no el final y pasar de una dictadura a encontrar el equilibrio frágil que resulta de construir una democracia, no es tan fácil. En España tampoco se hizo de un día para otro. O en Francia, cuando la Revolución. Y si bien hoy en día todo va más rápido, hay que darle un poco de tiempo para que encuentre su equilibrio, sobre todo en países con una situación tan complicada como Egipto, donde tienen muchos problemas, sobre todo económicos y sociales que no se van a resolver mañana.

-No obstante, estamos viendo un avance del islamismo.

-Los islamistas ahora son la plaga del mundo árabe. Pero hay partidos islamistas que son moderados y pueden funcionar bien. Por ejemplo, En-Nahda, el partido que está en el poder en Túnez está haciendo esfuerzos para entrar en el juego democrático. Ahora han participado en una coalición más abierta y van a sacar adelante una Constitución. Pero es cierto que hay grupúsculos incontrolados, que son más extremistas aún, que serían el equivalente a la extrema derecha, y son muy difíciles de controlar. No sé sabe qué van a hacer. Y son muy violentos. Seguramente sean ellos los que mataron recientemente a un activista de izquierdas en Túnez. Es gente muy peligrosa y no se sabe qué va a pasar porque estamos en un momento de expectativas. Allí el tema económico influye mucho.

-En tus libros siempre hay mucha literatura y arte. Ofreces una reflexión sobre el humanismo árabe que no siempre se ve desde Occidente.

-Ambas cosas no son opuestas. En el mundo árabe ha habido un humanismo en el sentido de poner lo humano en el centro de las preocupaciones de la gente. Y en esto hay muchos intelectuales y artistas. Lo que ocurre es que lo vemos de una forma distinta porque el diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo no siempre es fácil. Sobre todo por nuestra parte. Hay mucho desconocimiento en Europa de lo que es el Islam, el mundo árabe, sus diferencias. Y si por mi parte el libro tenía alguna voluntad, esa era acercar estos dos mundos. Que uno se dé cuenta de lo cerca que está, pero no geográficamente, sino también en la forma de pensar. No es muy diferente. Y funciona un poco, porque acabo de llegar de la Feria del Libro de Bruselas y me vino a ver una señora de unos 70 años que me dijo que había leído el libro y que ahora no veía a los jóvenes árabes de la misma manera, sino que le parecían más normales y cercanos.

-Los prejuicios.

-Sí, o falta de interés también.

-¿Crees que este diálogo entre Oriente y Occidente se está recrudeciendo?

-No, no creo en el choque de civilizaciones. Se tendría que entender dónde están las fronteras. Lo que hay es una historia común que no es fácil. Después de las colonizaciones, la Guerra Fría… Todo eso complica mucho las cosas. Y sobre todo ahora que Europa está en momentos difíciles. Estamos más ensimismados, nos interesamos más por lo que está pasando en Europa que lo que ocurre en el sur.

-¿Cuáles son las herramientas para que este diálogo sea más fluido? ¿La literatura?

-Eso espero. Espero que la literatura pueda ayudar, aunque no sé si será el caso. Pero todo lo que son medios de comunicación también, el arte en general debería de hacerlo.

-En Habladles de batallas, reinos y elefantes abogabas por eso.

-Sí, el libro tenía dos lados distintos. Por un lado, hablar de la relación que un artista puede tener con el mundo político y por otro, más contemporáneo, hacer ver que nuestras fronteras o ideas mentales que pensábamos imposibles de desplazar se pueden mover con el tiempo y un poco de esfuerzo.

-¿Cómo debe ser la relación entre el artista y la política? ¿Comprometido?

-Comprometido, pero no en el sentido del siglo XX, sino del XXI que es distinto. La novela debe ser comprometida en el sentido de ser política, pero no necesariamente de un partido político. No panfletaria. Hay muchas formas de ser político. Interesarse por los temas de la actualidad es muy político. No hay forma más política. Pero una novela no tiene que ser exclusivamente discursiva o ensayística para hablar de política. Si muestras las cosas tal como son ya se vuelve política. ¿Qué ocurría en el siglo XX? El papel del intelectual era dar un mensaje muy claro, casi con un bastón, y en cambio, ahora, con la diversidad de medios que hay, las formas de relacionarse con el mundo, que son muy distintas, lo que hay que hacer es dar qué pensar y reflexionar. Ofrecer ideas distintas y puntos de vista diversos. Ese debe ser también el papel de la novela ahora.

-De hecho, últimamente se publican novelas con un tono más ensayístico, que mezclan realidad y ficción.

-Y está bien. Lo mío tampoco es pura ficción. De lo que ocurre en La calle de los ladrones, el 95% es real. Son historias sacadas de periódicos. Y a mí me gustan mucho las novelas muy ensayísticas. Y mi novela, aunque tenga un sentido novelesco, tiene una parte política muy clara que es precisamente su forma de relacionarse con lo otro, con el mundo árabe y dejar hablar desde ahí.

-¿Pero esto es porque la novela de pura ficción nos aburre?

-No, lo que ocurre es que el libro, de forma general, se está alejando de las masas porque la alienación del pueblo es tal que no se da cuenta de que alejándose de la cultura y el libro para irse a algo más fácil los están dominando, controlando e incentivando para que haga chorradas. Eso es lo terrible de lo que está pasando ahora. Y claro, el novelista, filósofo, escritor están en una situación terrible porque saben que el público al que se están dirigiendo ya está ganado, porque si alguien lee libros en este momento  es alguien que piensa y reflexiona, y los demás, que deberían leer libros, no están en eso, o compran 50 sombras de Grey, y no van más allá.

-Bertolt Brecht decía que para narrar hechos reales había que dejar pasar algunos años. Era necesaria la perspectiva. ¿Crees en ello?

-No, porque todo depende de lo que quieres contar a partir de estos hechos. Yo no los utilizo en el sentido que tienen por sí mismos sino para construir un artefacto literario. Por ejemplo, en La calle de los ladrones hay un contrapunto entre lo que ocurre en Marruecos en la primera parte y lo que pasa en Barcelona en la segunda. Son dos tipos de “guerra civil” parecidas y en medio aparecen los casos de los inmigrantes muertos en Algeciras y los marineros que acabaron tirados en el puerto porque su barco no podía salir, que si bien son hechos reales, en la novela tienen un sentido diferente al real. La interpretación de los hechos es difícil, pero su utilización como símbolo no lo es porque yo tengo el control total de lo que estoy construyendo.

-En esta novela se observa una conexión entre la Primavera Árabe y el 15M.

-Sí, son cosas que no tienen un vínculo, aparte del hecho de que suceden al mismo tiempo y a pocos kilómetros de distancia, pero los dos vienen del mismo momento, de una crisis generacional, de un momento que una generación que dice: ‘qué será de mi futuro’, y decide no tomar el poder, pero sí influir un poco en el mundo en el que está.

-¿E influida por qué? Porque hasta ahora siempre se nos había dicho que lo habíamos tenido relativamente fácil.

-Algo crucial: un día te das cuenta de que vivirás peor que tus padres. Y eso lo cambia todo. Y hay un momento en el que no hay vuelta atrás. Este momento colectivo en el que se descubre algo común que es triste y es que se comparte el mismo futuro terrible.

-Compartes las tesis del movimiento 15M, ¿cuál puede ser su futuro?

-En España es muy difícil luchar porque estamos en una democracia y, en teoría, tienes a diputados, políticos que te representan. Y llega un momento en el que el enfrentamiento contra ellos es contraproducente. Y eso es lo que lo para todo. Tienes que pensar en una absoluta refundación política, cambiar todas las instituciones del país… Y bueno, también se puede hacer, pero es un paso que no se ha dado porque al final se piensa ¿votar es mi arma, no? Eso se vio muy bien con todo lo que ocurrió con las movilizaciones frente al Parlamento, cuando los propios diputados dijeron que aquello era la democracia y que el parlamento también era de los ciudadanos.  Quizá una solución podría ser ir hacia una refundación de la democracia española, cambiarlo todo de nuevo.

-Llevas más de diez años en España. ¿Cómo has visto cambiar este país desde los años que llevas aquí?

Yo llegué en el 2000 y ahora cuando uno piensa en aquellos años parece que todo era maravilloso. Éramos ricos. Pisos por todas partes. Y ahora lo vemos como un espejismo lejano y olvidado. Y la gente que está en una situación más precaria está sufriendo mucho. De hecho, la gente se está yendo de España.

-¿Qué te hizo quedarte en España?

-No lo sé. Tuve la suerte de encontrar una familia literaria. Amigos, revistas. Una revista es como una familia. Supongo que sin eso me hubiera ido.

ENARD mathias-Sí, estuviste en Lateral, en Quimera… ¿Cómo ves el panorama de la literatura joven española?

-Hay gente muy buena, pero es muy difícil encontrar público, e incluso encontrar editorial. Es muy difícil tener una proyección. En el extranjero la literatura española está estigmatizada como vieja y aburrida. Desde luego, la literatura joven no está en un momento fácil.

-Hace unos años sí vimos movimientos como la Generación Nocilla… y ahora no parece que haya nada…

¡Son mis amigos! De todas formas se hizo creer que aquello era un grupo cuando no lo era. Eran amigos que escribían libros y tenían ganas de participar en cosas juntos. Y siguen.

-Quizá coincidió con un momento en el que las editoriales decidieron apostar por autores más jóvenes y ahora prima más el valor seguro.

-En el 2005 publicar a 40 autores de los cuales 20 tenían menos de 30 años era más fácil, pero ahora que se están reduciendo títulos y que no se vende nada… Es más difícil. Pero también hay escritores que han encontrado otras formas de difundirse, por ejemplo a través de Internet, con una economía mucho más precaria.

-Ahora que hablas de Internet. ¿Confías en el libro electrónico?

-Personalmente no me gusta. Me gusta porque puedo llevar muchos libros, pero en mi casa todos los libros están en papel y seguiré comprando los libros en papel. Creo, en cualquier caso, que el problema no está ahí sino que hay que encontrar una economía sostenible para el mundo del libro, sea electrónico o sea en papel. Lo que importa es que los autores cobren, que los editores cobren y puedan vivir, porque el editor tiene un papel que es clave, ya que es el primer lector, el intermediario imprescindible entre el autor y el público. Y todo esto tiene que seguir funcionando, ya sea en el formato que sea. Y que no ocurra como en la música. De hecho, todo lo que ha ocurrido ha hecho que ahora exista menos creación musical que antes.

-A pesar de los conciertos.

-Claro, pero España, ¿quién me va a pagar por leer en público?

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