Paula Corroto

Emilio Ruiz Barrachina: «Ya hemos usado la palabra y es hora de apretar las tuercas»

El cine de Emilio Ruiz Barrachina (Madrid, 1963) siempre ha ido a contracorriente. Su anterior película El discípulo, una visión muy particular de la vida de Jesús, fue tachada de anticlerical y de ‘anticristo’. Ahora regresa a las salas con La venta del paraíso, que parte de su propia novela, publicada en 2006, y en la que narra la historia de unos perdedores que se unen para salir adelante. «Es el relato de cómo nos han robado los sueños», afirma el director, que juega con lo surreal para narrar el drama social de una mexicana que llega a España en busca de un trabajo prometido que resulta ser una estafa. La película, protagonizada por Ana Claudia Talancón, María Garralón, Juanjo Puigcorbé y Carlos Iglesias, llega este fin de semana a los cines, y hemos aprovechado unos minutos para charlar con él sobre ella, la situación del cine español y las circunstancias que nos rodean. Escraches incluidos.

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-En 2006 publicaste la novela ‘La venta del paraíso’. ¿Por qué decidiste convertirla en película?

-Porque ves que esos personajes han llegado a la meta que entonces se apuntaba en la novela. Y eso había que contarlo. Hacer una segunda parte de la novela no me apetecía, pero, sin embargo, contar en cine la historia de esos personajes que ya han evolucionado, que han madurado y que siguen expulsados de ese paraíso que vinieron a buscar, sí. Así que se lo propuse a Gonzalo [Suárez]. Me apetecía porque estos personajes me están permitiendo contar la realidad europea y actual. Porque más allá de la preocupación económica lo que estamos viviendo es el robo de los sueños. En cualquier caso el guión es muy diferente a la novela.

-Es muy elocuente que la novela sea de 2006, cuando vivíamos en una época muy diferente a esta.

-Vivíamos en la ambulancia [sic]. Yo siempre digo que la novela es la historia de Adán y Eva y la película cuando les han echado del paraíso, que es donde estamos ahora.

-La película tiene un tono muy surrealista, de ensoñación, que el espectador las cree en su propia cabeza. ¿Preferías este estilo al realismo social?

-Bueno, el toque social lo tiene lo que ocurre es que nos gusta mucho colocar etiquetas.

-Sí, pero esta no es una película de realismo social.

-Si la vas a comparar y salvando las distancias y con todos los respetos, con este cine social que se está haciendo ahora, pues evidentemente yo voy en contravía de esa estética y de esa forma de contar el cine. A mí me parece que el cine sigue siendo cine y la tele sigue siendo tele. Que ahora el negocio sea hacer tele me parece bien, pero esto es una pantalla de diez metros y tienes que contarlo de una manera absolutamente distinta a como cuentas una historia para la tele. Pero yo lo que estoy viendo en festivales son muchas historias de televisión proyectadas en pantalla grande y eso no lo admito. No me gusta. Dentro de eso hay estupendas películas, pero para ver en la tele. Aquí [en la pantalla de cine] toda esta escenografía, toda esta riqueza visual se pueden apreciar mucho mejor que en una pantalla de televisión donde vas a perder muchos detalles.

-Insisto con los elementos surrealistas porque la historia comienza con una mexicana que viene a España a buscar trabajo. Es un inicio muy de drama social, pero en un momento da un giro hacia otro tipo de película.

-Sí, empieza muy social. Pero ese giro es lo que hacemos todos, todos los días. Salimos a la calle con una idea y a medida que nos van abordando los problemas nos vamos protegiendo en nuestro mundo. Y nuestro mundo, que es nuestro interior, no es el mundo de fuera. Yo creo que todos vivimos en ese mundo. Quizás ahora hay mucha gente que ese mundo interior lo vuelca en las redes sociales. Es decir, tienen una vida real y otra vida en las redes. Estos personajes de la película de alguna manera hacen lo mismo, pero en vez de en las redes, ella [la mexicana protagonista] se monta un mundo que es la pensión. Es su mundo y por eso ella es la única que ve al muerto. Cuando creas tu mundo te lo puedes crear como quieras, y ella, que es mexicana se ha creado un mundo…

-De los muertos, que es muy mexicano.

-Es que para ellos es normal. Yo he conocido a una persona a la que se le ha muerto el marido y le sigue hablando como si estuviera ahí. Y esto es igual. Seguro que ella sabe que él está muerto, pero para ella es normal verle.

-La escena de la película con el lanzamiento de piedras a una sucursal bancaria es muy actual. La película la rodaste hace un año pero resulta premonitoria.

-Ahora a eso se le llama escrache, pero no tiene ninguna intención porque la película es muy anterior a lo que está sucediendo ahora. Lo que ocurre es que hay que tener cuidado con los berenjenales en los que se están metiendo los bancos y los políticos. Es decir, la dictadura financiera y los políticos, que son su salvaguarda. La historia de la humanidad demuestra que todas las revoluciones tienen tres fases: una es el miedo, que es en la que estamos, la segunda es la de la indignación, que es hacia la que vamos, y la tercera, la revolución. Así que, o estos [políticos y bancos] saben parar a tiempo y que vuelvan las aguas a su cauce o a ver dónde paramos. Aún así yo ahora mismo veo a la gente con mucho miedo o con mucha inconsciencia. Ese es también el fin de esta película, que habla del tema económico que nos están robando, pero también, en una frase que dice ella, “el dinero va y viene, pero la vida no”, lo que se viene a decir es que lo más grave no es que nos estén quitando el dinero, sino que nos están robando los sueños. Eso es mucho más grave porque, a fin de cuentas, esa es nuestra esencia.

qQnM785dqDekZp92AbKe11_MxwICcQYkMYetlwDj-F4-Además de eso, la película también habla de la solidaridad entre las personas que lo están perdiendo todo. Y eso refleja ciertos movimientos que se están dando ahora.

-Es que estamos todos diciendo, “¿pero, por qué aquí nadie hace nada?”. Eso lo escucho todos los días y pienso, “joder, hazlo tú, da el primer paso”.  Eso es lo que ocurre en la película, uno da un paso, otro da otro, otro da otro y, al final estamos todos caminando. Desde el individuo hay que dar un paso. Al final nos unimos todos y nos ayudamos en lo que todos podamos.

-¿Es posible un mayor esfuerzo colectivo a futuro o esto es sólo algo coyuntural?

-Para ir hacia eso hay que empezar a dejar de matar marcianos en la Playstation, que está bien, pero hay que hacerlo lo justo. Y luego hay que empezar a pensar y a unirse. Y es verdad que hay juventud con una conciencia social que lo está haciendo. Pero es muy poco. Y, además, hasta ahora, mal hecho, porque lo que se ha hecho es un colchón. Hay movimientos que les han servido a los políticos y a los bancos de colchón. Todo esto tiene que cambiar. Fíjate ahora con los escraches. Cuando han sentido de cerca la pulla, el discurso ha cambiado.

-Hacia una amenaza muy poco velada.

-El discurso se ha vuelto muy agresivo y muy peligroso, pero lo han sentido.

-¿Estás de acuerdo con los escraches?

-Yo no soy partidario de la violencia. Yo creo que hay que hablar y creo en la palabra, pero también creo que se ha intentado hablar y llegar con la palabra y se han reído de nosotros. Así que creo que va siendo hora de proponer otras cosas, que tampoco son necesariamente las piedras, pero va siendo hora de apretar las tuercas y posiblemente sea tan fácil como unirnos todos.

-Siempre es difícil que hasta dos se pongan de acuerdo.

-Sí, en este momento sí, pero en otros momentos no ha sido así. Yo he vivido el final del franquismo y manifestaciones como la de Miguel Ángel Blanco, donde hubo dos millones de personas puestas de acuerdo. Sin embargo, últimamente no hemos sido capaces de juntarnos para salir a protestar.

-¿Por qué?

-Por miedo. Antes había mucho menos miedo que ahora. El problema es que nos han acogotado. Nos han puesto contra la pared, con los medios… Nos están haciendo sentir el miedo. La gente tiene miedo. Y entre la propia gente que hacemos cine y generamos opinión muchos tienen miedo. A mí, por esta película, mucha gente que la ha visto me ha dicho, “¡pero cómo has hecho esto!”.

-De hecho, esta película ha sido tildada de ‘comedia subersiva’. ¿Estás de acuerdo?

-Es una comedia desobediente. Tiene un punto de subversión, aunque no está hecha con esa intención. Lo que ocurre es que, cuando las películas salen, te encuentras en un momento en el que se vuelve subversiva. Otra cosa es que la gente la entienda porque tiene un código que no es fácil, pero esto es lo que yo sé hacer. Igual me gustaría decir las cosas de forma más sencilla, pero…

-Has dirigido otros documentales como Suiza y la migración. ¿Por qué en esta ocasión con un tema como el que tratas te has pasado a la ficción?

-Porque ya lo hice, y además, desde los dos puntos de vista. Yo mismo fui inmigrante en Latinoamérica durante diez años. He hecho documentales tanto de los españoles que se fueron en los años sesenta hacia Centroeuropa, que fue un documental que se hizo con el Gobierno suizo, como al revés, sobre la gente que ha venido a España. Ahora me apetecía más irme a la ficción para poder contar otras cosas, ya que en este caso la inmigración es una excusa.

-Lo cierto es que te gusta el cine un poco desobediente. Con tu anterior película El discípulo, sobre Jesucristo, fuiste tachado de “anticristo” por sus imágenes controvertidas. ¿Te afecta?

-No, no me afecta. El día que dejemos de provocar nos habrán anulado completamente. Después del Holocausto nazi, los propios surrealistas dijeron que el surrealismo estaba acabado porque después de lo que se había hecho con los judíos no iban a ser capaces de sorprender a la gente con nada peor que eso. Y así fue como se acabó el movimiento surrealista. En este sentido, yo creo que hay que perseverar justo en lo contrario. Es el momento en el que tenemos que salir a generar debate, que no es tanto como provocar, sino abrir conciencias y que la gente hable. En cuanto la gente hable como estamos hablando tú y yo seguramente nos vamos a enriquecer y vamos a salir a pedir explicaciones. Y esto es lo que pretenden estas películas. El discípulo no es una película ni anticlerical ni nada. Es una revisión histórica que tampoco quiere decir que sea la verdad absoluta. Sin embargo, nadie entró al trapo de la película en España, y eso que hay foros y en países como Australia es una película de culto. Aquí se entró con críticas brutales a la película, pero porque Jesús salía borracho, porque era cojo… Yo lo que no quiero es que con esta película pase lo mismo. La mayoría de la crítica se va a ir a la parte formal, a si la cámara está mal o bien puesta. No se va a entrar al fondo.

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-Y teniendo en cuenta que sólo se va a estrenar en 20 salas.

-El Discípulo se estrenó en 68 salas, lo que demuestra cómo se ha ido para atrás en el cine español en sólo tres años. Aunque es normal, porque las salas de cine se están convirtiendo en Zaras. En cualquier caso, a mí hay salas que me han dicho que no podían proyectar La venta del paraíso porque era una película que incitaba a la revolución. Es un pensamiento muy de la derecha, que lo que pretende es controlar todo lo que llegue al público.

-¿Un pensamiento que se ha reforzado en los últimos tiempos?

-Se han envalentonado, y se han cerrado salas de cine. Pero hay otro problema en el cine español y es que nos lo hemos cargado nosotros mismos. La propia industria del cine está completamente desunida. Y luego tenemos el ataque político. Se está haciendo pagar el No a la Guerra. Y eso se une una tercera circunstancia que es que la industria se ha comido la parte cultural del cine. Es decir, lo que se quiere es que el cine español sea comercial, cuando pueden convivir los dos tipos de cine.  En este sentido, los políticos tienen las manos atadas y no pueden hacer nada. Obedecen a la Unión Europea, al sistema financiero y hacia donde va la sociedad occidental y el capitalismo extremo. Y no pueden hacer mucho. Pero hay que tener en cuenta que el presupuesto que maneja el cine español para todo el año es mucho menos que lo que [el ex tesorero del PP] Bárcenas tenía en Suiza.

-Por otro lado, tú siempre has trabajado con poco presupuesto. Lo digo por la crítica que se ha hecho siempre a las subvenciones al cine español.

-Esta película es de bajo presupuesto porque lo he dicho. Se puede hacer una buena película con bajo presupuesto. Lo que ha ocurrido con las subvenciones es que se han dado mal. Se ha beneficiado la producción y se ha ido en detrimento de los guiones. Vamos a tener que volver a recuperar el valor de las historias, aunque levantar la etiqueta de que el cine español es malo nos va a costar.

-¿Cuándo se forja esta etiqueta?

-En la época de Aznar ya empieza, y luego se relaciona al cine español con la ‘ceja’ [el Gobierno de Zapatero] cuando no es cierto. El principal problema que hemos tenido es la politización del cine. Esa ha sido su muerte. Y a eso se suma el interés de las televisiones y el de la industria americana para quitarse competencia.

-En cualquier caso, los actores, directores etc, están en su derecho de hacer declaraciones políticas.

-Yo creo que hay sitios para hacer política y otros para hacer cine. Yo no estoy en la Academia española sino en la europea. Si quisiera hacer política me iría a la Academia española.

-¿Cómo crees que afectará la futura Ley de Mecenazgo?

-No creo que mucho porque los políticos no saben cómo agarrar el cine. No saben qué hacer con él. No se están produciendo películas ahora. Este año continúan las ayudas, pero hay muchas cosas que han cambiado.

-¿Internet puede ser una salida para muchas películas?

-Es una salida más, pero lo que me parece triste es el pirateo. Sobre todo porque después de todo el esfuerzo para hacer una película es muy triste que la gente la descargue con mal sonido, mala imagen… Es posible que Internet sea una salida para muchas películas, pero las pantallas van a continuar, porque venir al cine es un acto social.

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