Marcos García Guerrero

Pereza. Ponferradina 1, Sporting 0

el comercio

Decía Pablo García Guerrero a comienzos de liga, de forma premonitoria, que le cansaba el fútbol en general y el Sporting en particular. Veintinueve jornadas después y con la liga finiquitada en Ponferrada, yo digo que me da pereza escribir del Sporting, y también leer, ver o escuchar cualquier cosa que tenga que ver con él.

Lo reconozco, soy un futbolero pragmático. Demasiados años de disgustos como para tomarme en serio una afición que no me da de comer (pero que me cuesta lo suyo cada verano), y que más que alegrías me provoca pequeños y fugaces momentos de dicha pasajera. No soy Nick Hornby, quien nada más calzarse las zapatillas por la mañana ya ha encontrado alguna señal (el vuelo de una mosca, el ronquido de la parienta que aún duerme, un comentario en la radio) que le recuerda las mejores jugadas de su querido Arsenal. Yo soy de los que se ha construído un mecanismo de autodefensa futbolero con el fin de evitar el dolor. Y no funciona, claro, pero minimiza los daños.

Soy de los que cuando gana el Sporting ve los resúmenes de la televisión (Panorama Regional, TPA y el vídeo oficial de la Liga Adelante que cuelgan en las webs), que lee todas las crónicas en prensa, que escucha los debates en la radio los lunes y que ve las fotos de los mejores momentos del partido. Incluso a veces busco entre el millón de imágenes de El Molinón que cuelga uno de los periódicos locales, porque me mola ver cómo sufre o disfruta la peña durante el partido.

Pero también soy de los que cuando pierde el Sporting desconecta del fútbol (y calculen cuántas veces puedo llegar a hacerlo a lo largo de la temporada), de los que no ven resúmenes, no escuchan debates y por supuesto, no buscan a Wally en las gradas. De hecho a veces ni ceno, o lo que es peor, ceno el doble, por eso de los disgustos. Soy de los que cada vez que tenemos un traspié recuerda que esto del fútbol no es más que veintidós metrosexuales gañanes pegándole patadas a un balón, cobrando una pasta obscena por ello, y ligándose a las tías guapas de la noche gijonesa. Y entonces me digo que me voy a pasar al fútbol no profesional (como el Oviedo, ja), por ejemplo al Ceares, al club que tu abuelo ayudó a levantar de la nada y que ahora ha sido modernizado intelectualmente en clave hipster (güelito, qué pensarías tú de eso), o que voy a cambiar de deporte, que voy a hacerme seguidor del Juanfersa de balonmano o de los Mariners de Fútbol americano, o a volver a animar al Santa Olaya en natación, clubes en donde sus deportistas se parten los cuernos por pasear el nombre de tu ciudad por España con mejores resultados que en el fútbol.

Y entonces lo sabes. Nunca harás tal cosa (abandonar al Sporting) porque buena parte de tu mitología vital está asociada a esos mendrugos que cada domingo te decepcionan; porque echas la vista atrás, y recuerdas con cariño esas tardes en El Molinón con tus abuelos en la tribunona, en las que no te empanabas de la fiesta pero que prestaben, porque estabas en el fútbol y además con ellos, que a tenor de la cantidad de gente que los saludaba hacía que pareciesen a tus ojos más famosos que los reyes de España; porque te acuerdas de las conversaciones con tu padre, que han ido forjando en ti desde hace años la memoria de un pasado glorioso que nunca conociste pero por el que sabes que Quini era mejor que Ronaldo, coño, y más guapu; porque echas de menos ver el fútbol con tus primos, que están exiliados buscando mejor suerte y con los que ahora comentas los partidos por whatsapp, o con tu hermana, que es de las que ve el el fútbol en directo esperando a ver las jugadas repetidas, un poco como tú; porque no recuerdas la lista de los reyes godos, pero sí todos las jugadores raros que han pasado por el Sporting desde que tienes uso de razón (incluso a Takis y Hadda Kamatcho); porque se te ponen los pelos de punta cada vez que ves en YouTube el golazo de Hugo Pérez de córner-sombrero-volea, el eslalon con el que Juanele ridiculiza a Hierro y los goles de la promoción o del último ascenso.

En definitiva, sabes que nunca abandonarás al Sporting porque, para lo bueno y lo malo, forma parte de tí. Y no lo vamos a negar, hay días en los que incluso nos damos pereza a nosotros mismos.

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