Adrián Sánchez Esbilla

Iron Man: ocho hombres para una sola máscara

Con motivo del inminente estreno de la tercera entrega de la saga cinematográfica sobre Iron Man, que a su vez señala el comienzo de la segunda temporada del universo Marvel en el cine, desde NEVILLE proponemos una selección de ocho prodigios de tecnología superheroica para recordar que Tony Stark y Iron Man son en papel personajes distintos a los de su contrapartida cinematográfica.

PPR45255.NS.123.1 Para los lectores de cómic superheroico siempre ha habido una diferencia básica, o mejor dicho una distancia psicológica, entre los héroes DC y los Marvel. Mientras los de la DC nos imponen, los de la Marvel nos acogen. Alan Moore describía a la Liga de la Justicia en uno de los primeros números de su prodigiosa época en La Cosa del Pantano como una galería de estatuas contemplando la tierra desde una estación lunar. Nuevos dioses en trajes coloristas, hieráticos e inalcanzables. Superman, Batman, Flash, Wonder Woman, Linterna Verde… fabricados en épica sólida. No estaban allí para ayudarnos a subir, sino para sostenernos cuando nos cayésemos, como le hacía decir Grant Morrison a Superman en uno de sus números de la JLA de los últimos 90.

Los héroes Marvel, en cambio, alimentan nuestra idea y nuestra fantasía de convertirnos en héroes. No hay nuevos dioses, sólo hombres ascendidos en el cargo que no saben muy bien cómo manejarse. «Mis-shapes, mistakes, misfits», que cantaba Jarvis Cocker en aquella canción de Pulp. La mayoría han nacido del error, del tecnológico, del genético, del histórico… del puro azar, de la puta mala suerte. El impudor fue una de las claves del triunfo arrasador del concepto Marvel de mediados de los sesenta. Hay una oportunidad ahí fuera para todos los últimos de la cola, para los torpes, para los enfermizos, para los cerebritos, para los rechazados, para ti y para mí, nos decía Stan Lee. Los superhéroes Marvel no nacieron para mirarnos desde un pedestal y dedicarnos una sonrisa o un gesto compasivo, sino que nos igualan a ellos con sus debilidades, con sus dudas, con sus fracasos… Nos hablan de tú y directamente; les hablamos de tú y directamente.

Eso ha cambiado con el tiempo, claro. La DC imprimió en sus personajes un muy humano concepto de legado y finitud, por desgracia no tan respetado como sería deseable pero presente de un modo u otro mientras la Marvel congelaba los suyos en un círculo reiterativo casi irrompible.

El origen de Iron Man es perfecto en este sentido. Un Howard Hughes de vía estrecha que tiene que tirar de ingenio y conocimientos para sobrevivir herido en mitad de una guerra. Tony Stark se fabrica un marcapasos gigante y después se convierte en héroe. Primero la supervivencia, luego la postura moral. A partir de aquí se establece su relación de dependencia con respecto a la armadura que guiará la culebronesca existencia típica de los superhéroes marvelitas.

Este inicio narrado en el número 39 de Tales of Suspense con guión de Stan Lee y Larry Lieber y dibujos de Don Heck facilita también la renovación constante, la puesta al día década tras década: Corea-Vietnam-Irak-Afganistán… Cualquier guerra es buena para que de nuevo Tony Stark tenga que colocarse una prótesis integral de metal, un pulmón de hierro que como buen héroe (o anti-héroe) nacido de la neurosis de Stan Lee tendrá una personalidad tortuosa y duplicada, un conflicto constante entre sus «yoes»: entre la carne débil de Tony Stark y el metal brillante de Iron Man.

Tony Stark entrará y saldrá de Iron Man multitud de veces a lo largo de números y más números, y a su vez Iron Man se llegará a adherir y hasta a mezclar con Tony Stark condenándolo y salvándolo, sirviendo de sarcófago en vida y a la vez resultando el único instrumento posible que garantiza su supervivencia como héroe de la Nueva Carne.

Stark siempre ha sido un héroe moldeado según el tono grave, melodramático y folletinesco de Stan Lee y la Marvel clásica, pese a la imagen de playboy fardón y despreocupado que el cine ha instaurado en el imaginario colectivo (y que ha impregnado los cómics actuales del personajes) gracias a unas películas que sintetizan con habilidad la reinvención Ultimate de Tony Stark y la propia personalidad expansiva y carismática de Robert Downey Jr.

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Demon in a Bottle - Inner-monologueEl demonio en la botella. 1979. David Michelinie, Bob Layton, John Romita Jr.

«La Historia» de Iron Man, que como suele ocurrir en Marvel no es exactamente una historia sino la parte central, el punto álgido de la corriente del río que son las narraciones de La Casa de la Ideas. Tony Stark toca fondo según un proceso de acoso en todos los frentes al personaje que ya había sido probado con éxito en una antológica etapa de Spiderman. Destruido como empresario, minimizado como hombre, fallido como héroe, Stark se perdía en su propio ego con forma de botella. La debilidad del héroe alcoholizado, del mito caído, contrastaba con la solidez de las densas tintas de Bob Layton sobre un dibujo de Romita Jr. de gran plasticidad, expresividad y detallismo:  nunca Iron Man estuvo mejor dibujado que en su peor momento mientras Michelinie encadenaba con insólita fluidez tramas y subtramas saturadas de acción, melodrama, espionaje y sofisticados desarrollos psicológicos.

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tumblr_m9hzot5Ovc1r4p6zyo1_1280En busca de Muerte, 1981, David Michelinie, Bob Layton, John Romita Jr.

Una breve saga, sólo dos números que hoy ocuparían más de un año de divagaciones, pergeñada por el dúo Layton/Michelinie en su prodigioso cambio de década que no sólo tenía la feliz de idea de enfrentar/unir a Iron Man y el Dr. Muerte, muy bien caracterizado como villano honorable, sino que los trasladaba nada menos que a Camelot [sic] para involucrarlos en una guerra entre Arturo y la pérfida bruja Morgana Le Fey. Uno de esos delirios que solo puede proporcionar el desprejuiciado universo del comic superheroico asumido por sus autores como una historia dramática y más grande que la vida, con una seriedad dramática que no hace más que potenciar su encanto demencial. El éxito fue tal que generó secuelas e incluso un retorno a ese mundo camelotiano cuando Kurt Busiek y George Pérez recibieron el encargo de regenerar a Los Vengadores a finales de los noventa.

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The cover of Iron Man 182, when Tony Stark hits bottom as an alcoholicSalvación. 1984. Denny O’Neill, Luke MacDonell

En mitad de la macrosaga Secret Wars y con Jim Rhodes llevando la armadura de Iron Man, Denny O’Neill plantea un número unitario para demostrar que Tony Stark no tocó fondo en El demonio en la botella; que en realidad siguió rascando hacia abajo. Desde su impresionante portada, de una soledad ominosa en plano cenital, O’Neill vira hacia sus intereses psicológicos y sociales, luego desarrollados en la estupenda Question para DC, a través de una historia sórdida y pesimista donde un Tony Stark terminal vaga por una ciudad nevada e inhóspita buscando a su novia embarazada. Aterradora, con la muerte como algo no abstracto ni ficticio y en muchos sentidos precedente del Born Again de Frank Miller en Daredevil.

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El Hombre Máquina, 1984, Barry Windsor-Smith, Tom DeFalco, Herb Trimpe

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No es un tebeo de Iron Man, pero sale Iron Man, o más bien su contrapartida del mañana, su herencia corrompida: Arno Stark. El Hombre Máquina pertenece a la etapa crepuscular e introspectiva del cómic estadounidense de los ochenta  y supone la obra maestra olvidada del periodo. En ella Barry Windsor-Smith aplica al canon superheroico una historia distópica y pesimista influida por la narrativa de William Gibson y deudora de Blade Runner que resulta sólida pero algo derivativa en sus tres primeros números, y que eclosiona en un fulgor de violencia, futurismo barroco y estremecedora polisemia durante su último número ya escrito, dibujado, entintado y coloreado al completo por Barry Windsor-Smith. El autor cierra las subtramas y relaciona a todos los personajes mediante una elegante narración en paralelo mientras, en primer plano,  pone en escena el enfrentamiento cruento y metafísico entre el hombre mecanizado —Arno Strak, la contrapartida villanesca de Iron Man— y la máquina humanizada —el propio Hombre Máquina— reconstruida desde unas icónicas portadas. A redescubrir.

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Enemigos íntimos. 1988. David Michelinie, Barry Windsor-Smith

Iron-Man-232-00fcEl epílogo de la otra gran saga del personaje, La guerra de las armaduras, supone uno de los más prodigiosos números unitarios de la historia del personajes (y de la Marvel probablemente) en virtud de la singular personalidad creativa y estética del gran dibujante británico Barry Windsor-Smith. Apoyado en el críptico guión de Michelinie pone en escena un resumen introspectivo de toda la saga anterior convertida en una pesadilla de escenografía barroca y tecnológica, llena de sugestivas ideas aprovechadas en el futuro que enfrenta a Stark a sus propios actos y sus peores miedos encarnados en diferentes versiones de sí mismo. Hiperestilizada y enfermiza. Windsor-Smith conecta a Iron Man a las corrientes cyberpunk en una aleación de carne y circuitos, metal y onirismo que él mismo había planteado cuatro años antes en la aludida El hombre máquina.

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La segunda guerra de las armaduras, 1990, John Byrne, John Romita Jr.

ironman258A finales de los ochenta y principios de los noventa John Byrne todavía contaba con toneladas de prestigio como autor de cómic, tanta como para firmar sólo como guionista la etapa que debía suponer de nuevo la estabilidad para el personaje tras la marcha de Michelinie unos números antes. Byrne ofrecía entonces una mezcla de gusto clásico por las historias-río y reinvención de los personajes según su particular idea del tebeo de superhéroes. Por si fuera poco a lo largo de esta saga inicial los lápices corrían a cargo de un John Romita Jr. que había cambiado su estilo en busca de una economía de líneas maciza y fluida al tiempo que estaba produciendo un dibujo singular, de asombrosa potencia expresiva, espectacularidad y elegancia. Todo ello es derrochado en estos números que integran con elegancia, tanto en estructura como en ejecución gráfica, una trama central sobre un Tony Stark post-invalidez que ve cómo un chip en su columna vertebral resulta manipulado para controlarlo a distancia como una marioneta con otra secundaria, en la que asistimos al renacimiento de Fing Fang Foom, el dragón milenario gracias a la intervención de El Mandarín. Byrne plantea así dos conceptos de interés: por una parte avanza en la integración/dependencia de la carne y la maquinaria, obligando a Stark a enclaustrase en una armadura experimental controlada mentalmente. Por otra opone la tecnología representada por Iron Man con la magia y el misticismo de un alucinante dragón y un archienemigo fumanchuesco, abiertamente pulp.

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La edad del hierro, 1998, Kurt Busiek, Patrick Zircher

LUkQ8Con el encargo de rescatar a su personaje de las simas de lo noventero Marvel entregó las franquicias principales a una serie de guionistas de corte clásico entre los cuales se contaba Kurt Busiek, quien se encargaría de Los Vengadores, de la formidable Thunderbolts y de Iron Man. En esta última estaba acompañado de un Sean Chen brillante y moderno, limpio y espectacular que trasmitía tanto la fascinación por la cacharrería tecnológica como un sentido de la maravilla refrescante.  En aquella serie Busiek sería asistido primero y sustituido luego por enfermedad por el gran Roger Stern, un autor fundamental para el comic-book estadounidense. Pero antes entregaría un par de números aparte titulados La Edad del Hierro en los que exploraba los inicios de Tony Stark desde un punto de vista narrativo similar al de su personal serie Astro City. Como en ésta, Tony Stark/Iron Man era narrado por dos espectadores involucrados en sus hazañas: Peper Potts y Happy Hogan, la secretaria y el chofer de Stark. Como en Astro City un par de personajes corrientes son involucrados en un universo donde los imposible es el orden del día. Del mismo modo la mirada de Busiek resulta melancólica y entusiasta a la vez, aunque aquí puede resultar algo simplona por comparación, es cierto, muy bien sostenida por el estilo superheróico clásico de Zircher al dibujo.

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Civil War, 2006, Mark Millar, Steve McNiven

CivilWar

El extreme del realismo y la verosimilitud equivale a la muerte del cómic de superhéroes por la invalidación de su premisa básica. Y así y todo pueden salir buenas historias del ahora. Civil War no termina de ser la gran historia que pudo haber sido, pero es quizás la mejor posible para el Estados Unidos post-11 S. Una obra que somatizaba con inteligencia y audacia comercial el mismo clima de paranoia, rencor, desorientación y miedo que afloraba en las ficciones estadounidenses coetáneas donde los héroes ya no estaban cuando se les necesitaba y todo era de un gris tan difuso que ni los buenos se distinguían de los malos. Alguien dijo que cuando los tebeos de superhéroes se basasen en unos héroes contra otros eso significaría el fin… Bien, Civil War trajo el fin. Pero lo hizo con la forma de una historia socialmente significativa, moralmente ambivalente y comercialmente astuta, con probabilidad las mejores características de su discutible guionista. Millar lograba llevar a los superhéroes a los telediarios con la premisa de un «Registro de superhéroes» producto de una acción incontrolada con consecuencias trágicas. En un bando un Capitán América más libertario que nunca, en el otro Iron Man al borde de la villanía, obligado moralmente a asumir un papel desagradable pero necesario que, en realidad, lo engrandece como personaje al buscarle un sitio diferente en el universo Marvel.

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