Pablo Batalla Cueto

Ñúes y baobabs. Santi Lara en Gema Llamazares

Torre invertida

A una persona nacida en 1987, año arriba año abajo, la palabra «ñu» sólo puede traerle a la memoria dos piezas de mitología audiovisual generacional: la primera, Fiti untándose en elixir de ñu en Los Serrano en un desesperado intento de relibidinosizar la cara peu de Candela, y fracasando estrepitosamente en el intento como no podía ser de otra manera. La segunda y más importante, una inolvidable escena de El rey león, la gran película de Disney de la infancia de esa generación que es la de Messi, la de Higuaín y la de Juanjo Ballesta, entre otros ilustres contemporáneos del juntaletras que esto escribe. Me refiero, claro, a la estampida; a esa cumbre del dramatismo fílmico que es el momento en que Scar, el león malo, arroja a su hermano Mufasa al fondo de un cañón por el que corren enloquecidos centenares de ñúes asustados por un grupo de hienas. No hubo niño de principios de los noventa que no ahuecase la voz, emocionado en el patio del colegio al día siguiente de ver la película, a fin de imitar la de Scar en ese momento clímax en el que el usurpador pronuncia la frase Larga vida al rey, justo antes de empujar al legítimo monarca al abismo ñu. A todo el mundo le caía mejor Scar; incluso a mí, que a mis siete tiernos años me desconcertaba y me asustaba su asombroso parecido a mi tío René. Los reyes legítimos siempre han sido unos petardos.

Uno de los cuadros de Santi Lara expuestos en la galería Gema Llamazares de Gijón hasta el próximo 5 de mayo —cuadros metafísicos, como los de El Roto— representa a una pareja de apacibles ñúes, mansamente apostados entre la maleza que cubre la tierra que a su vez sirve de sustento de un par de baobabs.

A cualquier antiguo niño que haya leído El Principito, la palabra «baobab» sólo puede recordarle una cosa: aquel capítulo de la inmortal obra de Antoine de Saint-Exupéry (¿el quinto?) en el que el joven príncipe explica al narrador el drama que es el brote de baobabs en un minúsculo planeta como el suyo, que podría estallar aprisionado por las gruesas raíces de esos gigantescos árboles africanos si no se arrancasen éstos sin piedad mientras son jóvenes.

Baobabs

El caso es que es un poco todo lo mismo: los ñúes, los baobabs. Sostiene un tipo en Internet que lo que Saint-Exupéry quería metaforizar con aquello de los baobabs eran los pensamientos negativos, los prejuicios, las pulsiones de baja autoestima, las inseguridades, cuyas semillas duermen agazapadas en el interior de nuestra masa encefálica y que un buen día se desperezan sin previo aviso, creciendo vertiginosamente y amenazando de destrucción a nuestra paz mental y a nuestra propia existencia si no las arrancamos de cuajo tan rápido como podamos. En cuanto a la estampida de ñúes, a mí siempre me han parecido aquellos bóvidos una alegoría de la turba de seres estúpidos que es la sociedad contemporánea y que, transformados en peligrosa marabunta con hechuras de riada por cualquier insignificante estímulo externo, pueden arrollarlo a uno con su estupidez si no tiene el cuidado de mirar a ambos lados cada vez que cruza una carretera social, como el encendido de una televisión o el contrato de una cuenta de Instagram. Algo como esos tipos que en otro cuadro de Lara, Reset cinema, cada uno con su cámara, lo fotografían y lo graban absolutamente todo —el suelo, los árboles, a ellos mismos— salvo el terrorífico cielo de intenso color rojo que, inadvertido, se cierne sobre ellos a punto de lloverles por sorpresa el sangriento contenido de sus nubes.

Es cierto que, en Baobabs, el cuadro de los baobabs y los ñúes, los ñúes son sólo dos. Pero miran feo. Hay un sutil brillo de amenaza en sus ojillos. Detrás de ellos, los baobabs también se yerguen indiferentes con tronco de no haber roto nunca un plato, pero son grises, nebulosos. También ellos amenazan. Te voy a escoñar, susurran si uno acerca el oído al cuadro. Como para subrayar la conexión entre el reino vegetal y el animal —entre las pulsiones de baja autoestima y el dejarse arrollar por la estupidez enmarabuntecida, diríamos nosotros—, el ñu de los cuernos cerrados pace delante del baobab de las ramas cerradas; el ñu de los cuernos abiertos, delante del baobab abierto.

La estampida está ahí también, en cualquier caso: Torre invertida, otro de los cuadros, es exactamente eso: una estampida. De una especie de pumas y una especie de raperos encapuchados en vez de ñúes, pero para el caso. Cuando ruge la marabunta da igual que lo sea de churras que de merinas; el caso es que ruge, y aplasta. El cielo, por cierto, es también rojo en este cuadro: tal vez los raperos huyentes sean en realidad los fotógrafos de antes, recién sorprendidos por la tormenta de sangre que ha inutilizado las máquinas volviendo a sus propietarios cromañones asustados. Y tal vez los pumas no corran junto a ellos, sino que los persigan para devorarlos, por estúpidos.

La montaña sagrada

Y están también ahí los árboles malévolos: en otra pintura, The motorcycle guys, aparecen representados unos árboles —no baobabs, pero para el caso— en cuyas copas negras resplandecen unos ojos amarillos, almendrados hacia abajo como los de cualquier bestia parda maligna. Te voy a escoñar, te voy a escoñar, te voy a escoñar, repite un eco a varias voces. El más grande de los árboles incluso tiene una concavidad en la parte alta del tronco que parece una boca, y en cuya negrura brilla un puñado de lucecillas más pequeñas, luciérnagas tal vez, o pajarracos. ¿La luz(iérnaga) que brilla en medio de toda oscuridad, o la luz que, anegada en la oscuridad, acaba por adquirir, incluso aunque no deje de brillar, la condición salvaje y atemorizante de ésta? ¿Luz para iluminar, o luz para remarcar la oscuridad, para oscurecerla más aún? ¿Goethe («¡luz, más luz!») o Goebbels («el enemigo ve tu luz; ¡apágala!»)?

Qué se yo. La función del arte es plantear preguntas, no proporcionar respuestas.

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