Ismael Rodríguez

Extremis: El renacimiento de Tony Stark

Mosaico todas las portadas

Aunque a día de hoy sea difícil de recordar, Tony Stark ya existía antes de que Robert Downey Jr. se enfundara la armadura de Iron Man en la primera película dedicada al personaje. De hecho ya lo hacía desde que en 1963 se nos presentara esta especie de Howard Hughes que alternaba su vida de playboy multimillonario con enfrentarse a todo tipo de villanos y ser miembro de los héroes más poderosos de la Tierra. Sin embargo aquel Tony Stark era bastante diferente al que conoce la mayor parte de la gente hoy en día. No era tan cachondo, no vivía despreocupadamente una vida de éxito y de excesos. Tony Stark podía definirse, básicamente, por ser un hombre atormentado. Primero por la metralla que amenazaba con acabar con su vida, algo que evitaba solamente la acción del peto de su armadura. Segundo, por sus recurrentes problemas con el alcohol, que dieron lugar a los mejores momentos del personaje. Tercero, por la tendencia del gobierno americano a usar sus diseños sin permiso para construir todo tipo de armaduras de combate que solían convertirse en diferentes supervillanos.

En su origen Stark era un contratista militar de los Estados Unidos que había sido herido y capturado por unos malvados vietnamitas junto con un científico asiático, con cuya ayuda construyó la primera armadura de Iron Man y se vengó de sus captores, aunque su ayudante y mentor muriese durante la huida. Con el paso de los años, y gracias al genial uso del tiempo del universo Marvel, lo cierto es que el episodio ha pasado a tener lugar en la primera guerra del golfo o en Afganistán…

La historia les sonará a los que solamente conozcan al personaje por las películas, porque efectivamente se mantuvo prácticamente inalterable. Creo ciertamente que se puede decir, de hecho, que en la creación de la actual trilogía (ya veremos hasta dónde llega) han tenido particular peso dos cómic diferentes, del segundo de los cuales vamos a hablar con algo de extensión a continuación.

Dragones y mandarines

La Semilla del DragónPero primero comentemos el otro ejemplo que, ciertamente, parece que va a tener algo de importancia de cara a la tercera entrega del vengador dorado. Se trata, curiosamente, de la segunda reimaginación de importancia del origen de Iron Man.

En 1992 un ya veterano y consolidado John Byrne decidió enfrentarse en su etapa al frente de la colección del origen del personaje. Todo cristalizó en la saga llamada La semilla del Dragón, que ocuparía un lugar básico como la historia canónica de los inicios del hombre de hierro durante trece años. La propuesta de Byrne era una auténtica locura de dragones gigantes (recuperación del genial Fing Fang Foom, aunque sin calzones en este caso) y todo tipo de aventuras de la mejor raigambre. Un cómic sin grandes pretensiones pero que funcionaba en su conjunto y lograba su único objetivo: entretener.

Pero lo que nos interesa es que en esta saga se establecía una vez más al Mandarín como el mayor enemigo de Iron Man. El trasunto de Fu Manchú del Universo Marvel ha conseguido con los años convertirse en algo más que un villano de opereta, por suerte, y en esta saga Byrne conseguía reforzar su presencia e importancia en la vida de Tony Stark. El hecho de que en Iron Man 3 sepamos que el mismísimo Sir Ben Kingsley le dará vida nos habla de la pervivencia del personaje, al mismo tiempo que muestra una vez más la tendencia de la cultura popular a adaptarse a los tiempos. Ahora el Mandarín no necesita ser chino.

Un loco inglés llega a bordo

Para 2005, sin embargo, la editorial debió de pensar que un origen en la ya lejana guerra del golfo resultaba poco atractivo para sus lectores. Además Iron Man parecía sumido en una profunda crisis creativa. No hacía tanto desde que todo atisbo de coherencia se perdiese al convertirle en una versión adolescente de sí mismo que desapareció como por arte de magia cuando los directivos se dieron cuenta del dislate que se traían entre manos. Desde que Heroes Reborn nos trajera de vuelta a un Tony Stark adulto las cosas no acababan de mejorar en su colección personal, y un tiempo muerto parecía la mejor solución.

Así pues, tocaba aplicar la supuesta receta del éxito: nueva numeración, nuevo guionista, nuevo dibujante y por supuesto nuevo origen. Hay cosas que nunca cambian en la industria del cómic americano, y nadie se sorprendió.

Para relanzar la colección, por supuesto, debía buscarse un autor de prestigio. Casi nadie se extrañó al saber que se trataba de un inglés con fama de hacer un poco lo que le da la gana en sus obras. Dicho así podríamos pensar en Grant Morrison, pero éste acababa de abandonar la Casa de las ideas camino a DC, por lo que el honor recayó en un Warren Ellis que estaba trabajando por entonces en los Ultimate Fantastic Force.

El autor de Essex no era precisamente un novato en el universo Marvel. A lo largo de su dilatada carrera había contado con una extensa etapa en Excalibur, una muy celebrada colección dedicada al Doctor Muerte del futuro bajo el título de Doom 2099 o una corta y prontamente ignorada etapa en Thor. A diferencia de aquellas intentonas, sin embargo, ahora Ellis era un auténtico peso pesado de la industria y obras como The Authority, Planetary o sobre todo Transmetropolitan le avalaban.3435833744_a121fac29e

De ahí la libertad de la que gozó a la hora de reimaginar al personaje, dotándole de muchas de las características que le atribuimos hoy en día. Además también pudo contar con un dibujante como Adi Granov para su proyecto. Granov es un ilustrador de origen bosnio que mayormente trabaja como portadista en el mundo del cómic. Sin embargo aquí se encargo del dibujo interior, consiguiendo por primera y última vez (hasta el momento) una colección regular.

El trabajo de Granov destacó sobre todo en los diseños, hasta el punto de que posteriormente ha trabajado en todas las películas de la saga o en Los Vengadores. A esto se le unió una capacidad narrativa mayor de la esperada que redondeó un gran trabajo. En su debe, sin embargo, estuvo su lentitud a la hora de realizar el trabajo. Los seis números que conforman Extremis fueron retrasándose hasta que la serie vio como lo que debería haber durado seis meses se dilató hasta durar nada más y nada menos que quince.

Un nuevo comienzo

Extremis es, en esencia, un nuevo punto de partida para Iron Man. No solamente nos cuenta de nuevo el origen del personaje, situándolo ahora en Afganistán, sino que establece un punto posterior en el que la carrera de éste vuelve a modificarse. Nos ofrece así, en cierto punto, dos historias de origen en una sola, al tiempo que evidentemente sube la apuesta.

¿Qué quiero decir con esto? De todos es sabido que el nivel de poder de los superhéroes va aumentando de manera exponencial con el paso del tiempo. Así, alguien como Cíclope ha pasado de poder mover un elefante si le impacta con todo el poder de su rayo óptico a abrir nuevos pasos en enormes montañas sin pestañear, más textualmente que nunca. Iron Man, por supuesto, había ido sufriendo esta misma tendencia, aunque con la diferencia de que en su caso todo se limitaba, evidentemente, a una mejora de la armadura que le envolvía.

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Sin embargo esto no resultaba suficiente para Ellis, que se las agenció para conseguir un avance en las capacidades de Tony Stark que, sin embargo, no acabase con la esencia del personaje. Desde luego seguir sus pasos no resultaba precisamente fácil para ningún autor, pero a pesar del vértigo que causa la decisión de Ellis uno no puede sino sorprenderse de su funcionamiento.

Otro factor clave en cualquier nuevo comienzo es el drama, establecer un problema que nuestro personaje debe resolver para poder seguir su camino. En este caso todo se centra en una crisis existencial, sin recoger el testigo del alcoholismo salvo para hacerle alguna referencia de pasada. Tony Stark es víctima ahora de su propio pasado. Una vez fue un idealista que pensaba que Iron Man, que su trabajo como contratista de defensa, era un simple medio para un fin mejor, hasta que dejó de ver ese fin en el horizonte.

Así, Extremis es la historia, en definitiva, de cómo Tony Stark recupera la voluntad de ser Iron Man y recuerda, por fin, por qué se convirtió en un superhéroe por primera vez. La lástima es que no podamos ver cómo personajes trascendentales en la historia de Iron Man estén involucrados en el proceso, pero eso tiene que ver con las sombras de la obra.

No es oro todo lo que reluce

No todo en Extremis funciona tan bien como debería. Para empezar tenemos a un Tony Stark cuya personalidad resulta difícilmente comprensible. Ellis parece no estar seguro de quién es realmente, si el multimillonario con problemas de conciencia o el abnegado héroe. Al final estamos lejos de un retrato como el de Michelinie en El diablo en la botella, de un auténtico hombre. En su lugar tenemos una suerte de tabula rasa sobre la que Ellis suelta una suerte de discurso que resulta algo vacuo.

Dicha idea puede entenderse al principio. Así, cuando un ficticio director de documentales enfrentado a su actividad como contratista de defensa le entrevista, tenemos a un Stark que trata de defenderse como un gato panza arriba. El problema aquí deriva de que supuestamente debemos creer que realmente Stark ha ganado la batalla dialéctica, cuando no es el caso.

El problema se repite después cuando el supuesto gurú y mentor de Stark en su cambio vital nos dedica un largo discurso que parece centrado en demostrar que Ellis considera que las drogas alucinógenas son una gran idea. Una especie de guiño a la contracultura que resulta totalmente fuera de lugar y que no aporta casi nada al discurso, puesto que todo el asunto se resuelve de una manera que no responde precisamente a una vuelta a la naturaleza.

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En el fondo estamos ante un problema habitual en el guionista a lo largo de su carrera. Ellis es un maestro de las frases grandilocuentes y de los momentos impactantes, pero a menudo descuida el fondo. Iron Man se acaba presentando presa de sí mismo, de un personaje impostado que no parece tener más sentido que resultar siempre más que los que le rodean. Más valiente, más atrevido, más duro… Y en el fondo menos interesante, que es donde está el problema.

Tampoco ayudan los secundarios. Aquí vuelve a salir a colación la falta de sus acompañantes clásicos. Tal vez Pepper Potts o Rhodey hubiesen podido humanizar al personaje, pero en su lugar tenemos figuras poco definidas con las que no podemos empatizar de verdad. El villano de la función tampoco va más allá de resultar un esbozo, aunque es lo suficientemente odiable. Lo peor debe de ser ese pequeño inserto en el que una chica trata de razonar con él y que parece más un intento de sermonearnos que no una oportunidad de profundizar en las contradicciones de éste.

Un Iron Man para el futuro

Portada Extremis Montaje DirectorA pesar de estos defectos, Extremis es un cómic realmente entretenido, lo que ya hace que se sitúe por encima de muchos otros de los que pueblan las estanterías de cualquier librería especializada. Ellis sabe sobreponerse a la narrativa descomprimida que atenaza a la obra (en seis números, publicados durante quince meses, suceden apenas tres o cuatro días para Tony Stark) y nos ofrece unas muy necesarias dosis de acción. Éstas se apoyan en el trabajo gráfico para dotar a las luchas de una extraña cualidad realista, muy diferente a la que a menudo se ve en el mundo del cómic americano.

De cara a la adaptación cinematográfica dudamos mucho de que se emplee demasiado material del cómic. Ciertamente llenar el metraje de una cinta, y más en los tiempos que corren, con lo sucedido en los seis números se antoja imposible. Sin embargo parece ser que una droga con alguna semejanza con el Extremis tiene presencia en una narrativa que, sin embargo, parece tomar elementos de toda saga de Iron Man imaginable.

Pero dejando de lado el trabajo de Granov, un gran descubrimiento que ya trabaja directamente para los estudios cinematográficos más que para el mundo del cómic, la verdadera herencia de Extremis podría ser la de prefigurar la figura del Tony Stark interpretado por Robert Downey Jr. De hecho el actor neoyorquino seguramente haya conseguido lo que Ellis no fue capaz de lograr: darle alma a un personaje que parecía vacío.

Merece la pena releer a día de hoy Extremis y superponer sobre los diálogos la presencia de Robert Downey Jr. para ver que podían haber funcionado mucho mejor. La esencia, la naturaleza, ya existía escondida entre las líneas de un guionista que no acabó de verlo. Una experiencia de lo más curiosa.

Recientemente Panini ha decidido, con buen tino, reeditar la colección en un tomo único llamado Extremis: El montaje del director. En dicho tomo se incluyen tanto los seis números originales como una serie de extras realizados por Adi Granov especialmente para la edición. Se trata de una opción más que recomendable para quien quiera conocer las bases sobre las que se erigió el Iron Man cinematográfico, y seguramente fuente de interesantes comparaciones una vez podamos ver cómo el relato es llevado a la gran pantalla.

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