Rubén Paniceres

Ciudadano Tony Stark

El inminente estreno de Iron Man 3 dirigido por Shane Black y protagonizado por  Robert Downey Jr. nos sugiere hacer un esbozo de la personalidad del superhéroe blindado y su evolución en su fuente original, los cómics de la llamada Casa de las Ideas, la Marvel Comics Group.

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 «Yo soy simplemente un americano».

Charles Foster Kane                                                                                          

El invencible hombre de hierro

Una aproximación sobre la genealogía de los héroes de la Marvel constata que muchos de ellos son de procedencia humilde. Un Peter Parker, alias Spiderman, es un pobre estudiante, que tiene que buscarse empleos adicionales como fotógrafo de prensa para el más chungo de los jefes, J.J.Jonah Jameson, en vías de mantener a su desvalida tía May y su no menos maltrecha economía personal. Asimismo, un Matt Murdock, alias Daredevil; un Nick Furia, futuro comandante en jefe de S.H.I.E.L.D.; o Steve Rogers, alias Capitán América, son vecinos de los barrios más misérrimos de Nueva York; miembros de las clases populares, que nunca han tenido una cuchara de plata para llevarse a la boca. En otro espectro están los marginados del sistema, sea por su origen alienígena como Silver Surfer, o por su condición genética, como los hostigados X- Men. Incluso la considerada familia del universo Marvel, Los Cuatro Fantásticos, se las ha visto de todos los colores y han sufrido, en más de una ocasión, la ruina económica y la amenaza del desahucio de su vivienda, el legendario edificio Baxter.

El caso de Tony Stark, alias Iron Man o el hombre de hierro, era diferente. El personaje apareció por primera vez en el numero 39 del tebeo Tales of Suspense, en marzo de 1963, y fue creado por Stan Lee, con la ayuda en el guión de ese primer número de su hermano Larry Leiber, y diseñado gráficamente por Jack Kirby y Don Heck. Ya desde sus inicios el carácter era disonante con el resto del elenco de la Marvel. Tony Stark era un multimillonario, un playboy frívolo, inventor, fabricante y vendedor de  las  armas más letales; un gestor del complejo militar industrial del que nos advirtió el presidente Eisenhower. Sus industrias proveían de armamento a la política expansionista del Pentágono. Él mismo sería el dinamizador de la agencia de espionaje de S.H.I.EL.D., trasunto de la CIA en clave jamesbondista, y había elegido, y convencido, a Nick Furia para ser su director.

iron_man_comic_hd_wallpaper_by_dolfd-d5mmox3En su primera aventura se las veía con el Vietcong, retratado como una pandilla de bandoleros que perpetraban la maldad de atacar y secuestrar a un pobre civil. Tony Stark, que «inocentemente» iba a venderles armas a los asesores militares yanquis enfrentados a la guerrilla comunista, resultaba gravemente herido por un pedazo de metralla en el corazón. Stara, con la ayuda de un sabio chino, Ho-yinsen (físico galardonado con ¡el premio Nobel!), construía una indestructible armadura cibernética que lograba alimentar de manera eléctrica su dañada víscera cardiaca, y al mismo tiempo darle una capacidad de combate que le convertía en un superhéroe. Stark laminaría a sus captores y devendría en Iron Man.

En sus primeras hazañas su principal cometido sería caldear la guerra fría, viéndoselas con todo tipo de supervillanos provenientes de detrás del telón de acero, la China maoísta o la Cuba castrista. El repertorio ostentaba los más bizarros atributos y apodos: El Bárbaro Rojo, La Dinamo Carmesí, El Unicornio, El Hombre de Titanio, El Triturador o La Viuda Negra (ésta ultima se reformaría y trocaría en una destacada heroína). Entre porrazo y porrazo, Iron Man no cejaba en promocionar mensajes a favor del American way of life. La exaltación del capitalismo como panacea y del «emprendedor» como superhombre sin duda hubiera agradado a la egocéntrica escritora Ayn Rand, la cual fue —y todavía es— muy influyente en los Estados Unidos. El héroe marveliano se adelantaba en el tiempo a las concepciones de la Nueva Carne, apuntando que en la tarea del superhéroe subyacía, en palabras de Jordi Sánchez Navarro, «una fantasía del exceso militar, una imagen que […] condensa elementos de la ficción y la realidad social y que es capaz de reflejar en toda su intensidad la angustia que produce el capitalismo global y la carrera armamentística». (Delirios Metálicos, artículo contenido en La nueva carne. Edición de Antonio José Navarro. Valdemar, 2002).

En sintonía con esa visión, algunos de los artistas de la Marvel han pergeñado algunas versiones siniestras de Tony Stark. En 1985 una miniserie protagonizada por el carácter creado por Jack Kirby, El hombre máquina, presentaba a un alter ego perverso del héroe. Se trataba de una fábula distópica ambientada en el entonces lejano año 2020, donde el villano llamado Arno Stark era un remoto heredero del héroe original. Con unos rasgos físicos que le convertían en el virtual doble de Tony, Arno vestía la armadura del hombre de hierro original, enriquecida con todo tipo de mortíferos avances, y su propósito no era defender la justicia ni la democracia, sino implantar la dictadura del neocapitalismo más salvaje. Es sintomático que dicha  serie creada por Barry W. Smith viera la luz en la era Reagan y su intención fuera un exorcismo de la corrupción del sueño americano agobiado por el poder de las grandes corporaciones. Si Arno Stark figuraba al Iron Man de un probable futuro, Howard Stark, padre de Tony, podía representar el origen envilecido de éste. Dentro de la tendencia de la editorial de revestir a sus personajes más emblemáticos con los ropajes de la Serie Negra y la narrativa hard boiled, se incluye en 2010 la miniserie Iron Man Noir, escrita por Scott Snyder y dibujada por el español Manuel García. En ella, Tony Stark es un estereotipo de la más añeja pulp fiction, una especie de Indiana Jones en busca del continente perdido de la Atlántida, enfrentándose a una colección de villanos nazis liderados por su propio progenitor, a la sazón el artífice del diseño de Iron Man. La herencia futura y pasada del héroe parecen advertirnos de que la figura de Iron Man puede ser no benéfica, sino tremendamente peligrosa para la humanidad, y reforzaría nuestra renuencia hacia el metálico paladín.

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Ahondando en esta dirección está el contrapunto de su figura con la del Capitán América. Steve Rogers es un patriota, pero no un siervo fiel de ese complejo militar industrial. Iron Man, en ocasiones, sí lo es, como se ve en la saga Civil War de mediados del primer decenio del siglo XXI. Ideada por Brian Michael Bendis y desarrollada por Mark Millar, Civil War es una metáfora de la Ley Patriota (Patriot Act) que permitió al gobierno de George W. Bush arrestar y encarcelar a cualquier sujeto sospechoso de terrorismo sin necesidad de juicio. En la trama, el estado exige a los superhéroes que revelen su identidad secreta, provocando la polarización del mundo superheroico en dos posturas, una defendida por el Capitán América, que lo considera un atentado contra la libertad individual, y otra que esgrime la necesidad de la seguridad interna, la cual es apoyada por Iron Man. Stark es aquí el rostro identificable de la América republicana, y aunque no se privilegia un punto de vista sobre otro está claro que Marvel está más cercana a Steve Rogers, el cual terminará pereciendo en un episodio escrito por Ed Brubaker, con una  frase que le define como el gran héroe que perdurará: «que no sufran más inocentes». Ese gran momento contrasta con el velatorio que un Iron Man agobiado por el remordimiento rinde a su amigo caído en el episodio La confesión, contenido en el volumen La muerte del Capitán América, en el que un compungido Tony Stark parece dudar de la justicia de su elección, musitando:«No ha valido la pena».

Stan Lee, años más tarde de su inicial creación, a toro pasado, comentó que su intención era el desafío de crear un personaje que ética y moralmente no gustara, a priori, a los lectores de la Marvel, un público potencial supuestamente liberal y antibelicista, y terminar conquistándoles. Posiblemente Lee estaba pensando, al hacer esas declaraciones, en la juventud americana de finales de los sesenta, claramente hostil a la filosofía de la guerra fría que había originado la intervención en Vietnam. Pero lo cierto es que en el temprano 1963 esa toma de conciencia de los lectores de la Marvel era prematura. Tony Stark era un símbolo de lo que la cultura americana había admirado durante décadas. La estirpe de  inventores y magnates que habían hecho grande a Estados Unidos. Personalidades como Edison, Henry Ford, Dale Carnegie y sobre todo Howard Hughes —real fuente de inspiración para Lee— eran el modelo para Tony Stark, y Lee y sus epígonos no se planteaban ninguna mirada critica acerca de sus actos. Sin embargo sí es correcta la habilidad que tuvo en investir a un carácter poco simpático con unos rasgos y circunstancias que terminarían seduciendo a un público que ha seguido leyendo sus aventuras hasta la actualidad. Y esos elementos de empatía vendrían dados por la compasión hacia un destino aciago que determinaba a Tony Stark como un hijo de la (mala) fortuna.

El hombre de papel

Uno de los hombres más ricos del mundo; proyectista genial, cortejado por las más bellas mujeres;  poseedor de una armadura que le convertía en el Invencible Iron Man; miembro fundador del equipo de héroes más poderosos del mundo, Los Vengadores: Tony Stark aparentaba tener todos los elementos para ser un triunfador. Pero las cosas no son nunca lo que parecen. Huérfano en su temprana juventud, Stark era un ser atormentado por la indefensión de su frágil naturaleza. Su dorada coraza ocultaba a un ser tremendamente vulnerable. Desde sus orígenes en  la aventura vietnamita debía portar continuamente una placa metálica que recargaba eléctricamente todos los días para evitar un fatal ataque cardíaco. En ocasiones eso no era suficiente y se veía obligado a vestir permanentemente su armadura para no perecer de infarto, deviniendo en un hombre de la mascara de hierro, que diría Alexandre Dumas. Como el protagonista de El rey de la máscara de oro de Marcel Schwob, Tony Stark era el monarca del mundo cuya áurea careta encubría un cuerpo enfermo; alguien esclavo de la tecnología que le mantenía con vida, incapacitándole para poder llevar una vida afectiva normal. Suponemos que era muy difícil explicarles a las señoras por qué Stark era una batería viviente. Por otra parte, el alter ego del millonario tenía que camuflarse como un empleado. Iron Man simulaba ser el guardaespaldas de Tony Stark, y no era apreciado por el resto de colaboradores del industrial, que veían con desconfianza al superhéroe. Stark conocía tanto en su fachada visible como en su identidad superheroica el fenómeno del desclasamiento social y el aislamiento emotivo. Durante muchos años, ni siquiera Los Vengadores conocieron la identidad real que se escondía bajo la máscara de Iron Man.

dibimageCon el transcurso de las décadas el primitivo traje de Iron Man, que era lo más similar a un buzón de correos con patas, con inconvenientes tan jocosos como que se oxidaba si le mojaba el agua de lluvia (suceso acaecido en el número 1 de Los Vengadores, fechado en septiembre de 1963, fabricado por Lee y Jack Kirby), se fue sofisticando gracias a avatares cada vez mas avanzados e invulnerables, pero sin poder eliminar el desamparo de su ocupante. Si en los setenta Stark se curaba de su corazón doliente, nuevas problemáticas amenazaron su integridad psicofísica. La existencia disipada de rico y famoso le llevaría al alcoholismo. En el atormentado arco argumental El demonio en la botella, Stark llegaba a convertirse en un autentico derrelicto humano. Perdía el control de sus empresas y tenía que ceder su armadura a su colaborador, Jim Rhodes, que durante una larga temporada ejercería el rol de Iron Man. Posteriormente rehabilitado, Stark seria víctima de las nuevas tecnologías informáticas incorporadas al diseño de Iron Man, que le producirían averías en su sistema nervioso. Eso, combinado con las secuelas de sus combates, le ocasionaría, temporalmente, una parálisis que le haría aun más esclavo de su dorada armadura, la cual devendría en una segunda piel. Ya en los umbrales del siglo XXI, en la saga de Ultimates Avengers, osada reescritura de la mitología de la Marvel efectuada por Mark Millar, Tony Stark se presentaría como un ser prepotente y autosuficiente hasta la náusea, un pastiche entre Richard Branson, Steve Jobs y Paris Hilton, siendo el patrón a seguir en las versiones cinematográficas, pero afectado por un tumor cerebral incurable. En definitiva, el héroe era un ser doliente, triste y solitario que despertaba la piedad del lector, cuando no la identificación. A ello había que sumar su desdichada vida sentimental. En la tradición de la mayor parte de los superhéroes de la Marvel, Tony Stark no conseguía una relación amorosa duradera. Los exégetas del universo marveliano han destacado lo impactante que fue para los lectores la trágica muerte de la novieta de Peter Parker, Gwen Stacy, hecho acontecido en 1973. Pues bien, años antes, en el n.º 22  de Invencible Iron Man, fechado en febrero de 1970, moría de forma violenta Janice Cord, la amada imposible de Tony Stark. Para algunos de los lectores más veteranos de la serie el evento tuvo un efecto catártico. Iron Man sería imbatible como atestiguaba el título de su colección, pero no era capaz de proteger a lo que más quería. El superhéroe se volvía falible y humano, demasiado humano. De este modo, Tony Stark se nos revelaba como dolorosamente cercano. Alguien que hacia suya la verdad que había comprendido el príncipe Siddhartha: «Los hombres nacen, sufren, no son felices y mueren».

Un  hombre para todas las estaciones.

Charles Taliaferro  y Craig Lindahl-Urben, en el ensayo El poder y la gloria, incluido en el libro Los superheroes y la filosofía (Ed. Tom & Matt Morris. Blackie Books, 2010), califican el imperativo categórico del superhéroe, modelado por la filosofía «personalista» inspirada por pensadores como Borden Parker Browne, Martin Buber o el mismísimo Immanuel Kant. Dicha ética se cifraría, según los autores del ensayo,  en que «la función del poder y la gloria en la vida de una persona se juzga siempre en el modo en que esa persona respeta a los demás y el modo en que ese poder y la gloria afecta al reforzamiento de una comunidad mayor». En  palabras de Stan Lee, «un gran poder exige una gran responsabilidad».

Ésa es la elección que Stark ha asumido en su singladura como superhéroe y, no menos importante, como magnate. Con el transcurrir de los años, sus empresas se han reconvertido en tareas en las que la fabricación de armas empieza a ser algo secundaria. Preocupado por la ecología, la pobreza de los pueblos más desfavorecidos y los avances tecnológicos dedicados más a la construcción de un mundo mejor que a la destrucción del actual, el millonario despreocupado inicial ha devenido en un sincero filántropo. Por otra parte, aunque le hemos atribuido en este prolijo artículo su adhesión a los poderes fácticos, Tony Stark en numerosas ocasiones se ha enfrentado a éstos, simbolizados en la perspectiva, a veces despiadada, de su antiguo protegido, Nick Furia. De hecho, Iron Man es probablemente el héroe más reflexivo de la Marvel, siempre intentando comprender las motivaciones de sus adversarios y privilegiando el interés humano sobre la razón de estado.

Además, Stark ha sido siempre el efectivo organizador y tutor de Los Vengadores. Y es interesante que, cuando el primer equipo se disuelva, escoja a dos repudiados  por la intolerancia, dos mutantes, Mercurio y La Bruja Escarlata, para que sean miembros de la segunda formación. Tampoco es casualidad que su provisional sucesor en la armadura de Iron Man fuese el afroamericano Jim Rhodes. En cuanto a la fobia anticomunista, es curioso que el principal enemigo de Iron Man, su némesis, sea el supervillano émulo de Fu-Manchú, El Mandarín, el cual es aún más antimarxista que el Stark de los primeros tiempos, y que puede verse como un retrato en negativo de aquél.

Defensor de la democracia y reverso oscuro de la misma, plutócrata y justiciero populista, superhombre y minusválido al mismo tiempo, el binomio Tony Stark/Iron Man es una entidad compleja  que rechaza una valoración unidimensional. En realidad el héroe, tal como Sherlock Holmes definía al doctor Watson, ha sido siempre el único punto firme en una época de cambios. Alguien que con sus luces y sus sombras siempre ha intentado hacer lo que debe. En definitiva, parafraseando a Robert Bolt o tal vez a Bertolt Brecht, Iron Man es un héroe para todas las estaciones.

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