Adrián Sánchez Esbilla

El desguace y la gloria

thomas Müller

La exuberancia de los dos equipos alemanes en esta primera (y probablemente última) semifinal de la Copa de Europa ha resultado ser una metáfora aterradora de la realidad: hemos quedado para que nos goleen.

No sé quien escribía ayer en Twitter que no puedes pretender salir a correr con los lobos cuando te pasas el día entre ovejas. La distensión de la vida doméstica ha terminado por reblandecer a los dos gigantes. El Barça y el Madrid se han puesto fondones, están dejados; en cambio los equipos alemanes reaparecen finos y vestidos de domingo.

La Bundesliga ha conocido cinco campeones diferentes en la última década, la que ha marcado la regeneración deportiva, económica y mediática de su competición. En ese mismo arco temporal, en la Liga española, es decir en la autoproclamada mejor liga del mundo porque aquí todo es siempre lo mejor del mundo, tres; uno de ellos, el Valencia, en la temporada 2003-2004. Después todos los campeonatos se los han repartido Madrid y Barça. En Alemania han terminado vencedores equipos como el Wolfsburgo, el Stuttgart o el Werder Bremen.

Pese a que la primacía económica del Bayern de Múnich siga siendo indiscutible, y hasta grosera en su gula como demuestra el fichaje consumado de Götze y el probable de Lewandowski, la política de reparto de derechos televisivos y la masiva afluencia a los estadios (la media de asistencia en la segunda alemana es superior a la de la primera española) sumados a la adopción general de un futbol abierto y veloz, reflejo del practicado por la Selección nacional, a su vez nutrida de un nuevo tipo de jugador alemán emergente desde la segunda mitad de los 2000, equilibran la competencia, haciendo posible la alternancia de ganadores. De hecho ninguno ha repetido título más de dos veces seguidas.

En España la voracidad de la diarquía Barcelona-Real Madrid ha producido un empobrecimiento económico y deportivo de los equipos y una desbandada de las gradas a causa del maltrato hacia los espectadores. Como decía Menotti, les han robado el fútbol a los aficionados, reduciéndolos a elemento colorista en las gradas, a extras televisivos cuya misión es que se vea poco cemento. Su estatus ha cambiado de aficionado a consumidor, de elemento activo en la liturgia futbolera a sujeto pasivo que ha perdido hasta el derecho de saber qué día y a qué hora juega su equipo.

A consecuencia de esta brecha económica insalvable, los equipos aspirantes, aquellos que podían aprovechar los momentos de debilidad de los dos grandes para imponerse sobre ellos, se han vuelto conformistas, adormecidos por un premio malsano en forma de Champions (dinero en definitiva) que supone un tercer o cuarto puesto. Por ello hay que valorar la prodigiosa resistencia del Atlético de Madrid en esta Liga o el superlativo recorrido en Copa de Europa del Málaga, capaz, no se olvide, de forzar hasta el límite a un Borussia Dortmund que hoy ha arrollado al Real Madrid.

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El Dortmund le ha ganado tres de tres esta temporada a los de Mourinho, lo cual sin duda significa algo. Como la de ayer ninguna, es cierto, pero quizás eran precedentes a valorar antes de sacar la Décima (o la tercera) a pasear otra vez.

El partido fue una exhibición de intensidad fanática liderada por un Gündoğan que con su juego mixto —en corto, en largo, pared, regate— borró el centro del campo (algo desconfigurado de salida) del Real Madrid, y terminada en un killer polaco con resortes en lugar de piernas. Ambos sostenidos por la multiplicación de jugadores indetectables, centrocampistas convertibles, polimórficos y multiusos, con resultado de un contrario aturdido, que tira golpes al aire y muere intentando recuperar el sitio del que constantemente le han sacado.

Campo y ritmo eran de unos alemanes que le prestaban al Madrid lo que menos les gusta del juego: el balón. Con Özil perdido en una banda y Alonso desenchufado, el Borussia sufrió lo justo cuando enfrente tienes a jugadores tan venenosos, pero lo cierto es que el Madrid sólo se metió en el partido por un error tremebundo de Hummels, quien igualó la primera parte, y por la momentánea confusión producto de la enésima omisión arbitral de esta Copa de Europa donde los árbitros, simplemente, no arbitraron.

Lo que ocurrió fue que de la segunda mitad lo sacaron a bofetadas. A Klopp debió de parecerle que no habían jugado lo bastante rápido y metió la velocidad absurda de La loca historia de las galaxias. El Real Madrid, acostumbrado a imponerse en lo físico, no sabía dónde meterse.

Así y todo, jugando mal, su derrota no tuvo el aspecto humillante de la del Barcelona. Fueron superados, sí, pero no fueron muñecos. Al Barça parecía que le habían drenado los huesos y luego rellenado de serrín. Llegó un momento en el que era un amasijo irreconocible que ya ni sentía los golpes.

Con la bala del fantasma de Messi gastada contra el PSG, la carcasa del Barcelona no pudo resistir ni cinco minutos contra un equipo en estado de alegría, contra una tormenta de fútbol. Javi Martínez parecía jugar con su gemelo al lado mientras Ribéry devoraba el césped y Muller se hartaba de desmarcarse con su tipo desgarbado; un futbolista fascinante por cierto, como de otra época.

Heynckes ha manufacturado una maquinaria perfecta, un equipo tan bueno que no puedes no odiarlo. Ha sido una reivindicación tardía por parte de un entrenador con menos cartel del que se merece; de uno de eso hombres de fútbol que parecen extinguirse entre la modernidad espectacular y mediática. La anterior Copa de Europa que ganó, la legendaria Séptima madridista contra la Juve, la ganó in artículo mortis. Sería una gloriosa despedida el repetirlo e incluso ampliarlo con un triplete que sonaría a «mejora esto».

Vilanova enseñó cosas diferentes durante la mitad de la temporada, aquella que le sirvió para ventilar La Liga por lo directo;  un equipo más abierto, más corredor y vertical… pero factores externos lo jodieron todo y el equipo replegó en la ortodoxia. Lo que pasa es que la ortodoxia los contrarios ya se la saben y los propios no la tocan con la convicción demente del guardiolismo de un par de temporadas atrás.

Algún jugador naufragó definitivamente el martes. Alexis no procede y Xavi está para poco, cada vez para menos A eso hay que añadir el final de temporada tan nefasto de Busquets, y sin él el equipo funciona de aquella manera. El Barcelona, en sus mejores momentos, jugaba como si un hilo invisible atravesase a todos sus jugadores y al balón; así, se moviesen por donde se moviesen la pelota recorría esa trama. Desde hace unos meses la red se ha podrido, se ha puesto rígida y cuartea. Cada vez más pases fallados, más pérdidas en combinaciones sencillas, cada vez más estatismo y aventuras solitarias, cada vez más correr y menos presionar: una versión karaoke del Barça real pero orquestada por Messi cuando es Messi; es decir casi siempre.

El equipo necesita ser sacudido, lo demanda a ojos vista. No se trata de finales de ciclo, sino de regeneraciones necesarias para no caer en una espiral en la cual ganar una Liga como la que este año ganarán tenga un gusto insípido.

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Como muy bien escribía Borja Barba para su crónica en el imprescindible Diarios de fútbol todos estos elementos en conjunción han derivado en un estado de las cosas insensato dentro del cual la derrota del Real Madrid o el Barcelona está fuera de cálculo, es un cuerpo extraño que produce pánicos, delirios y convulsiones en lugar de ocupar un puesto natural en el esquema de la competición deportiva: cuando se juega se puede perder. Lo contrario es lo antinatural.

Bayern y Borussia les han recordado la ley del fútbol. Lo han hecho con rotundidad, para que un cupiese un  «sí, pero…»  o un «es que yo…», para devolverles a su sitio, que está entre el resto de grandes equipos y no en un pedestal en el cual los demás les tienen que pedir permiso o perdón. «Recuerda que eres humano, gilipollas». Y estos cuatro para que no se te olvide.

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Un pensamiento en “El desguace y la gloria

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