Marcos García Guerrero

El verano de la marmota

foto comercio hércules

Fotografía de El Comercio

Decía esta semana en rueda de prensa Iván Cuéllar que era el momento de ganar y estarse callados. Visto el resultado ante el Hércules, y lo que es peor, la forma en la que se produjo, los jugadores pueden seguir iluminándonos como acostumbran cada vez que les ponen un micrófono delante. El que sí habló fue Sandoval, que lamentó tras el partido la hostilidad del público porque no les ayudaba. Como si los ánimos de la mareona desplazada hasta Ponferrada sí lo hubiesen hecho. Hay ganas ya de que termine esta agonía y poder empezar así a pensar en lo que vendrá. El problema es que el panorama no se presenta mucho más optimista. 

Si eres seguidor del Barcelona o del Madrid afrontas el verano con alegría. La larga travesía del desierto entre temporadas suele convertirse en un periodo de extraordinaria producción mediática. Los euros vuelan ligeros como billetes del Monopoly (Bankia mediante), y el tedio de no ver jugar a tu equipo suele contrarrestarse con la consabida retahíla de jugadores futuribles: ya se sabe, la enésima reencarnación brasileña de Pelé, el nuevo Makélélé africano que ejerce de coche escoba en la liga francesa o inglesa, el centroeuropeo con nombre de portaviones del que habla Maldini en la SER, o el fichaje «mediático» de turno al que han firmado en secreto (con todo su señorío) pero del que dicen que nunca vendrá, never, never.

Con el Sporting es otro rollo. La ilusión del aficionado rojiblanco, de existir, suele concentrarse en la temporada regular, en lo puramente deportivo (y así estamos); en el transcurso de una liga que nos debe de llevar de vuelta a primera, o en una Copa del Rey que antaño nos dio tardes de gloria y que actualmente está condenada a escaparse por el retrete, con un club que tira de la cisterna sangrándonos con días del club absurdos, y unos entrenadores que la barren con la escobilla de su indiferencia.

Pero para el sportinguista el verano es sinónimo de resignación y de aburrimiento. Como el niño que se consuela jugando con una caja de cerillas porque sabe que la Play Station es un sueño imposible, a los rojiblancos no nos queda otra que intentar emocionarnos con lo que está a nuestro alcance: ese delantero argentino que le birlamos al Leganés; ese central troncomóvil que ha sido descartado por un equipo de primera (pero porque no tuvo oportunidades, ojo, no por malo); ese jugador que sale del filial de un grande para que tú le des la oportunidad que se merece (porque crees en la cantera, claro, aunque sea en la ajena); o esa perla a precio de chollo que has descubierto en la liga de Malta. Ni que necesitásemos el fichaje fantasma del Kanu de turno para sacarnos el abono. Si algo somos los aficionados rojiblancos es comprensivos. Sabemos que si el club no puede hacer grandes esfuerzos económicos es en aras de la limpieza económica, de esa regeneración financiera que tan bien está llevando a cabo la directiva. Nos lo llevan recordando años: no hay perres, amigos, pero estamos sanos.

sandoval el comercio

Fotografía de El Comercio

Pero claro, cuando nos enteramos que ese último punto parece no ser cierto, nuestro paupérrimo entusiasmo se viene abajo. Porque resulta que igual no estamos tan sanos como nos decían, porque igual cerramos la campaña así de golpe con algunos milloncillos por pagar (2,5 exactamente), y porque por lo visto nos ha ido tan bien con el concurso de acreedores que igual vamos a otro de cabeza. Y además no es culpa de nadie, solo de los «contratiempos no presupuestados», como bajar a Segunda (¿¡quién lo esperaría!?), la cancelación de las ayudas del Principado y la reducción de las del Ayuntamiento (¡Oh! ¡Universo incognoscible!), o la imposibilidad de poner días de club (el respeto por la afición siempre presente). Y es entonces también cuando vuelve a salir a la palestra ese Doyen Group del que nadie sabía nada, pero que resulta que ha brotado como una seta en medio de El Molinón para poner la pasta que los bancos no nos daban. Y no hay que alarmarse, porque es tan buen negocio que si se ha mantenido el acuerdo oculto desde enero no es más que por no descentrar al equipo deportivamente (táctica que como comprobamos ha sido todo un éxito). ¿Contrapartida? Simplemente que se queden con los derechos de traspaso de nuestros jugadores. Peccata Minuta. Porque visto el éxito de gestiones como la venta de Botía y la cesión de Hugo Vieira, esta gente bien sabe lo que se hace. Se nos avisa que Lozano y Sandoval ya están preparando el equipo del año que viene, ése con el que recuperaremos la ilusión. Un proyecto de futuro que pasa por quedarse con la gente joven y traer a veteranos y por el medio, por eso de les perres, vender a los buenos. 

Los sportinguistas tenemos algo de aquél Bill Murray atrapado continuamente en el «día de la marmota», solo que en nuestro caso lo que se repite sin pausa es este verano de aburrimiento, que este año además se adelantó hasta un 27 de abril pillándonos con 12 grados de temperatura y en chubasquero. Parece que va a ser una temporada estival extraña y muy larga. Quizás demasiado.

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3 pensamientos en “El verano de la marmota

  1. ¿Qué se puede pensar de unos dirigentes que mueven millones de euros, del club claro, y no dan ni una? ¿No será que de futbol entienden muy poco? ¿Creen en la cantera? Lo dudo, pues poco esfuerzo le dedican. Yo pienso que en el futbol, especialmente en lo que se refiere al Sporting, igual que en la política nos dirigen los peores elementos de la sociedad. Miras para cualquier equipo, salvo dos o tres honrosas excepciones, y veras dirigentes amantes del “pelotazo”, pero no del de Johan Cruiff sino del de aquel ministro llamado Solchaga. En el fondo, ellos creen que con una chequera como la del Real Madrid no habría problemas. Nunca lograron entender el fenómeno “Ajax” que tuvo lugar en los años 70.

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