Rubén Paniceres

Giulio Andreotti: el hombre que nunca estuvo allí

_Giulio_Andreotti

«Excepto de las Guerras Púnicas, para las que era muy joven, me han culpado de casi  todo».

Giulio Andreotti

Si existiera o hubiese existido ese arquetipo denominado «el político nato», según la concepción de Manuel Azaña, no necesitaría ser un técnico o especialista en una materia determinada, ni tampoco una gran figura académica, sino simplemente alguien experto en la tarea de gobernar. Qué duda cabe que este político podría ser Giulio Andreotti. En los aproximadamente cincuenta años en los que su presencia fue omnipresente en la política italiana, Andreotti fue varias veces primer ministro y también titular de las carteras de los más diversos ministerios: Interior, Finanzas, Hacienda, Defensa, Industria, Asuntos Exteriores, sin olvidar otros menesteres como organizador de los Juegos Olímpicos.

Andreotti fue uno de los principales arquitectos del modelo de estado que la Democracia Cristiana impuso después de la segunda guerra mundial y la derrota del fascismo. Hombre de cínico pragmatismo, supo aprovecharse a veces del consenso con el Partido Comunista Italiano, el llamado compromiso histórico, para apuntalar su carrera personal, sin guardar ni un solo atisbo de duda, al sacrificar despiadadamente, invocando la razón de estado, a su correligionario Aldo Moro, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas, para así cortar el camino al poder de la izquierda italiana. Su nombre ha sido asociado numerosas veces a ese poder oculto que según el historiador Giuseppe Carlo Marino, a lo largo de la reciente historia del país transalpino, «ha actuado en la sombra con los instrumentos de  la corrupción, la mafia, la masonería y los servicios secretos. Una república criminal opuesta a la experiencia democrática».

Todo un listado de «excelentísimos cadáveres», entre los que se encuentran magistrados, fiscales, jefes de policía, banqueros, diputados, periodistas, tiene algún punto de conexión con el «honorable» Andreotti:  Giovanni Falcone, Paolo Borsalino, Carlo Alberto Dalla Chiessa,  Roberto Calvi, Salvo Lima, Boris Giuliano… «Don» Giulio   tenia la habilidad de tratar alternativa  y simultáneamente con los príncipes de la Iglesia o los jeraracas de las finanzas y las logias masónicas; o darse un fraternal beso de amigo —no piensen mal— con el más sanguinario capo de la mafia, Totò Riina. Esa  capacidad de «ir con la feria y volver con el mercado», como diría un castizo, la poseía Andreotti desde su más tierna juventud. Así, durante la guerra podía escribir en publicaciones de propaganda del régimen de Mussolini, mientras clandestinamente colaboraba en los panfletos de la resistencia antifascista. A ello habría que sumar unas cualidades personales que nos recuerdan el retrato que Stefan Szweig hizo de Fouché, ministro de policía tanto con la monarquía borbónica como con los jacobinos y los girondinos de la Primera Republica Francesa o el régimen bonapartista: a saber, un total autocontrol de las emociones; una astucia maquiavélica para saber aprovecharse de las debilidades y flaquezas humanas de sus adversarios y, por último y paradójicamente, una carencia de grandeza.

Sumamente agudo, capaz de facturar frases tan ingeniosas como aquélla en la que afirmaba que «gobernar no consiste en solucionar problemas, sino en hacer callar a los que los provocan», Giulio Andreotti era, posiblemente, un hombre de notable inteligencia, pero no poseía las dosis de carisma que adornan a los grandes líderes. A pesar de estar siempre en el candelero de la política italiana, su figura  no acaparaba de forma excesiva la atención de los medios de comunicación. Lograba la paradoja de ser visible e invisible al mismo tiempo, o al menos no hacerse notar en demasía. Su trayectoria se desenvolvía en los pasillos del poder, en los salones de mármol de los pasos perdidos, en los que no entraban ni la luz ni  los taquígrafos. La discreción era la mejor arma de Andreotti, quien había asumido que la popularidad y la sobreexposición son un amigo mortal para el estadista. Su objetivo nunca fue proclamar con la soberbia de un Luis XIV «El Estado soy yo», sino procurar ser el corazón del estado italiano. Sin grandes gestos, Andreotti  devino en un hombre insustituible en la vida pública. Él era el motor de la maquinaria de la república italiana: los conductores podían ir y venir, ser sustituidos o defenestrados, pero la estructura se asentaba de manera inevitable en las facciones que tenía como organizador a «Don» Giulio, siempre sin hacerse notar, como hacen los tiburones en el océano, a los que no se distingue hasta que es demasiado tarde. De hecho, rara vez se aludía a su persona por su nombre: se prefería recurrir a eufemismos, apodos como el Jorobadoel Divino. Andreotti era, parafraseando a los hermanos Coen, el hombre que nunca estuvo allí, aunque en realidad era el que siempre estaba moviendo los hilos del poder.

Il Divo 7

Ese aspecto intangible, disimulado y oculto es el que creo que explica cómo una cinematografía tan rabiosamente sociopolítica como la italiana tardara mucho en acercarse a su biografía a través de las imágenes, hecho que aconteció con la película italiana El divo, dirigida en 2008 por Paolo Sorrentino y protagonizada por el actor Toni Servillo.

El gusto por el exceso, la épica y la grandiosidad cuasioperística que caracteriza a gran parte del cinema italiano —Visconti, Bertolucci, Fellini— no se avenía muy bien con la grisura exterior de Andreotti. Entendámonos: el cerebro de la Democracia Cristiana no era un personaje más grande que la vida, como pudieran ser los arquetipos del déspota que nos brindó Shakespeare. El reservado, hermético, desprovisto de pasiones Giulio Andreotti estaba en las antípodas de un Ricardo III o un Macbeth. Salvatore Giuliano, Enrico Mattei o Lucky Luciano eran personalidades italianas controvertidas, cuando no nefastas, pero tenían grandeza, altura. Por eso el cine italiano los utilizó en diversas ocasiones, destacando las versiones del gran realizador Francesco Rossi. También estaban las figuras de los mártires con vocación o accidentales como el general Dalla Chiesa o Aldo Moro que fueron analizadas por directores como Giuseppe Ferrara o Marco Bellochio.

Pero con Andreotti, salvo Elio Petri, que lo hizo entrever de manera fugaz y enmascarada en su comedia negra inspirada en la novela de Leonardo Sciascia, Todo Modo, no se podía hacer una gran tragedia que retratara la descomposición de la republica. Era muy difícil visualizar a alguien cuya verdadera identidad era un enigma.

Por otra parte, y esta es una mera especulación, el cine italiano tenía unas sensaciones ambivalentes hacia aquel que fue definido como un «Jano bifronte» para la industria fílmica del país mediterráneo. Por un lado el hada madrina que apoyó con subvenciones la dinamización de organismos y festivales que difundieron las películas italianas en el mundo entero. Por otro, el ogro que casi destruye el neorrealismo italiano, que elaboró listas negras de cineastas de izquierda, que censuró películas y que coartó la producción de películas de ideología progresista. Célebre fue su carta abierta a Vittorio de Sica en 1952 para la revista Libertas en la que ponía a caldo su película Umberto D., calificándola de antiitaliana y degradante en un plano moral. Agradecimiento y miedo eran las mordazas que pudieran haber coadyuvado a ese tabú no decretado de aludir a la personalidad del honorable Andreotti.

Al mismo tiempo, Andreotti tenía algo de funcionario, de burócrata sin especiales atributos, que le asemejaba a esa banalidad del mal de la que nos advirtió Hannah Arendt, y eso en la gran pantalla no queda muy bien. Se hacen muchas películas sobre los grandes dictadores de la historia, pero pocas sobre los jefes de sus policías secretas. El cinematógrafo busca lo excepcional, el culto a los grandes héroes o los grandes villanos, pero acepta mal a los que carecen de algo que les haga sobresalir una cabeza por encima de sus semejantes. Andreotti se valoraba a sí mismo como un ser pequeño en una política como la italiana, en la que no había ningún gigante, y creo que con eso se definía a sí mismo y definía la vida pública de un país. Por ello Paolo Sorrentino en su excelente película no escogió el registro del gran drama, sino la estrategia de la sátira esperpéntica. Ése puede ser el epitafio de Giuilio Andreotti. Su vida es el espejo opaco y deforme donde no se puede observar la verdadera faz de Italia, sino la línea de sombra, en la que el poder corrompe todo lo que toca.

Descanse en paz, Don Giulio. Sentimos no querer besarle la mano y desearle que la tierra no le sea demasiado leve.

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