Jorge Alonso

Lydia Lunch, pionera del punk y fotógrafa: «Lo que yo hago es cagarme en la cara de la historia»

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No por hacer, más por el contrario caso, el sol que ansías mi alma no merece, pues yo le he conocido con retraso. Allá abajo hay un sitio al que entristece lo oscuro, y no el martirio; y de lamentos y deseos —no de ayes— se estremece.

La Divina Comedia, Canto VII, Resalto II, Valle de los Príncipes Remisos.

Dante Alighieri

Lydia Lunch es una neoyorquina cantante, actriz, poetisa, fotógrafa, guionista de cine, escritora y todo un icono del Spoken Word, que ha estado en la escena musical desde fines de los setenta hasta ahora. Ha fundado multiples bandas tales como Teenage Jesus and The Jerks, 8 Eyed Spy, Beirut Slump, Harry Crews, The Immaculate Consumptive y su actual Big Sexy Noise. Teenage Jesus fue una de las bandas fundamentales dentro de la No Wave. Destacaron rápidamente por sus guitarras desenfrenadas, su sonido disparatado y los particulares gritos de Lydia. Grabaron unos cuantos EP y cuatro temas para No New York, el recopilatorio con el que Brian Eno retrataría el movimiento No Wave. Supongo que hay decenas de sitios en los que una entrevista a Lydia Lunch encajaría. Una esquina de Nueva York (o de cualquier sitio, una esquina siempre es una esquina y suele estar meada), un bar oscuro, como debe ser, un pueblo fantasmal, una terraza biempensante, un camerino berlinés, una catedral resquebrajada… Sin embargo no cambiaría este marco por ninguno, un despacho pecera en una bonita galería de arte gijonesa (Espacio Avaart, San Bernardo 16), con un vino blanco a los pies y los ojos azules de la artista luciendo como deben justo enfrente de mí, áspera y voluptuosa voz a juego. 

—He estado hace un rato viendo la exposición y hay algo que me ha llamado la atención: los ojos. Muchos y muy fijos en el espectador.

—Pues, ¿sabes?, ni siquiera fue algo consciente, y el que te hayas dado cuenta es fantástico. Supongo que tiene mucho que ver con el hecho de que cuando soy fotografiada mis ojos siempre están al frente. Es como «puede que seas tú el que me está haciendo una foto pero soy yo la que te mira». Ocurre lo mismo cuando estoy en el escenario. Pero es muy curioso, porque para este montaje yo hice unas sesenta fotos, y aquí hay unas veinte creo, la exposición se llama La Guerra Nunca Termina y usé niños en el campo de batalla porque intentaba mostrar la dominación. Y es interesante que cayeras en lo de los ojos porque como te dije no fue algo que yo hiciera conscientemente. De hecho fue Chema (de la galería) quien eligió las fotos, de modo que… Bueno, también hay un coño allí (señala y sonríe).

—Lo vi, lo vi, y la foto tiene un buen título: El Paraíso.

 —Sí, sí, hay una buena variedad aquí. Fíjate bien en aquella del fondo y verás una polla en mi boca (risas). Tienes que mirar de cerca.

En ese momento el músico y escritor Igor Paskual entra en el despacho con un libro de Lunch en la mano que acaba de comprar, o más bien que viene a pagar, y paradójicamente la conversación sobre coños y pollas acaba aquí.

—Bueno, antes de venir a ver la exposición esperaba encontrarme algo parecido al periodismo gráfico, a esas fotos hechas sobre el terreno llenas de sangre y fuego, pero me he encontrado con algo menos obvio, aunque muy intimidante también. La foto que titulas Las mujeres y los niños primero ,por ejemplo, muestra esa situación tan concreta en la que ellas y ellos son los primeros en sufrir y los que durante más tiempo lo hacen.

—Exactamente: mucho de este trabajo viene de otros anteriores. He estado haciendo fotografía y montajes desde los noventa, y he trabajado con niños un montón porque quería darles el poder de mostrarse. Empecé a trabajar con  chicos de doce a dieciséis años en Nueva Orleáns, espetándoles que se miraran, que tomaran el control, que no renunciaran a su individualidad, y usé mucho de ese material que había acumulado como fondo, sobre todo en Europa donde el lenguaje es diferente, y cuando me planteé hablar de la guerra no necesitaba hacerlo mostrando cadáveres; no es necesario, hay muchos tipos de guerra, hay una guerra dentro de cada uno de nosotros, y ahora mismo una guerra contra la individualidad.

—Sí, tu exposición parece más bien mostrar diferentes tipos de guerras, más allá de la imagen del tipo disparando. De hecho ahora mismo hay una guerra que estamos perdiendo.

—Sí, totalmente, y me gusta especialmente mostrar a las mujeres, como en aquéllas de allí donde vemos a dos chicas preciosas junto a unos soldados. Y me encanta hacer talleres sólo con mujeres. De hecho hice uno en Francia en noviembre y haré uno en mayo en Los Ángeles, porque hay una guerra ahora mismo contra nosotras, y parte de lo que hago como artista es darle voz a aquellos que tienen la necesidad de contar sus problemas pero tal vez no tengan la voz.

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—Por cierto la única foto en la que aparece un hombre sin actitud agresiva es aquélla en la que tiene un bebé en brazos. Es bonito verle de ese modo…

—Ya, pero fíjate en una cosa: ¿está protegiendo al niño o está aterrorizándole? Porque se titula Papá te quiere demasiado, de modo que… Pero sí, es verdad que es el único que no aparece como soldado. Y, mira, algo que me resulta muy interesante es que este tipo de trabajos no los afronto del mismo modo que lo hago con la música, donde primero pienso en el concepto, luego en los colaboradores… Va todo bastante despacio. Pero los montajes son algo más automático, simplemente veo la foto de inmediato y el resultado también es más inmediato, y eso es genial. Sé lo que debe ir ahí, lo que quiero decir, tengo el material, de hecho tengo mucho material, como te dije llevo mucho tiempo con la fotografía y no solo tengo fotos de muchos lugares. Es que de algunos tengo muchísimas, como de Belchite, por ejemplo. Hay sitios con los que estoy obsesionada, creía tener trescientas pero creo que son tres mil (risas).

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—Hay algo que me resulta especialmente apasionante en tu carrera. Aquí estamos rodeados de tus fotos, y mientras sigues tocando, por ejemplo con Big Sexy Noise (el grupo que tiene junto a Gallon Drunk). Pero es que siempre has estado en movimiento, desde Teenage Jesus & The Jerks, o el maravilloso «Queen Of Siam»; no has parado ni un minuto y siempre intentando extraer el lado artístico de cada situación, sea la que fuere.

—Sí, es bastante alucinante (risas), y sí, intento buscar ese lado artístico de las cosas, especialmente de las que pueden resultar desagradables. Es absolutamente necesario, ése es mi trabajo. Es curioso porque el fin de semana pasado estuvimos con Weasel Walter, que si no sabes quién es necesitas saberlo, que tiene muchas cosas siempre en marcha. Bueno, pues hicimos dos conciertos en París de Teenage Jesus a dúo. Él tocaba las percusiones y el bajo; era un evento sobre el No Wave en la universidad, y algo que le dije al público, dije sólo dos cosas, porque Teenage Jesus no hablamos (risas), fue que aquel era el sonido al masturbarse con una maquinilla de afeitar y que nunca serían tan desagradables como yo… Porque si piensas en aquella música que salió del mundo de los setenta, en el que yo estaba, creo que tenía un impacto cultural muy pequeño, en parte porque lo que intentaba era decirle a la mujer «no tienes que ser la presa, no tienes que ser delicada». Es importante mostrar ese lado feo, desagradable, alguien tiene que hacerlo, y de veras que ése ha sido siempre mi trabajo.

—Y nunca has bajado del todo el pistón. En las carreras largas siempre hay un momento en el que parece necesario rebajar la tensión, frenar un poco o bajar el volumen, hacer algo tranquilo.

—Bueno, yo he hecho música bastante tranquila, por supuesto, por ejemplo el disco que hice con Thurston Moore, o un disco de Spoken Word en el que estoy trabajando ahora; muchas cosas bastante tranquilas. Lo bueno de la música es que sólo tienes que identificarte con ella, y puede ser muy sexy, muy estridente o muy cálida, pero en mi caso siempre va a tratar de la opresión, la represión, la depresión, de aquello que envuelve al poder político…

—Tal vez sea ahora más necesario que nunca.

—No paro, te lo aseguro (risas). Mira, supe cuando tenía doce años qué era lo que tenía que hacer, lo que debía hacer. Era como una llamada, un deber. Y sigo sintiendo esa responsabilidad, y eso es muy interesante, porque hay un montón de gente que se pone a ello y exprime esas dos o tres ideas que tiene. Luego ya no hay estímulos, o puede que tengan que buscarse un puto trabajo. Yo no tenía elección, y es duro cuando trabajas con la verdad, con la realidad, teniendo en cuenta que lo que la industria vende es entretenimiento, fantasía… No haces algo que vaya a ser muy popular, la verdad es que nunca lo es, especialmente si no eres muy correcta, pero eso no importa. Lo llamo «el hacerse orgullosamente a un lado». Nunca tuve que buscarme un trabajo pero toda mi vida es un éxito. Fui a donde quise ir, éxito, estoy aquí hoy, gran éxito, he trabajado con gente increíble, y lo seguiré haciendo, y no seré derribada, eso es todo lo que sé.

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—No está mal. Puede que esa actitud haya sido la que evitara que tu trabajo perteneciera a una época concreta, estancándose en ella.

—Gracias, gracias por eso. Siempre he pensado que lo que hago es cagarme en la cara de la historia, ser la cronista de la histeria de mi tiempo, documentar mi histeria y también la de la humanidad… Eso es lo que hago.

—Bien hecho, y vives en Barcelona desde hace unos años ¿verdad?

—Sí, desde hace ya ocho años. Es alucinante, adoro España. Toda ella. Me siento muy cómoda aquí, incluso aunque no hable el idioma después de tantos años y a veces no pueda comunicarme como quisiera con quien quisiera.

—Es conocida la relación que mantuviste con Nick Cave. Por curiosidad ¿has escuchado su último disco, Push the sky away?

—No, el último no. ¿Más baladas? Suficiente.

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