Pablo Batalla Cueto

1959. El cuchillo y la mercromina

Fidel Castro y Richard Nixon se saludan en Washington. Año 1959.

Fidel Castro y Richard Nixon se saludan en Washington. Año 1959.

No es, ni mucho menos, la fotografía más conocida de Fidel Castro; a esa altura del pódium aspiran otras: la de Fidel levantando el fusil en el centro de una cohorte de eufóricos jóvenes barbudos; la de Fidel, tocado con una pulcra gorra militar, elevando la vista al cielo con aire de capitán en la proa de su barco; y la de Fidel riendo, cabizbajo, en compañía de un desaliñado Che, componen, seguramente, la terna de candidatas. Pero es la mejor. Fue tomada en abril de 1959. En la monumental Cuba. La lucha por la libertad de Hugh Thomas aparece acompañada del siguiente pie de foto: «Castro se despide del presidente Nixon en Washington».

Su composición, vertical, es sencilla: Fidel en el lado izquierdo, Nixon en el derecho, ambos de perfil, sus manos derechas entrelazadas en el centro; tras éstas, llenando el espacio entre el presidente cubano y el estadounidense, un tipo en traje de gala mirando a Nixon con una sonrisa burlona. Lo complejo de explicar en pocas palabras, porque en ellas debe caber nada menos que un siglo o dos y un tercio de la tierra emergida, son los rictus de ambos mandatarios: el de Fidel es serio, penetrante, dominado por dos ojos paradójicamente gélidos a la vez que repletos de fuego, de magma volcánico, y se parece bastante al que esbozaría uno de esos típicos macarras con pitbull una fracción de segundo antes de atizarle un cabezazo en los morros a otro macarra con pitbull. Respecto al de Nixon, lo característico en él no son los ojos, que han sido retratados cerrados, sino la boca, la sonrisa: una sonrisa leve, levísima, subatómica, infinitesimal; una sonrisa no formada por la contracción de un músculo sino por la de un píxel de músculo. Una sonrisa unicelular. Ladina, desconfiada, con un punto de maliciosidad; el grado inmediatamente superior al cero absoluto en la escala de temperatura de la cortesía realpolitik.

Los dos hombres son, en realidad, todos ellos sus mutuos reversos. Un espejo invisible parece interponerse entre ambos; cada una de las facciones y elementos que componen las dos figuras encuentran su estricto opuesto al otro cabo del mismo meridiano. Barba desgalichada y cabello rizoso desordenado a babor; el más escrupuloso barbilampiñismo y el más gentlemaniano uso de la gomina a estribor. Camisa y pantalones militares, probablemente verde oliva, Fidel; discretos traje y corbata Richard Nixon. Arrugada la ropa del primero, lisa y planchadita la ropa del segundo. La ropa, la tez curtida en los combates de Sierra Maestra y el pelo confieren al retrato de Fidel Castro una tonalidad general más oscura que la de Nixon, resplandeciente en la suma de su rostro WASP con su traje color claro.

Un par de notas biográficas permiten rizar el rizo de la reversibilidad: la procedencia de Nixon es humilde, un matrimonio de agricultores cuáqueros de Ohio emigrados a California; la procedencia de Fidel Castro es sin embargo acomodada, un terrateniente de origen gallego. La dirección de sus trayectorias vitales es por lo tanto opuesta. Nixon irá primero de abajo arriba y después de arriba abajo: será catapultado desde los maizales de Yorba Linda hasta los cojines del Despacho Oval, y de allí descenderá más tarde a los infiernos de la ignominia pública cuando deba dimitir después del Watergate. Fidel, al revés: de arriba abajo primero y de abajo arriba después. De los cojines de la mecedora del porche de la casa colonial de un sacarócrata a los espesos manglares de la Cuba profunda para liderar el incierto combate de un puñado de guerrilleros contra una dictadura con sólidos apoyos internacionales; y de ahí nuevamente hacia arriba hasta convertirse en uno de los personajes capitales de un siglo repleto de ellos.

De alguna manera, Fidel Castro y Richard Nixon se encuentran y se dan la mano en la misma exacta altura de sus respectivas líneas ascendentes. Ambos descansan a la mitad de las laderas de sus respectivas montañas biográficas. Fidel, es cierto, ya ha salido, triunfante, de la selva, pero su posición en el momento de la imagen dista de ser estable: el edificio de la revolución cubana, a cuya cúspide se encarama Fidel, es, cuatro meses después de la irrupción de los barbudos en La Habana, un precario esqueleto mecido por el viento, a escasos cien kilómetros del ventilador de dimensiones continentales que lo aviva con creciente furia. Nadie apostaría entonces que el edificio se sostendría en pie por lo menos medio siglo. Nixon, por su parte, aún no es presidente; no lo será hasta 1969. De momento es sólo vice de Eisenhower.

Un explutócrata entronizado por el pueblo, y un antiguo hombre del pueblo entronizado por la plutocracia. Un dictador democrático y un demócrata dictador. Un hombre del que un enemigo dijo: «Más allá de las diferencias ideológicas, y nunca lo hemos negado, Fidel es uno de los muchos símbolos de este mundo hispánico que tantas veces fue glorioso, estuvo dividido, fue despreciado injustamente y es un símbolo de independencia». Y un hombre del que un amigo dijo: «Nixon es un bastardo embustero bueno para nada, capaz de mentir por los dos lados de la boca al mismo tiempo, y si alguna vez se pillara a sí mismo diciendo la verdad, volvería a mentir aunque sólo fuese para no perder comba».

Y entre ellos, las dos manos. Un vistazo atento revela que no se trata de un apretón canónico: la mano de Nixon aferra el puño de Castro como el papel a la piedra en el famoso juego; parece tenerlo bien agarrado. Un vistazo aún más atento revela que no es así: la mano de Nixon está relajada; el puño del Comandante, empero, se muestra crispado, los huesos metacarpianos marcados en el dorso con viveza.

Con los ojos cerrados, Nixon no percibe la inminencia potencial del cabezazo, ni la del puño cerrado al que un leve impulso en línea recta bastaría para convertir en un certero cañonazo al bajo vientre vicepresidencial.

Y tras ellos, ese hombre que se ríe, no se sabe si yanqui o si cubano, ese misterio riente, esa sonrisa etrusca, ilustre antecedente de aquel tipo de bigotes brotado como una cara de Bélmez justo detrás de Mourinho y Vilanova en la foto del famoso incidente del dedo en el ojo. ¿De qué se ríe, pues? Faltan aún doce años para que Eduardo Galeano publique Las venas abiertas de América Latina, por lo que es imposible que esté riéndose de la feliz ocurrencia de estar contemplando al cuchillo y a la mercromina apretarse las manos.

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