Rubén Paniceres

Ray Harryhausen, hacedor de maravillas

US film producer and special effects cre

«¿Y si os dijera que el dinosaurio no ha muerto?»

 Ray Bradbury

La afición a lo maravilloso le vino al estadounidense Ray Harryhausen de una primigenia experiencia contemplando a la tierna edad de cinco años el film El mundo perdido, película de 1925 que adaptaba la novela homónima de Arthur Conan Doyle. El infante Ray quedó fascinado por los dinosaurios creados y animados por Willis O’Brien según la técnica de stop motion, consistente en animar fotograma a fotograma pequeños muñecos articulados y fotografiar diminutas maquetas como si tuviesen escala real. Ese primer contacto con el arte de O’Brien fue reforzado ocho años más tarde con el visionado de la peculiar adaptación de La bella y la bestia que fabricaron en 1933 Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. Nos referimos a la octava maravilla del mundo, King Kong, película que contaba igualmente con efectos especiales de Willis O’Brien. A partir de ese momento, el adolescente Ray Harryhausen tuvo claro su destino. Toda su trayectoria personal estaría consagrada a dar vida a todo tipo de monstruos y criaturas telúricas, con especial predilección por la fauna del Jurásico, los mitos grecolatinos y las leyendas narradas en Las mil y una noches. Fabricó su primer dinosaurio en el hogar familiar, empleando como materiales un viejo abrigo de piel propiedad de su abnegada madre y un armazón de madera recubierto de gomaespuma. Posteriormente se fue entrenando con la fabricación de peliculitas en 8 mm., mientras establecía contactos con otros jóvenes soñadores como el futuro director de la revista Famous Monster, Forrest J. Ackerman, o el cronista definitivo de la historia mágica del planeta Marte, Ray Bradbury. Con este último colaboraría en 1953 en la película El monstruo de los tiempos remotos, dirigida por Eugene Lourie. El título, una adaptación demasiado pueril de un bello relato del escritor titulado La sirena de la niebla, era memorable por los efectos especiales de Ray Harryhausen, que plasmaba un dinosaurio completamente imaginario pero sumamente convincente que superaba en verosimilitud al coetáneo Godzilla, conocido en Japón como Gojira.

Pero antes, en los años cuarenta, Ray se habia curtido trabajando para el productor, director y animador George Pal en sus cortos sobre cuentos infantiles The Puppetons, que desarrollaba la técnica Dynamation, en la que muñecos y modelos eran animados movimiento a movimiento, gesto a gesto, con una cámara ultrarrápida que iba a más de 78 fotogramas por segundo. Dicha técnica sería luego perfeccionada por el propio Harryhausen en su posterior obra. En 1949 un joven Ray logró su sueño de colaborar con el  ya anciano Willis O’Brien en El gran gorila, remake más o menos encubierto que Cooper y Schoedsack efectuaron de su King Kong, destinado  para toda la familia. Aunque oficialmente Ray era el asistente de O,Brien, la mayor parte de la labor de animación fue efectuada por Harryhausen. Para la posteridad queda el plano final con Joe Young, el bondadoso gran simio protagonista, despidiéndonos con la mano alzada. Aquí esta un elemento que Ray desarrollará en posteriores películas: reconciliar al publico con la ternura hacia los monstruos, más semejantes a nosotros de lo que podíamos pensar.

La_Tierra_contra_los_platillos_volantes_AKA_Los_platillos_volantes_atacan_la_Tierra-510766361-largeEn su servicio en la armada durante la II Guerra Mundial, Harryhausen conoció al productor Charles H. Schneer  y estableció una asociación que abarcaría casi dos décadas dando origen a una docena de películas. El binomio Harryhausen/Schneer nos brindó explotaciones de La guerra de los mundos como La tierra contra los platillos volantes (1956), que supera, en mi modesta opinión, a la mas lujosa producción de George Pal que intenta imitar a monumentales blockbusters muy posteriores como Independence Day.  Inolvidable la visualización de una invasión de platillos volantes sobre la capital de los Estados Unidos, con un impactante plano de una aeronave estrellándose contra el Capitolio. Otros titulos fueron It Came from Beneath the Sea (1955), 20 Million Miles to Earth y El valle de Gwangi (1968). En todas ellas Ray nos presentaba a un pulpo gigante de sólo ¡seis tentáculos!, a un malhadado titán interplanetario que perecía en las ruinas del Coliseo de Roma o la bizarra lucha entre un alosaurio y un elefante en una plaza de toros española. Otros hitos de la pareja fueron magnificas adaptaciones de Julio Verne La isla misteriosa (1961)— o de H. G. Wells,con La gran sorpresa  (1964).

No nos podemos tampoco olvidar de la popular colaboración con Hammer Films en Hace un millón de años (1966) en la que un pterodáctilo animado por Ray sastisfacía el deseo secreto de muchos varones al estrujar a una maravillosa Raquel Welch en las afueras de las playas de Lanzarote. Sin embargo, probablemente, los mayores logros de Ray Harryhausen fueron la saga sobre Simbad el marino compuesta por la trilogía Simbad y la princesa (1958), El viaje dorado de Simbad (1973) y Simbad y el ojo del tigre (1977). Basadas en argumentos originales del demiurgo de los efectos especiales, la serie era un retablo de mágicas maravillas en las que cobraban vida cíclopes, centauros, mujeres serpientes, liliputienses infantas, genios en una botella, mascarones de proa vivientes, aves bicéfalas, minotauros hechos de dorado metal o esqueletos espadachines amantes de la danza macabra. Harryhausen aplicaba el Dynamation dirigiendo personalmente los movimientos de los actores frente a una pantalla  sobre la que se superponían las imágenes de sus miniaturas y modelos animados, creando una poética fantástica, surreal y creíble  al mismo tiempo. Lo artesanal y lo artístico se fundían en la labor de Harryhausen, arrinconando a los distintos realizadores —Nathan Juran, Gordon Hessler, Sam Wanamaker— a un segundo plano ante la puesta en escena de lo imposible verosímil que conseguía nuestro protagonista.

harryhausen

También son de destacar sus aportaciones basadas en la mitología griega ilustrando la travesía a la Cólquida en busca del vellocino de oro: Jasón y los argonautas (1963) o las andanzas de Perseo batallando contra gorgonas y krakens de Furia de titanes (1980). Esta última fue la postrera obra de Ray. La técnica de stop motion era de una ardua laboriosidad. Furia de titanes necesitó más de dos años para completar sus efectos, y el mundo moderno agobiado por la maldición de la velocidad no podía perder tiempo con un buscador del alma de los dinosaurios como el veterano Ray Harryhausen. Así, el proyecto de hacer viajar a Simbad a Marte quedó en agua de borrajas y Ray se retiro del cine, dejándonos huérfanos de magia y poesía. Steven Spielberg supo reconocer con el tiempo el legado de éste convirtiéndole en asesor de su Parque Jurásico, cinta en la que hay un homenaje a la obra del artista en la secuencia en que se ve nacer a un pequeño dinosaurio de un huevo, imagen que nos retrotrae a una muy similar que Ray efectuó en 1955 para el documental de Irwin Allen, Animal world.

Ray Harryhausen, como el dinosaurio de La sirena de la niebla, de su amigo Ray Bradbury, se ha ido a lo más profundo del abismo y todos aquellos que soñamos despiertos con sus maravillosas películas nos quedamos sentados, deseando que hubiera algo que poder decir. Bueno, tal vez esto: el viejo dinosaurio ha muerto, pero su espíritu pervive en las películas que hizo y cada vez que viajemos con Simbad o Jason, nos enfrentemos a dragones o criaturas abisales, visitemos la cara oculta de la luna o nos adentremos en islas desconocidas, Ray Harryhausen seguirá con nosotros.

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