Paula Corroto

Alberto Urrutia: «La Movida hizo que el antifranquismo ya no fuera necesario»

Hace algunas semanas a Alberto Urrutia (Madrid, 1956), hermano de Jaime Urrutia y compositor de algunas de las canciones de Gabinete Caligari, le sorprendió que en la serie Cuéntame sonará la canción Golpes, escrita por él, y una de las más oscuras del grupo. «No me lo esperaba», asegura. Urrutia, melómano, crítico taurino y que en la actualidad tiene el proyecto Anarcobohemia —música para los poemas de Ángel Guache— fue uno de los testigos privilegiados de la Movida madrileña. Conoció el ascenso y el final de Gabinete y el de otros muchos grupos como Nacha Pop o Alaska y los Pegamoides. Él era de los que acudían al Rock-Ola, de los que vieron a Almodóvar. De los que podrían contar lo que escucharon realmente las paredes de aquellos bares del foro. Por eso quedamos con él en Lavapiés para charlar acerca de aquella época, su politización, la mirada actual sobre aquellos años, la música de hoy en día y su pasión por los toros.

Actuación Clamores. Israel Ortíz de Zárate.

Alberto Urrutia, durante un concierto en la sala Clamores. Foto cedida por Israel Ortíz de Zárate

—Compusiste alguna de las canciones de Gabinete Caligari, fuiste testigo privilegiado de la Movida madrileña, una época que se gestó, en parte, gracias a la cantidad de música que escuchó vuestra generación, como ha comentado en alguna ocasión Santiago Auserón.

—Sí, se escuchaban maravillas. Yo estoy ahora haciendo una investigación, que creo que soy el único interesado, sobre Los Pekenikes. Eran músicos como la copa de un pino. Lo formaban los hermanos Sainz. Ya estaban emergiendo en España las clases medias, en las radios ya se escuchaba música extranjera, la poca gente que viajaba traía discos,  el que podía se pillaba una [guitarra] Fender y se empezaban a formar grupos a la manera de los Shadows, el famoso grupo inglés instrumental. Era gente que estudiaba sus carreras, eran niños buenos que respondían a las expectativas de sus papás por un lado, y por otro lado, hacían música. Era gente acomodada. Pero es que si rascamos un poco, la Movida la hizo gente de clase media acomodada.  La historia «proleta» iba por otro lado, por el heavy fundamentalmente.

—¿Por eso hay una mirada más benevolente hacia la Movida que hacia los grupos de rock urbano de los ochenta?

—Tal vez, pero yo tampoco voy a renunciar a lo que yo he vivido y he mamado. Mi ídolo absoluto era Carlos Berlanga. Fue un genio absoluto al que todavía no se le ha reconocido lo que se merece. Era un tipo que, de manera natural y probablemente sabiendo muy poquito de música, tenía un gusto tan exquisito que era capaz de hacerte unas melodías increíbles. Como capacidad creativa, buen gusto y conexión con el momento estaba Carlos Berlanga. E independientemente de Los Pegamoides, el primer disco de Carlos en solitario, Ángel exterminador, es uno de los grandes discos que se ha hecho en este país. Es pop, tiene voluntad popular, pero es un pop tan refinado que no lo acabaron promocionando.

—A finales de los setenta y principios de los ochenta se vivió un momento de mucha experimentación musical. De hecho, Gabinete empezó con un afterpunk que en España no se hacía demasiado.

—¿Sabes cómo empezó realmente Gabinete? Antes del afterpunk eran mods. Los Jam estaban en su apogeo. Y Jaime [Urrutia] era Paul Weller. Fue la mímesis de la gran Nueva Ola de Inglaterra. Casi cada grupo que se formaba en España era un trasunto de los Sex Pistols, Joy Division… Luego llegó la onda siniestra, por causa de Eduardo Benavente sobre todo, que llegó flipado de un viaje a Londres y contagió a todos. El segundo paso de Gabinete, o los segundos Alaska y los Pegamoides ya son siniestros, pero empezaron siendo mods. Jaime llevaba los cuadraditos blancos y negros de los Specials y les faltó poco para marcarse un ska.

Retrato Leo Cobo—En el grupo había también mucha provocación, como aquel saludo fascista que hicieron en un concierto. ¿Cómo fue aquello?

—Es que llegó un momento en el que lo políticamente correcto era ser un progre de reglamento, de libro. Hay desmitificaciones muy buenas como hizo Fernando Colomo en la película Tigres de papel. Colomo es un tipo al que no hay que perder de vista porque yo tengo la teoría de que la primera película que retrata la Movida no es de Almodóvar, sino de Colomo con ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?. El 70 % de Almodóvar está en esa película. Le ocurre lo mismo que a Berlanga, ya que la primera película berlanguiana la hizo Marco Ferreri con El cochecito. Es curioso que los pioneros, en general, no suelen ser luego los que desarrollan las historias. Víctor Coyote dio ideas para cantidad de gente y no fue él el que se llevó los aplausos. Lo del saludo fascista fue una reacción contra la progresía establecida. La Movida fue el primer momento en el que la gente ya no tenía como prioridad el antifranquismo, que eso quemó muchas energías y voluntades. La gente que estaba a la vanguardia se tenía que batir el cobre haciendo protesta y antifranquismo y con la Movida eso ya no fue tan necesario. La vanguardia pudo desplazar el objetivo. Y además ya se estaba un poco hasta los huevos de tanta progresía [sic], de tanto «tigre de papel», y se podían tomar otras actitudes. Así que yo creo que fue un poco por eso. Por otro lado, también estaba Joy Division y cuando Jaime hizo ese saludo seguro que había estado toda la tarde escuchándolos…

—Hace unas semanas en la serie Cuéntame sonó Golpes, una canción de Gabinete muy oscura, de la que tú eres autor. Una canción sadomaso, provocadora incluso hoy.

—Sí, a mí me parece que tiene un componente romántico importante. Hacía mucho que no la escuchaba y me llevé una sorpresa cuando la escuché en Cuéntame. Tiene mucho que ver con que ha tomado la dirección de Cuéntame Óscar Aibar, un director de cine que tiene una de las grandes películas que se han hecho en este país y que ha pasado desapercibida: Platillos volantes. Te cuenta España en los sesenta a través de dos personajes tiernísimos. Es una película deliciosa que cuenta cosas que he vivido yo. Así que se nota que Óscar está enteradísimo de la historia y eso se ve en los capítulos de Cuéntame. Probablemente le llamaron para eso, ya que Óscar es quien se encarga de hacerle los vídeos a Loquillo.

—Para una persona como tú que vivió la época, ¿qué te ha parecido lo que se ha hecho siempre en retrospectiva acerca de la Movida?

—Lo que ocurre es que se ha apuntado mucha gente al carro, pero me parece que fue una época irrepetible. Se dieron una serie de circunstancias que hicieron posible que se reuniera un grupo de personas llenas de creatividad y que por primera vez tuvieron libertad para ejercer esa creatividad. Fue una especie de explosión porque, como decía, ya no tenías que hacer ni franquismo ni antifranquismo. Podías hacer lo que quisieras. Al final, eso sí, acabas sacando cinco nombres, cinco individualidades de aquello. Para mí el póquer de ases en lo musical fueron Carlos Berlanga, Jaime Urrutia, Santiago Auserón y Antonio Vega.

—¿Y Enrique Urquijo?

—Había algo peyorativo, y es que eran los babosos. Yo reconozco que Los Secretos han hecho buenas canciones como Déjame o Sobre un vidrio mojado, pero a mí no acabaron de llenarme absolutamente como sí hicieron Antonio Vega o Santiago Auserón. Aquel concierto de Radio Futura en el Rockola fue una de las cosas que más me impactó de aquella época. Radio Futura tuvo una primera etapa muy divertida con canciones como Divina estás, pero después cuando toma las riendas Auserón y hace una reflexión sesuda de las letras, ahí es cuando hace el prodigio de los prodigios con canciones como La estatua del jardín botánico o el maravilloso disco La canción de Juan Perro. Hay quien es más de Veneno en la piel, pero yo no. Nadie ha sido capaz de escribir unas letras en castellano y adaptarlas tan bien al rock como Santiago.

—¿Cómo componías tú?

—Yo creo que  influía mucho que vivía nuestra madre y nos unía mucho a los dos. Después, cuando murió, ya no. En aquella época, sin embargo, me llamaba Jaime y me pedía que me pasara por la sala de ensayos. Yo les solía hacer dos o tres propuestas y ellos cogían una. También les daba ideas. Hubo una época muy buena en la que hice canciones para Dyango, que vendía en América dos millones de discos. Recuerdo una canción que fue la tercera más radiada de Argentina y que se llamaba Que sepas de mí. Fue cuando Menem reflotó el peso y un día cuando fui al cajero me quedé alucinado porque me habían pagado los derechos de autor de Argentina. Eso fue con una canción que compuse en una noche. Pero luego hacías otros proyectos como el disco Cien mil vueltas, por el que EMI apostó, y sin embargo fue con ese disco con el que empezó el pinchazo. Coincidió con un cambio de gustos generacional, empezó el hip-hop, y esa fue una de las primeras señales que mostraron que la gente ya se desinteresaba de la Movida.

—¿Eso fue lo que acabó con La Movida, un cambio de gustos?

—La generación que se lo estaba pasando bien y mientras estudiaba iba a los conciertos se pone a trabajar y se tiene que desentender de todo aquello, y la pasta de la que podía disponer la tiene que empezar a meter en las hipotecas. Eso, más el relevo generacional fue lo que influyó. Lo moderno dejó de ser la Movida y la gente de diecisiete años empezó a escuchar hip-hop.

Actuación Galería de Rita. Leo Cobo

Alberto Urrutia durante un concierto en la Galería de Rita Castellote. Foto de Leo Cobo

—Entre las críticas hacia la Movida se dice que fue apolítica.

—Porque había una saturación histórica. El antifranquismo duró muchísimo. Yo soy un testigo privilegiado y recuerdo que la canción protesta comenzó en España a mediados de los sesenta. Yo podía tener once o doce años. Es cuando te encuentras que en un erial absoluto, gente como Luis Eduardo Aute te hace un disco de canción protesta pero también otros con una altura poética impresionante.

—Pero también se dice que, por esta apolitización, partidos conservadores se han aprovechado más recientemente de La Movida. ¿Estás de acuerdo?

—Es posible, pero yo entiendo que la ideología, o los principios que podían estar en la base de la Movida, todos evocan libertad en el sentido más amplio de la palabra. Por ejemplo, no creo que haya habido un campo donde la homosexualidad haya sido más reivindicada. También había grupos radicales muy activos. Pero es que ocurrían cosas como por ejemplo que, en la universidad, en los años setenta, a un tío le hicieron una sesión de autocrítica los de la Liga Comunista Revolucionaria porque leía el Marca. Las cosas estaban así de falseadas. O yo por ejemplo casi no podía decir que había estado en un coro de una iglesia, cuando a mí se me abrió un mundo absoluto cuando escuché a gente cantando el Mesías de Händel. La libertad es para todos, tanto para ejercer el progresismo como para, si eres conservador, ejercer tu ideología. Y había gente en la Movida que era conservadora como Fernando Martín, El Zurdo, Carlos Berlanga, Alaska, que ahora está en la Cope… Había de todos los colores. Santiago Auserón tenía una propuesta progresista importante, Jaime, a pesar de sus exabruptos, tenía una actitud progresista y además con quienes le fue bien fue con los «sociatas».

—De hecho, en las letras de Gabinete también hay una reivindicación de la Unión Soviética.

—Por estética, por la caída del muro de Berlín… Siempre buscaron estéticas fuertes: el fascismo, el estalinismo… Lo de Los héroes de la Unión Soviética lo hicieron un poco para contrarrestar lo otro. Era tan provocadora una cosa como la otra.

—Gabinete también tiene un punto de folclore español que casaba poco con la modernidad o con la España de las autonomías.

—Eso empezó con una canción mía que se llama Sangre española, dedicada al torero Juan Belmonte. Se trataba de reivindicar la raíz propia y una seña de identidad importante  que está en extinción y que fue la fiesta de los toros. En aquel momento hubo una corriente progresista favorable a los toros. Aute iba a ver a Antoñete. Y buen componente de la plaza era gente de izquierdas. Entonces no era un problema como después ha sido. Antoñete, Rafael de Paula, etcétera, eran mitos muy progres. Así que aquello fue una manera de reivindicar una raíz que entre otras cuestiones también estaba ahí.

—¿Qué ha pasado para que los toros hayan sido demonizados por parte de la izquierda?

—Yo soy taurino y esta tarde iré a la primera de San Isidro, pero vamos a ser honestos: esto de los toros lo daba el hambre. Independientemente de otros argumentos humanistas, animalistas o lo que sea, para ponerse delante de un animal de 600 kilos que es el Talgo en movimiento o tienes mucha hambre y necesidad o no te pones. Yo creo que las corridas se van a acabar en cuarenta o cincuenta años, porque ya no va a haber chavales que se pongan delante de un toro. Ahora no hay hambre. Y de hecho se ve: los chavales, a la primera que se llevan un puntazo, no vuelven. Hay mucho desconocimiento sobre la fiesta de los toros. La gente se cree que pegarle un pase a un toro es como cuando Cristiano Ronaldo tira una falta.

—¿Cómo te defiendes cuando te dicen que los toros son violencia y maltrato animal?

—Si me lo dice un vegetariano estricto probablemente me pueda callar, pero como el 95 % de la población no es así lo que digo es que no saben el horror que son los miles de kilos que se pescan diariamente, la agonía terrible de cualquier pez al que se saca de su medio hasta que muere. Los toros son un espectáculo fuerte. Hay gente que no puede ver la sangre. Pero los toros son la representación del rito de la vida y de la muerte. Ahí estamos hablando de la esencia del drama humano, la conciencia de que somos mortales, de que vamos a morir. Nos proyectamos en el toro. Vamos a morir como él. Y además, ese toro ha nacido para eso. Yo no soy partidario de la caza. Pegarle cuatro perdigonadas a una perdiz no me hace gracia. Pero tenemos las muertes en los mataderos y parece que es algo que no queremos ver. Habría que ver cómo sacrifican a los animales para tener un filete de ternera. Pero no queremos ver que estamos hechos de muerte y que ésta forma parte de la vida.

—Pero volviendo a lo de antes: la izquierda antes era taurina y hoy no.

—Se ha hecho mal. De hecho, yo  tengo que decir: «Soy taurino, con perdón». Pero para mí es algo que he mamado, yo soy nieto de empresario taurino, hijo de crítico taurino y con cuatro años de edad ya íbamos a los toros.

—¿Qué toreros te gustan ahora?

—Estamos asistiendo a una especie de canto del cisne del toreo, pero nos estamos dando el gustazo de ver a cinco matadores de toros como no ha habido en mucho tiempo, y que son Morante de la Puebla, José Tomás, El Juli, José María Manzanares, que es mucho mejor que el padre, y Talavante, cuyo reto de los vitorinos de este año es muy bonito.

—Vuestro rock torero hoy en día también podría ser muy contestado por cierta progresía y por ciertos nacionalismos.

—Vamos a ver, los catalanes han prohibido los toros no por razones humanitarias sino por joder una de las señas de identidad de lo que se supone que es la españolidad. Ahora bien, creo que no hay nada más español que negar lo español. Lo español es el cuadro de Goya con los dos tipos peleándose entre sí. Así que, creyéndose ellos muy extranjeros, en realidad son muy celtibéricos. A mí es un tema que me desgarra mucho, por un lado porque en la pura teoría un pueblo tiene el derecho a reivindicar su identidad, pero por otro lado, la España contemporánea no les ha hecho tanto como para esto. Podrían negociar un poquito. Hay una historia compartida y común, del mismo modo que también hay una identidad propia. Todo eso se intelectualiza en el romanticismo y también me parece legítimo. La pena es que por las dos partes no haya más diálogo porque hay muchas posibilidades de avance y de crecimiento entre todos.

Retrato Leo Cobo

Alberto Urrutia. Foto de L.C.

—¿Cómo se veía aquello del ‘café para todos’ cuando se puso en marcha?

—Bueno, yo recuerdo que estaba en la facultad y había unos extremeños que reivindicaban la independencia de Extremadura. Y era imposible hablar del término ‘España’. Y quizá sigue siéndolo. Era ‘el estado español’ o nada. También era una reacción comprensible ante el nacionalismo franquista. Yo creo que hay que estar en el término medio, en la negociación. Pero en aquel entonces ibas a cualquier manifestación libertaria o de izquierdas, y yo iba a bastantes, porque había conciertos, y te llegaban los gallegos, los extremeños, los andaluces y todos te hablaban del ‘estado español’, la independencia…

—¿Eres crítico con la Transición?

—Sirvió durante un tiempo, pero sin duda hay que replanteársela. No fue para siempre. Y esta crisis supone una revisión de muchos criterios, porque lo que sirvió para un tiempo puede que ya no sirva. Hasta la propia Constitución. Y no pasa nada porque se revise. Esto se ha utilizado para que una clase política campe a sus anchas, aunque probablemente todos lo llevamos en la masa de la sangre. Yo no creo en la clase política, pero tampoco en el ser humano. Es decir, no creo que si tú y yo estuviésemos en esa situación fuésemos más honestos. Todo esto lo contaba muy bien Luis García Berlanga, y por eso el sistema político menos malo es la democracia y el sistema económico menos malo quizá sea el capitalismo socialdemócrata. Si no hay beneficios, la gente no se mueve.

—¿Cómo ves la música hoy? ¿Qué escuchas?

—Hubo un día que a finales de la Movida me salí de un concierto de Los Ronaldos. Me parecía que lo que más importaba era la pose y la modernez y lo que menos la música. Y Los Ronaldos eran un truño, equiparable a Ismael Serrano. Pero entonces yo ya estaba cantando en coros. Yo soy un melómano y creo que el mejor servicio que puede brindar el estado del bienestar es Radio Clásica. Yo estoy enganchado a la música clásica. De vez en cuando algo me sorprende y paradójicamente ha sido el último disco de Coque Malla, Mujeres, que si puedes escucharlo, hazlo, porque es maravilloso.

—De todas formas, qué diferencia lo que se escuchaba en las radiofórmula en los setenta y lo que se escucha ahora. Vosotros teníais a Joy Division, ahora tenemos a Lady Gaga.

—Sí, los primeros 40 Principales… Fue allí donde escuché por primera vez Azzurro, de Adriano Celentano. Yo tengo amigos como Jairo Martin, que toca todos los días en La Recoba, y es mi pianista. Es un chaval canario de treinta años y aunque yo le digo que no me gusta la música de ahora porque soy mayor, él me dice que no. Pero es que la música es como escavar en una mina y, si vas sacando, al final la mina se agota. Es muy difícil que haya algo nuevo y convincente, que te mueva y que te excite. La posmodernidad es el reconocimiento de que ya se ha hecho todo y que lo que queda es recrear. A veces aparece algo, como Amaral, que me parece que fue la que recogió el testigo de todo aquello de los ochenta. Bunbury también me gusta mucho, me parece muy creativo, un poquito excesivo, pero de lo más creativo que hay. Pero el problema es que existe muchísima oferta, y es mucho más fácil destacarse entre 200 que si hay 20.000. Además, con Internet todo se devalúa. Antes te comprabas tu disco y lo valorabas sólo por eso, pero ahora haces un clic y tienes todo lo que quieres, y eso lo desvaloriza.

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2 pensamientos en “Alberto Urrutia: «La Movida hizo que el antifranquismo ya no fuera necesario»

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