Pablo García Guerrero

Feltrinelli, sombra de sangre

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Había creado una de las principales editoriales y la cadena de librerías más importante de Italia. Era millonario, y comunista. El 14 de marzo de 1972 murió mientras manipulaba una bomba junto a una torre de alta tensión a las afueras de Milán. Cuarenta años después, Giangiacomo Feltrinelli arrastra una «sombra de sangre» —en palabras de Alessandro Rossetto, autor de un documental sobre el editor, cuya familia ha impedido que se distribuya en Italia— que se extiende sobre la vida política italiana desde finales de los sesenta: secuestros, asesinatos, la amenaza de un golpe de estado fascista, Brigadas Rojas, Logia P2, la masacre de piazza Fontana y, entre la Cosa Nostra y el cardenalato, y en las cloacas de Milán o Palermo, la Democracia Cristiana y el monolítico sistema político que ejerció el poder durante las cuatro décadas posteriores a la guerra (sí, il Divo, la Sfinge, il Papa Nero…).

Feltrinelli es el ejemplo, casi el modelo, del intelectual comprometido, demasiado comprometido. Su vida (narrada por su hijo Carlo en Senior Service. Biografía de un editor, Tusquets, 2001) aparece hoy, embalsamadas aquellas utopías y alcanzado el consenso del déficit cero y la injerencia humanitaria, como una carrera hacia el abismo, una atropellada suma de genialidades editoriales y errores históricos que culminaron con el cuerpo inmóvil del editor sobre la tierra de Milán.

Activismo frenético

Su abuelo había sido un industrial de éxito y su padre, cercano a Mussolini, alcanzó la presidencia, entre otros, del Crédito Italiano y de la Federación Fascista de la Industria Maderera. Giangiacomo, sin embargo, traicionó el destino familiar y, adolescente, se unió a los partisanos, se afilió más tarde al PCI y acabó integrándose en un batallón para combatir a los alemanes durante la guerra. A la vez, y hasta el frío amanecer de su muerte, cargó con la pesada herencia de las empresas de la familia.

Su vinculación al PCI fue compleja, violenta, insoportable. Su condición de «financiador» de las empresas culturales del Partido (desde la Cooperativa del Libro Popolare, tras cuya quiebra fundaría Feltrinelli Editore, en 1954, hasta la Biblioteca Feltrinelli, que trató de ser el gran centro documental de la memoria del proletariado) le restaba credibilidad ante buena parte de la militancia. Además, los equilibrios entre la disciplina interna y la estricta vigilancia de Moscú no se adecuaban ni a su temperamento ni a sus planteamientos políticos, que lo fueron acercando a las corrientes más radicales y violentas del antifascismo que florecían en la Italia del momento.

Desligado del Partido, en la clandestinidad y vigilado por los servicios secretos, la creación de los llamados Grupos de Acción Partisana (GAP) culminaba sus ansias de acción y resultados prácticos. La opción de Palmiro Togliatti, tras la guerra, de derrotar al Estado a través de los votos nunca había sido suficiente: que él mismo se prestara a colocar una bomba era el paso que le restaba por dar. Y fue el último.

Incendiar la polis

Feltrinelli2Feltrinelli fue un editor de éxito: logró conformar un catálogo coherente y ambicioso (con especial atención al ámbito latinoamericano) y, además, tuvo una visión empresarial que explica la permanencia de su editorial hasta la actualidad, pues reunió en sus manos toda la cadena de comercialización del libro con la creación de una distribuidora y una red de librerías, que son hoy apenas la única «sombra» Feltrinelli para muchos italianos.

Desde su primera obra, la Autobiografía de Nehru, hasta el frustrado proyecto de publicar unas memorias de Fidel Castro, pasando por Doctor Zhivago (de la que vendió miles de ejemplares tras hacerse en exclusiva con sus derechos internacionales, una historia de por sí novelesca, con espías de ambos lados del telón y manuscritos misteriosos), la trayectoria de Giangiacomo Feltrinelli Editore acompaña la vida política y cultural italiana de la época de una forma que resulta hoy, embalsamados nosotros mismos, envidiable.

Envidiable porque existía entre los italianos una demanda masiva de «cultura» (similar a la que por entonces exigían los españoles), que nunca volverá. Y envidiable porque el millonario Feltrinelli, como Einaudi (hijo del presidente de la República entre 1948 y 1955, y también comunista), consideraba su labor editorial no como un dulce paseo hacia el éxito en sociedad (de lo que muchas biografías de editores dan tedioso testimonio, como la de Tom Maschler, responsable de la inglesa Jonathan Cape [Editor, Trama, 2009]), o una pacífica criba de originales en pos de la belleza literaria ideal, alejada del mundanal ruido de suburbios y fábricas (como los consejos de Hubert Nyssen, de Actes Sud, en La sabiduría del editor [Trama, 2008]), ni siquiera como ese canónico puente entre lo cultural y lo «republicano» que representan Gaston Gallimard y su Medio siglo de edición en Francia (Península, 2003).

Envidiable porque para Feltrinelli, fueran más o menos difíciles los tiempos (y, en palabras de Roberto Calasso, editor de Adelphi, «los tiempos siempre son difíciles para la edición»), la labor de un editor, de un intelectual en último término, era intervenir en la vida de la polis, ser molesto, crítico, implacable con la injusticia y el miedo, pensar su oficio como una herramienta de las «fuerzas de la cultura» (tan aburridas, tan complacientes…) al servicio de la sociedad, para lograr, en una sobredosis de violenta y hambrienta utopía, la caída de aquel «talón de hierro».

Hoy rechazamos las bombas y las sombras y la sangre. Pero «el mundo sigue pintado sobre un metal oscuro y salvaje», la torre de alta tensión se mantiene en pie y el talón aprieta como hace cuarenta, cuatrocientos años, aunque los editores, y los intelectuales, y los pintores, y los bardos se refugian a su vera, plácidos, risueños, cómplices, posmodernos y entregados a la autoficción de sus largos abrigos retro y su yo torturado y mortalmente aburrido, y sólo ahora que el grifo ha dejado de gotear clican con ímpetu el «me gusta» de alguna lánguida protesta.

Quede, pues, de Giangiacomo, al menos, su efímero recuerdo, en esta ya larga y salvaje noche de hierro.

Publicado originalmente en El Cuaderno, mensual de cultura, número 26, 15 de abril del 2012.

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