Víctor Guillot

Vengan las mujeres

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En ocasiones la columna se convierte en el desagüe de la conciencia. Viene a ser la columna un confesionario de putas o un espejo de villanos que a uno le viene bien aunque pague el precio de la culpa. Hay quien pretende convertir el escrache en una coacción, un acto terrorista o, peor todavía, en un burdo ejemplo de la vulgaridad de la chusma. En España comienza a percibirse la demonización de la clase obrera, que diría el joven periodista Owen Jones, cuyo libro celebramos con entusiasmo, precisamente aquí, hace unos meses. Aunque es posible que en nuestro país no haya chavs triscando por los barrios de Nottingham, Londres o Sheffield, la actitud del PP contra los ciudadanos que no encuentran trabajo o han sido desahuciados por un banco viene a ser actualmente la misma.

Hace unas semanas, el inefable diputado Pujalte afirmaba que los desahuciados reclamaban la dación en pago para poder comprar otra vivienda, mientras el orondo Arias Cañete, con aires de señorito andaluz, nos aconsejaba unas duchas de agua fría (por aquello de ahorrar), al tiempo que la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, con la candidez de una beata se encomendaba a una virgen para sacar a más de seis millones de españoles de las listas del paro. Hace unos días, en el informativo de La 1 de TVE se nos sugería que los rezos y las velas eran un buen método para buscar empleo. A falta del INEM, buena es la sacristía. De manera que España se va deteriorando día a día, no sólo porque no levantamos el PIB, sino porque el PP, como un galeón podrido incapaz de gobernarse durante la tormenta, logra que la política española se convierta en un garito donde hacen su juego impunemente el trujamán y la picalagartos, el tahúr y el diputado, la infanta y la folclórica, la amante, la esposa y la cornuda, que en algunas ocasiones vienen a ser milagrosamente la misma mujer. Qué país el nuestro. Nunca tuvo un periodista tanta mierda con la que escribir su glosa como la que se esparce día tras día ante la mirada conspicua de los jueces y sus tribunales.

Contra la miseria intelectual de Pujalte, Cañete o Fátima Báñez, surge la voz de Ada Colau, quien viene a continuar con su lucha contra los desahucios la larga tradición de mujeres anónimas que plantaron cara al poder, sacrificándolo todo por una sociedad más justa. Nos cuenta el gran historiador británico J. P. Thompson en su monumental ensayo La formación de la clase obrera en Inglaterra, rescatado ahora por la editorial Capitan Swing cincuenta años después de que se publicase por vez primera, que las mujeres británicas fueron pioneras en eso de salir a la calle a gritar contra los acaparadores de cereal a lo largo del siglo XVIII. Los especuladores del hambre que alteraban el precio de los alimentos durante las hambrunas fueron amedrentados por aquellas madres a las que no les alcazaba el salario de sus maridos ni de sus hijos para poder llevarles un plato a la boca. Puede que no fuera justo, a los ojos de un conservador, verse acosado por el vulgo, pero entonces, como también ahora, nadie cuestionaba su legitimidad. Eran esas mujeres las que rompían a pedradas los cristales de sus negocios y las que acudían a las casas de los lores y los propietarios a proclamar su falta de escrúpulos para que supieran que estaban allí y que lo seguirían estando hasta conseguir que el pan se vendiera a un precio justo. Y lo lograron en más de una ocasión. De modo que Ada Colau, la PAH o los preferentistas gallegos que se manifiestan cada día en la calle o acuden a los domicilios de sus representantes políticos no están haciendo nada nuevo: tan solo ejercer su viejo derecho a revolver, presionar e influir, como se ha hecho siempre que pintaban bastos, contra los mismos de siempre, los propietarios.

Como decía al principio, vuelven a oírse en este país los mismos desprecios y las mismas acusaciones que se vertieron entonces contra aquellas damas. Efectivamente, vuelven a oírse entre quienes ni siquiera tienen la mala conciencia de ver cómo se desmorona aceleradamente el Estado del bienestar social. Y contra ellos, vengan las mujeres, venga la voz de Ada Colau, a la que le han birlado una ILP o el grito de un gallego estafado que ya no tiene ni para una tapa de pulpo.

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