Víctor Guillot

Leo Cobo y la tapadera Modigliani

CICALa-mujer-del-museo

Llego tarde a la exposición de Leo Cobo, en Mediadvanced, galería de arte gijonesa, que trae veintisiete retratos fotográficos que juegan a ser pictóricos a la vez que misteriosos espectadores de sus propios visitantes. De manera que si no fui a la inauguración, tampoco puedo decir que mi visita no estuviera suficientemente acompañada, aunque a uno le pida el cuerpo farra y jarifa rodeado de amigos.

Hasta la fecha, Leo Cobo nos había presentado una mirada fotográfica llena de historias que el espectador debía completar. Sobre aquella mirada pesaba una tradición que tan pronto nos recordaba a Man Rai como a Cartier-Bresson o a mi querido Brassai, viejo camarada de juergas del inagotable genio de Henry Miller. No faltaban vagabundos, mimos, músicos, escritores de mesa camilla, toreros y poetas que revivían un tiempo anterior, una bohemia a caballo entre la elegancia y la decadencia que nos demostraba cierta verdad desalentadora: a saber, que Madrid, al menos su Madrid, no había cambiado tanto en todo el pasado siglo. El ojo de Leo celebraba constantemente una ciudad absurda, brillante y hambrienta, delirantemente viva y cruel, enfermizamente literaria, que participaba de la mitología del jazz, la vida nocturna, la tauromaquia como ritual y la ciudad, en definitiva, como un gran teatro en el que, cien años después de que se estrenara Luces de Bohemia, aún se sigue representando con alegría o amargura todas las fiestas de mañana.

CICAEl-poetaSi por algo nos entusiasmó siempre esa mirada de Leo, ya digo, fue porque se acogía a la poesía de los objetos que florecen en los callejones del todomadrid y se abrazaban cariñosamente a su paisanaje más urbano y singular, que entraba y salía de los cafés y los pubs a embriagarse con el cubata y el saxo de Bob Sands. Leo y su buen amigo Israel Ortíz de Zárate se manejaban entre la gallofa popular con la cámara en ristre, dispuestos a disparar imágenes con el mismo ímpetu que una metralleta. Siempre atento al instante decisivo, ése que el azar convierte en hallazgo estético, entregaba una foto y devolvía un improvisado artefacto narrativo. Como los mejores fotógrafos, toda improvisación era una excusa para ir depurando su estilo, logrando que Madrid no fuera sólo una ciudad, sino todo un género literario.

Lo que trae a Gijón, sin embargo, es una visión pictórica de la fotografía que se aleja del instante decisivo para honrar los colores y las formas del Modigliani más bohemio y cabaretero. Mujeres de cuello Modigliani, melancólicas y hasta cierto punto irritantemente místicas, envejecidas por un tiempo que en Leo no es otra cosa que nostalgia de una época que nunca vivió o que sí ha vivido porque continúa siendo para bien o para mal la misma época. Mujeres con sombrero, mujeres con collar, mujeres con pañuelo, modelos pensativas, hombres errantes, todos ellos embarnecidos por la melancolía y el color de Modigliani. Poetas que reviven al Valle más moderno a través de la figura del artista Ángel Guache, boxeadores dispuestos a ganar su combate más importante, viejos apoderados que han visto el mundo siempre desde un callejón y un autorretrato que nos invita a pensar que Leo es algo más que un fotógrafo, quizá un pintor o un poeta que sólo es capaz de aglutinar en el interior de su cámara a los seres que viven en la más absoluta heterodoxia.

CICASoñarY aunque la obra fotográfica de Leo Cobo ha venido siendo mayormente un bestiario de marginales o de outsiders, en definitiva, una acumulación de vidas que han empeñado su alma para poder mirar la vida con el sugerente velo de la niebla, aquí nos encontramos otra cosa, una reflexión menos agresiva y estival de sí mismo a través de la manipulación fotográfica de la imagen en el estudio, un verdadero artificio que abunda más en su estado de ánimo actual que en el paisaje madrileño convertido tantas otras veces en protagonista. La puerta que Leo Cobo abre en esta ocasión trata de mirar hacia su interior, intentando averiguar cómo cualquiera de nosotros podemos ser en algún momento otra persona bajo determinadas circunstancias, en esta ocasión, un pintor italiano convertido en arquetipo de la bohemia que sólo logró la fama después de muerto.  Bajo ese prisma, Leo Cobo ha imaginado qué pasaría si nuestras caras fueran tan moldeables como nuestras emociones. Ha elegido varios retratos de personas más o menos conocidas y ha intentado mirarlas desde otro yo de tal suerte que fueran surgiendo nuevos seres. Y he aquí el mayor de los logros, cómo descubrir al fotógrafo a través de la imagen manipulada de una mujer diferente y que, de forma sospechosa, parece ser siempre la misma, o sea, la suya. En el fondo, Modigliani es una fantástica tapadera que oculta, en veintisiete rostros, uno solo, y ese es el de Leo Cobo.

Los retratos de Leo Cobo permanecerán en Mediadvanced Galería de Arte hasta el día 15 de mayo. Abierto de 9:00 a 14:00 y de 15:30 hasta 19:30.

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