Ismael Rodríguez

Final Four de Londres 2013: La pesadilla del Madrid

El Real Madrid, equipo más laureado de la competición internacional de clubes más importante de Europa, volvía a la final de la misma por primera vez en dieciocho años. La novena Copa de Europa (aunque ahora se llame Euroleague) era el sueño de toda una afición. El resultado final fue una pesadilla de la que cuesta despertarse.

Olympiacos celebrando el título - Euroleague.net

El Olympiacos celebra el título de campeon de la Euroliga

Desde aquella lejana Final Four de 1994, dónde Arvydas Sabonis y Joe Arlauckas impusieron su ley bajo el mando de Zeljko Obradović, han pasado por el Real Madrid otros diez entrenadores si contamos al actual ocupante del banquillo. Entre ellos se encuentran nombres de la altura de Ettore Messina, Sergio Scariolo o Božidar Maljković. Sin embargo ha tenido que ser un técnico español sin un historial brillante el que volviese a llevar al Madrid al último partido de la competición.

La casualidad, esa pequeña traidora, quiso además que su camino se cruzase con el Olympiacos del Pireo, el mismo equipo al que venció en aquel lejano 13 de abril de 1995. Si entonces el equipo griego se vio superado por los interiores blancos, ahora la esperanza del equipo español se centraba en su juego exterior, guiado por Rudy Fernández y Sergio Llull en su primera unidad. Los tiempos habían cambiado, pero cabía esperar que no el resultado.

El Real Madrid de Laso

La llegada de Pablo Laso al Real Madrid siempre ha sido vista con cierta dosis de escepticismo por parte de los seguidores blancos. El exjugador del propio Madrid (además del Caja Laboral Vitoria o Unicaja Málaga entre otros) venía de hacer un buen papel en el Lagun Aro GBC, pero no dejaba de ser un técnico español, sin títulos al más alto nivel y con una actuación más bien discreta en la Liga ACB, donde sus logros se reducían a dos temporadas salvando la categoría con la consecución del puesto n.º 14 en la tabla.

La apuesta por un entrenador que conociese la casa y que tuviese un perfil bajo posiblemente fuera la respuesta de la directiva al tumultuoso periodo de Ettore Messina al mando del club. A pesar del prestigio del entrenador italiano su periplo por la Casa Blanca se redujo a dos años sin ningún título con el que adornar las vitrinas. Su salida a mitad de temporada fue la crónica de una ruptura anunciada, y el Real Madrid decidió cambiar el rumbo.

La desesperación de Laso - Reuters

La desesperación de Laso

Pablo Laso nos ha ofrecido en sus casi dos temporadas al mando del equipo una apuesta clara por el juego rápido y de transición. Centrándose en el juego exterior y aprovechando la explosión de Nikola Mirotić bajo los tableros se ha construido un equipo que alcanzó todo su potencial este año gracias a la vuelta de Rudy Fernández desde la NBA. De la mano del mallorquín parecía llegar la culminación del estilo, la cuadratura del círculo que haría que el Real Madrid se convirtiese en un equipo ganador sin renunciar al juego de tanteo alto y dotado de cierta dispersión táctica que parece gustar a Laso.

Pero en su lugar parece que el sumar a un jugador superlativo como Rudy no ha hecho sino ahondar los problemas estructurales de la propuesta. Con Laso los interiores han ido convirtiéndose de manera progresiva en poco más que espectadores privilegiados de un juego que glorifica el triple y les convierte en meros reboteadores que esperan la genialidad de un Sergio Rodríguez que ignora todo sistema para buscar el pase definitivo en cada momento.

Durante gran parte de la temporada, sin embargo, el Real Madrid ha ganado a pesar de esos problemas, seguramente porque sus jugadores son muy buenos. Mientras que en la Liga ACB se encontró todo de cara, en Europa ciertamente mostró un nivel inusitadamente alto durante gran parte de la temporada. De hecho su único borrón pudo ser la dificultad que encontró para encargarse del débil Brose Baskets Bamberg en el Top 16, pero lo compensó sobradamente con su manifiesta superioridad en la serie contra el Maccabi para acceder a la Final Four.

El Olympiacos del Pireo

A diferencia de lo sucedido con el Real Madrid, el Olympiacos parece haber conseguido en apenas dos años un proyecto a prueba de entrenadores y de todo tipo de eventualidades. Tras haber tenido que reducir su presupuesto en un 50 % el año pasado los griegos pasaron de coleccionar estrellas a tratar de construir un verdadero equipo.

Fue Dušan Ivković el encargado de poner en funcionamiento la maquinaria entonces. En un verano en el que perdió a jugadores de la talla de Papaloukas, Nesterović, Teodosić, Matt Nielsen o Bourousis se apostó por un equipo joven donde todo discurriría alrededor del gran Vassilis Spanoulis, el único jugador por el que el Olympiacos estuvo dispuesto a mantener un salario fuera de mercado. La apuesta demostró ser la acertada.

De la mano de Ivković el Olympiacos se convirtió en un equipo competidor por encima de todo. Capaz de sacar el máximo rendimiento de todas las piezas, el entrenador serbio construyó una maquinaria que no daba ningún partido por perdido en ningún momento, y que sabía que Spanoulis aparecería cuando se le necesitase. Finalmente la Euroleague y la liga griega cayeron de su lado.

Spanoulis recoge el título de MVP de la final - Reuters

Spanoulis recoge el título de MVP de la final

La partida de Ivković amenazaba con poner un punto y final a este momento dorado del equipo griego, pero no fue así. La apuesta por Georgios Barztokas parecía arriesgada al tratarse de un entrenador cuya carrera se limitaba al Olympia Larissa, el Maroussi y el Panionios. Sin embargo había un sentido en la aparente locura: Bartzokas había sido durante varios años el segundo de Giannakis en el Maroussi, donde había coincidido con un jovencísimo Spanoulis.

Con Barztokas el equipo mantuvo la competitividad mostrada, pero mostró que sus jóvenes seguían avanzando en el camino correcto. Sloukas y Papanikolau dieron un paso al frente y se demostró un gran acierto con el fichaje de Stratos Perperoglou tras acabar su contrato con el Panathinaikos. Una muestra del camino a seguir, el equipo se ha convertido en una suma de individualidades que compite hasta el final, haciendo en cada momento todo lo que haga falta para la victoria. Un equipo capaz de llegar como tapado a la Final Four y endosarle una humillante derrota por 69  a 52 al gran favorito, el CSKA de Ettore Messina.

Una lección práctica de baloncesto

Posiblemente la reflexión de Aíto García Reneses más conocida sea una que nunca ha quedado por escrito, por razones evidentes. Dicen los mentideros que en todos sus equipos dejaba claro que «si haces veinte faltas, te pitan veinte faltas. Si haces cuarenta faltas, te pitan veinte faltas. Por lo tanto haz cuarentafaltas». El número de faltas puede oscilar según la fuente, claro está, pero la idea es la misma y se basa en una reflexión muy clara: ningún árbitro va a dejar a un equipo sin jugadores si puede evitarlo.

Esto lleva a que los propios equipos sean los que marquen la actuación arbitral en la mayor parte de los partidos. Si un equipo empieza a meter manos en cada balón, a buscar contactos en cada penetración, a ir fuerte a cada balón dividido, a luchar cada rebote… el árbitro subirá el listón necesario para considerar un contacto como falta ante el miedo a dejar a uno de los equipos en liza sin jugadores en la pista. Esta sencilla reflexión ha sido elevada al nivel de arte por muchos equipos en la historia del baloncesto, el último de ellos el Olympiacos en esta reciente Final Four.

Porque la verdadera diferencia entre los griegos y sus rivales rusos y españoles a lo largo del fin de semana no fue de calidad, de la que tampoco van precisamente faltos, sino de intensidad. Contra el CSKA pudimos disfrutar de un auténtico clinic de baloncesto defensivo, donde cada balón que trataba de acercarse a la zona griega se convertía en un suplicio tanto para el pasador como para el posible receptor, donde cada tiro debía producirse en una posición incómoda y con un defensor amenazando el tapón. Así construyó el Olympiacos una victoria tan inesperada como meritoria, ayudado además por su buena labor en la canasta contraria, donde el CSKA sufría lo indecible para cerrar el rebote.

Pablo Laso y un árbitro - Reuters

Pablo Laso y un árbitro

Contra el Real Madrid todo parecía indicar un camino diferente tras un primer cuarto de ensueño para el madridismo: 10-27 era el marcador al final de un primer cuarto en el que el Madrid parecía estar en estado de gracia. El Olympiacos no parecía el mismo equipo del partido anterior, sino un pelele en las manos de los de Laso, que defendían fuerte y no fallaban en sus ataques. Incluso Carlos Suárez se atrevía a postear y los blancos se antojaban imparables. No fue más que un espejismo.

Fue entonces cuando el Olympiacos se puso el mono de trabajo, retiró del campo a un Spanoulis que aparentaba estar perdido y se centró en buscar los puntos débiles del planteamiento de Laso. Aumentando la intensidad defensiva consiguió frenar la producción ofensiva de un Madrid que parecía confiado en exceso tras la efectividad de los primeros minutos, mientras que en ataque la segunda unidad se mostraba muy superior a la madridista. Laso no supo responder ante la reacción griega y mantuvo unas rotaciones ya conocidas que mostraban, tal vez, la incapacidad del entrenador para afrontar lo que sucedía en la cancha.

Mientras tanto los aficionados españoles teníamos que sufrir cómo parte de los comentaristas televisivos, mención aparte para la bochornosa decisión de TVE de emitir toda una final de Euroleague en Teledeporte y no en la Primera o La 2, se centraban en quejarse de toda jugada susceptible de ser pitada como falta. Tal vez el propio Madrid se perdió en esa misma cantinela que parecía repetir que los árbitros no iban a dejarle ganar el partido, cuando eran ellos mismos los que habían decidido que aquella batalla era demasiado cruenta para ellos.

Así, tras esos primeros diez minutos de plácido sueño, no tocó despertarse en la dura realidad, sino sumirse en la peor de las pesadillas. El parcial de los tres últimos cuartos es realmente dantesco, con un Olympiacos que le endosó al Madrid un 90- 61 en 30 minutos y aparentaba haber levantado el pie del acelerador en los últimos momentos, mientras jugadores como Rudy perdían la compostura.

Para la historia quedará la tercera Euroleague del Olympiacos, la segunda consecutiva siendo el tapado de la Final Four. Quedará un triple de 9 metros ejecutado por un Spanoulis que firmó una segunda parte difícil de igualar por ningún otro jugador en Europa. Pero sobre todo quedará el triunfo de una apuesta, de la intensidad y el sacrificio de un equipo que no se cree superior a sus rivales, pero que sabe que si lo da todo puede ganar en cualquier cancha. Por desgracia, a día de hoy, esa definición no es la del Real Madrid.

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