Víctor Guillot

Mi viejo amigo Frank Sinatra

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Se cumplen quince años de la muerte de Frank Sinatra. Lo recordamos hoy cuando ya no quedan hombres bajitos capaces de amar a animales divinos como Ava Gardner. Probablemente tampoco queden mujeres así. No sé. En cualquier caso, siempre me gustó Frank Sinatra porque venía a ser la voz amable de la mafia o porque había conseguido que la mafia pudiera tener por fin una voz que se escuchara en todas las radios del barrio italiano de Nueva York. Había algo épico en Frank Sinatra, se cumplia el mito del hombre hecho así mismo, de manera que podía cantar cosas que podían comprender todos los hombres: los sueños, las mujeres, el amor, la muerte, la vida, el fracaso y, sobre todo, el éxito.

Con la muerte de Sinatra descubrí que terminaba el final de mi adolescencia y una manera de vivir el romanticismo americano resumido en una canción de dos palabras, My way. Había que ser rancio para escuchar a Sinatra, cuando la peña estaba todavía con Nirvana y cosas así, pero muchacho, nadie mejor que el viejo Frank para enseñarte a poner los huevos encima de la mesa. Y así fue.

En algunas entrevistas he leído decir a Frank «Yo no vendo voz, vendo estilo». He ahí la clave. Y esto lo contaba, además, la mejor voz del siglo. A Gay Talese le leí hace años el mejor reportaje que se ha hecho de Frank. En Sinatra está resfriado, un tipo irritado e irritante, que destilaba prepotencia por todas parte, nos cuenta cómo era «un hombre completamente imprevisible, de humor variable y dado al exceso, un hombre que reacciona de inmediato y por instinto, de golpe, dramática y salvajemente». Aquel tipo imprevisible había cantado Night and day como nadie la haría nunca más después. Y yo lo perdonaba todo. A fin de cuentas, Talese había escrito un buen reportaje sobre la mafia, pero Sinatra era la mafia con música de Cole Porter.

Nunca entendí qué vio Frank en Mia Farrow, aquella chica-chicazo que Ava Gardner recordaba con cierto resentimiento como una mala premonición. Siempre me tiraron las mujeres como Ava. «Sabía que Frankie acabaría casándose con un chico» confesaba a una revista. Qué chica más lista. Yo siempre he visto en esta historia extraña con Mia Farrow un camino de expiación, una manera de limpiar el pasado besando los labios de una monja que encerraba en sus entrañas la semilla del diablo. Lo mejor de este romance no tardaría mucho en llegar. Quién iba a decirnos que sería un judío con gafas quien le robaría la chica a Frank sin mucho esfuerzo. Cuando todos pensábamos que el diablo era una mujer con el pelo a lo garçon, descubrimos que el demonio se llamaba Woody Allen. Pero ésa es otra historia.

Si hubiera que explicar la voz de Sinatra diría que tenía voz de sueño y espesor macho. Sinatra había sido toda su vida un quinqui con chaqueta, sombrero y corbata, un extraño en Nueva York que pagaba las facturas de todas sus mujeres y era capaz de poner la ciudad a sus pies. Olía a dinero, cantaba dinero, sus ojos brillaban y el sueño americano podía ser hecho realidad en cualquier esquina del mundo. Incluso aquí.

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