Pablo Batalla Cueto

1998. Seres para la muerte

Omagh (Irlanda), 1998.

Omagh (Irlanda), 1998.

En el coche de la foto hay una bomba.

La mañana del 15 de agosto de 1998, el IRA Auténtico, una escisión desgajada del Ejército Republicano Irlandés en protesta por el final de la actividad armada de la organización pactado aquel mismo año, dio mal el aviso de que una bomba estaba a punto de estallar a aproximadamente doscientos metros del palacio de justicia de Omagh, una de las capitales católicas de Irlanda del Norte. El mayor atentado de la historia del conflicto norirlandés lo fue porque, al final, la bomba explotó no a doscientos, sino a trescientos metros. Las labores de evacuación, efectuadas con arreglo a la distancia advertida por los terroristas, acercaron en vez de alejar a los viandantes del Vauxhall Cavalier C en cuyo interior tictaqueaba la muerte. Las calles de Omagh, por lo demás, eran a las dos de la tarde de un hermoso día de verano un hervidero de gente que hacía sus compras en una calle significativamente llamada Market Street. Conscientemente o no, el IRA Auténtico se presentó al mundo perpetrándose a sí mismo la carnicería perfecta; la matanza dantescamente indiscriminada que impediría para siempre a los defensores del asunto alegar una política de objetivos concretos y calculados y opositar al título de combatientes por una causa en vez de al de psicópatas sin medida ni disculpa. En el atentado murieron irlandeses y turistas; adultos, ancianos, niños y bebés; católicos, protestantes y un mormón, e incluso una mujer embarazada de gemelos.

Existen familias tocadas por una particular forma de desgracia pertinaz y monotemática. Al padre de Fernando Blasco Baselga un atentado de ETA estuvo a punto de costarle la vida en 1992. Seis años después, al pequeño Fernando, de doce años, un curso estival de inglés en el lugar más inapropiado le costó la suya: Fernando fue una de las veintinueve víctimas mortales del atentado de Omagh. Con otra española, Rocío Abad, quedó cubierta la pequeña cuota de heroísmo cinematográfico que es de rigor encontrarse entre los escombros de todas las catástrofes: Rocío, estudiante de intercambio de veintitrés años, murió tratando de proteger a los niños españoles e irlandeses, el propio Fernando entre ellos, cuyo cuidado se le había encomendado. La cuota de tragedia personal evitable, que también existe, la cumplió Brenda Logue, una chica de diecisiete años que murió cuando salió de la tienda de su familia al ver a la gente correr, y que se hubiera salvado si hubiera permanecido, como sus padres, dentro del local.

En el Vauxhall Cavalier C de la foto, robado en la República de Irlanda y rematriculado con placas norirlandesas para no levantar sospechas, hay una bomba. El hombre de la foto y su hija están fotografiándose a apenas unos centímetros de una bomba de 230 kilos, a la que faltan poco más de sesenta segundos para estallar. El dato otorga a la fotografía una pátina siniestra. Las alrededor de veinte personas que quedan encerradas en el fatal encuadre adquieren la cualidad de fantasmas andantes, de muertos vivientes, de dead men walking; la misma versión extrema de la condición heideggeriana de «seres para la muerte» que un hombre a quien sabemos aquejado de un cáncer terminal pero cuyo aspecto externo no delata en absoluto el mal y en quien éste es tan sibilino que no le impide pasear por la calle y tomarse un café con los amigos, solo que llevada aún más allá, a la delirante concreción de un temporizador. La muerte como sorpresa, las antípodas de la vieja cama y el confesor y los familiares alrededor del lecho y las últimas palabras solemnes y largamente meditadas. El tempus fugit y el carpe diem concentrados, como toda la materia del Universo en la canica primigenia del Big Bang, en el ingestionable lapso de un segundo.

Pero lo más turbador es el coche, el Vauxhall en cuya extraña soledad, en cuyo extraño mal aparcamiento en la calle más concurrida de la ciudad nadie parece reparar, y que parece haber atraído hacia sí, como un imán, a todas las sombras de la imagen, que no existen en otro lugar que en los bajos del vehículo y que velan éstos como un pasamontañas. Y los ojos. Los faros delanteros, que por un lado son neutros, planos, como de limpio y discreto asesino a sueldo, pero en los que por otra parte quiere atisbarse un vago brillo de locura. Parece como si el faro derecho, más oscuro que el izquierdo, fuese el ojo más cerrado que el otro del clásico estereotipo del demente con tics nerviosos. Los dos asientos delanteros, erguido el del piloto y abatido el del copiloto, refuerzan esta idea de desequilibrio; y las líneas de la rejilla delantera, con sus extremos muy levemente curvados hacia arriba, remedan una disimulada sonrisilla malévola.

Un coche cualquiera, al que nadie más que su dueño habría dedicado jamás un solo segundo de contemplación si Omagh no hubiese a su vez dejado de ser un pueblo cualquiera. Cuántos seres humanos no nos rodearán que, como él, anodinos en apariencia esconden en el humus de sus entrañas la semilla del mal, tal vez ya el brote a una micra de milímetro de asomar la cabeza, y nadie se dé cuenta.

«Era un coche muy normal. Siempre saludaba.»

Cuando preguntaron a John Hume, líder de la vertiente moderada del nacionalismo irlandés en el Ulster y premio Nobel de la paz, qué opinaba de lo sucedido, Hume respondió llamando a los terroristas «undiluted fascists», que en inglés quiere decir algo así como puros fascistas, pero cuya traducción literal es «fascistas sin diluir». Es una buena comparación, pero aterra pensar que el mundo pueda ser una especie de frasco de agua de mar en cuyo interior floten, diluidas, invisibles, minúsculas partículas de sal fascista, a las que un sencillo proceso de decantación —la aplicación progresiva del calor de una crisis, por ejemplo— baste para ir reconvirtiendo en una presencia cada vez más real. Que pueda llegar el momento en que el intruso, la sustancia extraña, lo undiluted, sea el agua y no la sal. Quizás, después de todo, debamos preferir los fascistas undiluted que los fascistas diluidos, por aquello de poder monitorizarlos mejor.

El hombre de la foto y su hija eran turistas españoles y sobrevivieron al atentado, invalidando la superstición de que el color amarillo trae mala suerte.

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