Adrián Sánchez Esbilla

Chelsea vs. Benfica: Que viva el mal, que viva el capital

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Lo primero, hay que decir que resulta un poco extraño escribir sobre una final que ninguno de los dos equipos en disputa debería haber jugado. Chelsea y Benfica son como esos invitados desagradables que gorronean todo lo que pueden y te desordenan la casa. Rebotados de las ligas mayores, una vez la UEFA ha logrado destruir sus viejas competiciones europeas definitivamente para crear esa Champions del pobre llamada, para mayor escarnio, Liga Europa.

Sobrepasado este desagrado inicial, toca reconocer que el partido fue bueno a rabiar. Apasionante como final, abierta, encima, a esa épica atravesada de la derrota tan futbolera: por segunda vez en una semana el Benfica perdía un título en el descuento.

Si el fin de semana el Oporto los superaba en la penúltima jornada con un gol(azo) en el minuto 91, ayer Ivanović lo hacía con otro, un cabezazo sublime, en el 93. Al Benfica todavía le queda una final copera doméstica. Se masca la tragedia histórica. Ya se sabe, el fútbol adora la crueldad.

Fue también una final maravillosa por su mixtura de belleza y fealdad. Esa dualidad prodigiosa del fútbol, el único (o casi) deporte que premia lo parasitario. El Chelsea, desde su futbol-nada, ha ganado consecutivamente la Champions y la Europa League. Un prodigio. Ya se sabe: el Benfica jugó al fútbol y el Chelsea ganó al fútbol. Cosas distintas.

El entusiasmo y el juego de los portugueses fue admirable, sus primeros veinte minutos un recital y el valor de Jorge Jesús, ese entrenador con aspecto de cantante italiano circa 1983, en los cambios anteriores al empate rozando el maravilloso impulso suicida. Pero igual de admirable, aunque por supuesto mucho menos agradecido y hasta profundamente desagradable, fue el esfuerzo solidario de los londinenses, su frialdad de veteranos del miserabilismo futbolero que saben que, tarde o temprano, la oportunidad subterránea se les presentará: esta vez fue en forma de un saque largo (¡con la mano!) de Petr Čech que trompicó en el centro del campo, fue tragado por Leandro y terminó listo para la galopada de Torres, goleador de finales.

SL Benfica v Chelsea FC - UEFA Europa League Final

A parte de esto el Chelsea se defendió con el estilo inconfundiblemente italianizante, acumulativo por definición, de Rafa Benítez, y dejó esas perlas en forma de latigazo a la cruceta que Frank Lampard, uno de esos que ya no hay, es todavía capaz de mostrar. Con Lampard retirado al pivote, dosificado, y Mata demasiado lejos de la maquinaria, el Chelsea queda definido por las galopadas de Ramires, fondista keniata travestido de futbolista brasileño y la excentricidad que supone David Luiz como organizador.

Desordenado, pinturero y con un total y absoluto desconocimiento de la posición, el antes central del Chelsea contrastaba con la ortodoxia del serbio Nemanja Matić, quien movió todo el partido a su equipo con una armonía fabulosa que conducía a constantes llegadas por la banda que terminaban, invariablemente, en barullos en el área producto de las trece o catorce camisetas azules allí encastradas.

Un equipo antipático el Chelsea, pero por eso mismo imprescindible ya. Se ha ganado su posición como grande más allá de los millones rusos. Se la ha ganado por su decidida política de convertirse en el villano oficial de todo este invento, el equipo al que amamos odiar. No es de extrañar que añoren a Mourinho, el Fu-Manchú del fútbol contemporáneo, del cual el mundo pronto volverá a saber. Carcajada final y adiós a Rafa Benítez… con título o si él.

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2 pensamientos en “Chelsea vs. Benfica: Que viva el mal, que viva el capital

  1. ¿Se puede hacer más con menos? Como equipo contracultural y villano triunfante, la Grecia del 2004 al menos tenía su gracia como cuatrero malencarado y ninguneado. Pero este Chelsea de los millones, el juego nulo, la suerte eterna y con el recuerdo de su época mourinhiana, la racanería postmourinhiana y el anuncio de vuelta de Mourinho le convierte en ese rico feo, idiota y pijotero que te levanta las chavalas guapas en la discoteca y no alcanzas a entender por qué.
    Por cierto, dos cetros europeos, ninguno con The Special One. Ni siquiera la final de Moscú, que la logró un tipo tan gris como Avram Grant.

    • Pero la Grecia aquella más que el villano era el secundario que roba la peli, el que se niega a palmar en la primera media hora. Estos son malos a conciencia, se regodean en su villanía.

      Lo de los eurotítulos post-mourinho es una ironía maravillosa e impagable.

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