Jorge Alonso

Sofía Castañón: «La posibilidad de comunicar es una necesidad, pero también un lujo y deberíamos ser muy responsables con lo que comunicamos»

Hay un buen puñado de razones objetivas por las que entrevistar a Sofía Castañón, alguna tan poco curricular como simplemente  el placer de conversar con ella, otras más serias y profesionales, su trabajo con la productora Señor Paraguas junto a Juan Tizón, entre otros y otras, o  el ya respetable número de poemarios en su haber. Aunque esto es una tontería, un solo poemario puede ser suficiente y cientos de ellos intrascendentes. No es el caso. Hay muchas razones, sí: Animales interiores (Premio Asturias Joven 2006), Últimas cartas a Kansas (Premio Poesía Joven Pablo García Baena 2007) o Tiempu de render (Premio Nené Losada Rico 2009), por ejemplo, hubieran sido tan válidas como cualquier otra, pero esta conversación mañanera en el Toma3 gijonés (C/Marqués de Casa Valdés, 27) tiene un excusa concreta, una razón práctica, un acto en busca de su potencia, un libro, en definitiva. La otra hija (Suburbia Ediciones, 2012). A priori uno podría pensar, por el título, por sus circunstancias (es madre), que este es un poemario «de maternidad». Del mismo modo que hay discos de ruptura o de enamoramiento. Pero luego, una vez leído, no parece que fuera la idea.

Sofía Castañón para Neville27

Sofía Castañón. Foto de Nafría.

—¿Iba por ahí la cosa o no tiene nada que ver?

—Pues te confieso que no. Vamos, que es lógica la interpretación, pero en absoluto hay maternidad, aunque sí mucha sensación de ser el último eslabón de la familia, porque este libro tiene ya unos años… Estaba en el sueño de los justos, y no sé si debería haber salido de ahí pero el caso es que la editorial me hace sentirme tan bien que estoy encantada de que así haya sido. Pero sí, los poemas de este libro empezaron a componerse en 2007 y el trabajo lo di por cerrado en  2009. Claro que después lo he ido revisando, así que ya ves que es un libro que tiene ya un tiempo y hace referencia en todo caso a la condición de hija. De hecho, creo que no hay mucha comprensión respecto a la postura de los otros, sea la maternidad, la paternidad, o el abuelazgo, es muy desde el «yo», que tampoco tiene que ser mi «yo».

—Hay referencias a ese papel de hija, incluso a cierta responsabilidad con respecto a las expectativas que pudieran estar depositadas en ella, lo que los padres o el entorno esperan de uno, o de una.

—Sí, yo creo que por eso hay también mucha otredad, mucha construcción de uno respecto a lo que los demás ven. Aplicado a las relaciones sentimentales, por ejemplo, tiene Elena Medel un poema que se llama Tú y yo en los demás en el que habla precisamente del modo en que se percibe una pareja a través de cómo la ven los demás. Y sí que este libro tiene mucho que ver con eso, con haberte construido cierta identidad en base a ciertos sintagmas, ciertos adjetivos que te van definiendo de alguna manera aunque sean a veces herencia, a veces azar, y que vas aceptando como quien acepta un mote, que igual no es a disgusto pero un día piensas: «Pues podría ser cualquier otro mote», y puede que en ocasiones tú trabajarías para que ese apodo durara aunque no fuera necesario.

—¿Muchas referencias también a la «patria infancia» o es cosa mía?

—Las hay, las hay, la infancia está muy presente. Y creo que cada vez más, que cada generación vamos aguantando más el síndrome de Peter Pan, tardamos más en dejar de ser niños, o adolescentes o jóvenes… Bueno, hay datos evidentes: el Injuve (Instituto de la Juventud) se ha encargado de ir alargándola, cosa que le agradecemos (risas). Aunque es verdad que no nos están dejando asumir ciertas responsabilidades…

—Es que la juventud es un target muy goloso, y cuanto más tiempo se mantenga mejor.

—Claro, ser joven tiene unas responsabilidades que están vinculadas al consumo, y es muy cansado, pero que muy cansado. A ver, yo no llego al extremo que explicaba David Trueba. Él contaba que era el menor de muchos hijos, y que como sus padres le habían tenido mayores él nació cansado y de adolescente prefería estar en un centro de día jugando al dominó con los paisaninos y las paisaninas antes que ir a una discoteca, algo que al parecer le daba una pereza horrenda. Así que no, yo no llego a ese extremo, pero hace tiempo que me ha agotado la idea de que como soy joven tengo que pasármelo bien y estar de fiesta, siempre en el punto exacto de nihilismo, frivolidad, frescura…

—Venderte gotas para los ojos ideales para las entrevistas de trabajo.

—Por ejemplo. Como soy joven, me presento a la entrevista de doblete, toma ya.

—En cada capítulo del libro estableces una relación entre la cita de una poeta y un personaje femenino de la mitología griega, por ejemplo Ada Salas y Electra o Penélope y Ana Rossetti ¿A qué se debe?

—Bueno, es casi un defecto profesional (risas). Me hace gracia porque Alba González Sanz, que es el número dos de esta colección Malas tierras de Suburbia, dice que quienes hemos hecho filología hispánica tenemos una tara. Bueno, lo primero, que estamos tarados, y es verdad por muchos motivos (risas). Y la otra tara es que la relación que establecemos con la mitología grecolatina, con la cultura clásica en general, queda tan arraigada como los cuentos tradicionales y usamos esa relación sin asumir que no tienen por qué tener el mismo arraigo en la sociedad. Respecto al uso de personajes femeninos de la mitología griega, responden a distintas partes o entornos que se están tratando en ese momento. Así, Electra tiene que ver con la familia entendida como el núcleo en el que naces; Ariadna, con el modo de entender una relación; Hestia con el hogar, con el modo en que configuras tu hogar… Va por ahí. Y el maridaje con las citas tiene que ver más con el contenido, aunque hay un acto deliberado en el que sean citas de mujeres. Primero, es verdad que eran versos que recordaba cuando estaba en el proceso de construcción del poemario, no tanto de composición pero sí de construcción, y también hay una cuestión, digamos, de militancia. Querer visibilizar las voces de estas poetas, mujeres, porque descubres que las cosas están muy mal y que lo de la igualdad está muy manoseado pero es muy relativo, y eso en la cultura molesta especialmente. Parece que es el ámbito que debiera ser la avanzadilla, pero vamos, que no. En mi caso, al salir de Asturias, en donde el matriarcado se camufla un poco, al ir a una ciudad como Madrid descubres cómo están las cosas. Ves cómo funcionan en realidad.

Sofía Castañón para Neville25

Sofía Castañón conversa con Jorge Alonso en Toma 3. Foto de Nafría

—Cuando hablas de Madrid, supongo que te refieres a tu etapa en la Residencia de Estudiantes.

—Sí, ahí está la cuna, bueno, o moisés un poco grande de los investigadores más interesantes, creadores y tal, y en donde descubres que no se está tratando igual a los becarios y a las becarias, por parte de los propios becarios, que son tus contemporáneos y que tienen una formación envidiable y una capacidad intelectual reconocida. Reconocida y real. Y te sorprende que no se te está escuchando igual, en las reseñas por ejemplo. Cuando el libro que se reseña es de una mujer los poemas son frágiles, hermosos, tiernos… Bueno, «tierna» es la palabra por antonomasia. Sin embargo cuando el libro es de un paisano puede ser contundente, áspero, afilado, pero no «tierno» así se esté desgarrando la carne. O sea, un poeta de cierta edad que habla de su nieta, entonces resulta que habla de la fragilidad del ser humano. Todos los términos y los conceptos grandes no están asociados, desde la crítica digo, a las poetas, y por eso hay mucha militancia en el hecho de que éstas en concreto estén ahí. Pero por otro lado tampoco está rebuscado, es algo que estaba ahí. De hecho me salto mi propia norma cuando cito a Pablo Antón Marín Estrada casi al final…

—Buenísima esa cita, por cierto. ¿Cómo era?

—«Si depués de marchar quiés volver, nun piques a la casa de los tuyos.»

—Muy buena. La verdad es que los profanos como yo agradecemos esto un montón, porque es una forma de encontrarte con escritoras, en este caso, que viendo el currículum que tienen, vaya, uno debería conocer.

—Es que no son escritoras menores. No estamos hablando de autoras que no se leían porque son del siglo XIX; son todas escritoras en activo, si no me equivoco. Tanto a Reina María como a Ana Crowe las he escuchado recitar, y son muy conocidas y en activo, sí.

—Pero no aparecen en la primera línea ¿no?

—Es que no están en muchas antologías, porque cuando hay una antología, a secas, del siglo XX, no hay ninguna mujer. Aparecen en antologías de poesía femenina, no de poesía sin más. Ahí no aparecen.

—De modo que parte referencia natural y parte voluntad.

—Sí, hay una necesidad. Cuando metes una referencia es porque crees que vale para contextualizar los textos, pero por otro lado también visibilizar sin caer en la militancia absurda, porque ya digo que me salto mi propia norma, sino mostrando algo que es, que está ahí.

—Perfecto. Ahora me gustaría hablar de algunos algunos versos, algunos fogonazos que me llamaron mucho la atención, que me gustaron mucho, en definitiva. Y que como no soy ni seré, me temo, poeta, quisiera comentarlos contigo. Hay uno que me encanta que dice «Me subí al tren de la peste por ti». ¿Cuánto hay aquí de algo que se te viene a bocajarro y necesita ser matizado y cuánto de una idea a partir de la cual hay que construir?

—Este libro responde mucho, en su origen, claro, al primer impulso, a la idea feliz, el verso que encuentras. En este caso está al principio; a veces no, otras ni siquiera se mantiene. Pero sí que hay mucho de impulso, y el ritmo. A mí me gusta mucho caminar, y el ritmo viene de ese ir caminando, porque caminar es muy bueno para pillar el ritmo, la cadencia, pero para todo, no solo para escribir. Cuando caminas vas creando tus propios mantras. Mi ritmo interno, que luego puedo malversar, es el que me da ir caminando. Aunque ya te digo que esa idea feliz al final puede acabar fuera, porque piensas «si me gusta tanto, igual sobra», aunque duela.

Sofía Castañón para Neville11

Sofía Castañón. Foto de Nafría.

—Sí, sí, hay una serie de sospechosos habituales a los que recurro, especialmente en este libro, gente como Laura Casielles, o Alba González Sanz, o mi compañero Juan Tizón, u otros poetas como Elena Medel que lo ha leído, o Silvia Cosío, Víctor García Méndez o Alfredo González… hay mucha gente a la que este libro le debe mucho el ser como es, y por supuesto hay un lector que es muy necesario, y es uno mismo con el paso del tiempo, con la adquisición de otras lecturas. El cajón a mí me parece muy importante y como los ritmos editoriales han cambiado tanto es inevitable también (risas). De modo que hay hacer de eso algo bueno y dejar que pase el tiempo, que lo que te ha pasado y lo que has leído también te haga ver eso de otra manera.

—¿Y eso no es muy complicado hacerlo con la poesía, que puede ser tan visceral?

—Yo creo que el poema, por un lado, está en aquello que estás intentando contar, en lo que quieres comunicar, y luego el artefacto, la forma, es lo que se puede analizar con bisturí, es con lo que puedes ser implacable. Y creo que es en eso en lo que inciden estos amigos, aunque a veces también contribuyen al preguntarte si lo que estás contando es realmente lo que quieres contar. Y es que, y ahora voy a quedar fatal, si algo están consiguiendo los autores y las autoras más jóvenes de poesía, más que yo, con lo cual jovencísimos y horribles y sólo voy a decir cosas malas y por tanto me voy a desacreditar muchísimo (risas)… No, parece que hay una actitud de «la poesía es muy cool, es muy guay y vamos a frivolizar un poco con ella». Yo no creo que pertenezca a las altas esferas, y me parece que se tiene que entender, que tiene que llegar. Y luego puedes vestirlo como sea. Los caminos que elija pueden ser más o menos retorcidos y desde luego Góngora es muy necesario y David González es muy necesario, no hablo tanto de la forma sino de lo que estás contando; no comunicar por comunicar. Que una tarde en un café sea ya motivo para componer un poema «que va a ser de puta madre, tío», eso empieza a ser ya muy cansado y un poco preocupante porque, joder, la posibilidad de comunicar es una necesidad, pero también un lujo y deberíamos ser muy responsables con lo que comunicamos. Y lo digo yo que a llevo varios libros con lo cual no sé si debería decirlo, pero si algo he adquirido es precisamente cierta cautela, la sensación de saber que si me voy a parar a contar algo, y hay alguien que va a estar escuchando, no tengo por qué hacerle perder su tiempo con algo que ni siquiera yo creo que sea demasiado importante. Que igual luego no le parece importante a nadie más, pero bueno…

—En el poemario la verdad es que hay partes bastante duras, por ejemplo al final Este desnudo también es un disfraz que parece dar la vuelta a lo que se ha leído o esa referencia al gato en Transiciones donde dices que «No debe ser correcto eso de darle lo que quiere cada vez que me hace daño», que pese a utilizar esa imagen del gato no es nada tierno, y siento utilizar la palabra.

—No, no, lo es, hay cierto envoltorio, cierta estampa encantadora, pero sí, la cosa es que a veces no somos ajenos a lo que sucede, hacemos propias otras historias o momentos y tenemos que contarlos, son reflexiones. Hombre, en este caso sí que es algo vivencial, y es que el gato con el que vivo, bueno, es así. Y no voy a explicar el poema porque está muy claro, pero sí que a veces las metáforas se te presentan en la vida cotidiana y las reflexiones llegan cuando tienes el poder y el lujo de ponerte a reflexionar, que no es poco, y menos en estos tiempos.

—Sí, es que ahora mismo ser poeta, y hacer libros, y publicarlos… ¿No es un buen momento, no?

—Ya, es así, pero mira, también hay mucho paro, y se nota en los últimos años en la cantidad de concursos de Garrapinillos denosédonde o los juegos florales denosequé o la virgen de la Chancla de ahí delante (risas), esos concursos que antes tenían una participación moderada y ahora deben de estar hasta arriba. Porque hacen falta esos cuatrocientos o cien euros, y antes no ocurría, hay entonces necesidad por un lado y por otro mucho tiempo, mucho paro. Si tiene una ventaja es que hay mucho tiempo para leer, o para volver a estudiar, y mientras no nos volvamos locos tendremos bibliotecas que nos permitirán hacerlo, pero claro, por otro lado, si esta situación, esta precariedad continúa mucho tiempo, eso se va a esfumar, porque vamos a sentir tanto miedo por nuestra propia supervivencia que esto nos parecerá una actividad de ocio y no lo que es, otro tipo de alimento. Respecto a ser poeta, es que mucha gente lo es y no lo sabe, o no lo ejerce, que yo no sé si lo soy, aunque igual tengo mis momentos. La clave está en el mirar, el otro día, en un club de lectura, las güelinas del Coto, como las llamamos, me dieron una escena tremendamente poética y además una forma de afrontar la vida fundamental. Dos mujeres en una casa en Venta de las Ranas, eran como las vecinas que veían la escena, y una estaba tomando el sol y la otra venga a fregar y una decía «¡Pero Luisa, que el sol marcha y los platos quedan!», que es buenísimo, es lo que la cigarra no nos acababa de decir.

—Muy bueno, sí señor. Es que pasa con la poesía, con la cultura en general pero tal vez especialmente la poesía, que se está dejando de valorar como necesidad,  se la percibe como algo que no aporta nada.

—Hemos llegado al punto álgido de una campaña de descrédito que ya lleva décadas, que pretende hacer de la lectura nada más que una forma de ocio más, o como mucho una tarea, porque es lo que necesitas para estudiar que a su vez es lo que hace falta para lograr aquello que deseas, que es un estatus basado en los ingresos que proporciona un trabajo, que es lo que realmente dignifica, o eso dicen. Entonces te das cuenta de que se entiende como obligación y no como algo no solo necesario sino disfrutable. Que yo no defiendo el «hay que leer y punto», que leer no te va convertir en la persona más culta, porque también hace falta pensar para diferenciar trigo de grano, pero sí es cierto que leer favorece esa reflexión más que estar viendo la tele sin más, por ejemplo. La cosa ésta de entender el estudio, el aprendizaje, como lo que hay que hacer, lleva décadas en este país y ha llegado a su cumbre, y además se asume que los creadores de cultura, no los gestores, han o hemos vivido muy bien, escribiendo canciones o haciendo fotos, o películas… Cuando estáis adornando, porque la sociedad no os necesita, aunque por ejemplo a un futbolista nadie le reprocha el dinero que gana haciendo lo que le gusta. Y ahora además se han metido ya con los investigadores, porque hasta ahora la ciencia podía ser merecedora de un respeto, pero ya no, porque vas a un instituto y todos los avances científicos nos los trajeron los extraterrestres (risas). O sea, que es tal la campaña de descrédito que es comprensible que pase lo que pasa, que nos perdemos en una autocrítica falsa,  «es que debería ver menos Gran Hermano y más los documentales de La 2», pero si ya ni sabes dónde está el botón de La 2. Lo único que ocurre es que la telerrealidad es muy barata, mucho más barata que la ficción… Creo que voy a empezar a ser poco tolerante y considerar que no soy yo quien vive en un mundo aparte, sino quienes viven en ese mundo que no es real, que es una burbuja y explotará como todas las burbujas, pero que no me digan que soy yo quien vive en un mundo aparte, yo no riño a nadie porque no lea a Hölderlin, les dejo vivir. Bueno, pues yo no sé si Casillas está o no en la Selección, pero que me dejen vivir.

Sofía Castañón para Neville04

Sofía Castañón y Jorge Alonso. Foto de Nafría.

—Claro, puede ser bueno o malo, según la gestión del momento en que nos pille. Ya sé que es una respuesta un poco cutre, pero es así. Realmente a mí me resulta imposible empatizar con los protagonistas de las historias, sobre todo en el cine, que es una experiencia muy envolvente y concentrada en el tiempo. Sí que es cierto que a veces piensas “«sto que me pasa daría para un guión», pero la verdad es que sería una mierda (risas). Sí, porque la vida es muy inverosímil, hay que modificarla para que se entienda, hay que trabajarla, ficcionarla… Pero sí que hay momentos en que te sientes así, supongo que es inevitable, más en la adolescencia que en la madurez, aunque no sé si esto de la madurez no será también algo de ficción. Lo más sano es saber cuándo tu vida está pareciéndose a tal película y, bueno, minimizar los riesgos, o los daños. «Esto estoy viendo que va a acabar como en tal serie o película o lo que sea», pues ya sabes. A veces con la poesía pasa eso de que te crees que habla de ti, entonces es que funciona, pero otras veces piensas que te están metiendo un rollo que no te interesa en absoluto, o que no te lo crees. Yo cuando pienso en esto siempre me acuerdo de Ricky Martin, que ahí estaba cantando canciones que obviamente no eran del todo sinceras… En todo caso, por eso el título o el último poema [Sub Sole, el ya citado que dice «No te engañes, este desnudo también es un disfraz»], se supone que te estás confesando, que la poesía es una confesión, pero es, al menos en parte, una noción errónea del oficio, del trabajo que hay detrás. Además no podemos pretender conocer a una persona por lo que escribe, que es algo que aunque lo sepamos a veces no lo podemos evitar. Conoces al autor implícito, pero no a la persona. No se trata de hacer siempre una confesión, ni de nada biográfico; puede ser una construcción a partir de algo que te ha pasado a ti. O ni siquiera eso, o puede que sí sea algo personal, pero no se trata de confesar, y aunque  el hecho de que alguien se ponga en el lugar del verso supone que ha  funcionado, conviene recordar que esto es un pacto. El pacto, igual que el juego, en algún momento acaba, porque tiene que acabar, tiene que ser así.

—Hay un verso que dice «La joven promesa, la chica con la flor a piel de ingenio», bueno, tú eres muy joven pero ya has publicado mucho. ¿El publicar tan joven llegó a suponer algo de presión añadida?

—Mmm… lo ves a posteriori, no eres consciente de ello, y eso que suena algo petulante cuando hablamos de algo tan pequeñito y minoritario, pero las presiones son tuyas y oye, funcionan. La verdad es que la libertad que sentí al escribir mi primer poemario no la he vuelto a tener. Intentas recrear esa libertad, pero ya no es la misma, y a mí me llevó un tiempo, o más bien estoy «trabajando en ello». Pero sí que hay una presión cuando ves una reacción, que es pequeña pero la hay, en el momento en que alguien a quien no conoces, a quien no se lo has pasado, se pone en contacto contigo o te comenta algo. Es entonces cuando empiezas a pensar en ese «yo» que proyectas y que influye en el modo de contar. En lo que estoy ahora es en que esa presión sea para bien, en asumir la responsabilidad a la hora de escribir, algo que por cierto deberíamos tener en cuenta con el ruido que generamos en la red. Mucho más aún con lo que publicamos.

—Yendo al lado más prosaico ¿notas que desde que empezaste a publicar se ha puesto más difícil publicar, o el trabajo de las editoriales?

—Sí, como autora lo noté en cosas tan tontas como que hace un par de años contactaba una editorial conmigo y yo pedía tiempo, porque quería darle cajón, pero cuando al año siguiente contacté yo con ellos me dijeron que no querían saber nada de originales de nadie ¡En tres años! Por otra parte sí que hay editoriales como Suburbia que se lanzan a publicar al castellano y lo hacen muy bien, porque lo están haciendo muy bien. Hace poco un autor al que respeto mucho me comentó que creía que ya estaba con una editorial importante, grande, algo como Visor, y supongo que si lo leen esto pensarán que no saben quién soy y no les intereso, pero lo cierto es que prefiero estar en proyectos como éste, que se preocupan por lo que publican, que son verdaderamente alternativos, no sólo por lo humilde, que no toda editorial pequeña es alternativa, hay muchas con modos de editorial grande. Hay editoriales pequeñas que no sólo están haciendo un buen trabajo sino que están siendo muy inteligentes porque saben que el público de poesía va a seguir comprando poesía, y el gran público de narrativa va a seguir comprando narrativa, pero no tanto. Porque la poesía es un vicio relativamente barato y además el objeto sigue siendo muy importante, y las editoriales pequeñas han entendido eso y están haciendo las cosas bien. No hablo sólo del envoltorio; hablo de hacer que el autor se sienta partícipe en el proceso, de no solo encargarse de que el libro esté en las librerías, que es muy difícil con la política que tienen algunas y con la forma de trabajar de ciertas distribuidoras, sino en además hacer que el libro se vea, que se hable de él. Por eso el libro es bonito, porque no sólo el diseño está cuidado, sino que todo el proceso ha sido muy cuidadoso, y en eso he tenido mucha suerte porque me ha ido ocurriendo hasta ahora.

—¿Ves viable que se mantenga el modelo actual en el que la editorial no es sólo lo evidente sino también un filtro, o caminamos hacia mucha publicación fuera de las editoriales?

—Como negocio lo tienen muy complicado, sobre todo con las políticas culturales actuales. Que yo no creo que todo deba estar subvencionado, pero las administraciones públicas son las que deben asumir esta responsabilidad y no, por ejemplo, y sé que esto va asonar tremendamente impopular, iniciativas como el crowdfunding. No podemos encargarnos de manera privada de algo que debe hacerse desde lo público. De modo que en ese sentido es complicado, pero sí que creo que habrá lectores que podrán mantener a las editoriales que hagan bien su trabajo. Respecto a que se masifique la publicación vía Internet o como sea, creo que es insostenible. Nos hacen falta críticos, editores, criba, filtros, aunque solo sea porque es un proceso que hace que escribir y publicar lleve tiempo, si no sería algo demasiado inmediato. Además necesitamos alguien que ayude a guiarnos, siquiera en la blogosfera, críticos, ya digo. Pero que no sirvan nada más que a su propio criterio, que luego puede corresponderse al nuestro o no, que eso también es una guía, no críticos que sirvan a una editorial. A lo mejor, aunque funcionase con subjetividades, debiera ser algo más científico. Si la novela falla al final, falla al final, eso se ve. Es verdad que en todos los pasos del proceso la gente puede equivocarse. Creo que fue Barral quien dijo que no a El Señor de los Anillos y Cien años de soledad, pero no porque alguna vez se equivoquen tenemos que decir que no valen. Yo sé que en Libros del Asteroide no me voy a encontrar con un libro que me horrorice. Lo mismo pasa con canales de televisión, o sellos discográficos. Creo que en el fondo también buscamos el reconocimiento de la editorial.

Sofía Castañón para Neville18

Sofía Castañón junto a su poemario “La otra hija”. Foto de Nafría.

—Para terminar, y al hilo del título que tiene tu sección de los viernes en La Radio Es Mía con Pachi Poncela (RPA), La poesía no da miedo. ¿Por qué da miedo la poesía?

—Es que no lo da (risas). Pero yo he escuchado a mucha gente decir que no miedo, pero sí respeto. Aunque sí que es miedo. Se nos ha vendido desde la propia poesía muchas veces que la poesía es algo elevado que no entiende todo el mundo. Si eso es lo que quieres, tranquilo porque no te va a entender ni Dios. A veces, ya digo, se ha tendido a elevar algo que siempre ha sido popular, y hay que entender que el modo en que se produce, casi que se celebra, la poesía, nos acompaña a diario. ¡Si además es menos texto! ¡Hay que leer menos! Yo entiendo que alguien no pueda con un ensayo muy sesudo, o que se acobarde a la hora de enfrentarse, yo qué sé, a La montaña mágica, pero hay que conseguir que todos nos acerquemos a algo que no sólo es generalmente muy accesible, sino muy placentero.

—Este libro al menos es placentero, lúcido, vibrante y con pellizco.

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