Víctor Guillot

Videla, la muerte de la infamia

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En este capitalismo fúnebre y visceral, sólo nos queda ver la muerte de los viejos dictadores. Ha muerto Videla, el dictador más sanguinario de la historia de Argentina. Lo hace en la cárcel de la localidad bonaerense de Marcos Paz, donde cumplía la pena de cadena perpetua por los delitos de lesa humanidad perpetrados durante su presidencia de facto, entre 1976 y 1981. De alguna forma, ha pasado a ser el caudillo natural de los muertos junto a Augusto Pinochet, otro gran hijo de puta muerto en la silla.

La historia de todos los dictadores viene a ser la misma: la historia del dictador, civil o militar, que muere en la cama, dejando largas colas termiteras de un público que no se pierde las grandes láminas de la historia, porque le han dicho que la historia es él, el pueblo.

Videla fue el primer gobernante de la dictadura argentina condenado a prisión perpetua, cuando en 2010 la justicia le declaró culpable del fusilamiento de una treintena de presos políticos en 1976. El año pasado, un tribunal también condenó al exdictador a cincuenta años de cárcel por el plan sistemático de robo de bebés, hijos de perseguidos o desaparecidos, durante la dictadura. Resulta curioso que en España nadie haya sido condenado por el robo de recién nacidos durante el régimen franquista y sus postrimerías. En España, la iglesia criminal hace su vida y su muerte en los conventos. Tendemos a creer que la justicia en Europa es ágil y eficaz, pero habitualmente, con estos casos, descubrimos que se vuelve morosa, cojitranca y bastante hipócrita. Dicho de otra manera, mayormente se la coge con papel de fumar.

En España no hay dictadores ni militares franquistas que hayan pagado el trullo por sus crímenes de lesa humanidad y a los jueces como Garzón se les inhabilita y, si es posible, se les enchirona. Observamos por encima del hombro al pueblo sudamericano, pero en el último segundo de la historia ofrece lecciones a la vieja Europa, ésa que ya no sabe lo que es ni lo que fue, hundida en el fango de la burocracia.

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