Adrián Sánchez Esbilla

Pizarra y suerte: Real Madrid 1 – Atlético de Madrid 2

REAL MADRID-ATLETICO DE MADRIDEl historiador Marc Bloch expone en Los reyes taumaturgos la creencia sobre las capacidades curativas de los monarcas medievales mediante la imposición de manos en unos ceremoniales estrictamente tipificados y reglados. El fútbol, que es otro terreno de rito y religión, tiene su propios entrenadores taumaturgos, capaces incluso de resurrecciones producto de la creencia fervorosa de sus súbditos.

No se trata tanto de que Simeone se encontrase a un muerto: el equipo antes ya había ganado, incluso con algunos equipos como el de Sánchez Flores y Forlán, probablemente mejor equipados que éste. Pero faltaban los intangibles, el estado de ánimo, el estado de alegría. Muerto el regodeo en la mítica del perdedor ha regresado la electricidad. El Cholo protagoniza un tipo de conexión cósmica con la grada: es uno de los nuestros. El Atlético y los atléticos se reconocen mutuamente, la camiseta vuelve a significar algo.

d5cc1e493ecc40aaafd733688d9d974a-484613c97da5483985998ef5076d8182-8Aguerrido, intenso y contragolpeador, este Atleti es el de siempre y a la vez el que hace tanto que no era. No es dominador como el de Antić, Caminero y Pantić, ni tan espectacular como el de Luis, Schuster y Futre, entre otras cosas porque no tiene un Schuster, pero ha redescubierto su identidad y la agarrado como un dogma. La sensación no es de culminación, es de comienzo de algo.
Sin jugar bien, jugó mejor que el Real Madrid porque fue un bloque siempre; Gung-ho, todos a una. Enfrente, la manu militari de Mourinho, que aspira a un ejército, se ha quedado en una banda. Fue una final de un equipo contra once jugadores.

El Atlético fue mejor porque en todo momento estuvo consciente, sabiendo qué pasaba. El Real Madrid, en cambio, parecía creer que jugaba contra sí mismo, redundando por enésima vez en los mismos errores del año pasado en Múnich o de Dortmund en éste, por mencionar solo las más catastróficas derrotas: Özil exiliado a la derecha, alejado de su zona de influencia, ritmo intermitente; Alonso cercado y fuera del juego; sin piernas para imponerse; falta de profundidad en los laterales; abuso del pelotazo por parte de un Ramos creyéndose Koeman…, y eso sin contar la psicosis instalada en el banquillo.

De todo se aprovecho al Atlético, repuesto al muy buen primer cuarto de hora del Madrid gracias a su fijación por entregar el campo y el balón en cuanto consigue adelantarse. Esto es, sin duda, lo que más incómoda de este Madrid mourinhizado: una de esas cosas que hacen al aficionado revolverse en la silla es el sistemático e intencionado desperdicio de sus propias posibilidades. En gran medida por la decisión técnica, mourinhista clásica, de jugar según lo que traiga el marcador: cuando va por debajo ataca con todo lo que tiene, sin más método que apabullar; con gol a favor, de manera pavloviana, retrocede entre diez y veinte metros, entrega el balón y se dispone a parasitar al rival, seducido por su propio mito de la pegada.

Pero resulta que Cristiano ha marcado él solo más goles que todo el resto de atacantes juntos. Si el Barça tiene messidependencia, entonces entre los blancos hay cristianodependencia. Pero ayer anduvo perdido en niñerías, concentrado en el puchero y la pataleta buscando la expulsión desde la primera parte, con más y más ganas según se acercaba el final en una extraña regresión al jugador autosuficiente que llegó de Inglaterra y que durante la segunda mitad de este curso pareció al fin superado. En absoluto: en el escenario de máxima necesidad exhibió su debilidad de carácter intrínseca. Redondeó la noche no apareciendo por la grada a recoger la medalla. Tampoco lo hizo su entrenador. Otro que confunde la personalidad con el autoculto.

Cristiano RonaldoEl Real Madrid es la trituradora más lujosa del mundo. Equipada para terminar con cualquier material, incluso con el propio Mourinho. Fue capaz de llegar pero no lo ha sido de estar, que es lo que diferencia a los buenos equipos de los legendarios.

Con materiales mucho menos nobles Simenone ha construido algo que parece hecho para durar, al viejo estilo, lejos de esa obsolescencia programada en la cual vive el Madrid del florentinato. Alguno de esos materiales lucieron formidables, como la dupla Mario Suárez y Gabi en el medio, hartos de triturar verde, taponar, perseguir y asfixiar. Les falta lucidez, claro, y el juego del Atlético se resiente por la precipitación y la falta de exactitud en el pase. En realidad, esto hace más admirable el trabajo de Simeone, capaz de suplir las carencias volviéndolas a favor del colectivo.

06Donde no llegaban los creativos llegó Falcao, un prodigio que cada tanto se añade una nueva habilidad, un futbolista en desarrollo contínuo. Ayer bajó al lugar del diez, le enredó las piernas a Albiol, el costurón de Mourinho en su guerra personal contra Pepe, atrajo a los centrales y puso el balón, dulce, a la carrera de esa pesadilla viviente que es Diego Costa, que la mandó al rincón.

Costa  jugó de maravilla, otra vez. Trituró a Coentrão y se pegó con todo lo que se movía de lado a lado del frente del ataque. Patibulario, con pinta de extra de spaghetti western, es uno de esos jugadores odiosos para todos menos para tu equipo. Rompecojones y pendenciero, porque pareciendo tosco y torpe, manejándose sin ninguna elegancia, siempre saca ventaja. No es de extrañar que haya sacado del equipo al mucho más fino Adrián: con él, Falcao vive mejor, más tranquilo porque los defensas están desquiciados pensando en la siguiente perrería de Diego Costa, un tipo que nunca dice no a una buena pelea, uno al cual te gustaría tener siempre a tu espalda y nunca de frente.

Y luego la suerte, claro. Luis Aragonés dice que no existe, que lo que existe es la buena suerte y la mala suerte. Tres postes y un balón sacado bajo el larguero son demasiado para ganar una final. Encima, Courtois estuvo mágico en un par de intervenciones de cirugía de área. El Real Madrid tuvo mala suerte por haber abusado demasiado de la buena; el Atleti, en cambio, se ganó su retribución. El karma compensa y no perdona.

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