Víctor Guillot

La huella sonora de Jorge Ilegal

Jorge Ilegal

A lo largo de este mes hemos ido comprobando cómo Gijón ha abusado de sus partituras y hoy se encuentra uno la calle como un bosque de hojas muertas. Asturias tiene grandes músicos y goza del lujo de no poseer un único sonido. El sábado se cumplió la profecía: todos los músicos y todos los sonidos fueron devorados sucesivamente por Jorge Martínez, Ilegal y sus Magníficos, que durante más de seis horas estuvieron interpretando algo bastante más ambicioso que un repertorio de buenas canciones; un gigantesco proyecto sonoro que hunde sus raíces en el rock.

En alguna ocasión hemos dicho aquí que Jorge Ilegal era lo más parecido a un poeta maldito que desde los inicios de su carrera, en los finales de los setenta, había llevado a la escena musical una forma de hacer, de entender y de vivir la música que nos entregaba a un malditismo plagado de hombres solitarios, estudiantes suicidas, policías pederastas, accionistas arruinados, madres abortistas, y así en este plan. Su imagen vampírica y su voluntad corrosiva y punk de destruir las convenciones burguesas ofrecían el rostro monstruoso de los años ochenta. Y es que Jorge ha compuesto letras que lo acercan a poetas alucinados como Baudelaire y a personajes destruidos como William Burroughs. Ahí están sus canciones Europa ha muerto, Ángel exterminador, El norte está lleno de frío, La casa del misterio o Canción obscena. Desde un punto de vista escénico, daba un giro de tuerca más a viejas historias de lobos y vampiros a través de canciones que habrían hecho ser feliz al más expresionista de los directores de terror: Murnau.

Aquella primera intuición se confirmaba hace unas semanas cuando el rockero iba colgando cada una de sus guitarras de las paredes del Centro de Interpretación del Cine en Asturias. A la luz de las palabras de Jorge, cada una de ellas ofrecía en sus manos una historia compartida con el fundador de Madson. Viajes a EE. UU., subastas disparatadas y encuentros fortuitos con bellas señoras de curvas misteriosas que lucían imperturbables cincuenta años de historia tras la vitrina de un expositor.  Más allá del fetichismo musical, sus guitarras no dejaban de ser para él un buen número de mujeres colgadas de una soga esperando a ser resucitadas sobre el escenario de la Laboral.

Por encima de mitologías propias y extrañas, Jorge Martínez ha logrado ofrecer un proyecto musical en español que va del punk al rock y del rock al blues. Y en el concierto del sábado pudimos comprobar cómo sus canciones se engarzan perfectamente con todos estos estilos. También comprendimos que el trabajo de Jorge a lo largo de su carrera era recibido no sólo como una influencia sino como un legado musical  por artistas como Vanexxa o la banda Triángulo de Amor Bizarro.

Vivimos con expectación el show del sábado. Entre otros motivos porque, sin llegar a contarlas, calculábamos que sonarían más de cincuenta canciones. Y no nos equivocamos. El concierto había comenzado en las postrimerías de la tarde y se alargaría más allá de las tres de la madrugada. Más de cinco horas sobre las tablas industriales de la Laboral sirvieron para escuchar clásicos y rarezas de un músico absolutamente empeñado en tocarlo todo, desesperadamente, alucinadamente, de cualquier modo y manera, y  a ser posible, con todos. Fue un concierto pantagruélico.

Y quiso el azar que Jorge celebrara el concierto mientras viejos cantantes hacían el ridículo en viejos festivales como Eurovisión.

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