Pablo Batalla Cueto

Federico Granell: el amor deja restos de ceniza azul

Amor yo podría darte luz

En 1967, Luxemburgo acudió al festival de Eurovisión, celebrado aquel año en el palacio imperial de Hofburg, en Viena, con una canción compuesta por André Popp e interpretada por la cantante grecoalemana Vicky Leandros. Su título era L’amour est bleu y no ganó aquella edición del festival, pero quedó cuarta en una clasificación en la que la campeona fue la británica Puppet on a string y nuestro inefable Raphael resultó sexto con Hablemos del amor. Su letra, cuya interpretación por Paul Mauriat alcanzaría más tarde, como suele suceder, mayor fama que la original, y que sería también versionada en español por el propio Raphael, no era ningún prodigio literario ni ningún alarde de originalidad, pero tenía esa entrañable simpleza, transmitida a través de la voz aniñada de Vicky, que es la piedra filosofal del éxito comercial de las canciones de amor, y que caracterizaba a todos los hits eurovisivos de aquella década. Consistía en glosar la felicidad y la tristeza que el amor provoca comparándolas con dos colores: el gris y el azul. Bleu, bleu, l’amour est bleu / bleu comme le ciel qui joue dans tes yeux —«Azul, azul, el amor es azul / azul como el cielo que juega en tus ojos»—, cantaba primero Vicky. Gris, gris, l’amour est gris / pleure mon coeur lorsque tu t’en vas —«Gris, gris, el amor es gris; llora mi corazón cuando tú te vas»—, recitaba después.

Seguramente no por casualidad, la exposición del artista cangués del Narcea Federico Granell que la galería gijonesa Gema Llamazares alberga desde el pasado 9 de mayo lleva el título Love is blue y el color que predomina en los cuadros con la rotundidad de una idea fija es un delicado equilibrio cromático entre el gris y el azul que es una suerte de ejercicio dialéctico, y que llega, por lo tanto, mucho más allá de adonde aquella naïvité sesentera pretendía ir. Tesis: el amor es azul. Antítesis: el amor es gris. Síntesis: el amor es esa especie de azul ceniciento o de gris azuloide, un torrente emocional de velocidad vertiginosa e ingredientes indistinguibles en el que, tal como Pablo Neruda declamaba que el fuego tiene una mitad de frío y la palabra es un ala del silencio, nada está muy claro casi nunca. El amor es una de esas lluvias soleadas, en las que un gigantesco y reluciente arcoíris contempla desde las alturas cómo las alcantarillas vomitan sus contenidos atragantadas por el agua sucia que han devorado por encima de sus posibilidades. Una mezcla de polvo de estrellas y polvo de debajo de la alfombra, prodigio de relativismo como sólo en los últimos tiempos hemos aprendido a descubrir que son casi todas las cosas. Ya decía el otro día José Luis Argüelles en La Nueva España que «Love is blue surgió el pasado noviembre en París, en esa hora crepuscular que amasa la última luz del día con la primera sombra de la noche». En el verbo «amasar», también muy dialéctico él, y en uno de los cuadros, Tramonto, en el que un par de lozanas palmeras conviven en un sencillo skyline vegetal con la clase de espigados árboles de ramas desnudas que aparecerían en una peli de miedo, está la clave de bóveda de todo este asunto.Tramonto

Con todas estas ideas en la paleta de Granell, el resultado son cuadros melancólicos, surcados por personajes anónimos y oscuros, envueltos en un halo como de bruma; cuadros con títulos largos y sugerentes empachados de imperfectos, subjuntivos y condicionales, como Noches que no querían terminarAmor yo podría darte luz o Miedo a que se rindan nuestros corazones. Melancólicos, sí, porque la melancolía también es uno de esos funambulistas del lenguaje que hibernan en el interior de los diccionarios. A la melancolía, el DRAE la define magníficamente —en los diccionarios, pese a su apariencia prosaica y estirada, encuentra uno a veces pasmosamente hermosas piezas de poesía— como esa «tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada», pero Víctor Hugo la caló mucho mejor. La llamaba «el placer de estar triste».

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