Paula Corroto

Cuando los editores creían en el periodismo

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Milton Glaser, Lally Weymouth, Clay Felker, y Katharine Graham en 1976.
(Photo: Jill Krementz)

3.500 dólares por artículo. Más de 20.000 palabras. Seis meses de trabajo. Múltiples correcciones y finalmente, impresión, tirada y venta de la revista. Estos fueron los números que manejó el escritor y periodista Norman Mailer como reportero de Esquire durante la campaña electoral del 1960. Un ejemplo paradigmático de cómo funcionó durante un tiempo el periodismo en los Estados Unidos. En la era de la veneración por magazines como el propio Esquire, New York, Rolling Stone o The New Yorker, y de la adoración por periodistas como Tom Wolfe, James Breslin, Hunter S. Thompson, Gay Talese, Joan Didion, John Sack, Michael Herr y Gloria Steinem, además de Mailer. Eran los años sesenta y setenta, cuando se acuñó aquello del Nuevo Periodismo y un cronista podía pasar una larga temporada con Los Ángeles del Infierno (Thompson) o alternando entre la clase alta, pija y progre del Uptown de Nueva York (Wolfe) para después escribir largos reportajes, bien remunerados, que más tarde se vendían. Una era que hoy casi suena a ciencia-ficción, a algún episodio ocurrido en Júpiter o algo que casi hemos de creernos por una cuestión de fe. El propio Thompson cerró el capítulo poco tiempo antes de pegarse un tiro en 2005: «Los años sesenta fueron distintos de todos los demás, un viaje (…) Tuve jefes que me dejaron escribir lo que quisiera escribir, y trabajé duro en ello (…) Pero me llevó un tiempo darme cuenta de que aquello no iba a producirse de nuevo. Ni en mi vida ni en la de nadie».

Los jefes, los editores de aquellas revistas. Este aspecto humano es el que más destaca en el libro La banda que escribía torcido (Libros del KO), del escritor y cineasta Mark Weingarten y que recoge aquella época dorada del tecleo desenfrenado para contar historias. Un tanto complaciente e indulgente y a menudo con un toque de fan rendido, este libro podría ser uno más de los que nos hablan de esos periodistas que, si bien se trabajaron duro, poco podrían haber hecho si no hubieran contado con editores que creyeron en los textos largos y en las narraciones que necesitaban su tiempo. Eran tipos como Clay Felker, fundador de New York en 1968, Harold Hayes, editor de Esquire entre 1963 y 1973 o Jann Wenner, creador de Rolling  Stone en 1967, que no vacilaban en discutir y pelearse con los dueños de las publicaciones o con los publicistas o con los otros poderes, para publicar textos aguerridos, con chispa, mordaces y valientes, que sabían que iban a suponer un punto de no retorno en la profesión. Un artículo que el lector leyera entusiasmado e incluso admirado. Que dijera: Oh, cielos, esto no lo había leído en la vida. Y, por supuesto, que esto tuviera su recompensa para el autor.

¿Alguien encuentra parecido en la era de los 30 euros por crónica en Internet, en el corta y pega de teletipos, el titular sacado de Twitter y en la silla caliente de las redacciones? ¿Algo similar en la época de las revistas agonizantes, las publicaciones sensacionalistas con artículos basados en los “los 10 mejores…”, y los periódicos amparados en fondo de inversión? Una respuesta fácil ante este cambio de era podría hallarse en el dinero, pero según se trasluce en La banda que escribía torcido, si hay algo que imperó entonces fue la apuesta, el atrevimiento y la imaginación.

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Los periodistas Norman Mailer y Jimmy Breslin.

Dos ejemplos son los nacimientos de los magacines Rolling Stone y New York. El primero, en 1967, fue una idea de Jann Werner cuando solo contaba con 19 años de edad y después de haber visto la película protagonizada por los Beatles, ¡Qué noche la de aquel año! Su encuentro con el editor Ralph Gleason fue primordial, ya que después de trabajar algunos años como freelance, con escaso dinero, decidió poner en marcha su propia revista, una publicación que aunara temas políticos y sociales como Time, pero también toda la escena musical. El dinero salió de un préstamo de Gleason, de su padre, su madrastra y los padres de su novia. En total, 7.500 dólares. La idea era crear “un periodismo rocanrolero”. En sólo tres años consiguieron 100.000 lectores, que se dispararon después de fichar a Hunter S. Thompson y publicar textos como Miedo y asco en Las Vegas.

El parto de New York, en 1968, fue más turbulento y, ciertamente, con más recursos de los que dispuso el emprendedor Werner. Hasta aquel año había sido el dominical del periódico Tribune y de su edición se encargaba Clay Felker. La bajada abismal en ventas del Trib le llevó a su cierre definitivo, pero Felker quería salvar la revista. La única manera de hacerlo era comprándola. Para ello invirtió toda su indemnización, 6.575 dólares, y acudió a Wall Street a reunirse con empresarios. En pocos meses consiguió que Loeb, Rhoades & Co (una firma de corredores de Bolsa), Great Western United Corp (un conglomerado de empresas manufactureras), E. Seagram and Sons (dedicada a las bebidas alcohólicas) y la editorial Random House, más dos agentes de inversión independientes, pusieran 25.000 dólares cada uno. Con toda esa cantidad en el bolsillo, la revista estuvo lista para comenzar a caminar (y permitirse lo que ahora llamamos lujos).

Felker y Hayes murieron hace algunos años. Muchos de los periodistas por los que ellos apostaron tampoco se dedican ya al periodismo y prefirieron vivir de las millonarias ventas de sus libros, como Wolfe, Talese o Thompson. Y es evidente que ninguno preferiría volver. Sólo hace falta fijarse en cuál era el mantra periodístico de Felker y Hayes cuando trabajaron juntos en Esquire: «El periodismo estadounidense tenía que moverse en esa dirección: los reporteros debían ser meticulosos y exactos a la hora de escribir sucesos, debían dominar la lengua como un novelista e imprimir vida y dinamismo a sus palabras». A partir de entonces lo que faltaba era encontrar a la pléyade de periodistas que encajara con este perfil. Y, por supuesto, existían como demostró Norman Mailer con su texto Supermán va al supermercado, un retrato del entonces candidato John Fitzgerald Kennedy, que tenía esa mezcla de reflexión, estricta atención de los hechos y dosis de polémica que estos editores necesitaban. Más tarde llegaría Talese, al que se le permitió incluir silencios entre los diálogos de sus entrevistas, puesto que, como defendía el periodista, «es durante esas pausas cuando las personas resultan reveladoras. Son indicadores de aquello que los avergüenza o los irrita, o consideran demasiado privado o imprudente confesar a otra persona en un momento dado». Y, de nuevo, acertaron.

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Jimmy Breslin, el editor George Hirsch, Tom Wolfe y el fundador de ‘New York’, Clay Felker, en una fiesta de la revista en 1967. / David Gahr (getty)

La idea de cuidar al periodista parecía esencial para estos editores. El asesor editorial de Felker, Shelly Zalaznick señaló en alguna ocasión que este «era capaz de emparejar al escritor adecuado con la crónica adecuada». Y eso es, por ejemplo, lo que ocurrió con Tom Wolfe, a quien con ese traje blanco de raya perfecta y sus sombreros, enseguida Felker le captó para las crónicas sobre el ambiente cultural y progre del Nueva York sesentero. Fue este editor quien le lanzó a escribir crónicas «sobre el enjambre de personas adineradas que, todos los sábados por la tarde, se comían con los ojos las galerías de arte en Madison Avenue». Sólo hacía falta tiempo  para que años después, Wolfe acuñara aquello de La izquierda exquisita, después de asistir a fiestas en las que millonarios como el compositor Leonard Bernstein se reunía entre cóctel y cóctel con miembros de los Panteras Negras con el único fin de figurar (o quizá, según Wolfe, calmar ciertas conciencias). La Gauche Divine ya existía mucho antes de que fuera conceptualizada en España y, sí, tenía un cierto tufillo yanqui. Para esto del entertainment, lo cultureta y ahora gafapasta, los estadounidenses siempre llegaron antes. Y Wolfe, con aquiescencia de Felker, obtuvo esa primicia que luego desembocaría en la novela La hoguera de las vanidades.

En este esfuerzo por elevar a sus periodistas, otra labor importante fue la que estos editores realizaron con las reporteras. Hasta los años sesenta, la mayoría de las mujeres que se dedicaban a este oficio lo hacían en las revistas femeninas. La salida para una buena escritora de reportajes era Vogue, que es lo que le ocurrió, por ejemplo, a Joan Didion cuando comenzó su aventura profesional en Nueva York. Vogue no era, ni mucho menos, lo peor que te podía pasar, pero las crónicas políticas o sociales eran prácticamente impensables. Hasta que Felker fichó a Gloria Steinem, en quien confió y a quien envió a cubrir cómo bullía el barrio de Harlem después del asesinato de Martin Luther King para la revista New York. Al final, el texto The city on the eve of destruction, fue uno de los más leídos de aquel número y Steinem comenzó a escribir perfiles sobre políticos como Eugene McCarthy, Richard Nixon o el jugador de fútbol americano Jim Brown. «En términos generales, la revista New York me permitió aunar mi escritura y mi interés por la política, algo que hasta entonces había resultado muy difícil puesto que era muy difícil que una mujer escribiera sobre política», manifestó poco después la propia Steinem.  Algo parecido le sucedió a Gail Sheehy, quien solía escribir en las páginas femeninas de Tribune hasta que Felker la rescató para New York. El primer encargo de Sheehy fue un perfil sobre Ethel Kennedy, la viuda de Robert Kennedy, solo unos días después de que le asesinaran.  El texto Ethel Kennedy and the arithmetic of life and death se convirtió en portada. El primero de cincuenta artículos para la revista a lo largo de nueve años.

la-banda-que-escribia-torcido-una-historia-del-nuevo-periodismo-marc-weingartenEn La banda que escribía torcido, su autor Mark Weintgarten, dice que esta época dorada acabó cuando apareció un nuevo perfil de empresario-editor que se hizo dueño de estas publicaciones. Y quien mejor encajó en ese novedoso retrato fue el australiano Rupert Murdoch, que si bien ya se había hecho con los diarios de su país y de Reino Unido (News of the World y The Sun) convirtiéndolos en magazines ultrasensacionalistas donde ya no tendrían cabida ni textos grandes ni buenas historias, sólo titulares amarillistas e impactantes, poco después pondría su pica en la isla de Manhattan. Murdoch bien pudo ser el embrión en los ochenta de lo que ha ocurrido más tarde. Murdoch fue enaltecido por el yuppismo. Fue el adalid del dinero fácil, de los dólares a mansalva envueltos en traje, corbata y gomina,  creó un imperio al que hoy se le abren grietas como ha sucedido con la chapuza del News of the world. Un estratega que creó un periodismo de blandiblú y que en la actualidad, con el ciclón de Internet y la crisis económica, es incapaz de sostenerse. Quizá otros editores hubieran puesto algo más imaginación y el atrevimiento. Hubiera sido una apuesta por el yeso y el cemento. Y eso sí sostiene los edificios.

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2 pensamientos en “Cuando los editores creían en el periodismo

  1. La revista es “Rolling Stone”, en singular. La banda de música es “Rolling Stones”, en plural. Su fundador se llama Jan S. Wenner y no “Werner” (como en Werner Von Braun, por ejemplo). Te faltan en la lista algunos de los mejores –mejores que Gloria Steinem no es difícil– y algunos no norteamericanos –como… ahem… Kapuściński o Wallraff.

    Estos despistes son formalidades sencillas y exactamente por eso mismo a uno le parecen intolerables en cualquier publicación rigurosa.

    La nostalgia cubre tus ojos. Lo que buscas está ahora en revistas como “Etiqueta Negra”, “Panenka” o “Piauí” (y a veces en las clásicas “The New Yorker” y “New York”); en los reportajes de Simon Kuper para el “FT Weekend”; en algunas, pocas, piezas de “Orsai”; en “Regreso a Etxarri Aranaz” de Javier Marrodán; en las piezas de Ander Izaguirre, Gabriela Wiener o Alma Guillermoprieto; en los reportajes de David Beriáin; en “This Is America” de la NPR o en Radio Ambulante de Dani Alarcón… Podría seguir así mucho rato. Algunos son mucho mejores que sus predecesores de los años 60.

    La Banda que Escribió Torcido se renueva con nuevos pandilleros cada año.

    Hay que estar atento.

    La vida es mejor de lo que parece. ¡Ánimo!

    • No creo que la nostalgia o el romanticismo sean en este caso un error. No obstante, tampoco comparto que se compare lo que cobraba Norman Mailer con lo que cobra un redactor hoy: me parece demagógico, pero eso es una opinión mía que admitiría muchos matices. No obstante, el reportaje tiene ritmo, está muy bien escrito y puestos a hablar de Nuevo Periodismo, el propio concepto ya se ha convertido, para bien o para mal, en un cajón desastre donde caben, incluso, periodistas como Chaves Nogales, que hacía sus crónicas mucho antes de que nadie hablara de tal cosa, allá por los años 30 y 40 en Madrid y en Londres. En definitiva, quiero decir que el artículo reseña un libro titulado “La banda que escribió torcido” dedicado Nuevo Periodismo y no es un reportaje sobre el Nuevo Periodismo. Si Paula Corroto no menciona a Kapuzinski o a Wallraff será porque no aparecen en el libro. Por otra parte, resulta bastante discutible considerar a estos dos buenos periodistas epítomes del Nuevo Periodismo e incluirlo en otra ficha ¿la de los no americanos? Precisamente el Nuevo Periodismo es en esencia norteamericano. Como bien sabe Ramón Goma, Wallraf se disfrazaba para elaborar sus reportajes. Y Kapuzinski estaba demasiado preocupado en contar la verdad como para que de ahí surgiera un reportaje escrito con voluntad y técnicas literarias. En todo caso, su estilo no estaba tan programado como el de Mailer, Wolf o Capote, al que por cierto, tampoco se menciona ni en el artículo ni en la crítica de Ramón Goma..

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