Pablo Batalla Cueto

1923. La marca del ángel

1923. Amundsen

Existe una antigua leyenda sufí según la cual antes de venir al mundo, cuando nadamos en el feliz aislamiento del vientre materno, los seres humanos conocemos el número exacto de las estrellas del firmamento y el de los granos de arena de todas las playas del planeta; lo sabemos todo acerca de los mares y de los cielos y de la historia del hombre, y poseemos las respuestas a todos los arcanos y misterios que espolean la imaginación de la humanidad desde hace milenios. Somos omniscientes, y lo seguimos siendo todavía durante algún tiempo después de nacer, hasta que arrancamos a hablar. En ese momento, un ángel invisible desciende sobre nosotros, nos sella la boca con su dedo índice y extrae mediante él, como con un aspirador, todo el conocimiento almacenado en nuestras cabecitas, mientras nos susurra al oído: «¡Ssshh! ¡No cuentes lo que sabes! ¡Olvida! ¡Aprende!»

Los sabios sufíes relatan que esta circunstancia explica dos cosas: la primera, que no seamos capaces de recordar nada de los primeros compases de nuestras vidas; la segunda, la pequeña muesca que todos los hombres poseemos entre la nariz y el centro del labio superior: ahí, cuentan, en esa hendidura tan inútil como un ombligo, es donde el ángel apoyó su dedo.

Aquel día de invierno de 1872 ó 1873, en una pequeña aldea no lejos de Oslo, Gustava Sahlquist Amundsen no vio, mientras mecía la cuna de su hijo de pocos meses, cómo el ángel luterano precipitado sobre ella hubo de emplearse a fondo para lograr callar al pequeño. En 1923, recién sobrepasado el medio siglo de vida, el rostro del conquistador del polo sur aún llevaba grabadas en el rostro las huellas de aquella primera pelea infantil contra lo imposible. Una leve bizquera, y el párpado derecho mucho más grueso y caído que el izquierdo, señalan el lugar del soberano puñetazo que el enviado de Dios se vio obligado a propinarle al bebé, que se resistía al silenciamiento mordiéndole el dedo al querube. En el mentón, un rosario de surcos delata las heridas recibidas. Y la marca. La marca es angosta, profunda y kilométrica como el paso del noroeste, el peligroso atajo hacia Extremo Oriente cuya apertura a través del helado septentrión de Norteamérica es la línea más desconocida del currículum de Roald Amundsen. El ángel, al fin domeñado ya el rabioso Roald, debió de hundir con auténtica furia el dedo en los labios del niño. La marca, más que una concavidad natural del cuerpo humano, parece una cicatriz.

Las religiones asiáticas fundamentadas en la idea de reencarnación aseguran que siempre quedan trazas de las vidas anteriores sutilmente diluidas en la vida presente; algo así como el regusto a aceite de oliva que imprimiría al aceite de girasol una botella del primero vaciada y rellenada con el segundo. Que quien fue pez siempre tendrá un particular interés por el mar siendo humano; del mismo modo que a quien fue pájaro probablemente le agraden especialmente los espacios abiertos y elevados y tenga mayor propensión de lo normal a acabar fungiendo como aviador. En el budismo lamaísta, la reencarnación del lama muerto es rastreada por todas las reconditeces del Tíbet siguiendo el mecanismo de acercar a cada bebé candidato a nuevo lama objetos vinculados al líder fallecido, y escrutar con atención las reacciones del pequeño a los mismos en la esperanza de que algún gesto característico delate la conexión. De todo queda siempre algo. A Amundsen, sin que él supiera por qué, aquella sabiduría arrebatada con dolor le empañó la personalidad con el aliento de una ansiedad irresistible, temeraria, suicida casi, por conocerlo todo; y estampó en ella el sello de competitividad voraz que tan apetecible haría su figura, décadas más tarde, para directores de campañas de márketing de entidades bancarias enfrentados al vertiginoso reto de tornar respetables los latrocinios de sus clientes.

En 1909, resuelto a convertirse en el primer ser humano en hollar el hielo del polo norte, Amundsen movió hilos y recaudó fondos a fin de fletar un barco, el Fram, que le permitiese alcanzar tal hazaña. Cuando Robert Peary anunció, poco después aquel mismo año, que él mismo acababa de plantar las barras y las estrellas de los Estados Unidos de América en el lugar, Amundsen viró bruscamente el timón: el Fram se dirigiría al polo sur. Hoy, Noruega linda con Australia gracias a la insólita conquista de Amundsen, que el 14 de diciembre de 1911 sorprendió al mundo —no había avisado a nadie, ni siquiera a la mayor parte de sus propios marineros, del cambio de planes— venciendo al británico Robert Falcon Scott en una carrera de perros groenlandeses contra caballos mongoles hacia el centro de la Antártida. Como aperitivo de todo esto, tuvo tiempo de abrir, en 1903, el desgraciado y ya mentado paso del noroeste, cementerio canadiense de centenares de exploradores durante el siglo XIX, en otro velero comprado por él. Como postre, hizo lo propio en 1918 con el paso del nordeste, en Rusia, si bien en esta gesta ya lo había adelantado décadas antes su compatriota Adolf Erik Nordenskiöld.

Años más tarde, después de que una densa lluvia de dudas fuera mojando el papel del relato de Peary, e incluso el de su competidor, Frederick Cook, y el premio de hollador del polo norte pasase a declararse vacante, Amundsen tampoco se lo pensó dos veces. En los albores de la aviación, obtuvo el diploma de piloto, fletó un dirigible, el Norge, y a bordo suyo, en compañía de una decena de hombres noruegos e italianos, añadió a su palmarés el título, otro más, de primer visitador de los dos polos de la Tierra. A esa época corresponde la fotografía de su venerable cabeza ya canosa envuelta, casi colocada sobre ellas como un trofeo de caza, en las pieles con las que los esquimales le enseñaron a abrigarse. De vuelta en Europa, Umberto Nobile, uno de los italianos, protagonizó un escasamente elegante cruce de acusaciones con Amundsen al respecto de a quién le pertenecía el honor de haber liderado aquella expedición, y decidió resarcirse del puesto de segundo de a bordo montando la suya propia. Cuando llegaron a él las noticias de que Nobile se había extraviado y permanecía en paradero desconocido, Amundsen, en el último de sus grandes arrebatos, se arrebalgó al hidroavión Latham y partió en su búsqueda.

Tiempo después, uno de los flotadores del aparato fue encontrado meciéndose al compás de las olas frente a las costas de Tromso, al norte de Noruega, como un mudo mensajero de la catástrofe. Umberto Nobile vivió para contarlo nada menos que medio siglo más de vida, pero del cadáver de Amundsen jamás se supo nada. Corría el año 1926 y su caída, esa reedición ártica del mito de Ícaro que uno no puede imaginarse de otro modo que en slow motion; esa caída melancólica y solemne que clausuraba, tal vez sin que el propio Amundsen, fulminado por el infarto que dicen que sobreviene cuando uno se despeña, lo supiera, la última página del milenario libro de bitácora de la exploración de la Tierra, tampoco la vio nadie. Quizás lo fulminó su ángel.

Su madre siempre quiso que estudiara medicina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s