Javier F. Granda

Paint it Black!

Paint it black!

Hace unos años publiqué algo que llevaba por título “El Hip Hop Graffiti y la domesticación institucional han asesinado al Graffiti. ¡Viva el Graffiti libre!”. Un título quizás largo, polémico y criticable, pero necesario a mi modo de ver para interpretar una cuestión controvertida. Pasado el tiempo encuentro que soy aún más radical respecto de lo que allí sostenía.

Las noticias en aquél momento eran desalentadoras, como lo siguen siendo, respecto de muchos aspectos que giran en torno al Street Art y que en manos del gran público se desvirtúan dando lugar a una nebulosa impenetrable en la que se  mezcla el Arte con las expresiones de individuos más o menos capaces, más o menos torpes, en el manejo de un spray de colores con el que rotulan una firma, retratan con aerosol a un conocido futbolista en la valla de un polideportivo de barrio, o a la mismísima Virgen en un paisaje alpino.

El graffiti, para entendernos, no se trata de un arte en términos estrictos, sino de una expresión que pudiera englobarse en el movimiento Street Art, que irrumpe fuertemente en el último tercio del s. XX. Éste abarca un conjunto de manifestaciones  cuya temática, en buena medida, lleva implícita la lucha social, el contenido político y la protesta. Es en la calle, como escenario de comunicación a todos los niveles, donde emerge el graffiti en cualquier época, salvando la intencionalidad del momento.

El graffiti ha jugado un importante papel al canalizar una parte de la acción protesta y de la inconformidad social al tratarse de un vehículo contracultural que desafía el poder dominante. Pero no olvidemos que siempre existen estrategias de control institucional para atajar cualquier iniciativa que surja en el espacio público.

El Hip Hop Graffiti emerge en las calles neoyorquinas a finales de los años sesenta del pasado siglo, desde un sustrato latino y afroamericano asentado en barrios como Bronx o Brooklyn, donde se emplea para expresar aquello que el baile o la música no expresan y como un medio más de reafirmar una identidad y diferenciar el espacio urbano.

La pervivencia de esta subcultura con las hibridaciones y oleadas que haya experimentado, implica reconocer su éxito y la eficacia de su propagación. No obstante, en nuestras latitudes el movimiento no ha dejado de ser una emulación del referente original, dando paso a expresiones que ni reclaman ni dicen nada, lo cuál, en mi opinión, adopta un estatus artificial y estéril.

En el artículo al que me he referido al principio, me quejaba, en lo referente a Asturias, de lo que recogía el diario La Nueva España bajo el título de Covadonga 2008, en versión graffiti el 8 de septiembre de 2008. Allí se aportaba información sobre el año santo y la oportunidad del graffiti para conmemorar la efeméride, lo cuál fue pergeñado, entre otros, por la Santa Madre Iglesia y el Gobierno de Asturias. La obra que origina la polémica parece hallarse desde entonces en la colección del Museo del Santuario de Covadonga.

Me refería a que la única reivindicación del grafitero hip hop astur, a tenor de los pronunciamientos públicos que se podían (y se pueden) rastrear en la prensa y en otros medios audiovisuales, así como los programas culturales que han salido al paso de sus reivindicaciones, es la de verse reconocido social e institucionalmente y obtener un puñado de monedas a cambio de unas pintadas. ¿Dónde queda el rechazo al objeto artístico comercializable? Bien es verdad que hablar de Arte para referirse a las expresiones del Hip Hop Graffiti es de una temeridad en la que no debemos caer.

El caso Covadonga 2008 es el paradigma del discurso servil y opuesto a la naturaleza del graffiti por quienes no tienen una verdadera conciencia del horizonte de libertad que la expresión lleva implícita, de ahí que me tomase la libertad de retratarlo en su justa medida.

Javier Abarca Sanchís, en la introducción a su tesis El Postgraffiti, su escenario y sus raíces. Graffiti, punk, skate y contrapublicidad,  nos indica que «A partir de los primeros años de la década de 2000 comenzaron a aparecer libros dedicados al arte urbano. (…) Se trata en casi todos los casos de colecciones de imágenes con muy poco o ningún texto que describa, analice o ponga en contexto lo ilustrado». Efectivamente esta particularidad ya la había manifestado el propio autor en Urbanario donde nos advertía de «la publicación de infinidad de libros atiborrados de imágenes pero dramáticamente faltos de textos analíticos que pudieran servir para entender de qué estamos hablando en realidad».

La publicación Contra la pared. Graffitis de Asturias (2008) que se dedica a recopilar material fotográfico sin mayor contexto, recoge unos esbozos de la opinión de los grafiteros que tiene algún interés etnográfico para explicar la cuestión que aquí abordamos. En él hallamos la interpretación que hace el autor del graffiti de Covadonga, quien ha protagonizado otras intervenciones similares en los años subsiguientes, matizando textualmente: «Si hacemos del graffiti un movimiento totalmente underground, cerrado, sí, está bien, es una parte más; lo que pasa es que no podrás llegar a las instituciones, y entonces no podrás atacar con otras armas. Hay que tener varias alternativas y un método de ataque, no ser simplemente un movimiento vandálico».

Ni entendí entonces, ni lo entiendo ahora. Las armas de la incoherencia, del sinsentido y de la contradicción forman parte del mensaje Hip Hop Graffiti, pues no deja de ser una broma que aquellos que pretenden atacar el sistema, por mucha estrategia que empleen, traten de aprovecharse del mismo reclamando el reconocimiento social e institucional por unas pintadas que representan lo que el cubremantel más hortera a la venta en el chino de la esquina; tratando de crear escuela entre alumnos de talleres financiados con dinero público para que la expresión que cultivan arraigue entre ellos; o en último término, considerar que el espectador es tan idiota como se pretende hacer a la Administración cultural que los ampara sin que se percate de esos pretendidos ataques. Desconozco aún qué es lo que se trata de mostrar, aunque soy consciente de que hay un público para todo.

La perplejidad y desolación llegan a su máximo estadio cuando la propia Universidad de Oviedo donde se imparte el Grado en Historia del Arte, celebra la Semana Cultural de la Facultad de Filosofía y Letras (marzo de 2013) incluyendo en su programa un Taller de Graffiti teórico y práctico, impartido por un conocido exponente del mundillo graffiti astur.

Respecto de las estrategias de control institucional, por una parte se muestran efectivas, ya que han canalizado las inquietudes de los individuos que ensucian torpemente los espacios públicos a cambio de ese ansiado reconocimiento con talleres, festivales, premios, etc., alimentándoles el ego para erradicar un problema de vandalismo y ornato público, domesticando y tutelando la cuestión.

Pero el problema sigue ahí en otras múltiples vertientes ya que por un lado se financia con dinero público algo tan incoherente como son las pintadas de quienes se autodenominan escritores de graffiti, que en realidad deberían denominarse muralistas o rotulistas, pues en el mejor de los casos sus ejercicios no difieren del oficio de aquél que decora con dudoso gusto el escaparate de una carnicería, un burger chungo, o la flota de camiones de una empresa de fertilizantes, y por otro, se abandona el auténtico Arte y las expresiones más autenticas de nuestra cultura, barajándose una idea distorsionada y sin fundamento por parte de esas instituciones culturales pretendidamente atacadas por el grafitero hip hop.

Es necesario destacar que el verdadero arte de la calle está muy vivo y goza de altas dosis de independencia y creatividad. Este Arte está dotado de significados, es un arte tan crítico y visceral como sensible y no tiene nada que ver con lo que nos ofrecen estos individuos de firma rebuscada que amplían sus expectativas de reconocimiento ayudados por la aguda miopía de una administración cultural que los patrocina bajo la errada premisa de considerar lo suyo como ejemplo de un arte joven y emergente.

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