Ismael Rodríguez

Jerónimo Tristante, Víctor Ros y lo que no se debe escribir

Este 2013 Plaza y Janés publicaba La última noche de Víctor Ros. La serie de obras dedicada al detective de origen extremeño se ha convertido en uno de los pocos ejemplos españoles de la novela de misterio con ambientación histórica. ¿Merece la pena sumergirse de la mano de Jerónimo Tristante en la España del siglo XIX?

Jerónimo Tristante 1

Dentro de la literatura de género negro existe una suerte de subgénero de largo recorrido en lengua inglesa, pero escasamente presente en la castellana, que podríamos denominar como el misterio histórico. En esencia consiste, simplemente, en presentar una novela de misterio al uso pero ambientada en el pasado. Un elemento adicional muy habitual es la presencia de un personaje central que tiene continuidad en las novelas. De nuevo, aquí se va a rebufo de la serie negra clásica, aunque en este caso la situación cronológica es clave. Mientras que Sherlock Holmes vivía en los mismos años que sus lectores y el futuro le era tan desconocido como a estos, los investigadores de la novela de misterio histórica existen en nuestro pasado y podemos intuir cuáles serán los grandes momentos históricos que los protagonistas van a vivir.

Como ya hemos dicho, en España no abundan este tipo de series que entroncan normalmente con la literatura popular que tanto se denosta dentro de nuestras fronteras. Por eso, en su momento, fue un soplo de aire fresco la aparición del primer libro de Jerónimo Tristante dedicado a su personaje Víctor Ros, que se presentaba como un detective en el Madrid de finales del siglo XIX.

Víctor Ros y sus novelas

Desde 2008 y hasta este 2013 se han publicado cuatro novelas dedicadas al detective español, lo que hace que la saga alcance la longitud necesaria para poder hablar de ella con propiedad. El volumen editado este año ha sido La última noche de Víctor Ros, en el que el antiguo inspector de policía decide viajar al Oviedo de 1882, tras haberse paseado por Madrid, Córdoba y Barcelona en anteriores entregas.

La novela es, por desgracia, la peor de las que hasta ahora Tristante ha dedicado al personaje. Si bien El misterio de la Casa Aranda no era una obra maestra, desde luego resultaba un entretenimiento digno que sabía convertir sus excesos en virtudes. En cierto modo, era la más clara heredera de ese subgénero mencionado anteriormente: la obra nos presentaba a un detective que quizá era demasiado parecido a Sherlock Holmes, pero ese es un defecto que uno puede perdonar.

Portada y cubierta de la primera edición de Royal Flash, de George MacDonald Fraser

Con El caso de la viuda negra la saga comenzó a tomar peores derroteros. La trama era menos interesante, de las que se olvidan en cuanto se cierra el libro, y Ros se definía como un personaje demasiado perfecto, demasiado moderno en sus ideas mientras se enfrentaba a un caso que no pasaba en el fondo de ser una mera anécdota. De todos modos un tropiezo en el segundo libro es normal, hasta George MacDonald Fraser no tenía muy claro de qué iba todo en el segundo libro de Flashman.

El enigma de la calle Calabria, sin embargo, ya tiene menos excusas. Lo mejor del libro, sin ninguna duda, se encontraba en el acercamiento a la alta burguesía catalana y al control amoral que esta imponía sobre la ciudad condal. Lo peor era el resto, con un supervillano que rompía la inmersión en la época, unas totalmente gratuitas referencias a Erzsébet Bathory, un muy tópico niño de la calle al que Ros quiere rescatar y una resolución excesivamente forzada. Si tras tres novelas de una serie la mejor sigue siendo la primera, es que hay un problema.

La última noche de Víctor Ros se convierte por lo tanto, y sin desearlo, en una suerte de reválida del escritor. ¿Tiene sentido continuar la serie dedicada al detective de origen extremeño si uno está condenado a no alcanzar nunca lo conseguido en el pasado? La respuesta, tristemente, parece indicar que, salvo sorpresa mayúscula, lo mejor sería relegar la carrera de Víctor Ros al olvido y dedicarse a otra cosa.

El discreto encanto del pasado

Un secreto del éxito de estas series suele ser su aprovechamiento del gusto del lector medio por ese metagénero  que es en realidad la novela histórica. La posibilidad de visitar el pasado mediante la literatura siempre ha sido del gusto del público, y ya Walter Scott era famoso precisamente por sus novelas históricas a principios del siglo XIX.

Portada La última noche de Víctor RosEs por eso que la capacidad de la novela de misterio histórica para recrear nuestro pasado es capital a la hora de juzgarla. El nombre de la rosa destaca precisamente por transportarnos a una abadía benedictina a principios del siglo XIV, mientras que la serie dedicada a Marco Didio Falco por Lindsay Davis se centra en el gobierno de Vespasiano, en el siglo I de nuestra era.

Jerónimo Tristante se decidió en ese sentido por la opción más fácil de la literatura de misterio, que es la que decide situar la acción en un momento contemporáneo, o casi, al de las andanzas del primer detective consultor de la literatura, el ya mencionado Sherlock Holmes. La época victoriana y sus aledaños puede considerarse a día de hoy poco menos que el hábitat natural de los detectives al viejo estilo, del mismo modo que los duros investigadores privados siempre nos remitirán a los años 20 y 30 del siglo XX.

Por eso su primera novela arranca en la primavera de 1878, en Madrid. Estamos en el reinado de Alfonso XII, apenas finalizada hace dos años la tercera guerra carlista, en un Madrid en pleno crecimiento. Una ambientación llena de posibilidades que, sin embargo, se diluye en lugares comunes y una mal disimulada obsesión por la tauromaquia. En el segundo volumen,  conoceremos la Córdoba de la época, que termina resultando demasiado similar a la capital que ya conocemos, pero a menor escala.

Con El enigma de la calle Calabria las cosas parecen cambiar un poco, al irnos a la industrializada Barcelona. El cambio de aires aporta un poco de aire fresco a la trama, aunque no se consiga que la idiosincrasia propia de la capital catalana tome las riendas de la novela. En la última entrega, la acción se traslada al Oviedo de 1882 y, tal vez por tener más conocimiento del lugar, la decepción es mayúscula.

Un mandamiento básico de la novela histórica es que la naturaleza propia y definitoria del periodo y del lugar en que sucede la acción tienen que imbricarse en la narrativa de manera que se consiga construir un todo, de modo que al leer la novela uno esté conociendo un momento y un lugar concretos. Un buen ejemplo de ello sería El gallo negro de C. J. Sansom: en la primera novela dedicada al investigador Shardlake, la acción transcurre en una Inglaterra asombrada por la disolución de los monasterios decretada por Enrique VIII  –  de hecho en Inglaterra el libro se llama como el proceso, Dissolution-. Así, durante toda la obra, el destino que como lectores sabemos que espera al monasterio de Scarnsea es el hacha del verdugo, que espera caer de un momento a otro, impregnando a la narración de un fatalismo palpable en cada instante.

En contraste, el Oviedo de Tristante resulta impersonal, frío y arquetípico. Da la impresión de que los sucesos habrían sido exactamente los mismos si estos hubiesen tenido lugar en cualquier otro lugar de la geografía española. Apenas algunos localismos en el lenguaje, como la insistencia de repetir una y otra vez que a los niños se les llama guajes, y la presencia de la sidra, una fabada y un arroz con leche, son lo que Tristante considera necesario para que el lector se sienta transportado al Principado de Asturias.

Para nota, por lo inadecuado, queda la visita a una mina en un capítulo que no tiene ninguna relación con el resto de la trama. Uno de esos añadidos que parecen existir solamente para que el autor pueda justificar la localización de la historia y, claro está, también para que muestre de nuevo sus avanzadas ideas con respecto a las de la mayoría de sus coetáneos.

La biografía ficticia como objetivo

Otro aspecto básico de la atracción que estas sagas ejercen sobre los lectores es la construcción de una biografía ficticia. Desde que Sherlock Holmes dio lugar al Gran Juego es natural que el lector de Fray Cadfael, por poner un ejemplo, siga con igual interés la cronología interna de las aventuras del fraile galés y sus investigaciones.

La mayor parte de las series pueden ser incluso merecedoras de guías explicativas, que siempre incluirán una secuenciación de las aventuras del personaje y un intento por situarlas de la manera más exactamente posible en la cronología vital del mismo. En principio, estos intentos siempre solían acabar siendo labores titánicas y casi imposibles ante la capacidad de los autores para situar las aventuras de personajes como Raffles o Arsene Lupin en una fecha totalmente indefinida. Esto ha cambiado con el tiempo, sobre todo cuando los personajes desarrollan su carrera en un momento concreto del pasado.

Portada The Winter Queen de Boris AkuninAhora es muy fácil saber cuándo Erast Fandorin, protagonista de las geniales novelas de Boris Akunin y cuya serie se inicia con El ángel caído, vive alguna de sus peripecias. Sabemos las fechas concretas en la que muchos de sus casos tienen lugar, cuándo se produjeron sus viajes, el día de su nacimiento… Y disfrutamos cuando el autor vuelve la mirada atrás y nos ilumina acerca de algún periodo de su biografía que hasta entonces nos resultaba oscuro.

Está claro que con Victor Ros parece existir una intención semejante a juzgar por la abundancia de datos cronológicos que hacen acto de presencia en los textos dedicados al personaje. Pero no es menos notable que ni siquiera el propio Jerónimo Tristante parece tener muy clara la cronología de su protagonista. Si la edad de sus hijos y sus fechas de nacimiento ya resultan difíciles de conciliar en anteriores novelas, con La última noche de Victor Ros se llega al paroxismo en la inconsistencia de la cronología interna de la serie: al final de una entrega anterior de las aventuras de Víctor Ros, un personaje es enviado a una cárcel especial para poder estudiar su mente y evitar su huída. Dicho suceso tiene lugar el 8 de Septiembre de 1882, lo cual es destacado de manera concreta en las últimas páginas de la novela. Se trata del mismo personaje que, al huir de dicha prisión, ocupa las primeras páginas de La última noche de Víctor Ros… en Marzo de 1882.

Detalles como este hacen que uno pierda la capacidad para verse inmerso en el mundo que nos plantea Tristante. Da la impresión de que ni siquiera el autor murciano se toma muy en serio su construcción. Y así, claro está, es muy difícil que el lector lo haga.

Una oportunidad perdida

Tras lo comentado anteriormente, uno no solo puede quedarse con mal sabor de boca al hablar de la serie de Víctor Ros. Lo que empezó siendo la promesa de un detective español que pudiese unirse a esas otras series que leemos con cierta avidez, ha terminado convirtiéndose en un quiero y no puedo.

Y es una lástima porque, a pesar de la obsesión de Tristante por repetir una y otra vez algún ejemplo de la ciencia deductiva que Ros le robó a Holmes, la primera novela nos prometía algo mejor. De hecho, resultaba realmente ilusionante, teniendo en cuenta que lo habitual es que las series de este tipo vayan mejorando con cada entrega, a medida que el autor y el lector van conociendo mejor al personaje y haciéndose con la época en la que transcurren. Es entonces cuando pueden aparecer tramas más personales que ahonden en la esencia del protagonista, haciendo de las sucesivas entregas algo único.

Portada El enigma de la Calle CalabriaSin embargo, Víctor Ros se va haciendo un personaje cada vez más plano. Sus escasas aristas se han ido limando hasta la extenuación, dando como resultado un hombre casi perfecto, cuyos únicos defectos son algunos actos de juventud que, de todos modos, resultan perfectamente excusables. Además todo el mundo a su alrededor parece obsesionado por señalar una y otra vez lo bueno, inteligente y hasta atractivo que resulta. Hay momentos realmente duros en la novela en que, repentinamente, se expresan de manera inesperada los pensamientos de un personaje secundario de modo que se pueda dejar claro lo impresionante, convincente o genial que es Ros. De este modo, llega a resultar poco menos que imposible sentir cualquier tipo de empatía por un personaje que no es sino un ideal, alejado de los pobres mortales que le rodean en todo momento por su innata superioridad.

Está por ver si resulta excesivo decir que no hay lugar para más novelas de Víctor Ros. Siempre debemos dejar abierta la puerta a la pequeña posibilidad de que Tristante todavía se guarde en la manga una gran historia para su personaje. Quién sabe si la semilla de esa gran obra está en algún lugar, esperando germinar. Sin embargo, y salvo sorpresa mayúscula, lo mejor que podemos hacer es asumir que ya hemos leído la última aventura del detective español que quiso ser un Holmes sublimado. Así que guardemos con cariño el recuerdo de su primera aventura y, por qué no, tratemos de olvidar el resto.

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