Marcos García Guerrero

Nuestro ángel de la guarda

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Manolo Preciado celebra un gol en El Molinón

Hace ya un año que se nos fue Manolo Preciado. El seis de junio de 2012. Pasarán el tiempo y los goles, pero los sportinguistas seguiremos recordando dónde estábamos y qué hacíamos el día que nos enteramos que Manolo nos había dejado.

Desde fuera de un mundo tan afectivamente inestable como el del fútbol, puede no llegar a entenderse el culto que ya en vida se profesó en Gijón a Manolo Preciado. El hecho de que el entrenador de El Astillero muriese tan repentinamente, no hizo si no acrecentar una idolatría de la que afortunadamente él fue consciente. A diferencia de otros, Preciado no tuvo que morirse para que se le valorase. La gente le quería, le aclamaba por la calle, le hacía grupos de facebook reclamando para él un contrato vitalicio, y en la grada se le cantaba con sincero cariño que íbamos a dejarnos un bigotín como el suyo. Hasta se bautizó a un muñeco escanciador de sidra con su nombre y se le escribieron dos libros (¡dos!) narrando su vida y su trayectoria futbolística. Todo un fenómeno sociológico. Puede sonar exagerada esta idolatría, y posiblemente lo sea, pero la verdadera dimensión social del fútbol no puede entenderse ignorando su carácter esencialmente emocional.

No fue Preciado ni el mejor entrenador de nuestra centenaria historia, ni el más laureado, y sin embargo, será posiblemente con el que más cariño se le recuerde. Él consiguió lo más difícil de todo: devolvernos la ilusión. Preciado recayó en Gijón en un momento en el que el sportinguismo languidecía dividido y desganado, como un espectro que acompañaba a un equipo fantasmal. Y además, cosas del destino, lo hizo un poco de rebote, ocupando el lugar que estaba destinado al por entonces nuevo gurú de la categoría de plata, Josu Uribe. Ahí apareció Preciado, sonriendo, con cartel de entrenador de solera y varios ascensos a su espalda y rechazando cantos de sirenas más guapas y lozanas. Un tío valiente, como él era, y un hombre de fútbol, que no solo sabía lo que significaba el Sporting, sino que intuía que en su corazón racinguista corría sangre rojiblanca. Y no se equivocó.

Desde entonces, ya se sabe, comenzó una relación de amor entre el Sporting y Preciado que ni siquiera se interrumpió cuando fue destituido, y cuya muerte no hizo si no intensificarla en su carácter platónico. Aunque no es consuelo, como sportinguista se siente cierto alivio pensando que al menos el fútbol fue justo con Preciado, y que al contrario de lo que es tan habitual en un deporte con tendencia a la amnesia colectiva, Manolo nunca padeció el rechazo de una afición a la que tanto le dio. Se fue del Sporting cuando la situación lo obligó, con un ciclo agotado y con parte de la plantilla que ya no creía en él, y lo hizo ante la pena general de un sportinguismo que sabía lo que le debía. Sus méritos deportivos atestiguan su grandeza como entrenador, y el amor incondicional de la gente de la calle y de sus compañeros de profesión (incluido el “canalla” Mourinho, al que en un acto de justicia poética prácticamente le arrebató una liga en casa y con el que acabaría casi entablando amistad) demuestran la dimensión colosal de su persona.

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Diego Castro dedica un gol a Manolo Preciado

Manolo era un tío de verdad. No era difícil encontrártelo de noche tomando un cacharrín con sus jugadores y que te saludase con cariño paternal si te acercabas a decirle algo. La prensa lo llamaba campechano, pero su naturalidad tenía mucho más que ver con la sabiduría del viejo perro apaleado que con la del babayu de chigre. La vida le había soltado tantas hostias que en vez de noquearlo, lo convirtieron, a su pesar, en una persona mucho más sabia, en alguien mejor. Preciado era un luchador, un superviviente, y es ese espíritu vitalista y guerrero el que supo transmitir a sus equipos, todos ellos reflejo de su personalidad. Por eso el Sporting pasó con él de jugarse la permanencia en segunda a subir al año siguiente; por eso consiguió mantener a una plantilla hecha de remiendos varios años en la máxima categoría; por eso su equipo era uno de esos a los que no le valían las medias tintas, o ganaba o perdía, pero casi nunca empataba. No era la última mierda que cagó Pilatos, pero tampoco el Bayern Leverkusen. Era un Sporting de cojones. El Sporting de Preciado.

Hace ya un año que se nos fue Manolo Preciado y nunca hará falta recordarlo, porque el sportinguismo no se permitirá olvidarlo. Preciado es parte del Sporting, y de Gijón, y por lo tanto es parte de nosotros. Y esté su estatua junto a El Molinón o no, su presencia guiará los pasos del sportinguismo porque desde hace un año es ya su ángel de la guarda. Siempre estarás presente, Manolo. Manolín. Preciado.

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